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sábado, 17 de noviembre de 2012

Mi colapso en El Paso

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Creo que todo empezó en Albuquerque, Nuevo México. Bueno, en realidad pudo haber comenzado incluso antes, cuando la Caravana por la Paz cruzó la frontera entre Tijuana y San Diego, o cuando miles de personas se reunieron –varias veces- en el Zócalo del Distrito Federal para exigir el término definitivo del creciente derramamiento de sangre a manos del narco, o incluso cuando siete cuerpos fueron encontrados dentro de un automóvil en Temixco, Morelos…

No sé cómo, pero un insecto me picó en el pie derecho. Pudo haber sido una avispa, una abeja o un alacrán, y no le puse mayor atención porque ni siquiera sentí el piquete. Además estaba totalmente dedicada a ser una intérprete para la Caravana, a tratar de hacer llegar su mensaje a cuanta persona fuera posible narrando las historias atroces de quienes habían perdido a sus seres queridos: asesinados, torturados, desaparecidos… Porque pareciera que en mi país los carteles y los sicarios hacen lo que quieren. Al llegar a Santa Fe mi pie estaba hecho una ruina: se había hinchado tres o cuatro veces su tamaño normal, me picaba, me quemaba, me pesaba. El dolor me tenía copada. Pero como me educaron para no dar problemas ni ser una molestia, simplemente me aguanté. ¿Cómo podía atreverme a comparar mi dolor –un mero dolor físico- con aquél de las víctimas en la Caravana?

Mis queridos amigos Sam y Jessica no se aguantaron: como mi pie se veía bastante feo y mi situación era miserable, Jessica sugirió llevarme a casa de su amiga Karen por un poco de barro medicinal en lugar de ir a la sala de urgencias más cercana. No pude estar más de acuerdo con ellos, siendo tan contraria a los medicamentos como lo soy, y agarramos camino. Karen resultó ser una anfitriona espléndida además de una verdadera sanadora y nos invitó a Sam y a mi a pasar la noche en su casa: después de todo, éramos caravaneros sin cama. Así que tuvimos el lujo de una buena cama y una regadera caliente por primera vez en más de una semana de trabajo duro, tras dormir en los pisos de las iglesias y tener que hacer largas filas para estar bajo el agua de una regadera, a veces fría, por unos minutos. Esos dos días en casa de Karen –y en Santa Fe- fueron maravillosos: excelente plática y comida, mucha diversión, solidaridad y activismo desde el corazón que recargaron mi energía y fortalecieron mi certeza de estar justo en el lugar donde pertenecía. El tratamiento de Karen funcionó: mi pie se veía mucho menos hinchado, estaba mucho mejor que al llegar, y me dejó de molestar… por un tiempo. Por lo menos parecía que mi tobillo, ligeramente abombado, no daría a luz alguna criatura extraterrestre de repente, un escenario de ciencia ficción bastante inverosímil con el que Jessica y yo habíamos bromeado.

Después de disfrutar la Tierra del Encanto, la Caravana por la Paz partió hacia El Paso, Texas. La sensacional bienvenida me hizo olvidar mi pie desgraciado: una tibia noche de verano, La Placita de los Lagartos nos recibió con velas, consignas y un mar de gente cálida y comprometida que ondeaba banderas de México y Estados Unidos, revoloteando juntas al viento. Había música –rock mexicano, ¡sí!- y bailamos para dejar ir un poco el dolor que llevábamos cargando a hombros (y que yo, particularmente, empezaba a cargar de nuevo en mi pie). A pesar de dormir muy poco esa noche y de haber quedado atrapada en una escalera de emergencia (una situación bastante vergonzosa de la cual me salvó Iván, a quien casi le da un infarto dados los ruiditos macabros que hice en su ventana: eso es lo que pasa cuando uno ignora la advertencia de la monja de no salir por esa puerta y uno piensa que no pasará nada si se escabulle a fumar un cigarro de madrugada….), estaba lista para otro intenso día de Caravana a fondo. Pero el día comenzó con un mal paso: nomás no me entraba el zapata en el pie derecho. Hasta podría ser una especie de afirmación radical sobre la moda -usar un zapato y una chancla-, me dije mientras bajaba las crujientes escaleras de madera de la Academia Loretto para alcanzar nuestra camioneta hacia El Paso City Hall.

El día fue de mal en peor: al entrar al City Hall se rompió mi chancla, así que quedé descalza de un pie a punto de explotar, una situación nada ideal para una primeriza como yo dada la seriedad del evento cívico. Arrastré mi pie, que crecía y crecía, escaleras arriba para asistir a la reunión del Concejo de la Ciudad en la cual la Caravana por la Paz, junto con activistas de El Paso, presentaría un Código de Conducta para la venta de armas. Algunas personas hablaron en favor de firmarlo, mientras que a otras nada, pero nada les agradó la idea. “Si la corrupción y la impunidad son un problema mexicano, ¿por qué deberíamos de hacer algo al respecto nosotros?”, argumentó un texano en contra de firmar el Código. “Si no pueden hacer responsable por sus acciones en la guerra contra las drogas a su propio gobierno y a sus agentes del orden, si no pueden exigir que sean eficientes, eso no es asunto nuestro”, dijo una mujer sin pelos en la lengua y particularmente franca. Mientras que varias de las víctimas directas de esa misma guerra subieron al estrado para vaciar sus corazones, para hacer evidente que las armas gringas estaban matando mexicanos (y aún lo siguen haciendo), Marcela me pidió que interpretara una entrevista con esa misma mujer que estaba decidida a refutar las sugerencias del Código sobre el control de armas.

Me presenté como su intérprete y lo primero que Lisa dijo al ver mi ineludible y gigantesco pie rojo fue: “Oh, por Dios, eso requiere atención médica. ¿Necesitas algo? Puedo traerte un poco de hielo”. Quedé pasmada: esta mujer que justo había dicho que los ciudadanos estadounidenses no eran responsables por las incontables muertes y desapariciones en México, que indirectamente había culpado a mi gente por su propio dolor, estaba teniendo el gesto más humano que uno puede tener al preocuparse por la situación de mi pie y por mi bienestar en general. Y lo segundo que Lisa dijo me dejó aún más pasmada: “¿Cómo puedo saber que lo que tu digas en español será lo que yo diga en inglés si estás con ellos?”. Porque sí, le había dado la espalda a Lisa, al igual que hicieron todos los caravaneros durante algunas intervenciones en la reunión del Concejo, claras acciones de desobediencia civil; sí, había decidido ser grosera como medida para enfatizar nuestra postura… “Eso me pareció muy ofensivo”, dijo Lisa.

“No hay de qué preocuparse, estoy bien”, logré responder con respecto a su ofrecimiento (una total mentira). “Ya que soy una profesional (una verdad a medias porque, para entonces, sólo había sido intérprete durante una semana…) y aprecio que me quieras ayudar, te puedo asegurar que lo que sea que digas en inglés será dicho en español, palabra por palabra (una verdad sincera, por lo menos esa era mi intención)”, le dije a Lisa. Una profesional estresada y dolorida, bajo el influjo de una suerte de extraña vergüenza, pensé, mientras sentía que mi garganta se cerraba poco a poco y mi pie se enrojecía y ensanchaba más y más. ¿Cómo tratar con dignidad a alguien que cree que le has faltado al respeto, que has menospreciado sus creencias más profundas? La entrevista de Lisa ha sido, por mucho, mi peor interpretación: no pude concentrarme para nada, estuve a punto de llorar –o tratando de sollozar en silencio, sin éxito- todo el tiempo que duró y en verdad pensé que no estaba haciendo ningún sentido, que las palabras solamente se desparramaban de mi boca hacia el micrófono. Fui un auténtico desastre y, en efecto, le fallé a Lisa (y a Marcela también…), pero no por la razón que había temido.

Cuando terminó la entrevista, me quedé con Lisa para una plática off-the-record. Lo hice principalmente porque me sentía como una idiota y quería redimirme: sabía que mi interpretación no había sido ni siquiera decente y también quería tratar de hacerle llegar en mensaje de la Caravana. Después de todo, supuse, soy activista tanto como intérprete. Necesitaba recobrar mi compostura y mi habilidad para articular ideas: nadie estaba en contra de la Segunda Enmienda, le dije a Lisa, no habíamos cruzado la frontera para imponer nuestra voluntad en ese espinoso tema, ni en ningún otro para el caso, y sólo estábamos tratando de crear consciencia sobre la violencia relativa a la guerra contra el narco, absurda y desatada, que había cobrado decenas de miles de vidas en México durante los últimos seis años. Mujer, ¿qué no puedes ver que tu derecho a portar armas está destrozando el derecho a la vida de otras personas? Justo en ese momento, medio descalza y afligida (era mi pie, sí, pero para entonces el creciente malestar ya había cavado un túnel hasta mi corazón), me di cuenta de cuan fácil era vulnerar fibras sensibles cuando las mías estaban hechas trizas.

Lisa escuchó lo que yo tenía que decir –poco en realidad, dada mi penosa circunstancia- y después, con toda calma, me contó su historia: haber vivido en Texas como un hombre abiertamente homosexual, comenzó, hace que una pistola siempre venga muy bien. De la forma más difícil, Lisa aprendió a defenderse, aprendió a defender el estilo de vida que había escogido, aprendió a defender a sus amigos y amantes: se necesitan agallas para hacerlo. Después de su cirugía de reasignación de sexo, Lisa confirmó que América era (y estoy segura de que aún lo es para ella) la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Su propia historia de vida es testimonio de ello. Dada la persona que había sido, tener un arma no era un mero derecho, sino una potencial herramienta para salvaguardar las libertades que tanto le habían costado, una manera de, eventualmente, luchar por su identidad, incluso por su vida. No pude dominar más las lágrimas y empecé a llorar. ¿Existirá alguna forma justa de salir de una paradoja como esta, de que los derechos de todos y todas se protejan de manera equitativa, aún cuando la libertad de alguien pareciera vulnerar la de alguien más? Lisa terminó diciendo que de verdad sentía mucho las muertes y desapariciones, que se condolía profundamente al ver el dolor de los familiares, pero que no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Sin más que decir, me sequé las lágrimas y le agradecí a Lisa por haberse abierto conmigo tan sinceramente.

Los testimonios sobre los horrores en México seguían fluyendo en la reunión del Concejo y regresé a la sala para sentarme tan silenciosamente como pude. Minutos después, Lisa entró a la sala y se me acercó: “Aquí tienes”, me dijo, y me dio una pequeña bolsa de plástico cubierta con toallas de papel, una bolsa llena de hielo. Y entonces me quebré: comencé a llorar de forma tan incontrolable que mi cuerpo entero se convulsionaba. De verdad que no podía controlarme. Era como si un dolor enorme se hubiera apoderado de mi, como si una congoja violenta y profunda me hubiera agarrado del corazón y me estuviera sacudiendo desde dentro. La bolsa de hielo de Lisa -una cosita pequeña pero, para mi, un gesto tan poderoso- desató mi colapso en El Paso. Sentada ahí, con las manos en la cara y llorando cual Magdalena, un policía me preguntó si necesitaba una ambulancia, a lo que respondí que no y traté de salir de la sala. Marco vio el estado en el cual me encontraba y antes de que pudiera  salir me agarró y me abrazó tan fuertemente como pudo. Desde el pequeño hueco que mis brazos trazaban alrededor del cuello de Marco recuerdo haber visto un segundo a Sam, su cara preocupada, y a otros caravaneros que se acercaban. Pude sentir su empatía, su apoyo silencioso: un amor verdadero, calmante y reconfortante. No se cuanto tiempo estuve colgada de Marco, ni cuanto tiempo le tomó a mi cuerpo dejar de convulsionar. Pero cuando finalmente sucedió, quedé insensible y desesperanzada.

Tampoco se como llegué ahí (ahora no lo recuerdo): de pronto estaba fuera de El Paso City Hall antes de que la reunión del Concejo hubiera terminado. Ya en la calle, me quité mi chaleco rojo de interpretación y lo tiré a la banqueta. “¡Renunció!”, grité, “¡y necesito un hospital ya!”. Sí, había tenido suficiente, por lo menos para un día. Necesitaba retirarme un tiempo, estaba desesperada porque no podía más: mi pie me estaba matando, no lo podía seguir negando, y mi corazón también. Todo era demasiado crudo, demasiado aplastante como para soportarlo. Sabía que la interpretación iba a ser difícil dado el material con el que trabajábamos a diario, pero no pude prever, hasta ese momento, la agitación bárbara que un pequeño acto de generosidad detonó en mis emociones estando físicamente adolorida como estaba: darse cuenta de la humanidad de alguien, a pesar de las discrepancias ideológicas, simplemente había hecho que me desmoronara a pedazos. Por fortuna, Kayla estaba ahí: vio que yo era un gran desastre lloriqueante, con un pie derecho como de elefante que se estaba poniendo morado y, encima, no tenía zapato, y se ofreció en el acto para llevarme a un hospital.

Después de ayudar a Kayla con sus diligencias, que incluyeron comprar unas pantuflas para mi, me llevó a un Centro de Salud en algún lugar de El Paso. Ahí perdí el conocimiento con una inyección de lo que ahora sospecho era Vicodin. La doctora estaba impresionada por el grado de la hinchazón y por la ausencia de rastros de un piquete e incluso ordenó rayos x para descartar huesos rotos. Finalmente dijo que yo había sido la desprevenida víctima de una reacción alérgica fuera de control –hasta entonces creía que no tenía alergias, salvo, tal vez, a la alcachofa- así que me recetó seis medicamentos diferentes: antiinflamatorios, antibióticos y analgésicos, lo que significó más Vicodin (y al caño se fueron años de esfuerzos sostenidos por no tomar ningún tipo de medicamento). Kayla me llevó de regreso a la Academia Loretto: las hermanas estaban un poco alarmadas por mi emergencia y consideraron que lo mejor era darme de cenar y mandarme a la cama. Caí dormida, hasta el tope de drogas, y el dolor poco a poco disminuyó. Tanto mi pie como mi corazón estaban regresando a su tamaño cotidiano.

Al siguiente día me enteré de que el Consejo de la Ciudad de El Paso había refrendado el Código de Conducta: la resolución pasó con siete votos a favor y una abstención. El dolor, el mío en particular, empezaba a valer la pena.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Caravana, generosidad y resistencia / Caravan, generosity, and resistance

Escribo estas palabras para dar testimonio de la primacía de la lucha de la resistencia en cualquier situación de dominación; de la fuerza y el poder que surgen de la resistencia mantenida y de la profunda convicción de que estas fuerzas pueden ser sanadoras, pueden protegernos de la deshumanización y la desesperación.
bell hooks

La probabilidad de que tus acciones de resistencia no puedan detener 
la injusticia no te exime de actuar por lo que sincera y reflexivamente 
crees que son los mejores intereses de tu comunidad.
Susan Sontag

En este momentito libre que ahora tengo -y de cierto sé que los momentitos pueden ser eternidades- pienso escribir sobre la Caravana por la Paz en los Estados Unidos. No escribiré sobre la política, la ética, la logística ni si quiera sobre la poética (eso lo dejo para varios otros posts): sólo escribiré sobre mis primeras impresiones (¿o son las últimas? Después de un mes de Caravana, mi reloj interno aún está revuelto, igual que mi termostato y mi brújula). Estos días en el camino me han hecho reconsiderar muchas cosas, cosas que tal vez eran meras intuiciones pero que ahora son sutiles y poderosas verdades: no sólo la fe mueve montañas, sino que la generosidad también lo hace. Este viaje se fundó en la generosidad: la generosidad de quienes dieron sus testimonios, una y otra vez, por más doloroso y desgarrador y pavoroso que fuera; la generosidad de quienes dimos nuestro tiempo y oidos y apoyo, sin importar que, a veces, nuestros propios corazones se rompieran; y la generosidad de los estadounidenses -prefiero llamarlos usanenses, o algo por el estilo- que nos abrieron las puertas de par en par y nos recibieron cálidamente una y otra vez.

Si cualquier travesía se funda en la generosidad, nada puede salir mal. Y nada salió mal en la Caravana. No se cual será su impacto: si cambiamos o no la mente de las personas, si los políticos y hacedores de política pública transformarán de verdad sus malas mañas después de lo que vieron y escucharon, si la fallida guerra contra las drogas terminará algún día o no. Lo que sí se es que la resistencia contra el horror es fuerte. En las circunstancias urgentes de supervivencia impuestas a muchas comunidades e individuos, la resistencia da dignidad y esperanza. Por eso continuaré alimentándola: en la Caravana he encontrado tal camaredería, compañerismo, tantos querid@s, querid@s amig@s -una comunidad que siento mía- que no estoy dispuesta a dejarlos ir.

***

I write these words to bear witness to the primacy of resistance struggle in any situation of domination; 
to the strength and power that emerges from sustained resistance and the profound 
conviction that these forces can be healing, can protect us from dehumanization and despair.
bell hooks

The likelihood that your acts of resistance cannot stop the injustice 
does not exempt you from acting in what you sincerely 
and reflectively hold to be the best interests of your community.
Susan Sontag

In this little free time I've got now -and I know it's true little moments can become eternities- I plan to write about the Caravan for Peace in the United States. I won't write about politics, ethics, logistics, not even about poetics (that I leave for several other posts): I'll just write about my first impressions (or are they last impressions? After a Caravan month, my inner clock is still upside down, such as my thermostat and my compass). These days on the road have made me reconsider several things, things which perhaps were mere intuitions before and are now subtle and powerful truths: not only faith moves mountains, but generosity does that as well. This trip was founded on generosity: the generosity of those who gave their testimony, again and again, no matter how painful and heart-rending and bloodcurdling it might have been; the generosity of those, like me, who lent time and both ears and support, without minding that our own hearts would sometimes break; and the generosity of the people from the US of A -I prefer to call them usanites, or something along those lines- who opened their doors and warmly welcomed us again and again.

If any journey is built upon generosity, nothing can go wrong. And nothing did go wrong with the Caravan. I don't know what will its impact be: whether we changed people's minds or not, whether politicians and policy makers will indeed change their evil ways or not after what they saw and heard, whether this failed war on drugs will ever stop or not. What I do know is that resistance against horror is strong. In urgent survival circumstances as those enforced on communities and individuals, resistance provides dignity and hope. That's why I'll continue feeding it: at the Caravan I found such comradeship, companionship, such dear, dear friends -a community that I can call my own- that I'm not willing to let them go.

jueves, 14 de julio de 2011

No cars, go!!!!! Impresiones sobre mi primera experiencia haciendo cine

Para tod@s en el crew de Nighttime
Para Stephanie Brewster, en agradecimiento
por invitarme a hacer una película
Para Claus Loredo, como promesa para empezar
a hacer nuestra propia película

Siempre he dicho que no soy realizadora, que lo mío lo mío es sólo ver películas (muchas, si, de todo tipo, "buenas, malas y peores", como creo que algún día recomendó hacer Tarantino). Durante gran parte de mi vida y gracias a la cinefilia de mi padre, lo mío fue hacer de feliz voyeur y, con palomitas en mano, disfrutar tranquilamente del espectáculo luminoso de la sala oscura. A partir de que decidí hacer del cine mi objeto principal de estudio, el disfrute se ha vuelto trabajo: desde que escribo una tesis sobre cine y organizo diplomados sobre cine -¡oh, ironía!- casi no voy al cine (al menos no con la frecuencia de antes) y ahora lo mío, lo mío consiste en desentrañar mecanismos significativos, descubrir correlaciones empíricas y reconstruir historias dentro y fuera de la pantalla, para lo cual las palomitas han cedido su lugar a la pluma y al cuadernito y la sala de cine se ha visto reeplazada por el archivo y la hemeroteca. Además, nunca he creido tener la habilidad o características requeridas para embarcarse en las largas y penosas horas que significan hacer cine, para dar el salto de estar sentadita cómodamente en la oscuridad y entrar al rush que significa estar del otro lado (que no enfrente) de la cámara. Pero tras ayudar en la filmación del corto Nighttime de Stephanie Brewster, los siempres y los nuncas parecen disolverse felizmente en unas ganas terribles de hacer más cine...



Día 1, 10:46 pm
Acaba de anochecer y yo aún en camino hacia la locación. Steph dijo que el centro de reunión era una capilla o algo así. Conforme a las indicaciones, salgo de la estación Nordbahnhof y doy vuelta a la izquierda en Gartenstraße, una larguísima calle, casi recta, con edificios de apartamentos a un lado y lo que creo es un gran parque (sólo alcanzo a ver la alta barda) al otro. A lo lejos se distinguen las torres de una iglesia, con todo y un reloj, así que no estoy tan perdida. Cuando llego a la rotonda frente a la iglesia veo al crew bajando cajas de dos autos. La Srita. Brewster está ahí y me presenta como asistente de producción (yo pienso: ay, ¡qué generosa! Si nomás vine a jalar cables...). Los hallos! entusiastas dan paso al trabajo: estamos, literalmente, bajo el reloj, porque las horas de oscuridad en Berlín y en verano son pocas. Primero me ocupo de ayudar a Cata -querida amiga colombiana y directora del coro de los niños cantores del Görli- con el catering: limpiar las botellas de refrescos, jugos y aguas que por quién sabe qué artes están tan sucias y que Steph logró fueran donadas a la producción. En el trajín de subir y bajar cosas de los carros, la alarma de uno de ellos comenzó a sonar. Y sonar y sonar y sonar: no había manera de controlarla. De pronto, una persiana en la ventana de un edificio se levanta y un hombre comienza a decir improperios (supongo). Michael, nuestro emprendedor e ingenioso productor alemán (por eso es "Mijaíl" o "Michi" en vez del horrible "Maicol" gringo), le dice al hombre, entre otras cosas: "Entschuldigung..." ("perdón...", una de las primeras palabras que uno aprende por acá dada su gran utilidad), a lo que el hombre responde (entre otras cosas): "Keine entschuldigung!!! Blah, blah, blaaarrrggghhh: polizei!!!" (lo que puede traducirse como: "¡¡¡Que perdón ni que ocho cuartos!!! ¡¡¡Qué horas son estas para estar haciendo tremendo ruido, por Dios!!! ¡¡¡Cállense o llamo a la policía!!!). Luego me enteré que el hombre de los improperios era el mismísimo padre de la Iglesia de San Sebastián quien muy amable y generosamente había prestado su casa parroquial para hacer de cuartel general de la filmación...

11:42 pm
Ya con la alarma insumisa bajo control, el crew y los actores salimos a filmar. Mi labor central en Nighttime (además de hacer lo que se ofrezca porque para eso es que uno se voluntaría) es estar al pendiente de los carros, buses, bicis, motos y demás transportes o peatones que se paseen por Gartenstraße. Como la historia es sobre el viaje nocturno de una niña que va en el asiento trasero de un auto, la cámara está montada precisamente dentro de un auto y gran parte de las tomas se hacen con el auto en movimiento. Michael me da un walkie y me voy a mi posición, casi en la esquina de Gartenstraße y Bernauerstraße. Cuando no pasan vehículos yo digo: "No cars, go!!!!!" y comienza el rodaje. Philip, otro miembro del equipo, está en la esquina opuesta haciendo exactamente lo mismo. El carro va de una esquina a la otra, una y otra vez. La luz de los reflectores al interior lo hace parecer una pecerita móvil que ilumina a su paso la oscuridad de Gartenstraße. De pronto, el auto ya no cruza frente a mi punto de vigilancia. Se ha tardado mucho y nomás no aparece. A la distancia encuentro la razón: una enorme columna de humo blanco, que se distingue a cientos de metros hasta donde estoy parada, sale del cofre del carro. ¡Maldición!

3:07 am
Debido al incidente del auto, las tomas interiores del corto ya no pueden hacerse. El actor y la actriz que hacen las veces de padres de Noemí, nuestra pequeña protagonista argentino-alemana, no pudieron filmar hoy, así que el rodaje sigue con Christian. Me sorprende la destreza de Steph para tomar decisiones rápidas, resolver problemas bajo presión y dar indicaciones amables siempre con una sonrisa. El rol de Christian en Nighttime es ser una especie de hombre-aparición que se acerca repetidas veces al auto en que viajan Noemí y sus padres sin poder alcanzarlo, una aparición que desconcierta y asusta a Noemí. Edgard, nuestro fotógrafo-camarógrafo chileno, ha instalado la cámara en otro auto -el que se averió ya fue empujado y estacionado y está en espera de que una grúa venga por el- y ahora es el turno de Christian frente a la cámara. Con su lucecita en la espalda, no vaya a ser la de malas, y a la señal de Steph, Christian se lanza tras el auto en marcha. Corre y corre, pero el carro se pierde a lo lejos en Gartenstraße. Y a lo lejos, frente a la entrada de la Nordbahnhof, se alcanza a ver la Torre de Televisión, la famosa Fernsehturm, sinónimo de Berlín (cuya foto da la bienvenida a este bló desde hace unos meses). It's a wrap-up for today: ya que comienza a clarear, regresamos a la casa parroquial para recoger lo que haya que recoger e irnos a dormir. Pero antes, Michael le escribe al padre una cartita en que nos disculpa por el alboroto causado (y no se si finalmente incluyó (no lo creo) la parte que algunos miembros del crew sugerimos sobre prometer que nos arrepentiríamos de nuestros pecados, que nos convertiríamos al Catolicismo y que hasta rezaríamos unos Padre Nuestros -en tres idiomas: inglés, español y alemán- como acto de merecida expiación...).

Día 2 -cualquier hora es buena-
Como resulta que he sido nombrada algo así como vocera de los/as becarios/as mexicanos/as en la Summer School berlinesa, me quedo en casa preparando un speech sobre la evaluación de las actividades académicas del evento o, más bien, tratando de articular nuestras quejas, dudas (que son muchas) y salvedades de la manera más amable y diplomática posible...

Día 3, 10:39 pm
Falté un día a la filmación y ya han pasado muchas cosas: la madre de la protagonista, quien ayer terminó de filmar casi todas sus tomas, se ha ido a Grecia y el padre, debido a que el primer día no fue requerido, ahora tiene otros compromisos que le impiden retomar (¿o comenzar?) su papel en Nighttime. Ahora Michi, que de origen es actor, hará de padre de Noemí y Nuria, nuestra directora de arte española, será la madre. Salimos a la calle a filmar y ocurre otro imponderable, éste anunciado con increíble precisión por Ursel, la asistente de dirección: a unos minutos de que den las doce, comienza a llover. La filmación tiene que cancelarse hasta nuevo aviso.

Día 4, 10:15 pm
Tras la lluvia que nos agüó el rodaje el día anterior, el meteo dice que esta noche no lloverá o que, por lo menos, las probabilidades de que suceda son escasas. Uno de los retos de hoy es mantener despierta y alerta a nuestra protagonista: entre tomas, Steph, Michi y yo bailamos y cantamos con Noemí Tu me dejaste caer de Daddy Yankee y A lo loco de Celia Cruz y Jarabe de Palo; en estos momentos de descanso, ella se encarga de dar las órdenes: un pasito a la izquierda, otro a la derecha, manos arriba y abajo y está lista la coreografía. El futbolito -kicker, le dicen por acá- que tiene el padre en la parroquia es otra estrategia para divertirla. Todos los miembros del crew ayudan a hacerle ameno el pesadísimo trabajo que supone una filmación. Los días de desvelos naturalmente que tienen a cansada a Noemí...

2:38 am
Dado que Michi ha ido a dejar a Noemí a su casa y que aún falta mucho por rodar, ahora tengo una nueva encomienda: manejaré el carro para filmar las escenas en que, después de mucho correr, Christian lo alcanza por unos segundos y se quita la cara. Si, leyeron bien: como si se tratara de una máscara, el hombre-aparición toma los pliegues de su frente con las manos y se arranca la piel. Originalmente estaba contemplado emplear a un profesional de los efectos especiales para lograr la ilusión de que Christian se "descarara" pero ahora, por otros imponderables que ignoro, Martina, la make-up artist de la producción, se ha encargado de dar a Christian unas ojeras tremendas y una palidez de muerte. El efecto de quitarse la cara, a pesar de que la Srita. Brewster no está del todo convencida, se hará en postproducción. Enciendo el carro rogando que no haya más imponderables (o fatales errores míos, ¡ja!) y transitamos varias veces, a poca velocidad, por Gartenstraße. Christian se acerca a la ventana izquierda del auto y (supongo, porque no puedo voltear a verlo) el hombre-aparición se manifiesta, arrancándose la cara frente a la cámara. Tal vez no haya andado en bicicleta en Berlín, capital europea de las Fahrräder, pero orgullosamente puedo decir que conduje un automóvil para una filmación.

Día 5, 10:19 pm
Llego directo a la cocina de la parroquia para hacer bocadillos y café: hay que mantener alimentados y bien despiertos a los miembros del crew y a los actores, sobre todo a Noemí. Parece ser que este es el último día de filmación. Los imprevistos diversos han hecho que el plan de trabajo se extendiera de dos a cinco días. Esta vez vuelvo a mi labor inicial del No cars, go!!!!! pero sin walkie-talkie porque eran rentados y hubo que regresarlos. En realidad mi labor con Christian, además de una medida de seguridad, es como de acompañamiento: eso de estar esperando a mitad de una calle oscura y luego empezar a correr detrás de un auto, tratar de alcanzarlo y, de lograrlo, desfigurarse para asustar a una niña resulta ontológicamente peligroso. Lo bueno es que Christian es todo un profesional (ahora que lo pienso, Christian es como una versión joven de John Malkovich but without the funny eye...). Entre tomas, platicamos de los particulares de mi tesis y de su trabajo, de la vida en Berlín y así, hasta que las intermitentes del auto gritan Action! a falta de walkies. Una vez más, como lleva haciendo por cinco noches, Christian emprende su carrera hacia el auto inalcanzable, cuyas luces se van desdibujando poco a poco mientras avanza por Gartenstraße en dirección de la todavía más inalcanzable Fernsehturm...

1:47 am
Martina y yo esperamos en la parada del bus mientras el resto del crew filma las últimas escenas: ahora Edgard, desde el interior del auto, sostiene la cámara fuera de éste, con ayuda de un tripié, para filmar el punto de vista de Christian cuando se "descara" frente a Noemí. Parece que amenaza lluvia, al menos unas gotas, y los bichos nocturnos revolotean cerca de los anuncios luminosos de la parada: incluso una arañota se pasea oronda frente a nosotras. Es increíble que haga frío, digo, estamos en verano, ¿no? Reviso el mapa de Berlín que está en la parada del bus y me pregunto qué tanto conozco: veamos, ¿qué distrito es por acá? Porque les llaman distritos a las... delegaciones, ¿verdad? ¿Mitte o Wedding? Hmmm... Entonces para ir a Kreuzberg uno hace así y así... Lo que es el cansancio de la locación, pienso. Después de una espera bastante prolongada, el carro finalmente se estaciona en la parada y al salir Steph de el nos anuncia que hemos terminado de rodar Nighttime. Los abrazos marcan el término de nuestros desvelos y el inicio de la postproducción que traerá nuevos desvelos: aquéllos de la edición. Al entrar a la casa parroquial Michi nos sorprende con una botella de vino espumoso: hay que festejar o, ya que estamos todos agotados (y además la Srita. Brewster se ha sentido mal desde hace tres días: como que le va a dar gripa), hay que brindar a la salud de Nighttime. Edgard saca la foto del recuerdo mientras alzamos vasos desechables y burbujeantes. Sólo queda recoger nuestras cosas y limpiar la cocina de la parroquia: hay que dejársela al padre, bendito padre, tal como nos la entregó.

Música, cortesía de bz0skate.

domingo, 10 de julio de 2011

El post inconcluso (o de como vivir la intensidad de la vida cotidiana berlinesa impidió terminar de escribir un post en este bló)

Mi estancia en Berlín -como supongo sucede con todo extranjero que vive una temporada en un país ajeno- ha ido adquiriendo color y sabor con el tiempo. Al principio la extrañeza del lenguaje, de las complicadas pero bastante eficientes líneas del U-Bahn, el S-Bahn y el Ringbahn y hasta de los usos y costumbres (bueno, tampoco es como si estuviera viviendo en otro planeta) contribuye a crear una sensación de extravío permanente, de incomunicación y aislamiento. Una sensación bastante propicia para la mirada etnográfica, que buena falta me hace practicar y pulir. Todo es nuevo, curioso e interesante; todo es pretexto para observar, pensar y preguntarse cuán obvio puede ser en este contexto lo que a uno en su tierra se le hace de lo más elemental. Necesariamente aparecen la comparaciones con lo propio: que si en México tal y en Alemania tal, que si en el DF esto y en Berlín lo otro [1]. Pero en cuanto uno se habitúa a andar por la ciudad y a comunicarse a señas o como sea, la extrañeza inicial da paso a una paulatina adaptación [2]. Uno empieza a sentirse un poco como en casa o, más bien, empieza a cartografiar y poblar un pequeño territorio que hace las veces de hogar temporal. La ciudad deja de ser un monstruo incomprensible cuando reconoces algunas calles, lugares y rutas. Las redes de conocidos y contactos se expanden y complejizan; comienzan a surgir amistades y cercanías. Los alemanes -que al principio pensé über organizados, respetuosos de la ley, quisquillosos, fríos y hasta hoscos- resultan tan humanos como cualquier otro humano en cualquier otra latitud del planeta [3].

***

Mi cumpleaños este año resultó toda una aventura. Y fue también una agradabilísima sorpresa, totalmente inesperada. La tarde antes del mero día fuimos requeridos a una conferencia en la Freie Universität con el pretexto de que después se celebraría la primera fiesta de verano: música, comida y, según Saranda (una de las chicas a cargo de los asuntos estudiantiles), excelente oportunidad para hacer contactos y hasta encontrar trabajo. En uno de los jardines del campus (muy al estilo gringo: casitas con áreas verdes y construcciones más grandes comunicadas por pequeñas calles, como un pueblito del estudio) se instaló el buffet que, la verdad, fue deliciosísimo (sobre todo las "paletas" de cordero y los postres de leche con moras que quién sabe cómo se llaman). Y entre vino y otros tragos que aparece un mariachi: oh, si, un mariachi que unió a todos los latinoamericanos (bueno, bueno: mexicanos y colombiamos cantamos y bailamos, argentinos y chilenos... pues no se las sabían o vayan ustedes a saber)...

***

... y así se quedó este post. Lo comencé a escribir el 11 de junio y un mes después que lo retomo he preferido dejarlo así, sin terminar. Como para no traicionar el hecho de que la propia dinámica del post se rompió, irremediablemente, con el paso de los días; no es que no recuerde qué era lo que iba a escribir o que fue lo que pasó, sino que el momentum del post se perdió, las impresiones frescas de mi fantástico cumpleaños berlinés ahora están demasiado elaboradas, demasiado teñidas por los filtros de la memoria. Recuerdo el viaje nocturno hacia Mitte para seguir la fiesta; recuerdo la trifulca en el vagón del S-Bahn entre el ruso "bueno" y el ruso "malo" porque el segundo, pedísimo, se quejaba violentamente de que nuestra muy femenina delegación mexicana cantaba a todo pulmón y el primer ruso le pedía, paciente y solidariamente, respeto a la libertad de los otros (es decir, de nosotras). Recuerdo haber invitado al ruso "bueno" a mi fiesta, invitación que declinó porque ya era jueves en la madrugada y tenía que trabajar. Recuerdo (y agradezco muchísimo) la hospitalidad de Priscila y Simone: nos recibieron en su casa para seguir la fiesta con chocolate, cervezas y quesos. Recuerdo que salimos ya de día [4] de Mitte y pasamos por unos croissants calientes, a falta de unos buenos chilaquiles, para emprender el camino de regreso a casa... Después se pasaron los días y las semanas, se amontonaron las horas, los paseos por los parques, las salidas a comer y cenar, el vino y las fiestas, las pláticas, charlas e intercambios diversos, los compromisos académicos variopintos (porque, he de decir, también vine a trabajar); se amontonó el asombro por esta ciudad maravillosa y en junio no escribí nada. A veces, si no es que siempre, dado que soy fatalmente ideática, me entra el puntillismo de retratarlo todo, absolutamente todo, desde los detalles más insignificantes hasta las panorámicas más abarcadoras (como si recordarlo no fuera suficiente, como si temiera un súbito revés del olvido), y siento que el post de mi fantástico cumpleaños berlinés ya no puede escribirse en esos términos [5]: helo aquí, incompleto, con una suerte de largo epílogo explicativo sobre sus faltantes y mis obsesiones... Pero, ¿cómo no entregarse al canto de las sirenas berlinesas que susurran: apaga la computadora, sal de tu cuarto y piérdete en la ciudad?




NOTAS
1. Sobre tales comparaciones, algunas muy evidentes y otras no tanto, AÚN espero escribir pronto un post.
2. Salvo por todo tipo de sorpresas que, de repente y sin aviso, saltan al paso: agotar una ciudad como ésta es tarea realmente imposible.
3. Al fin y al cabo, como bien dijo Depeche Mode, People are people, aunque no está demás recordar también el famosísimo People are strange de The Doors...
4. Lo cual no es muy difícil porque en Berlín y en verano empieza a clarear como a las 3am.
5. Supongo que estoy desarrollando algo así como una poética de mi propia escritura bloguera...
Música, cortesía de maryniakzg.

lunes, 9 de mayo de 2011

KLM, Schiphol y Kopischstr.

Para Said y María:

ientras los/as universitario/as festejaban el triunfo de Pumas y unas 10 mil personas (eso dice La Jornada) marchaban hacia el Zócalo contra la guerrita de Felipón. Hace un día (o menos, supongo que aún estoy perdida en el tiempo y, sobre todo, en el espacio: ¿dónde quedó el norte?) que estoy aquí y lo poco que he visto desde que, muy amablemente, la familia Téllez Isibasi me acompañó al aeropuerto, da para pensar mucho y escribir todavía más.

Casi no sentí las nueve horas de vuelo hasta Amsterdam, en parte gracias a que KLM tiene un sistema de entretenimiento bárbaro para sus vuelos transcontinentales: pantallas y audífonos individuales con los cuales uno solito se confecciona el desaburrimiento, sin necesidad de siquiera mirar al de al lado, ni riesgo alguno de platicar o convivir. Pantallitas individuales para enajenarse a gusto con episodios de las series de Hannah Montana, The Big Bang Theory y los imperdibles Friends, películas bien taquilleras y oscarescas como Black Swan y The King's Speech, juegos y musiquita variada: de la Gainsbourg (yo ni sabía que cantaba), de Queen y Radiohead, Michael Jackson, Khaled, Mahler and absolutely everything in between. Me conformé con dormir, comer (muy sustanciosamente, eso si) y ver un documental sobre Joan Rivers quien, entre más conozco, mejor me cae. A pesar del completísimo programa contra el tedio de KLM, sigo pensando que volar es más bien infernal: es ruidosísimo y mucho muy contaminante, además de que me entra un poco la claustrofobia y me pongo a pensar cosas tontas y decididamente ociosas, como la (mucho muy inverosímil) posibilidad de acabar cual personaje de Lost (por cierto, Lost no está entre las opciones de entretenimiento de KLM, lo cual es completamente entendible), varada en una isla "desierta", con todo y osos polares y monstruos de humo.

Ya en tierra, en Schiphol, el multipremiado aeropuerto de Amsterdam (que, como todo aeropuerto en el mundo, en realidad es un gran centro comercial encubierto), me fumé cuatro cigarros (uno por cada hora de espera para hacer la conexión a Berlín) en el Smoking Room más deprimente que me ha tocado: una especie de pasillo-pecera de dos metros de ancho por diez de largo, cuya única pared estaba acolchonada como pa' descansar la espalda o darse de topes, según el grado de nicotinomanía y/o hartazgo del usuario. El Smoking Room con los fumadores peor encarados que he visto. Para muestra, he aquí un botón (del Smoking Room en Schiphol, porque a los fumadores no los fotografié, no fuera a ser la de malas):



Así las cosas, llegué a Berlín de noche. Como no andaba muy prendida que digamos, tomé un taxi en vez de seguir las detalladas instrucciones que me habían dado para ir en transporte público a mi nuevo hogar. El departamento donde me estoy quedando en Kopisch Strasse resultó una verdadera g-l-o-r-i-a (así, g-l-o-r-i-a, para enfatizar la fantastiquez del lugar). Está en un edificio viejo renovado, con escaleras de madera que crujen a cada paso (me acabo de enterar que también tenemos sótano; en cuanto pueda me daré una vuelta y les contaré qué alberga). El departamento es amplísimo, techos altos, pisos de madera, baño enorme con todo y tina enorme y balconcito encantador. Y el casero-roomie también resultó encantador: Michael (pronúnciese a lo alemán, "Mijael", ni que fuera un "Maicol" gringo cualquiera) trabaja en el Instituto de Estudios Latinoamericanos donde vine a estudiar, habla español perfectamente bien y todo parece apuntar hacia que es un excelente anfitrión. Les dejo una foto del balconcito, nomás para que vean qué bonito que es (porque no me iba a poner a sacarle fotos a Michael nomás llegando, ¿verdad?):


Nunca antes había vivido fuera de México, es más, fuera de la Ciudad de México que definitivamente no es todo México. Eso también da para pensar mucho y escribir otro tanto (por lo de que la distancia da perspectiva y así). No puedo más que estar agradecida por los tres meses que pasaré por acá. Sólo espero que mi país no se desmorone mientras tanto, que me aguante en pie (tambaleándose, pues, pero en pie al fin y al cabo) para que cuando regrese todo siga igual o, por lo menos, que no se haya ido todo al carajo. Aunque también podría regresar a un México un poquitito mejor. Ojalá...

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Ramificaciones

He recibido una "propuesta indecorosa". ¡Vaya término el que se usa para una invitación que, de aceptarla, tendría ramificaciones complicadas, incluso embrollosas! Ramificaciones, simples ramificaciones, como todo lo que se decide o no hacer. Indecorosa porque habría que echar por la borda el "decoro" -noción digna del Manual de Carreño- para aceptarla, lanzar por la ventana ese "pudor" y esa "decencia" impostores que los Carreños le meten a una hasta la médula. Un hombre casado, con quien trabajé hace tiempo y a quien quiero y respeto muchísimo, me propuso escaparnos por ahí. Robarnos el aliento. Un hombre, a quien llamaré T, quince años mayor que yo, me propuso perdernos y encontrarnos bajo las sábanas. Un hombre brillante, con una trayectoria muy reconocida. Un hombre cuya invitación me dejó boquiabierta porque nunca la hubiera imaginado.

No es una salvedad moral (entendida a lo Carreño) lo que hasta ahora me ha impedido darle una respuesta inequívoca a T. No creo que escaparme con él sea bueno o malo; tampoco creo que robarnos el aliento sea un acierto o un error. Y, al mismo tiempo, decidir en esta encrucijada es un acto eminentemente moral: las ramificaciones de un si, como las de un no, apuntan hacia quién soy, hacia qué quiero, hacia qué valoro y cuánto. Incluso la forma y vía que la respuesta tome será producto de un acto moral. La clandestinidad de la aventura, una ramificación del si, no me asusta; el placer perdido (tan efímero como pudiera ser), esa ramificación del no, tampoco me acongoja. Podría pensarse (¿lo leerá así T?) que esta indecisión mía es mero disimulo, mera estrategia para cocinar a fuego lento el deseo o para hacerme pendejísima y evitar así la responsabilidad de una negativa frontal. No es el caso: es genuina indecisión. Dudo porque deseo -ay, ¡el bendito y abrasador deseo!- y también temo. Temo porque vislumbro las ramificaciones de rendirse al deseo: la amorosa afición desmedida de la que ya he sido presa antes.

Supongo que esta indecisión mía deja las puertas abiertas de par en par entre T y yo: puede entenderse como un aplazamiento momentáneo. Puede indicar que, de encontrarnos dada una feliz casualidad, no habrá decoros, pudores, ni decencias que eviten nuestra huida en la misma dirección. Puede entenderse así, pero no hay como tener claridad para decidir y, así de clara y honestamente, hacerlo saber; claridad que, al menos hoy, se me escurre entre los dedos. Me voy: es hora de responder el más reciente mensaje de T que dice, palabras más, palabras menos:

Te mando hartos besos, deseándote lo mejor. Cariños, T.
PD atrevida. De mis deseos de año nuevo: tú...

lunes, 20 de septiembre de 2010

Otros planes, otras historias o de como pasé la fiesta del bicentenario

La noche del 15 de septiembre fue particular. Tal vez porque un bicentenario no se da más que cada 200 años. Y no lo digo a razón de que me emocionaran o conmovieran las hollywoodenses festividades de Felipón (casi ni las vi): la gran celebración de la gran fecha histórica resultó a penas un transparente telón de fondo para otras tantas historias que esa misma noche y madrugada se entretejieron, historias que, tal vez, se estén desdibujando ahora mismo que escribo estas líneas. Otras historias de entre las cuales éstas son una pequeñísima ilustración. En un México devastado, cuyo futuro parece sombrío -muy a pesar de tantos y tantas que bregan a diario por hacerlo un poco más luminoso-, esa fecha será la mera referencia para cuando, de llegar a viejos, rememoremos los vuelcos del azar una noche tricolor: "¿recuerdas todo lo que pasó en la fiesta del bicentenario...?".

Yo tenía otros planes (¡vaya que los tenía!), pero la vida, como siempre, me hizo como quiso. Desde la tarde fragué encuentros que no llegaron a buen puerto (encuentros como el que el deseo me invitaba tener con M, pero él tenía otros planes). En lugar de comer con L, terminé comiendo en la cantina más cercana a mi casa con AA, T pequeño, C grande y T grande. Es muy posible que T pequeño no tuviera plan alguno (solo tiene 4 años), pero esa tarde conoció a C pequeña. Jugaron, cantaron y corrieron por la cantina mientras T grande y yo llorábamos (medio en serio, medio en broma) de tanta ternurita desbordada. AA tomó fotos para recabar evidencia del inocente y casual "primer ligue" de su hijo. Desentendidos de su padres, del festivo mundo de los adultos, T pequeño y C pequeña se comunicaron con la facilidad propia de los niños: un gesto, un empujoncito, una mirada y ya está y se separaron, debido a otros planes, cuando hubo que partir de la cantina para ir a sendas fiestas infantiles.

Luego C grande (que dado que C pequeña ha desaparecido de este relato ahora se transforma simplemente en C) y yo fuimos a tomar un café (curioso, ¿no? ¿A quién se le ocurre tomar café cuando la nación entera se emborracha gustosa y desmemoriada? Seguramente el expresso que se tomó C fue el último servido esa noche en la ciudad). Tras el café, nos encaminamos a casa de B. La idea era cenar fuera, en un lugar mítico y tradicional, había apuntado B (y ya no se hizo), o comer pay helado de limón en su terraza (y tampoco se hizo). Esperamos a que E llegara para concretar el único plan de los muchos que se habían urdido esa noche: ir felices, como había dicho B, a bailar al toquín de Los Cafres del Son. Son terracalentense (¿o será terracalenteño?), fandango, vacilón y cervezas para los males del corazón y un reencuentro, tantísimas veces postergado, con mis entrañables hermanos y hermanas. Incluso apareció NJ en el barecito, a tope de amigos y familia. Al terminar la música, B y E se fueron a seguir la fiesta, C se retiró temprano (viajaría al día siguiente) y los Cafres y yo fuimos a comer tortas a la calle de Sonora: otro plan emergente que surgió y, por fortuna, se concretó, porque en las tortas de Sonora nos encontramos a S y MF y aproveché para ponerme al corriente con H de cuanta aventura aún no habíamos compartido desde la última vez que coincidimos.

Luego K, en su calidad de director musical de los Cafres y anfitrión de travesía, decidió continuar la celebración en un pequeño antrillo de Medellín. El contingente había disminuído para entonces (sólo eramos 11), pero fue justo el requerido para llenar el lugar que, dicho sea de paso, tenía ambiente de bajo impacto: todo el mundo sentadito, platicando y compartiendo con una cerveza en la mano. Todo el mundo regocijándose en una independencia huidiza, cuya expresión más subversiva fue fumar dentro del antro cuando éste cerró sus puertas -con todo y los parroquianos adentro- a eso de las 2AM. Como había quedado de llamar a B para ver si los planes convergían (B siempre dice: si llegas a sentirte sola o aburrida, márcame), resultó que, para nuestra sorpresa, B y E estaban justo en el antrillo de al lado. Así las coincidencias, pasé parte de la noche yendo y viniendo: festejé a medio camino entre ambos lugares, bailando en uno, platicando en otro, observando más que nada. El antrillo de los planes de B y E rebozaba de ánimo y patriotismo: mucho baile, música más prendida, más cuentas verdirrojas al cuello, más banderas y motivos septembrinos, aunque igual número de celebrantes tricolormente alcoholizados que en el lugar de K.

Luego se acabó la fiesta en ambos antros y al salir cada quien del suyo nuevamente coincidimos B, E y yo. Los Cafres se despidieron y así, en una banqueta de Medellín, surgió otro plan más: ir a casa de AG, a quien no conocíamos hasta el momento en que nos invitó, junto con otros desconocidos: N, V y CR. Mientras caminábamos hacía el más reciente plan, resultó que N, igual que B, es filósofo en estancia posdoctoral y que V está haciendo la maestría en biología. Y también resultó que a V le habían encargado a CR y que CR tenía otros planes con AG y que, tal vez, N tenía planes conmigo pero yo no me di por aludida y que seguramente E tenía planes con B, pero todo eso corresponde a otras historias que quiza no me incumbe contar...

Luego, ya en casa de AG y después de unas horas de tomar agua (al menos V y yo tomamos agua), de fumar los últimos cigarros, de platicar sobre gatos y enfermedades, sobre el tiempo en Husserl y el erotismo de Bataille, después de adivinar los signos del zodíaco y reflexionar alrededor de la vida y expectativas de los becarios de CONACYT, después de que la embriaguez patria dio por resultado que E tratara de dormir, hiciera su luchita con B y mejor se fueran juntos, después de escuchar a Massive Attack, Yeah yeah yeahs y Everything but the Girl, después de hablar de los desencuentros amorosos y de que AG y CR se besaran frente a un gran ventanal, iluminado ya con las motas verdes brillantes del sol de la mañana que atravesaba los árboles de la calle, dieron las 9AM y se terminaron todos los planes. Hasta nuevo aviso, por lo menos. Hasta otra fecha grande. Hasta que así, a golpes de casualidad y azar, coincidamos de nuevo. Hasta que nos volvamos a encontrar.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Lo prometido es deuda

Estimada Panda en la Bañera:

Me dio muchísimo gusto conocerte al fin hace unos días o, más bien, sorpresivamente reconocerte en vivo y a todo color. ¡Lo que es salir del calabozo en que a veces duermo para aventurarme de noche por la ciudad!

Desde hace tiempo se algo de ti: primero tu blog, luego el Facebook. Ignoro que artes secretas operan para que uno se conecte con ciertas personas gracias a estos medios -vaya que el ciberespacio también es un pañuelo- pero el asunto es que así, en los aires de la virtualidad, uno se va enterando poco a poco de las filias y las fobias, compartidas y no, a pesar de nunca haber coincidido físicamente. Se genera la ilusión de conocerse cuando nos acercamos a alguien, como quien no quiere la cosa, al leer sus posts y ver sus fotos. Se van creando consonancias y afinidades(aunque, he de confesar, lo contrario también sucede). Y creo que un acercamiento de este tipo es esencial y sustancioso, a veces tan vital como el cara a cara, porque parte del contenido mismo de lo que se expresa. Siempre es alentador descubrir que los conocidos virtuales existen en la vida real, que pueden devenir amigos y que, si uno sale al mundo, los encuentros ocurren, se multiplican e incluso se revelan más afinidades de las que ya se adivinaban (¡qué tal que resultó que estudiamos en la misma Facultad!).

Además, las sincronías de tiempos y espacios en este monstruo de ciudad siempre me han parecido perfectamente insólitas. Esa noche no tenía intención de sacudirme las sábanas de encima: tuvo que convencerme alguien -un nuevo amigo en ciernes-, a quien tampoco conocía fuera del ciberespacio hasta ese día, para dejar la comodidad de mi cama y salir. Y luego tuve que convencerlo yo de ir a donde finalmente fuimos para coincidir contigo... Soy de las personas que se maravillan de las consecuencias inesperadas en un cambio de planes, de los hallazgos fortuitos en un "si" improvisado.

Lo prometido es deuda: como quedamos esa noche, escribí algo para celebrar el encuentro, algo que, debido a otras artes secretas de las cuales tampoco se mucho, tomó la forma de este post. Es cierto que cuando la vida sonríe, se ilumina y se aligera tal vez uno no tenga ya mucho que decir o que el tumulto de esa misma vida desbordada no permita el tiempo para decirlo, para escribirlo pues. Y si: mi vida últimamente sonríe, se ilumina y se aligera con frecuencia, a pesar de que, en el fondo, persista un dejo de penumbra que me pone a redactar estar líneas: invariablemente hace bien al corazón festejar sonrisas, luces y ligerezas.

Te mando un abrazo y espero verte pronto, n.

P.D. ¡¡¡Gracias por lo de la cartera!!!

sábado, 28 de agosto de 2010

Todo sucede

He olvidado por completo aquéllo sobre lo que quería escribir. Es difícil trazar la sinuosa trayectoria de un tren de pensamiento desbocado que al andar divaga por necesidad. Pero ser monotemática y circular -como soy- ayuda en estos casos: me parece que iba a escribir sobre los últimos días en que todo ha dejado de pasar de largo, de languidecer en monótono fade out. El tiempo que pasaba neutro, indiferente, se acabó de golpe. De pronto todo empieza a suceder: categórico e irremediable, todo sucede. Las horas se agolpan, feroces, sublimes; la vida me sorprende y se derrama sin control; pesa feliz el descanso perdido, se intensifica un bendito agotamiento. Y el pasado -esa vieja pesadilla, ese mal sueño desvencijado- se queda atrás, se vuelve un punto lejano en el horizonte, como si la viveza del hoy lo hubiera tirado por la borda hace años.



Speeding away with no time to spare.
Speeding away from the same nightmare.
Freedom... freedom, icy freedom...

Video eclecticón y locochón, cortesía de pureswitch.

domingo, 20 de junio de 2010

Diario de viaje/Escape de Italia, segunda y última parte

Para Alonso Mejía, por seguir con emoción las aventuras de nimbemon...

Domingo 18 de abril de 2010, 10:15 am

Después de dos horas de fila me he hecho de un boleto a Ventimiglia en la Milano Centrale que parece ser un ensayo general del fin del mundo o una locación trasnochada de El día después de mañana. Al llegar a Ventimiglia la idea es tomar otro tren a Niza para cruzar toda Francia y llegar a España. Faltan siete horas para que salga el primero de mis trenes y ni siquiera me llevará a mi destino: Barcelona. Bueno, por lo menos podré dar una vueltecita por Milán, aunque el clima -nublado, lluvioso y muy frío para mis estándares tropicales- no invita a pasear. Salgo de la estación de trenes y me tomo un espresso en un puestecito cercano. Me cargo la mochila de 15 kilos (por lo menos la mitad de kilos debida a los regalos venecianos) y voy hacia donde me lleven los pies que no es demasiado lejos porque el peso, la falta de sol y lo que empieza a ser una paranoia in crescendo me detienen frente a un Café Internet. Hay una cola bastante larga y al integrarme a ella alcanzo a escuchar la plática de unos españoles: se quejan de llevar varios días varados en Milán sin opción alguna de escape; explican que la situación es verdaderamente crítica. Al llegar al mostrador del Café, una mujer a cuya gran altura se le suman unos 20 centímetros del tacón en sus botas (y que definitivamente es un hombre por el bigote que asoma sobre sus labios) me advierte que el tiempo disponible en la máquina que me asigna es de media hora. ¿¡Qué!? ¿Internet racionado? ¡Esto si que es una crisis! Mando correos y mensajes: le explico a Beatriz que no se a ciencia cierta cuando llegaré a Barcelona -en teoría, debía haber llegado hoy en la mañana-; me reporto con Eva, mi asesora de tesis, para decirle que enviaré el informe de labores que le debo cuando llegue a Barcelona (si es que llego); actualizo mi estado en Facebook sin acentos ni eñes (digo, para algo tienen que servir las redes sociales): Varada en Milan. Un volcan islandes tiene a toda Europa en caos: como no hay trafico aereo hay gente durmiendo en las estaciones de trenes porque todo esta agotado. Espero llegar a Niza hoy por la noche o maniana por la maniana y luego buscar otro tren que me lleve a Barcelona. Y si todo esto sucede, inshallah, antes del jueves que sale mi vuelo para Mexico me dare por bien servida...

12:42 pm
Regreso a la Estación Central de Milán en vista de que la lluvia pertinaz no amaina. Estoy hecha a la idea de que para sobrevivir a esta aventura debo explotar mi paciencia al máximo. Me siento cerca de una de las grandes puertas de entrada a la Centrale con la bufanda sobre la cabeza y cara de ¿resignación? Al verme ahi solita un hombre, bastante borracho por cierto, se me acerca y grita eufórico: Assalam aleykum!!! Debe creer que la bufanda es velo y que yo soy musulmana (lo cual no es un error). Le respondo aleykum assalam y mejor me paro para ir a sentarme a otro lado, porque eso de hablar con extraños alcoholizados a medio día suena a pésima idea. Atravieso la atiborrada Centrale rumbo a las puertas de salida en el otro extremo y justo cuando estoy por sentarme me aborda otro hombre de pasos vacilantes: como que quiere hacerme la plática -mitad en italiano, mitad en francés- pero yo solo atino a entender una proposición tan indecorosa como quiera tomarla: Tsss... vamos a dar una vuelta, ¿no? ¡Santo Dios! ¡Qué vuelta ni que ocho cuartos! De nuevo me cargo el backpack haciéndole saber que gracias, no gracias y vuelvo sobre mis pasos. ¿Qué pasa en esta Estación? Pero, ¿que busca esta gente? ¿Vender, comprar, transar, sexo, drogas, rock'n roll? Ahora entiendo que viajar sola tiene sus riesgos. Como lo mejor a estas alturas tal vez sea mantenerse en movimiento, vago por la estación, convertida en dormitorio involuntario; las filas en la biglietteria y en los andenes no se han hecho ni un ápice más pequeñas y en el pasillo de las tiendas -de Benetton a Gucci, no por nada Milán es una de las capitales de la moda- hay campamentos improvisados de todas nacionalidades: cinco americanas han desplegado mantas y sleeping bags en el piso, leen revistas mientras comen hamburguesas de McDonalds; dos chicas japonesas lucen aburridas y desveladas sobre sendos maletones coloridos; un nutrido grupo de españoles ha hecho una verdadera fortaleza con sus backpacks, coronada con un letrero que reza: arrepentiros, ¡el volcán nos persigue! La gente pasa y pasa, apurada, preocupada, arrastrando maletas y bultos. Una chica llora al celular, le tiemblan las manos y es la quintaesencia de la desesperación y el desconsuelo. Supongo que quedarse aquí junto a otros viajeros varados, abrazada de mi mochilota, no vaya a ser la de malas, es la mejor medida de seguridad. Podría leer un poco o actualizar el Diario de Viaje para matar el tiempo de espera. Creo que mejor me pongo a meditar, por eso de que en situaciones de crisis lo mejor es guardar la calma.


2:15 pm
Como no se puede fumar en la Estación salgo a la
Piazza Duca d'Aosta por un cigarrillo. Unos chicos giran y saltan en sus patinetas. Me siento justo al lado de una gran familia hindú: padre, madre, abuelos, hijos e hijas de todas edades. Su cercanía puede ser una medida de seguridad emergente para ahuyentar el asedio de la fauna psicotrópica que ronda la Estación. Ya con el cigarrillo en la mano un chico de ojos muy azules y ropas aún más andrajosas se sienta junto a mi y otra vez la burra al trigo: Tsss... vamos a dar una vuelta, ¿no? Le digo que no porque mi tren ya va a salir (mentira) y le ofrezco un cigarrillo. Me pregunta que de dónde soy y le digo que mexicana (verdad). ¡Mexicana! dice emocionado. ¿Julio Iglesias? No. ¿Ricky Martín? Tampoco. ¡Rocío Durcal! No, menos. Le agradezco la plática y vuelvo a entrar a la Estación. Dios, ¿qué esto no va a terminar? Regreso al pasillo-dormitorio. La espera sigue igual: las americanas han terminado de comer, las japonesas mejor se están echando una pestañita, los españoles platican y bromean. Entonces me doy cuenta de algo terrible: de entre las multitudes que pasan atribuladas frente a los campamentos empiezo a reconocer dos caras familiares, dos hombres que caminan tranquilamente, sin equipaje, que deambulan entre los turistas varados y que cuando se cruzan hacen señas y muecas. ¡Zaz! ¿Estarán checando al personal para ver qué maletas están desatendidas? ¿Estarán viendo qué está mal puesto? ¿Estarán planeado algo? ¿Estarán a la caza de mujeres que viajan solas? Ayyy... ¡¡¡ora si que ya me preocupé!!!

4:07 pm
Nunca había orado tanto en mi vida. Nunca había sentido un hostigamieno tan sutil pero tan contundente. Los dos hombres que cruzan y cruzan frente a mi llevan horas haciéndolo. Horas de gestos y mensajes cifrados. Nunca me había paralizado el miedo. Ya ni a salir a fumar me atrevo. Mucho menos a intentar documentar la aventura: ¿y si me roban la cámara? ¿Qué nadie se da cuenta? O, de plano, ¿qué soy yo la única paranoica en este pasillo húmedo e inhóspito? Solo quiero que den las cinco para correr al andén. Y después a Ventimiglia y después... Me imagino cruzando penosamente la frontera entre Francia y España. A pie, la mochila robada, las botas rotas. Cual migrante mexicano después de un viaje terrible, después de eludir a la migra y padecer el calor del desierto. Me imagino besando el suelo de la madre patria. Barcelona, ¡por qué estás tan lejos! Mientras me debato con mis propios delirios de catástrofe, veo a un chaval caminando despreocupadamente por el pasillo. Lleva un letrerito que sostiene con desgano entre ambas manos: Bus Milán-Barcelona 110
¡¡¡Qué, qué, qué!!! ¿Lo tiene, lo busca? Salto con todo y quince kilos de equipaje y corro para alcanzarlo. ¿Bus a Barcelona? ¡Dónde! No es una broma, ¿verdad? El chaval me dice que es posible, que quien sabe, que un grupo de españoles se están organizando para salir de Milán porque es domingo y hay que ir a trabajar el lunes. Le digo que me lleve con su líder. Xavi, que así se llama el chaval, me conduce a una de las entradas de la estación donde está David, un chavo de Barcelona, con otro letrero prometedor igualito al de Xavi. David me cuenta que había ido a Milán con su hermano a la Feria del Mueble, pero que, como miles de personas, la crisis aérea los tenía atrapados en Italia desde el jueves que debían regresar a España. Tras agotar todas las opciones de transporte y en un arrebato de desesperación, David y su hermano fueron a una compañía de autobuses milanesa y preguntaron cuánto por un bus que los llevara directo a Barcelona. 5,500 euros dijeron. Pues bien, busquemos 50 personas que quieran salir de aquí hacia el sur. David llevaba toda la mañana en esa puerta de la Centrale, con su letrerito, aguantando insultos y amenazas de los taxistas de la estación (que estaban haciendo su agosto: por un viaje fuera de Milán llegaron a cobrar hasta ¡5,000 euros!), todo para reunir a 50 viajeros que compartieran su hartazgo y desearan salir ya de Italia. Le digo a David que si, que por favor, por Dios que yo soy uno de esos viajeros varados que muere por llegar a Barcelona. David saca un cuadernito en el que ha escrito la lista de potenciales usuarios del bus salvador y anota: número 48, Montserrat. Pufff, ¡¡¡qué inifinito alivio!!! ¡¡¡Benditos catalanes organizados!!! David escribe en un papelito el salvo conducto que, cual llave mágica, abrirá el camino del escape. Bueno, otras seis horas de espera, pero por lo menos ahora si segurito llego a Barcelona.


8:45 pm
Ya entré y salí de la estación para fumar varias veces. Ya comí un tramezz
ino y tomé otro café. Ya me cansé de ver pasar a la gente. Ya platique con otros españoles que saldrán en el bus rumbo a España esta noche: dos parejas valencianas (Xavi es hijo de una de ellas) que estaban de vacaciones en Milán; Natalia, Gemma y Virginia, tres madrileñas que iban de fin de semana a Malta pero nunca llegaron. Virginia dice que la Milano Centrale es una de las estaciones más peligrosas de Italia y que lo comprobó porque mientras trataba de compar un boleto de tren en una máquina dispensadora le robaron la maleta. Ya compré dulces en los puestos de la Piazza Duca d'Aosta. Ya evadí a otro prostituto drogadicto de Costa de Marfil (¿?) que me quería sacar a pasear. ¡¡¡Ya me quiero ir!!! Quedamos de vernos a las 9 de la noche en la entrada de la Centrale que da a Piazza 4 Novembre. Ya estoy aquí esperando. ¿Y si no viene nadie? ¿Y si se van sin mi? Cuando estoy a punto de flipar, como dirían en España, aparecen Xavi y su hermano Jordi; luego llegan David y las madrileñas. Ahhh, ¡qué alivio escuchar gente que habla castellano! Emprendemos la caminata al Hotel Cristallo, a unas cuantas cuadras de la Estación, donde ya nos esperan otros miembros del contingente: una pareja de portugueses que se conforman con acercarse un poco más a Lisboa, unos malagueños, una chica ecuatoriana que vive en Barcelona. El maltrecho bus que llega puntual a las 10 de la noche frente al Cristallo hace estallar vítores y aplausos. David, quien se ha transformado en un auténtico guía de turistas, pasa lista varias veces: ningún español (o amigo de otras latitudes) anotado en la misma será abandonado a su suerte en Milán. Además, en caso de que por azares del destino alguien registrado para abordar el bus haya encontrado otra forma de volver a España, existe otra lista, la de espera, de la cual se puede admitir algún afortunado nombre. Tras checar y rechecar sus listas y en la certeza de que no olvidamos a nadie, David al micrófono anuncia: ¡Nos vamos a Barcelona! Tiempo estimado de viaje: 12 horas. Por cierto, me han dicho que en la próxima estación de servicio nos cambiarán de bus. Yo nomás pienso: hasta nunca Milán...

Lunes 19 de abril de 2010, 6:09 am
Y si: nos cambiaron a un camión espectacular con ventanas panorámicas, las cuales al menos yo no disfruté porque en cuanto me acomodé en mi asiento ya estaba dormida. Quel malheur! ¡Cruzar Francia dormida! Tras muchas horas de camino, me despierto con la voz de David en las bocinas del bus: hemos llegado a la estación de servicio de Perpignan. Bajo del camión soñolienta y despeinada para comprar cigarrillos (los más caros de todo el viaje: ¡8 euros!) y esta estación de servicio no resulta menos espléndida que las de Italia: parece un gran e impecable centro comercial donde no solo hay comida chatarra y bebidas de variadísimos colores, sabores y temperaturas, sino que hasta hay peluches, jamones (¿jamones? Pues si: unas colgantes y enormes piernas de cerdo), libros y revistas, camisetas y gorras, souvenirs diversos, agua caliente en los baños e incluso un lugar donde hacer la ablución para los musulmanes viajeros. Me fumo un cigarro bajo la noche y frío franceses y subo al bus para el último tramo de este regreso accidentado, pero muy afortunado a comparación de otros. David pasa la lista, no sea que alguien se haya quedado dormitando por ahí, y continuamos el camino.

10:38 am
Barcelona nos recibe con un clima soleado excelente y a pesar del tráfico para entrar a la ciudad nunca las colas de automóviles me han parecido tan bellas. El bus se detiene frente a la Estación de Sants: para mi es el final del viaje -¡bendita Barcelona!- pero hay quienes aún tienen que tomar otro tren, camión o lo que sea para llegar a su destino. Me despido de David y las chicas madrileñas. A Virginia se le ocurre que sería guay hacer un grupo de Facebook sobre nuestro regreso a España. Intercambiamos direcciones de correo y le digo que el grupo podría llamarse "Supervivientes del desesatre aéreo europeo". Me cargo el backpack y con solo una tarjeta del metro de Barcelona en la cartera -el pinche volcán con sus gracias me ha desfalcado- me voy a Santa Coloma, a casa de Beatriz y Pedro. Por lo menos llegué de una (muy cansada, eso si) pieza: no perdí nada -los regalos venecianos están íntegros- ni fui víctima de las consecuencias perversas de la migración global. Unas cuantas estaciones de metro y ya... a menos qué... eso si sería el colmo: que el metro estuviera fuera de servicio o la estación Santa Coloma cerrada. ¡Basta de paranoias que ya he tenido suficientes!


lunes, 24 de mayo de 2010

Esto que ves aquí

Esto que ves aquí es un hombre. El cabello largo al hombro y rizado, la barba de días, los pantalones caqui, la espalda amplia recargada en la puerta del vagón lo delatan. Las manos grandes, las piernas separadas, el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda. La mirada discreta que escruta. ¿Si dijera palabra pasaría algo? ¿Si lo prensara entre mi cuerpo y la puerta del vagón? Esto que ves aquí es una anciana. Las manos ajadas por el trabajo y las horas, largas, bajo el sol la delatan. Las piernas delgadísimas, en los huesos, cubiertas por unos calcetines grises. La canasta con dulces que deja cuidadosamente en el piso del vagón. Esto que ves aquí es una mujer. La bolsa de la que saca un delineador negro, los tacones, las uñas postizas la delatan. El espejito que sostiene a la altura de los ojos, del cual se asoman guiños certeros. ¿Si mirara más penetrantemente al hombre de los pantalones caqui pasaría algo? ¿Si el mirar se transformara en palabras, en actos? Esto que ves aquí es tu reflejo: intermitente, borroso, en la ventana del vagón. Esto que ves aquí es tu reflejo: naranja, plateado, naranja, plateado, impreso a intervalos en los vagones del tren del que saliste y que se llevó al hombre, a la anciana, a la mujer. Esto que hueles es el olor a lluvia, a tierra mojada, a tormenta que te espera cuando vuelvas a la superficie. Esto que ves aquí es una familia. El padre, la madre, los tres hijos. El gesto del padre, el silencio de la madre, la cara de aburrimiento de los hijos mientras la escalera eléctrica los mueve sin esfuerzo los delatan. Esto que ves aquí es una cascada que improvisó la lluvia en su descenso por la escalinata de la estación. El rumor del agua, que va a parar sin remedio a una coladera, la delata. Esto que ves aquí es el cielo nocturno, acompañado de relámpagos, de sobresaltos. ¿Y si, por una vez en la vida, me entregara a la lluvia?

sábado, 1 de mayo de 2010

Diario de viaje/Escape de Italia, primera de dos partes

Sábado 17 de abril de 2010, 8:27 pm
Este es mi último día en Venecia. Tiziana, la organizadora del Congreso que me trajo a esta ciudad de palacios y canales, me dijo ayer que desde las 2pm de hoy estaba contemplado abrir las puertas del aeropuerto Marco Polo, fuera de servicio durante varios días debido a las fumarolas del Eyjafjallajökull, un volcán islandés que ha causado quebraderos de cabeza en toda Europa. Decido ir al Marco Polo por agua y no por tierra para tomar mi avión a Barcelona y espero bastante tiempo en la parada flotante a que llegue el Vaporetto de la Linea Rossa: está nublado y llueve, por lo que mi despedida de Venecia resulta un poco melancólica. La travesía del Vaporetto me lleva de pasadita por Murano y luego por la laguna Veneta. Al llegar al aeropuerto lo encuentro inusualmente vacío: voy directo al mostrador de Alitalia y la chica que lo atiende me dice que es posible que haya vuelos hasta el próximo jueves. ¿¡Qué?! ¿¡Próximo jueves!? ¡¡¡Pero si yo vuelvo al DF ese mismo día!!! Le pregunto cuál es la mejor opción para regresar a Barcelona y sin dudarlo dice que ir a la terminal de Mestre, tomar un tren a Milán para luego tomar otro tren que cruce Francia y me lleve a España. Me cargo el backpack de 15 kilos y me hago a la idea de un largo y cansado regreso a Barcelona...

9:32 pm
El bus de la Actv que tomé en el aeropuerto me ha dejado frente a la estación de trenes de Mestre. La taquilla está cerrada (¡maldición!), pero hay una larga fila ante la puerta de cristal bajo el letrero "Informazioni". Una adolescente atribulada se queja de que ha olvidado en la estación una mochila rosa con una computadora portátil dentro, pero la mayoría de quienes estamos ahí solo queremos saber cuándo abrirá la biglietteria. Finalmente llego al escritorio de un italiano muy mal encarado, harto de tantas quejas, supongo, y le planteo una vital pregunta: ¿cómo llego de aquí a Barcelona? Consulta algunos datos en su computadora y escribe garabatos en un papel. Si, efectivamente hay un tren de Mestre a Milán y otro de Milán directo a Barcelona. Ufff, ¡qué alivio! El enfurruñado italiano me dice que el primer tren sale a las 5:35 am del día siguiente y que la biglietteria está abierta desde el cuarto para las cinco. O sea que tendré que dormir en Mestre, ¿no? Le pregunto si conoce algún hostal cerca y apunta un dato más en el papel: Hotel Giovannina. Me despacha con rapidez porque la fila es nutrida y cierran a las 10pm.

Al salir de la oficina de información me abordan dos chicas belgas: quieren saber cuándo abre la biglietteria, si hay o no trenes y yo les dijo lo que he escuchado. Parecen nerviosas y un poco decepcionadas de tener que pasar una noche más en Mestre. Les pregunto que donde se están quedando y responden al unísono: Hotel Giovannina. Salimos las tres de la estación y caminamos unas cuantas cuadras bajo la lluvia y el esporádico acoso de varios chavos que esperan -Dios sabrá que- reclinados en las paredes. Llegamos al Giovannina y le pregunto al dependiente (que me da la impresión de ser pakistaní) si tiene una habitación o, ya de perdis, una cama en alguno de sus dormitorios. Oh, miss, I'm sorry but we are fully booked... Y, ¿de veras no tiene nada de nada? ¿Nada, nadita? El recepcionista revisa la pantalla de su computadora y dice que, bueno, hay una habitación de 60 euros. ¡Zaz! ¿¡60 euros por una mísera noche tormentosa!? Cuando estoy a punto de decirle que me deje dormir en su diminuto lobby, una chica brinca del sofá en el que estaba sentada y me ofrece compatir esa habitación con ella. Es Sarah Nicole de (alguna ciudad) de North Carolina, US of A. Mientras presentamos nuestros pasaportes y nos disponemos a pagar el cuarto, me cuenta que lleva 4 meses de intercambio académico en Europa -there's culture everywhere you turn your head!- y que debe llegar a París para regresar con sus padres, que ahí la esperan, a (God Bless) America. Sarah Nicole lleva tres impresionantes maletas (llenas de recuerditos de la cultura europea, supongo) con unos identificadores en forma de zapato de tacón de piel de zebra. Subimos penosamente para instalarnos en la habitación -tres camas, un gran armario, un baño completo- y regresamos al lobby.

Cuatro muchachas de Culiacán, Sinaloa planean su salida de Italia y para ello acaparan la única computadora del Giovannina. Sarah Nicole no se despega del teléfono: su madre le advierte que llegar a París por tierra es casi imposible porque el sistema ferroviario francés está colapsado y que podrá viajar por aire tal vez en una semana, si todo sale bien. Una de las chicas belgas de la estación dice que su amiga (al celular, bajo la lluvia pertinaz en la calle frente al Giovannina, llorando inconsolable) y ella han tratado de salir de Mestre para volver a Bruselas por todos los medios: no hay trenes, no hay buses, ni siquiera autos en renta. Europa es un desastre de miles (luego supe que éramos millones) de pasajeros varados que han perdido sus vuelos debido a cientos (luego supe que más de 60 mil) de cancelaciones aéreas. Ese pinche volcán islandés de nombre impronunciable nos ha jodido a todos. Ante el caos, mejor irse a dormir que mañana será otro día.

Domingo 18 de abril de 2010, 4:15 am
No he podido conciliar un sueño profundo desde que me acosté: ¿y si no hay trenes a Milán? ¿Y si se me acaba el dinero? ¿Y si me roban la cartera? ¿Y si nunca salgo de Mestre? Y, sobre todo, ¿por qué tengo tanta comezón? Me levanto de la cama mientras Sara Nicole duerme el sueño de los justos: anoche me dijo que lo más probable es que regrese a Venecia para pasar ahí otra semana (pus, total, ya qué...) hasta que se restablezca el tráfico aéreo. Entro al baño y prendo la luz: pero, ¿¡que me pasó!? ¿¡Por qué parece que me han inyectado botox en la parte inferior del labio izquierdo!? 30 euros por una noche y tengo a bien escoger la única cama del cuarto infestada de pulgas, aaarrrgggghhh... Me cargo el backpack y me despido del Giovannina: espero no tener que dormir aquí de nuevo.





































Llego antes de las 5am a la estación de Mestre y soy la primera en lo que, en unos minutos, se transforma en una larga cola de turistas cansados, desaliñados y preocupados. Abren la biglietteria: temerosa y torpemente pregunto al encargado -el labio inflamado me está matando y no me deja hablar muy bien que digamos- si hay boletos a Milán. Si claro, responde, en el tren de las 6:25 y se hacen dos horas de camino. ¡Perfecto! Compro mi boleto y me voy directito al andén, no sea que vaya a perder el tren. Éste llega muy puntual y sale casi vacío de Mestre: después de todo, parece que la terrible crisis de transporte europeo de la que todos se quejan no es tan grave como dicen. El tren pasa por Padua, Siena, Verona (¡maldición! Y yo sin poder bajarme para curiosear en cada una de estas tres ciudades. Me quedé sin ver "la tumba real" de los ficticios Romeo y Julieta...). Llegamos a Milán a las 8:28, ¡vaya puntualidad! La estación de trenes de Milán, esa si, es un verdadero mausoleo de mármol: parece museo más que estación.

Voy casi corriendo -mi movilidad con 15 kilos de peso extra no es muy ágil- a la biglietteria y la encuentro un total y monumental amasijo de gente. Las filas se extienden confusas por todos lados y me incorporo a una. Frente a mi hay una pareja de irlandeses: la mujer manotea y sacude al marido mientras éste lee indiferentemente el Daily Mirror. A mi izquierda veo a una familia hindú: el padre al celular explica que no sabe con exactitud cuando podrán llegar a Londres, la madre bosteza con cara de desvelo y hastío y sus dos hijos, con mochilitas al hombro, se entretienen empujando y cuidando cuatro maletas verdes. Despues de dos horas, el lento caminar de la fila me lleva finalmente al mostrador. Pregunto si hay trenes a Barcelona y un muy tranquilo y amable italiano (con tanto estrés en el ambiente, su estado es el de un auténtico santo o un monje zen) me dice que si... que hasta el próximo jueves. ¿¡Qué, qué, qué!? ¿¿¿¡¡¡Jueves!!!??? Si, jueves de esta semana por la mañana. No puedo quedarme en Milán tanto tiempo porque el jueves -cada vez lo dudo más- sale mi avión a México. Por primera vez en este viaje me invade una genuina desesperación. ¿Cuáles son mis opciones entonces?, le pregunto al sosegado italiano. Responde que ir a Ventimiglia, frontera con Francia, en el tren de hoy a las 5pm, y luego a Niza. Y de ahí quién sabe si haya trenes o camiones disponibles para llegar a Barcelona. ¿Qué hacer? Piensa rápido, que la fila apremia. Pues vayamos a Ventimiglia y luego a Niza, a ver qué me encuentro, le digo. Compro el boleto a eso de las 10am y a duras penas salgo de la apretujada biglietteria. Me preparo para sobrevivir 7 horas en lo que rápidamente descubro es el lugar más hóstil que hasta entonces había conocido (salvo, quizás, la terminal de camiones de Lázaro Cárdenas, Michoacán, donde estuve varada unas doce horas hace ya algunos años): la estación de trenes de Milán...