Creo que todo empezó en Albuquerque, Nuevo México. Bueno, en realidad pudo haber comenzado incluso antes, cuando la Caravana por la Paz cruzó la frontera entre Tijuana y San Diego, o cuando miles de personas se reunieron –varias veces- en el Zócalo del Distrito Federal para exigir el término definitivo del creciente derramamiento de sangre a manos del narco, o incluso cuando siete cuerpos fueron encontrados dentro de un automóvil en Temixco, Morelos…
sábado, 17 de noviembre de 2012
Mi colapso en El Paso
Creo que todo empezó en Albuquerque, Nuevo México. Bueno, en realidad pudo haber comenzado incluso antes, cuando la Caravana por la Paz cruzó la frontera entre Tijuana y San Diego, o cuando miles de personas se reunieron –varias veces- en el Zócalo del Distrito Federal para exigir el término definitivo del creciente derramamiento de sangre a manos del narco, o incluso cuando siete cuerpos fueron encontrados dentro de un automóvil en Temixco, Morelos…
jueves, 4 de febrero de 2010
Espera
Vaya que es cierto: espera es el comienzo de la palabra esperanza. Aunque también -y precisamente esta tarde en que el sol a duras penas le gana a la lluvia- coloco espera justo en medio de otra palabra: desesperanza.
La espera es la entrada a un limbo donde el tiempo no funciona como de costumbre. No es temprano ni tarde: al esperar no se sabe si el momento preciso del encuentro está por venir (ya casi, ya casi); o si -¡maldición!- pasó de largo, como quien busca sin querer encontrar; o si, por algún despiadado arreglo del destino del cual obviamente no somos partícipes, ese momento esperado nunca va a ocurrir. Esperar no es futuro, presente, ni pasado: es un hueco infinitivo porque infinita parece la espera.
La espera debiera calificar para ser medida en sus propias unidades. El necio e ininterrumpido recorrido de las manecillas del reloj no la contiene; tampoco el súbito cambio fluorescente de un número a otro en una diminuta pantalla. Uno lleva esperando, por ejemplo, dos tazas de café, cuatro cigarrillos y diecinueve páginas de una novela. Después de haber cruzado y descruzado las piernas tres u ocho veces, se pueden llevar once cambios de postura esperando. Esperar también es contar, pero en números que implican otras dimensiones, números que nada recuerdan al tiempo: cuántas veces me he pasado los dedos por el cabello –veintidós-, cuántas veces me he secado el sudor de las manos –cinco-, cuántas veces he creído verte entre la multitud –siete-, sin ser tu a quien miraba. Parece que esperar, que esperarte, podría medirse en terrones de azúcar, en bocanadas de humo, en puntos y comas, en incomodidades y efímeros descansos. Ahora mismo llevo doscientas ochenta y cinco palabras esperándote.
Esperar es agotarse en una lucha (perdida de antemano) entre la promesa y el hartazgo: desear verte ya y nomás no verte. Es un sentimiento amplio, como el amor, que se angosta en pequeños suspiros. Esperar es imaginarse lo peor: el trágico accidente que te impidió llegar a la cita o tu previsible fuga con otra mujer. Imaginar que no estoy en el sitio, el día y la hora que acordamos y que tu ya esperaste y desesperaste en otro tiempo y lugar. Y, naturalmente, imaginar que ya te has ido.
Espero el fin de mi espera: paciente, intranquila, desalentada, esperanzadamente. No creo que el término de mi espera coincida esta vez con tu llegada. Terminar mi espera es deshacerme de la certidumbre (¿a caso la tuve?) del encuentro. Levantarme e irme. Asumir que espacios y tiempos compartidos no sucedieron esta vez. No para nosotros, no hoy ni aquí. Tomaré los fragmentos de las novelas que leí esperándote, los accidentes que nunca ocurrieron (espero...) y las ganas de verte y las reservaré para mí. Las guardaré para otra espera, no la tuya.
Espero (hasta en la despedida sigo esperando…) que, si llegas, encuentres esta carta. Ella explicará mi ausencia.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Apoptosis
por las navidades en su casa,
por el gran ejemplo de vida
y por ser el padre de mi mejor amiga
¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?
Razón de amor, Pedro Salinas
Creo haber resuelto un acertijo que ha causado quebraderos de cabeza y quebrantos de corazón durante milenios. “¡Estamos frente a una verdad universal!”, podrían decirme asombrados los sabios del mundo de contarles yo acerca de esta revelación. Si hubiera un premio Nóbel para los descubrimientos sobre la vida, en términos necesariamente filosóficos más que físicos o matemáticos (y, a decir verdad, en términos enteramente metafóricos), alguien podría postularme para él.
Mi eureka empezó a forjarse el día que Alex hizo el favor de enterarme sobre el incomprensible proceso de la apoptosis. Incomprensible al menos para mí, porque no soy inmunóloga ni bióloga molecular (aunque a mi padre le hubiera encantado que lo fuera). Todas las células tienen en su información genética la instrucción de autodestruirse: eso es lo que los científicos denominan apoptosis. Ciertas células que se niegan a hacerlo se reproducen sin control y pareciera que simplemente ignoran dicha instrucción. El cáncer es un ejemplo de estas células rebeldes, aferradas a la vida, que se pasan por el arco del triunfo a la apoptosis. Ya que no soy arquitecto ni abogado, este misterioso fenómeno solo pudo remitirme a una analogía posible, la del amor. Cuando descubrí que algún día perecer será pasmosamente inminente ya que incluso a cada célula de nuestro cuerpo le será ordenado morir y que, para colmo, ya lo sabe desde siempre, pensé en la muerte de otro tipo de vida: la muerte de las relaciones amorosas.
Mi gran descubrimiento es muy simple a pesar de que, como sucede con los descubrimientos en todas las disciplinas científicas, tiene sus complicaciones. Al igual que las células, la mayoría de las relaciones amorosas posee, en algún punto recóndito de su ser inmaterial, la disposición de aniquilarse a sí misma al instante de haber cumplido su ciclo o misión (lo que sea que esto signifique). La ruptura y el término de una relación, advertida por las cintas blancas que se vuelven cadenas -como diría José José- (que luego se rompen y acaban siendo pedacitos de metal desperdigados por el suelo), son la respuesta de apoptosis de una pareja, un ser vivo como cualquier otro. Por lo tanto, la propia relación, eventualmente, ordena a los amantes separarse. Es naturaleza y contra eso pareciera que no hay nada qué hacer. Este doloroso proceso se articula en lo que yo denomino la teoría de la apoptosis amorosa, cuya problemática pretendo exponer a continuación.
El primer eje explicativo en la teoría de la apoptosis amorosa tiene que ver con lo que se conoce como destiempo. Un destiempo implica un desfase no solamente temporal (como ya lo indica el nombre) sino también espacial. Para una relación, los tiempos y espacios no requieren ser medibles o físicos, aunque esto si vale para el parque donde se conocieron los amantes, su fecha de aniversario, la casa donde vivieron juntos o la primera noche que hicieron el amor. Los destiempos pueden ocurrir en topografías y temporalidades imaginadas o deseadas, como, por citar un solo y simple ejemplo, esas vacaciones paradisíacas de Semana Santa que nunca ocurrieron pero que la pareja anhelaba intensamente.
El destiempo inicial se produce cuando quienes fueron amantes descubren de improviso que ya no coinciden en los mismos tiempos ni en los mismos lugares, fabulosos o reales. Llegada esta fatídica hora, tras unas cuantas décadas o solo un par de meses de coexistencia espacio-temporal, la pareja percibe que no puede seguir junta y, por lo tanto, reconoce la imposibilidad de su propia vida. Debido a la incompatibilidad de caracteres, a la locura de una o ambas partes, o simplemente al hartazgo y la decepción, la relación (que, como seguramente lo intuye ya el lector, no es lo mismo que la suma de sus partes) se da cuenta de que la separación es inminente.
Puede que esta certeza llegue antes a uno de los miembros de la pareja que al otro, lo que explica el abandono. ¿Cuantas veces hemos escuchado la célebre frase: “No eres tu, soy yo”? Cuando uno de los amantes pone atención al llamado de la apoptosis amorosa y el otro, por razones diversas, permanece sordo a esta orden sucede el más fundamental de todos los destiempos. Fenómenos como la obsesión prolongada de un miembro de la pareja con el otro se explican también por esta falta de simultaneidad en la escucha del mandato de la apoptosis amorosa al finiquito. Es innecesario decir que cuando el acoso termina significa que esa parte obstinada finalmente entiende lo que la otra, hace tiempo, había acatado sin chistar. Por supuesto que también puede darse que ambas partes escuchen al mismo tiempo el llamado de apoptosis: es aquí cuando suceden las separaciones por mutuo acuerdo. Los amantes, en su último instante de sincronía, escuchan los estertores de muerte de la relación y, generalmente, debido a una comprensión profunda, parten en buenos términos.
Para evidenciar el potencial explicativo de la teoría de la apoptosis amorosa el caso de las telenovelas resulta paradigmático, aunque en un sentido más bien paradójico. Los llamados culebrones o comedias (¿será por su humor involuntario?) son totalmente inverosímiles por tratar de escapar a esta verdad empíricamente comprobado (y también por sus tantísimos gazapos actorales y narrativos, claro está). Desde la teoría de la apoptosis amorosa resulta obvio que es innecesario disponer de villanos que se interpongan entre los amantes. En la vida real, más no en la realidad de la ficción, no hay cabida para hombres y mujeres malvados –los famosísimos actores antagónicos- que día a día planean intrigas y otras fechorías en contra de la pareja protagónica. Los villanos buscan minar poco a poco la cercanía de los amantes y hacer que desconfíen, teman, desesperen y, finalmente, se separen, aunque sea por unos cuantos capítulos porque, ¿qué sería de las telenovelas sin la boda final, cursi y ñoña, y el castigo bien merecido que los villanos obtienen por tantas horas-aire de infringir sufrimiento?
Pero, el lector se preguntará a estas alturas del texto, ¿qué no las contadas parejas que duran toda la vida dan al traste con esta teoría de la apoptosis amorosa? Bueno, en estas situaciones excepcionales dicha teoría mantiene su poder heurístico, lo que da cuenta del segundo eje explicativo de la apoptosis amorosa: la continuidad. Por continuidad me refiero al prolongamiento de una relación, necio en algunos casos, no obstante la advertencia de separación urgente. Para estos amantes, prisioneros de lo que creen es su amor, la ruptura no se produce, a pesar de que juntos no se encuentren muy bien que digamos. Las relaciones continuadas a viento y marea, independientemente de su desarmonía, de los pleitos (a golpes incluso), las escenas de celos, las mentiras, los engaños y otras patologías encuentran su explicación en el acto de subversión frente a esta ley de vida de la apoptosis amorosa (que más bien es un decreto de muerte). En las llamadas relaciones de codependencia la pareja se niega a terminar y, como el cáncer, sigue creciendo aunque sin concordia ni propósito. Los días se vuelven años y los años décadas: la pareja, indiferente a su propia muerte, se empeña en mantener una apariencia de vida, haciendo caso omiso de las evidencias en el sentido contrario.
Para concluir con la presentación de este argumento, y en honor a la objetividad, debo mencionar el único punto discordante que, como los enigmas de Thomas S. Kuhn, salta a la vista en la construcción de esta teoría. Ciertamente no todo es término, caos o dolor para las relaciones amorosas. Porque, independientemente de éstas, el Amor existe. Se dan casos en que la continuidad de la relación –su desafío a la muerte, inminente solo en apariencia- es, de hecho, una bendición más allá de toda comprensión e inclusive más allá de todo tiempo y espacio. Si consideramos que una pareja dura, literalmente, hasta que la muerte los separa, hay esperanza aún (por extraño que pueda sonarle esto al lector). Por una excepción a la regla -excepción que más bien resulta un regalo divino-, ciertas parejas no tienen en su ADN la información de aniquilarse y continúan juntas en vida y aún después de su muerte. Me explico: cuando uno de los amantes muere (así, con obituario y funerales para probarlo) sucede la apoptosis natural y masiva de todas las células, aunque no la apoptosis amorosa. Es totalmente indispensable hacer aquí una especie de acotación trascendental, a riesgo de que algunos lectores dejen al instante el texto con una mueca de incredulidad y hasta enfado para abocarse a otras actividades (como lavar la ropa o ir al cine). Desde lo que me ha sido permitido descubrir, el Amor, esa obsesión de los poetas, esa vida de los místicos, absoluto y puro, sin dobleces ni fracturas, no conoce la apoptosis. Puedo asegurar que, cuando el otro miembro de la pareja alcanza a su amante en ese lugar que comúnmente se denomina paraíso, la relación amorosa continua.
Tras revisar el texto, pareciera que este último párrafo desarma todo su argumento. Empiezo a dudar sobre la efectividad de la teoría de la apoptosis amorosa. Porque, ¿de qué está hecho el tejido que urde cualquier relación sino de Amor mismo? A pesar de los problemas en toda pareja e incluso de los destiempos y de la falta de sincronía hay un vínculo que la trasciende y ese vínculo es el Amor, uno e indestructible. El Amor en su esencia más simple. A pesar de los supuestos desengaños y fracasos no puede negarse el Amor que, una y otra vez, con distintas caras, nombres y cuerpos, nos es dado sentir. ¿Cómo puede entonces haber apoptosis amorosa si el Amor vive y permanece más allá de las parejas mismas o de sus propias muertes?
Me parece que hay que revisar más concienzudamente los fundamentos de esta teoría (esto lo digo en un momento de sinceridad que raya en la auto impugnación). No creo que esté lista para presentarse en público. Hay una gran salvedad en su articulación argumentativa que la hace inoperante (ahí van mis pretensiones del Nóbel, del reconocimiento de los sabios del mundo…). Es mejor que nadie sepa de la apoptosis amorosa: empiezo a creer que la destrucción del Amor es una gran mentira. Porque, frente a la evidencia avasalladora del Amor, no hay nada que teorizar.
domingo, 2 de agosto de 2009
La rebelión del humo
It is exquisite and it leaves you unsatisfied.
What more can one want?
Oscar Wilde
El cigarrillo temblaba entre sus dedos. Parecía dispuesto a consumirse, aún contra la voluntad de quien lo sostenía entre el índice y el medio. Pero faltaban unas cuantas estaciones. El cigarrillo lo sabía: dentro del metro no se puede fumar, como dentro de todos esos espacios libres de humo que, día a día, se incrementaban exponencialmente. Tantas restricciones se le empezaban a hacer cuesta arriba. Tener que esperar dentro del salón de clase (dentro de la mochila, dentro de la cajetilla) hasta el fin de una larga y soporífera disertación sobre Dostoievski; esperar por 45 minutos en el pesero antes de dejar salir al humo atrapado; esperar por horas en casa de la novia del sujeto que lo sometía ahora entre sus dedos, porque ahí tampoco se podía fumar. Esperar, esperar, esperar. Curiosamente, la espera lo estaba consumiendo.
A sólo una estación antes de bajar, a unas cuantas decenas de pasos hasta llegar a cielo abierto y nublado, el cigarrillo sintió que no podía más. ¡Qué diablos! ¿Que podría pasar? Que lo tiraran por la ventanilla del vagón y a medio fumar ante la tos de los pasajeros y sus posibles quejas, ante sus miradas de desaprobación y gestos de repugnancia; que se llevaran a un ministerio público al joven entre cuyos dedos estaba atrapado por una falta administrativa, casi una falta a la moral (cosa que al cigarrillo le parecía un dulce exabrupto después de tantas horas de sumisión); o que, entre gritos y jaloneos, terminara ahogado en un charco de lluvia justo frente a la entrada de la estación. Tras la lenta espera, hasta eso parecía razonable. ¡Qué diablos! Así empezó la rebelión de humo. Porque no era el cigarrillo quien deseaba alzarse en sutiles bocanadas hasta desaparecer. Era el humo que, como su alma o esencia, se retorcía dentro del cigarrillo.
La mano de esos dedos que lo sostenían titubeó un poco, pero no lo suficiente para detener el movimiento que llevó al cigarrillo a la boca. El sujeto que portaba esa mano parecía absorto, casi hipnotizado. Su mano se movía por un fuerza ajena que, dado el pasmo que sus ojos revelaban, era imposible controlar. La otra mano, cómplice del ilícito, no ofreció resistencia. Recargó en la puerta del vagón el paraguas que le había sido confiado desde hacía meses, sacó el encendedor del bolsillo de la chamarra y, después de accionar con una simple fricción una diminuta llama, fingió no haber tenido nada que ver con la rebelión. Los labios hicieron su parte, menos preocupados que cualquiera de las dos manos. Se presionaron contra el filtro del cigarrillo y, en cuestión de segundos, el humo ya estaba libre, revoloteando, haciendo círculos en el confinado aire del vagón, disfrutando su breve libertad.
Este incidente, que muchos tomaron como un acto de rebeldía de un muy joven estudiante de Letras, hubiera pasado inadvertido de no ser porque, día a día, se suscitaba una y otra vez. El humo ya no solo se rebelaba dentro de los vagones de metro, sino que esta insurrección parecía apoderarse de cuanto espacio prohibido estuviera a merced del volátil rebelde. Elevadores, pasillos, escuelas y universidades, despachos de abogados y contadores, supermercados, invernaderos, salas de operación: todas invadidas por el humo. Los perpetradores de estos crímenes argüían que no eran responsables de los mismos: el humo, el maldito humo, los había obligado. Había destruido su conciencia, su voluntad, hasta la mucha (o poca) civilidad que tenían. “El humo es culpable”, declaraban bajo la lluvia los infractores cuando salían de los juzgados y, entre cámaras, micrófonos y paraguas que se arremolinaban frente a ellos, insistían en su inocencia. Hasta los hombres y mujeres de esos medios e incluso los funcionarios públicos encargados de normarle el flujo cayeron presa de la rebelión del humo. Los habitantes de esa ciudad tomada por la lluvia poco a poco dejaron de preguntar quien era el cerebro intelectual tras estas flagrantes faltas de respeto al espacio vital de los no fumadores. Y cuando los mismos no fumadores fueron seducidos por el humo, el maldito humo, entonces ya no hubo nada más que cuestionarse.
Al principio la justicia pensó que los culpables de esta atrocidad eran muchos: las compañías tabacaleras, los irresponsables padres de familia, las instituciones de salud y educación, la negligencia y falta de consciencia de los propios fumadores, los mayoristas, minoristas y hasta falsificadores de cigarros, la publicidad que lucraba con el supuesto glamour del insurrecto blanquecino y hasta el mal tiempo que tenía sumida a la ciudad en meses de poco sol y mucha lluvia. Nunca pensaron en lo más evidente: el humo era el culpable. No quería estar preso, no deseaba que le rigieran el cauce, de por si inestable debido al viento. El humo tenía voluntad propia, vida propia, y estaba tomando su venganza por años de restricciones e inútiles intentos por domarlo. Quienes fumaban –toda la población de esta ciudad asolada ahora por el humo y desde hacía meses por la lluvia- eran solamente vehículo de su ira y su urgencia por salir de la cárcel de papel y filtro en que estaba confinado.
La justicia misma, tras la ansiedad que le produjo verse reducida a un simple medio de producción de humo, comprendió que, efectivamente y contra toda lógica, éste era el culpable. “Pero, ¿cómo ejercer acción penal contra un infractor tan escurridizo?”, se preguntaban los legisladores más duros; “¿cómo normarlo o siquiera pactar con él una tregua?”, pensaban los más blandos. Los legisladores gesticulaban y manoteaban, evitando tirar sus cenizas al piso y cuidándose de no quemar a un contrincante político; así, acompañados permanentemente por su enemigo, debatían sobre cómo poner fin a la rebelión. Entre bocanadas cocinaban planes de acción para terminar de una vez por todas con la amenaza o, simplemente, para hacerla más llevadera. “Si tenemos que convivir con el humo, que por lo menos sea en términos democráticos…”, pensaban los legisladores de derecha mientras veían la lluvia golpetear sobre los cristales en las ventanas de sus despachos, ahumados de tanto fumar.
Los ceniceros, al tope de su capacidad, eran vaciados cada media hora por edecanes cigarro en mano, presas, como toda la ciudad, de la plaga blanca. Durante las largas sesiones de discusión varias ideas, poco viables y aún menos inteligentes, fueron desplegadas: habría que hacer obligatorio el uso de ventiladores portátiles, de esos chiquitos que podían comprarse en cualquier puesto fayuquero; o tal vez forzar la apertura de muchas más ventanas en todas las edificaciones de la ciudad: así el humo tendría un cauce libre para ascender por los cielos y fundirse con las negras nubes de lluvia, además de que podrían obtenerse jugosos impuestos de los pasivos y humeantes contribuyentes. O simplemente crear “humómetros” y así tasar una cantidad individual por día, bueno, por hora, de la cual ningún ciudadano pudiera excederse.
Los días nublados daban paso a las noches de lluvia y, entre las chimeneas en que se habían convertido las fosas nasales de cada uno de los habitantes de la ciudad, aún no se podía dar batalla a la rebelión del humo. Ningún ciudadano estaba exento de ser su cómplice, de estar involucrado en la emisión masiva de gases contaminantes. La justicia, como de costumbre, seguía sin dar respuesta expedita frente a lo que se estaba convirtiendo en un verdadero estado de emergencia. Por Dios: ¡hasta los niños fumaban! ¿Qué nadie podría sacar a la cuidad de este atolladero?
Y así ocurrió que, después de un noche habitualmente lluviosa como desde hacía meses, el sol no salió al día siguiente. Entre el humo del cigarro y las densas nubes que anunciaban la tormenta matutina, el sol no pudo vislumbrarse más en el horizonte. Desde las ventanas de sus casas y oficinas, desde el quicio de las puertas en las tiendas y talleres, desde los patios de las escuelas, los habitantes de la ciudad escrutaron el cielo negro esa mañana y siguieron con la mirada el destino final de las torres de humo que se alzaban cada vez que alguien exhalaba alguna palabra. Ni rastros del sol, solo un cielo gris plomo, mucha humedad y amenazas de lluvia. Esa mañana, los transeúntes, apurados por llegar a su destino, se prepararon para el chaparrón inminente. Bajo las primeras gotas, abrieron sus paraguas y apretaron el paso. Pero, cuál fue su sorpresa cuando al tratar de encender el siguiente cigarrillo algo se los impidió. Los encendedores fallaron, los cerillos también y los mismos cigarrillos, una vez prendidos y tras unas cuantas bocanadas, languidecían y súbitamente se apagaban. Comenzó a llover. Parecía que ahora otro peligro rondaba la ciudad: la intensa lluvia que desde esa mañana no paró. Uno a uno, todos los cigarrillos de esta cuidad nublada, sitiada por tormentas breves y chaparrones pertinaces, tuvieron que enfrentarse a su único enemigo implacable: el agua.
La gente de la ciudad, ciertamente bajo el influjo del humo, se preocupó más por mantener sus cigarrillos encendidos que por el paulatino deterioro del clima. Tras unas semanas de atrincherarse infructuosamente contra los crecientes niveles del agua, decidieron entregarse a lo inevitable. Prefirieron dejar de construir diques o desazolvar drenajes para poder luchar por lo que realmente importaba: seguir fumando a toda costa. Nadie pensó en los riesgos de la inundación, solo en las represalias del humo: no importó que el agua se colara por las puertas si el humo podía seguir saliendo por las ventanas. No importó la escasez de alimentos en los mercados si aún podía emplearse el poco dinero circulante para comprar cigarros y cerillos suficientemente secos. No importaron el caos y la inseguridad de la ciudad anegada si sus habitantes podían recurrir a la efímera felicidad de unas cuantas suaves bocanadas de humo después de un café, aunque estuviera frío, aunque cada día se racionara más y conseguirlo se tornara cada vez más difícil.
Cuando el último cigarrillo de cada fumador expiró entre sus dedos, cuando la última bocanada de humo se alzó entre gotas de lluvia hasta llegar alto, muy alto, los habitantes de la ciudad perdieron toda esperanza: parecía que, ahora si, los cigarrillos habían sucumbido por completo ante los embates del agua. ¿Qué sería de ellos, cercados en una ciudad cuyas calles y avenidas eran intransitables, sin el consuelo del humo? ¿Sin comida ni medicinas? ¿Sin unos cuantos metros cuadrados de tierra firme y seca? ¿Sin las felices espirales que revoloteaban por el aire y parecían enredarse en las ropas de quienes fumaban para asentarse después en las copas de los árboles?
Un día, cuando nadie lo esperaba, cuando el mero recuerdo del sol era tan vago que no podía albergarse en la memoria, cuando a los supervivientes no les importaba ya el desastre, ni los cuerpos de los ahogados que flotaban en las calles, ni la hambruna o la pandemia, ni el sitio forzado tras meses de lluvia, cuando ya nadie reparaba en las diferencias ideológicas que habían impedido tomar medidas contra la catástrofe, cuando ya nadie recordaba que se había perdido todo a causa del humo y la lluvia, el sol volvió a salir.
Video cortesía de EzeDynamo.
viernes, 17 de julio de 2009
La increíble y triste historia de un tal Juan (Tercera y última parte)
Los pormenores de la aprehensión del tal Juan fueron conocidos por todo México en el momento exacto en que ésta ocurría: ¿cómo olvidar esas imágenes, presentadas en la televisión una y otra vez, de un Juan despeinado y el pijama, con los lentes rotos y gritando su inocencia, desesperado, cuando lo arrastraban fuera de su casa? El país entero se preguntaba: ¿quién es ese chaparrito por el cual se ha desplegado impresionante fuerza policial? ¿Un secuestrador, un guerrillero, un asesino? ¿Un delincuente de cuello blanco que ha defraudado cantidades millonarias? ¿Un político venido a menos, enredado en algún oscuro y sucio juego de poder? Pero, ¡si ni parece un criminal! ¿Qué habrá hecho, si es que hizo algo, para que lo traten con tanta violencia?
Tras el arresto televisado, la infinidad de declaraciones de propios y extraños, el corto juicio, el escandaloso descubrimiento de sus crímenes y el expedito fallo del juez, Juan pasó sus últimos años en una prisión de alta seguridad: Tecamac de Morelos. Nunca sabremos porqué Juan, con todo el dinero que tenía, no pagó un abogado de verdad para dirigir su defensa. Tal vez estaba cansado de aparentar ser otro, de inventarse disfraces cada vez que iba a recoger un premio; tal vez estaba cansado ya de compartir sus ganancias con Carlos y los demás traductores o con Sandra y, de hecho, nuestro Juan nunca se atrevió a ser un verdadero criminal y matarlos a todos porque sabían demasiado. Tal vez simplemente dejó que lo apresaran para que se supiera la verdad de su genio como escritor. O, quizá, un bloqueo literario lo llevó a preferir la cárcel a la infertilidad creativa. De cierto sabemos hoy que sus razones se fueron con él directo a la tumba.
A pesar de estas dudas sobre los móviles de Juan, fue fácil para la justicia mexicana tipificar sus delitos: lo condenaron a cadena perpetua por usurpación de identidades y funciones; por falsificación de documentos oficiales nacionales e internacionales –se cree que los servicios secretos de varios países también lo andaban buscando, lo cual nunca fue confirmado-; por incitación al crimen y apología del delito (no hay que olvidar las condenas que aún purgan Sandra y Carlos por complicidad en los ilícitos); y, claro está, también lo condenaron por enriquecimiento inexplicable y evasión de impuestos.
En la última entrevista que Juan aceptó darme en su celda confesó que había encontrado la Luz y que ya no se atrevía a escribir más, ni siquiera a su madre –resultó que, según sus nuevos hermanos de prisión, su talento venía directamente del maligno-. Juan mataba su tiempo leyendo textos sagrados de varias tradiciones espirituales, así como las incontables cartas que diariamente llegaban a su celda, cartas que nunca respondió ya que no escribía ni una sola línea, ¡que va!, ni una sola palabra. Su mano, como si estuviera en huelga o aletargada, se congelaba frente al mero atisbo de una hoja en blanco o de un simple lápiz. Juan tenía muchos admiradores de todos los estratos socioculturales, provenientes de todas las latitudes del planeta. Su fama fue tal que, durante su primer año en prisión, se llegó a rumorar que la Fundación de Letras Sudamericanas consideró seriamente darle una beca vitalicia por sus méritos literarios y que varias universidades de prestigio habían pensado más de una vez otorgarle un doctorado honoris causa.
Nuestro Juan hubiera podido pasar a la historia como un gran escritor, pero la fatalidad le llevó a ser un simple reo más que decide colgarse de la viga de su celda con las sábanas limpias que acababan de llevarle. Un reo con cierta fama, pero prisionero al fin y al cabo. Ni siquiera sus hermanos de fe pudieron convencer a Juan de que su vida valía la pena ser vivida, aún tras las rejas. El tal Juan, de no ser por las circunstancias de su vida (y, ¿quién puede escapar a ellas?), hubiera podido hacer de su don un instrumento para el bien. De no haber cargado con el rencor social que cargaba, como lo declaró el psiquiatra que lo valoró antes del juicio, de no haber resentido tantísimo al padre siempre ausente, Juan hubiera podido ser un ciudadano honrado, incluso un ciudadano modelo: un hombre con cierta iniciativa, pero finalmente dócil; una persona de opiniones medianamente informadas, aunque maleables. Pero, como ya dije antes, no hay hubieras. Que sus crímenes lo condenaron, no hay duda, aunque me parece que lo que no pudo tolerarse en él fue su indudable talento para escribir, para inventarse y reinventarse a si mismo, para escapar a la monotonía de su vida simplemente con papel y lápiz. Y, encima de todo, hacer toneladas de dinero escribiendo.
Lástima que la obra de nuestro Juan esté perdida en algún punto virtual del ciberespacio, en el archivo muerto de alguna institución o empresa multinacional. Lástima que no haya quedado algún vestigio de su genio, algún recuerdo del hombre y su obra a través de sus propias palabras. Con su muerte, el país ha perdido a uno de los más grandes escritores contemporáneos pero, ciertamente, al más incomprendido de todos. Descanse en paz, Juan Pérez.
viernes, 10 de julio de 2009
La increíble y triste historia de un tal Juan (Segunda de tres partes)
Hemos de reconocer que para esta misión Juan se esforzó verdaderamente. Corrió el riesgo de ir a la zapatería NYSW más cercana y gastarse casi toda su quincena en un par de zapatos verdes con tacón de cinco centímetros y un reluciente moño transparente que coronaba cada punta. Se tomo la molestia de encerrarse en su cuarto, ponerse los zapatos verdes y taconear todas las noches, imaginándose mujer, imaginando las 101 formas de seducción femenina. “Dios, ¡cómo es posible que las mujeres anden sobre estas cosas!”, gruñía Juan mientras su madre gritaba desde el comedor que la cena estaba lista. “A la cama y a comer solo se llama una vez Juanito”, insistía Doña Remigia, mientras Juan se sobaba los callos que los tacones verdes le habían sacado. Después de varios días de dormir poco, caminar mucho y pensar mucho más, Juan había escrito las 101 formas para seducir a “su hombre ideal”. Un domingo por la mañana corrió, con bastante dolor hemos de decir, a la oficina de correos y mandó su carta.
La respuesta fue casi inmediata: solo cuatro días después sonó el teléfono. Una voz de mujer preguntaba por una tal Juana Pérez –el concurso era, obviamente, sólo para mujeres- y Juan tuvo que pretextar una severa laringitis para hacerse pasar por la ganadora. Tras colgar el auricular, la emoción del triunfo dio paso a la preocupación: ¿cómo cobrar el premio si Juan definitivamente no estaba dispuesto a volver a usar zapatos de tacón en su vida? ¿Cómo presentarse a las oficinas de NYSW (cuya dirección, en el mismísimo corazón financiero de la ciudad, había escrito sobre un recibo de luz) para reclamar su dinero y los dos boletos de avión a Nueva York? Fue entonces que nuestro Juan cometió el primero de muchos errores que le costaron su libertad y, como ya sabemos, posteriormente le costaron la vida. Convenció a Sandra, la asistente personal del Lic. González, para que se hiciera pasar por Juana. Los diminutos ojos de Sandra relampaguearon frente a la petición de Juan: un fin de semana en Nueva York -solo por decir que se llamaba Juana Pérez (un nombre que le pareció muy feo) y por decir que había escrito cierta carta- resultaba una oferta muy atractiva. Nuestro Juan tuvo que estirar sus habilidades retóricas al extremo para convencer a Sandra cuando le expuso las últimas condiciones del viaje: ella tendría que hacerse pasar por su novia, ser muy discreta a su regreso y no comentar nada, nada por favor, en la oficina. “Pero Juanito, ¡que tontería! Juan Pérez y Juana Pérez, nadie nos va a creer…”, manoteaba Sandra al expresar su descontento. “Además, todo eso es bien fácil para ti porque eres hombre, pero, ¿qué va a pensar la gente de mi?”, dijo Sandra cerrando sus pequeños ojos de sólo imaginarse compartiendo con el tal Juan una cama queen size en la suite presidencial del Milton de Manhattan. “Aunque”, pensó Sandra, “no puedo hacerle el feo al Milton de Manhattan...”. “Esta bien Juanito”, resolvió Sandra finalmente, “pero recuerda que me debes una”, lo cual dijo no muy convencida, porque una pequeña voz dentro de si le anunciaba que toda esta farsa podría meterla en graves problemas. Habiendo creado a Juana Pérez, Juan se encargó entonces de conseguir pasaporte y visa falsos para Sandra, lo cual fue bastante trabajoso, tomando en cuenta los problemas que enfrentó para contactarse con el bajo mundo de la falsificación de documentos en la Plaza de Santo Daniel. Solo restaba construir un pretexto creíble para faltar a la oficina un viernes. Pero, ¿qué problema podría representar esto si él era el rey de las historias, el amo de la apariencia? Poco sabía nuestro Juan que, después de convencer al Lic. González de que tenía que llevar a su madre al doctor, sus días de libertad –y de vida- estaban ya contados.
Al regresar del viaje a Nueva York, la carrera literaria y criminal de Juan ascendió vertiginosamente para llegar a altitudes insospechadas. Ganó varios concursos cuyos premios fueron en efectivo y otros tantos que le valieron propiedades y bienes muebles. El tamaño de su fortuna, en sus mejores años, podría haber hecho palidecer a más de un millonario, aunque su férrea discreción sobre asuntos de dinero impidió el rubor de muchos. Hacer un recuento fiel de todos los concursos televisivos que ganó Juan mediante sus cartas durante los cinco años que duró su actividad delictiva sería agotador. Aunque, en honor a la verdad, un recuento así es tarea imposible de realizar. Juan mismo perdió la cuenta de las cartas en castellano que firmó con su pseudónimo favorito: Gabriel Pacheco. Tampoco recordaba las veces que había pedido la colaboración de Sandra para hacerse pasar por Juana Pérez o Gabrielle Springs, otro de sus tantos alias femeninos, y así cobrar los frutos de su talento. Juan no sabía de cierto el número de cartas que había escrito bajo otros nombres inventados como Johann Pert y John Postdamme, estos dos utilizados para los concursos internacionales a los que escribía con la ayuda de una antena de televisión satelital y varios traductores que contrató.
De hecho, resultó que Carlitos, su único amigo de la adolescencia y al mismo tiempo uno de los traductores en su equipo criminal, fue quien hizo la llamada anónima que delató al tal Juan. Obviamente Carlitos no sabía para quien trabajaba, a pesar de los años de confianza que creía tener con Juan. Le parecía extraño que Juan, un “cuate bajito y gordito, de lentes y narigón”, como lo describió en uno de los interrogatorios a los que fue sometido, le pidiera ver diariamente la CCD de Londres y otros canales de Estados Unidos en busca de convocatorias para concursos epistolares televisivos. Las importantes cantidades de dinero que Carlos recibía por esta labor, eso sí, nunca le parecieron extrañas: “Chamba es chamba y pues yo, de gratis, no trabajo”. Lo que si le causaba una gran curiosidad a Carlos era que, después de entregar un reporte semanal en español sobre los concursos de habla inglesa, su “empleador” le mandara por correo electrónico una carta respondiendo a alguna convocatoria para que la tradujera al inglés. “Simplemente pensé que era otra más de sus excentricidades. ¿Sabe? Juanito, la verdad, es bien raro”, dijo Carlos a los medios tras el arresto de Juan. “Aunque siempre supe que lo que nos ponía a escribir a mi y a los otros traductores no podía ser legal, porque nunca nos comentaba si ganaba algo o no en esos concursos”, declaró Carlos al verse, lógicamente, involucrado en el caso, en un torpe intento por exponer algún atenuante que justificara su conducta ante la opinión pública y, sobre todo, ante la justicia.
De acuerdo a las declaraciones posteriores de Carlos, en las cartas que Juan mandaba traducir se hacía pasar por infinidad de personajes, de distintas profesiones, clases sociales y orígenes étnicos: Doctor en Geografía Física para un concurso del canal National Topography sobre las recomendaciones de expertos para prevenir la erosión en los desiertos de Colorado (por el cual se sabe que ganó diez mil dólares para continuar con su “importante investigación” en la Facultad de Ciencias de la Tierra de la Universidad Autónoma Politécnica de México donde, supuestamente, era profesor-investigador de tiempo completo); ama de casa alemana para un concurso de recetas orgánicas para el pastel de manzana, patrocinado por Fruitpeace (que le hizo acreedor de una suscripción anual al boletín mensual de Fruitpeace y 600 euros, nada despreciables); y hasta indígena quechua peruana en una carta para un concurso que lanzó TV-7, un canal de la televisión italiana, sobre los derechos humanos de las mujeres en etnias “tercermundistas” (trabajo que le valió un reconocimiento de la IWIO -la Indigenous Women International Organization-, más una cantidad importante de dinero que nunca fue hecha pública). El tal Juan era todo un camaleón, lástima que no pudo trasformarse a tiempo para evadir las sospechas y la envidia que su éxito provocó.
Culminará la próxima semana...
viernes, 3 de julio de 2009
La increíble y triste historia de un tal Juan (Primera de tres partes)
La historia no comienza hace mucho que digamos, pero sus antecedentes se remontan, como los de cualquier otra historia, a la tierna infancia de nuestro protagonista. De niño, a pesar de que el tal Juan tenía una fascinación peculiar por la escritura, nunca pensó que pudiera escribir “bien”. Y mucho menos creyó que, algún día, escribir pudiera generarle alguna ganancia tangible, monetaria pues. “Escribir como los que a eso se dedican”, ensoñaba Juan de niño entre hojas de papel y lápices que revoloteaban a su alrededor, aunque no hubiera sabido explicar bien a bien quiénes eran o qué hacían. Sus tareas escolares, pese a su letra pareja y redondita, dejaban mucho que desear. Ciertamente, Juan no había pensado en ser escritor cuando la maestra Toñita le preguntó: “¿Qué quieres ser de grande Juanito?”. Ya adolescente, garabateaba notas para Doña Remigia, su madre, cuando por irse de reventón con Carlitos, su único amigo, pedía no ser despertado muy temprano a la mañana siguiente. Juan utilizaba las palabras escritas para cuestiones diversas, pero nunca como un oficio o como fruto de una vocación innegable.
En su vida adulta, escribir para Juan parecía reducirse a tomar los recados de su jefe, el Lic. González, sobre las incontables llamadas telefónicas que la esposa de éste le dejaba a diario. “Nada de llamadas Juanito”, le advertía el Lic., “y mucho menos si son de Elsa. Nomás tómale el recado”. El tal Juan redactaba sus reportes puntualmente, con bastante buena ortografía y, de vez en cuando, se atrevía a chatear para intentar ligarse alguna chica, sin resultado alguno. Pero una noche que Juan miraba la televisión, algo en las imágenes y los sonidos que lo bombardeaban desde la caja idiota hizo crecer en él la necesidad de escribir. Una necesidad urgente, imperiosa. Un ansia incluso. Una condena, sabríamos más tarde. Algo así como un deseo que surgía directamente desde su estómago y se disparaba hacía su cerebro. Juan nunca imaginó que esa explosión súbita de inspiración pudiera cambiar radicalmente su vida.
Como cada noche, Juan llegó a casa del trabajo y trató de hacerse del control remoto de la televisión, invariablemente prendida en el horario estelar de cierto canal que hipnotizaba a sus cautivos espectadores. Doña Remigia religiosamente veía la telenovela de las 9 y Juan lograba algunas pocas veces viajar por las ondas hertzianas para ver si algo, un poco menos predecible, estaba en la tele. “Solo en los comerciales, Juanito”, le decía su madre, “porque si no me pierdo la parte más emocionante de mi comedia”. ¡Qué hubiera sido de él de haber cambiado el canal justo en ese momento! El dedo índice de Juan titubeó por un segundo antes de apretar el botón: su atención se fijó en una enorme paleta de hielo que, como un gran señuelo verde, agitaba de un lado a otro de la pantalla una rubia edecán. “¡Un auto!”, gritaba la voz en off del anuncio. “Cuéntanos cómo lograste conquistar a la chica de tus sueños con Helados Escocia y gánate, ¡un auto!”. “Un auto”, pensó Juan, “con un auto si que podría conquistar a la chica de mis sueños”. Necesitaba ganarlo. Y se le hizo fácil correr a su habitación, tomar pluma y papel y empezar a escribir.
Juan mandó por correo, ciertamente sin esperanza, la carta de su conquista imaginada gracias a una paleta de fresa con cobertura de chocolate. “Sólo son tonterías”, pensó. Cuando le llamaron de Helados Escocia, tres semanas después, para informarle que había sido el ganador, Juan no se lo creía. “Un auto...un auto...”, balbuceaba por el auricular sin poder darle sus datos completos al telefonista que desesperaba frente al titubeo del “flamante” ganador. Juan se dio cuenta de los beneficios de la escritura al momento justo en que, tembloroso, sostenía las llaves de su Jeep Libertine nuevo. “Unas cuantas palabras inventadas”, se dijo, “y semanas después estoy manejando un auto”. Juan no pudo aguantarse las ganas de ir a presumir el auto con su hermano y cuñada. Hasta sus sobrinitos le hicieron fiesta: “¡Ora si nos puedes llevar el domingo a ver el programa del Chimuelo en vivo!”, gritaban los niños, mientras brincoteaban sobre las vestiduras de piel negra del primer automóvil que Juan había tenido en su vida.
Así inició la carrera criminal del tal Juan. Quien hubiera imaginado que ese primer sorbo de notoriedad, de reconocimiento y estima, creara en el un “monstruo que no conoce la moral ni la decencia”, un “infeliz bastardo malnacido”, como tantas veces escuchó decir a los personajes de las telenovelas de su madre. Después de su éxito en el concurso de Helados Escocia, Juan decidió repetir la hazaña cuando volviera a tener oportunidad. Y esa oportunidad no se hizo esperar: una mañana de domingo en el famoso programa de concursos del Chimuelo, Juan escuchó la consigna que le confirmó su vocación de escritor: “¡Avalanchas Piel Roja te lleva de viaje! Amiguito: si nos escribes una cartita contándonos sobre el lugar al que te gustaría ir con Avalanchas Piel Roja, ¡nosotros te pagamos el viaje!”. “Bien, muy bien”, murmuró Juan para si. “Esto es pan comido. Seguramente los “amiguitos” del Chimuelo van a escribir puras babosadas y, para babosadas, las mías”, pensaba Juan mientras se rascaba la cabeza con la punta de un lápiz. Juan escribió una y mil travesías en su avalancha: los Campos Elíseos, la Alhambra, incluso se imaginó a si mismo, trepado en su vehículo infantil, paseando por la franja de Gaza. “No, muy político”, pensó Juan. “No, muy intelectualizado; demasiado...culto...”. Juan terminó mandando la carta que le pareció más acorde al típico fanático del Chimuelo y, tras firmar con el nombre de uno de sus sobrinos, José Pérez, salió a toda prisa a la oficina de correos. “Si esto funciona”, se dijo Juan mientras regresaba a casa, “supongo que la suerte está de mi lado”.
Y, efectivamente, la suerte -o la desgracia, ¡quien puede decirlo!- estaba del lado del tal Juan. Un domingo, dos meses más tarde, el Chimuelo anunciaba la lista de ganadores del viaje cortesía de Avalanchas Piel Roja: el nombre de José Pérez fue el cuarto de cinco en ser mencionado. La mayor sorpresa se la llevó el sobrino de Juan, el verdadero José Pérez, al escuchar su nombre pronunciado por el mismísimo Chimuelo en cadena nacional. “¡Tío, tío, me gane un viaje!”, se escuchaba la voz chillona del “sobrinito” por el teléfono celular de Juan, mientras Juanito articulaba en su cabeza las palabras que diría al niño y a su madre. Si el tal Juan se hubiera detenido un segundo a pensar sobre los problemas que podría causarle hacerse pasar por otra persona, nada de lo que sabemos sucedió hubiera sucedido. Pero, como no hay hubieras, este comentario resulta intrascendente. Esa tarde de domingo la cuñada de Juan ocupó el segundo lugar en el “sorpresímetro”, para usar el término del Chimuelo. Los reclamos no se hicieron esperar cuando confrontó a su angelito: cómo que su nene había escrito al programa sin el permiso de mamá, cómo que su nene no era quien había enviado la carta, cómo que el tío Juanito lo había hecho... Así que, para disfrutar su viaje a Disneylandia –no se le ocurrió ningún otro lugar donde dejaran manejar avalanchas-, el tío Juanito tuvo que prometerle a su cuñada cuidar de José, hacerlo comer y dormir a sus horas y bien y nada, nadita de locuras. Esta era la segunda vez que nuestro Juan sentía orgullo y, ¡para que negarlo!, también el respeto de su familia, aunque matizado por el fastidio que le provocaron las indicaciones de su cuñada.
Continuará la próxima semana...
sábado, 13 de junio de 2009
La lista
Se sentó en la banca bajo la lista. Colocó el bolso, pesado y rojo, sobre sus muslos. Sacó de él una cajetilla y encendió un cigarrillo. Se encogió de hombros. Miró al suelo y se dijo en silencio: “Lo sabía”. Se tomó su tiempo: nadie la esperaba, como siempre. Nadie para preguntarle si después de tantos años finalmente su nombre estaba escrito en la lista. Nadie que se sorprendiera ni acongojara por la noticia. Nadie. Tiró la colilla al piso y se levantó para irse. Pero dudó. Dudó y se quedó ahí parada, inmóvil. ¿Qué pasaría si revisara la lista una tercera vez? ¿Si su nombre apareciera bajo el número veinte? Dudó. Leer la lista dos veces cada año durante seis años había sido más que suficiente para ella. Leerla una tercera vez este año sería inútil, cruel incluso. Pero, ¿y si esta vez fuera diferente? Cada año era el mismo ritual: revisar dos veces la lista de principio a fin para no encontrar su nombre. Pero tal vez este año podría ocurrir algo inesperado. Tal vez.
Encendió otro cigarrillo, parada donde estaba, con la lista a sus espaldas y el pesado bolso rojo colgando del hombro. ¿Y si sus ojos la hubieran engañado? ¿Y si no hubiera sido suficientemente meticulosa? La lista estaba ahí, detrás suyo. Una simple hoja blanca con una serie de nombres impresos en tinta negra. Era tan sencillo como voltear y confrontarla. Leer con paciencia cada nombre, del uno al veinte, por última vez, con la esperanza de que existiera el número veintiuno y fuera su nombre. Dudó. Tiró la segunda colilla. Quiso irse, pero no pudo. Sus piernas no respondieron. Estaban clavadas al piso. Era más fácil voltear y enfrentarse a la lista por última vez que seguir ahí, dándole la espalda. O que marcharse sin mirar atrás. Era más fácil confirmar su certeza que salir huyendo.
Empuñó la correa del bolso que colgaba pesadamente de su hombro. Dio media vuelta. La lista estaba esperando, justo frente a sus ojos. Introdujo la mano en el bolso mientras leía los primeros cinco nombres. Ninguno era el suyo. Las Mercedes y los Rodrigos seguían allí, pero su nombre no había aparecido. Leyó los siguientes cinco nombres de la lista. Nada. Sacó un objeto metálico y brillante del bolso rojo: una pistola. Otros cinco nombres, ninguno el suyo. Alzó la mano que empuñaba el arma a la altura de su sien. Cinco últimos nombres, ni uno más. “Lo sabía”, se dijo en silencio. Tiró del gatillo.
jueves, 4 de junio de 2009
El día del milagro
I
En un intento por ganar algo de espacio, Domitilia se colgó aún más de su tendedero y se encajó la cuerda en las palmas hasta la sangre, lo que la distrajo lo suficiente para relajarse y respirar. La súbita bocanada de oxígeno que llegó a su cerebro la mareó y le llenó el rostro de lágrimas; el mar, que ahora se iluminaba con el amanecer y se pintaba de rojo y naranja, se hizo líquido y turbio en sus ojos hasta desaparecer. Aunque todavía podía escuchar el batir de las olas, le parecía haber sido transportada lejos de su casa de palitos, plantas y gallinas en la que había crecido desde chica. Luego todo fue amarillo brillante y una mancha empezó a quemar los bordes de su visión hacia el centro, como el círculo negro que se cierra sobre las imágenes en el cine.
Agotada, pujó por última vez. La mancha negra se hizo roja y otra vez brillante, sus oídos estuvieron a punto de estallar, y sus mandíbulas hubieran podido romper una suela por la mitad de haberla mordido en ese momento. Apretó los puños, los brazos, las costillas, el abdomen y los ojos otra vez. Miles de luciérnagas atravesaron la noche que teñía su cabeza. Gritó y gritó y siguió gritando mientras el monstruo lentamente se abría paso en sus entrañas y coronaba su recto desgarrando piel y músculo. Sintió que no debía parar, prefirió usar sus últimas fuerzas para ponerse en pie mientras aquella masa hedionda y muerta se erguía como una columna detrás de sus piernas estiradas y temblorosas. La gravedad terminó el trabajo, Domitilia sintió cómo vaciaba su cuerpo sin mayor esfuerzo y quedaba limpia y ligera, lista para caer inconciente al lado de esa inmunda pila de mierda recién zurrada.
Debieron pasar al menos dos horas antes de que recuperara el conocimiento. El sol empezaba a quemar y el aire no había cedido con la entrada de la mañana, de modo que fluidos y sólidos, sudor y sangre se habían secado y brillaban de sal cuando por fin Domitilia pudo abrir los ojos. Estaba tendida en su patio y no alcanzaba a entender aún la pesadilla de la cual despertaba; lo más incomprensible era que llevaba días sin comer, curándose con agua de coco una diarrea interminable que amenazaba con dejarla en los huesos. Pero la noche anterior, una vez terminada la telenovela y al levantarse a apagar el televisor, un halo de luz azul llenó su cabaña, entró un guajolote aleteando, le acarició los pies y se fue. Inmediatamente Domitilia dejó de sentir el hueco de su panza, fue como si hubiera quedado preñada de comida. Lo que siguió es historia: en cuestión de horas la pobre había doblado su tamaño.
Ahora estaba allí, tirada, secándose, igual que la escultura olorosa enfrente de ella. El tamaño del engendro era espectacular y la forma…. Tenía una base sólida e imponente que dibujaba –a los ojos de Domitilia- dos querubines, los dos cachetones, alados y felices de estar a los pies de una virgen bellísima, de rostro velado y manos juntas en el pecho, sin más detalle que ese velo que la cubría de la cabeza a los pies. El aire salado y el sol ardiente la habían petrificado y ennegrecido, y ahora era una efigie perfecta cuya sombra superaba la de cualquier planta del patio. Domitilia se levantó asustada y a pesar de la debilidad en sus piernas corrió hasta la hamaca que colgaba a la entrada de su casa, tomó a grandes sorbos una coca cola que estaba en el piso desde el día anterior y volvió desmayarse.
- ¡Mami! Mira… mira la virgen de lodo allá al fondo.
- No hija, eso no es lodo. Es…
- Es mierda – dijo muy seca Domitilia que las escuchaba desde su hamaca, atrás del árbol.
- Ay Domi… – alcanzó a responder la incrédula Pancha desde el otro lado mientras se dirigía hacia la estatua – ¡¡pues obraste muy bien!!
La hija volteó hacia su madre con una mueca y no pudo contener la carcajada.
- No se rían… no es chiste.
- No, no es chiste Domi, es cierto, tienes razón… no es chiste, corrigió Pancha. ¡Es un milagro! ¡Es un milagro!
Madre e hija corrieron hacia la virgen y comentaban entre ellas lo bella, lo perfecta, lo milagrosa que resultaba esta aparición. Desde aquel improvisado altar llamaban eufóricas a Domitilia, contemplaban la obra, lloraban de emoción y alegría. Entre tanto barullo y festejo no se percataron que la anciana no se levantaba; de hecho era necesario acercarse a ella para ver el charco de sangre que ahora manchaba el piso debajo de la hamaca. Se apresuraron en dejarla sola, debían mandar por el cura cuanto antes.
El padre Fernández en realidad venía mentando madres. No podía creer que ahora debía ir a certificar un milagro. ¡Un milagro!, como si en esa tierra tal cosa fuera posible…. Los habitantes, al menos una vez al mes, veían un fantasma o ánimas errantes en el mar o predecían alguna catástrofe o presenciaban un milagro: lo que fuera, con tal de no morir en el olvido. Morir de hambre, de disentería, o de olvido.
Pero esta vez, para él todos habían enloquecido. Al parecer las heces de una mujer habían tomado la forma de la virgen. ¡Las heces!... ¡La Virgen!... El padre Fernández, cada vez que ocurrían este tipo de insensateces (como le gustaba llamarlas), respiraba hondo y le pedía a la Virgen que ayudara a toda la gente ignorante y tonta.
El camión se detuvo, su cabeza rebotó violenta en el vidrio. Como de costumbre respiró muy hondo, abrió los ojos, parecía emerger de una larga meditación. Volteó a ver a su vecina de viaje, le dio dos palmadas en la rodilla, se levantó y dio dos palmadas en el hombro al chofer, sonrió y dio las gracias. La solemnidad y el cuidado que ponía en sus movimientos agregaban veinte años a los casi treinta que tenía, a pesar de su rostro de niño. Bajó del camión, le preguntaron si quería caminar o prefería tomar una redila para la terrecería, él decidió caminar.
El sol estaba en su cenit. Mientras avanzaba, el padre Fernández procuraba ser amable con sus acompañantes, había que reconocerle que su deseo más sincero era en efecto el de seguir el ejemplo de Jesucristo, y entonces era amable; y sin proponérselo con esta actitud conseguía inspirar igual desconfianza que respeto. Preguntó pues por el milagro y cómo llegar al lugar de los hechos. No le extrañó que nadie supiera nada, eso ocurría todo el tiempo. De todas formas no tardó en encontrar la casa de Domitilia, un grupo de curiosos intermitentes e intercambiables la merodeaba desde hacía unas horas, como cuando los zopilotes indican dónde está el muerto.
A su llegada, saludó a Pancha pensando que ella era la dueña de la casa, no le molestó la visión de una anciana moribunda en la hamaca que colgaba a unos metros de la estatua; lo único que él quería era irse de allí lo más pronto posible. Le señalaron la Virgen, como ahora la llamaban los nuevos beatos, y desde que la vio no pudo quitarle los ojos de encima. Era un monumento demasiado obvio para él, todo el odio que alojaba su corazón se esfumó ante esa imponente y dolorosa visión y, como cuando era niño, empezó a temblar. No podía ver más que un escroto, un par de bolas y un falo erecto, perfecto. Recordó las interminables e infames tardes de sacristía que debió sobrevivir en su juventud. Su garganta se cerró conforme descubría que una poderosa erección lo dominaba sorpresivamente. Perplejo, confundido, y para no ser descubierto, cruzó las manos bajo su ombligo y cayó de rodillas, cabizbajo y vencido, pidiendo a Dios que toda esa humillación terminara. ¡Pobre cura Fernández! De haber sabido que desde donde él estaba en verdad se veía un pene, no se habría entregado a la culpa tan animadamente como ahora lo hacía. Pancha, al verlo postrado, levantó los brazos y aun más incrédula que en la mañana gritó “¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!”.
Pensó en su hijo. Cada vez que veía a los hombres regresar del mar, en sus lanchas, con sus redes y sus tarrayas, pensaba en su hijo. Él seguiría enviando dinero después de ella muerta, y no había ni cómo avisarle ni cómo pedirle que ya no mandara nada. ¿Quién se iba a quedar con todo ese dinero? Tanto trabajo y esfuerzos enviados a nadie y a nada… Pobre, se había ido para el norte apenas hecho un hombre, con catorce cumplidos y la promesa de volver; pero ya había pasado mucho tiempo, varios temporales, varios huracanes, hasta dos temblores fuertes, y no volvería a tiempo para besarle la frente como se acostumbra al morir la gente.
El padre Fernández terminó pronto el rosario, las letanías y la bendición; se despidió de Pancha y con un gesto de la mano se despidió de los demás. Sin entender bien porqué, caminó hasta la hamaca, le preguntó a Domitilia si se sentía bien. “Ya mejor” fueron sus últimas palabras mientras sonreía. El padre tomó sus manos ya heladas y le murmuró palabras en latín al oído, la bendijo, besó su frente salada; usó la silla que tenía la mujer para mantener abierta la puerta de su casa y se quedó junto a la hamaca en silencio mientras la puerta detrás de ellos se cerraba. Juntos escucharon el barullo del pueblo, las gaviotas que se peleaban el pescado de los hombres, el golpe de las olas contra las lanchas, el viento en los árboles, los niños gritando, los grillos, los perros, y el mar. Y poco a poco se abrazaron en el sueño púrpura del atardecer con las manos entrelazadas.
Cuando el padre Fernández volvió a abrir los ojos ya era de noche. La mano rígida de Domitilia yacía entre sus dedos. La soltó. Comprendió que no podría regresar a la iglesia sino hasta llegada la mañana, una vez terminadas la devoción y la borrachera de los demás. Los pocos que seguían despiertos miraban perdidos el fuego de una fogata, y uno que otro de repente cantaba. Sólo el enorme cerdo, que otra vez se había escapado de su corral, daba vueltas. Iba y venía buscando basura y comida y, como era de esperarse, se detuvo frente al altar. Su fino olfato lo había llevado hasta aquel monumental festín y el padre Fernández se escuchó decir en voz alta “este comemierda se la va a tragar”.
Él se acercó, la miró, acomodó su cabellera y le secó los ojos. Domitilia sintió cada músculo de su cuerpo relajarse, toda la agitación previa al encuentro se diluía ahora en una suave brisa de paz y cuando su hijo le preguntó cómo se sentía, ella suspiró un frágil “mejor que nunca”, y sonrió. Su hijo la volvió a acariciar, le tomó las manos y, muy bajito en el oído, le relató cómo era su vida, sus anhelos y sus sueños. Le describió todos los lugares que había conocido y todas las personas que lo habían ayudado; le habló de la mujer que amaba y del hijo que esperaba; la bendijo, le besó la frente, arrimó la silla que llevaba años esperándolo en la puerta de la casa y se sentó junto a ella, en silencio, con las manos entrelazadas, frente al agua púrpura del mar. Domitilia cerró los ojos, contenta.
martes, 5 de mayo de 2009
El equipaje de la huida

Para Ashki, porque leyó este relato un día y le gustó mucho.
por eso cuando vuelva/y algún día será/a mis tierras mis gentes y mi cielo/ojalá que el ladrillo que a puro riesgo traje/para mostrar al mundo cómo era mi casa/dure como mis duras devociones/a mis patrias suplentes compañeras/viva como un pedazo de mi vida/quede como un ladrillo en otra casa.
La casa y el ladrillo, Mario Benedetti
Hasta el día de hoy no he tenido que huir. No he tenido que escoger entre quedarme o verme obligada a partir. He podido seguir habitando esta tierra amada que tanta indignación me provoca. He podido permanecer aquí, no sin sacrificios, no sin duelos ni flagelos. Me ha sido dado seguir caminando por las calles de este barrio y regresar a casa después de la lucha diaria. Pero cada día que pasa es un día más que me acerca al exilio y, como a todos, con paciente seguridad me acerca a la muerte. Cada batalla ganada, por pequeña que sea, me da unos instantes más de permanencia, pero no asegura la estancia indefinida. Porque ganar batallas nunca ha significado ganar la guerra.
Siempre pienso qué querría llevarme en caso de que huir se hiciera necesario. Se que en un momento dado la huida no será una amenaza que pende sobre mi cabeza, como una condena o una espada, sino la única salida para seguir viva. Aunque, de darse la fuga, es evidente que no tendría tiempo de empacar: saldría con la ropa que llevara puesta, sin posibilidad de despedirme, en la urgencia del que se ve forzado a correr sin mirar atrás. Tal vez podría llevar un libro indispensable o dos. Tal vez la foto de mis padres.
Tengo que prepararme para ese momento a pesar de que todavía no sea inminente, porque, ¿cómo saber de su inminencia? Solo en la huida misma sabré que ya está sucediendo, que escapar no es más una pesadilla recurrente sino una certeza. Por eso diariamente tomo muestras de las cosas esenciales que llevaría conmigo y así ordeno meticulosamente el equipaje de la huida. Me llevo las visitas de mi hermana, su alivio al verme, todavía aquí, respirando su mismo aire, pisando su mismo suelo. Guardo los días de viento y el cielo azul profundo rasgado por unas cuantas nubes blancas. Atiborro esta valija imaginada y ligera con trozos del malecón adoquinado donde estaba sentada la noche de aquél beso salado. Para soportar el traslado forzado que es la huida, me equipo con retazos de colores y texturas: la cantera verde y la rosa, rugosas y cálidas; los rayos del sol reflejándose en las cúpulas de esta ciudad de palacios; los matices múltiples y cegadores de las calles con sus toldos y puestos que abarrotan cada acera. Coloco en un recoveco de la maleta la espuma de las olas que rompen en las playas, empeñadas en seguir vírgenes frente a los embates del dinero. En este compartimiento (a prueba de filtraciones) también pongo la neblina de las montañas del sureste haciendo lagos de algodón en sus cuencas.
Y junto con los recuerdos de mi geografía personal, en el lugar más recóndito de la valija, lejos de la desmemoria y el descaro, introduzco cuidadosamente los fragmentos de las caras de mi gente que, al unirse, hacen un solo y mismo rostro: las miradas opacas de los niños en las esquinas, jugando entre los autos; los tristes perfiles de los mendigos con sus manos extendidas, orando y pidiendo a la entrada de las iglesias. Empaco los últimos gestos de los desaparecidos, de los caídos, para arrebatarlos del olvido en que quisieran arrojarlos. Con ellos, empaco el rostro de la inconformidad, de la subversión silenciosa, el rostro del hartazgo.
Cuando esté lista, cuando haya empacado todo lo que aprecio, entonces podré huir. Correr y no mirar hacia atrás. Correr sin pensarlo, sin una dirección definida más que el escape. Pero es cierto que no quiero terminar de hacer el equipaje de la huida: quiero quedarme aquí, sin plazos ni términos, en este país que, por sentirlo mío, tan mío, me duele intensamente.
Foto: Vintage travel de Bella Seven, hallada en flickr.