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jueves, 24 de mayo de 2012

Yo también soy 132

Tras terminar un doctorado, ayer dejé de ser estudiante definitivamente y resulta que acabé involucrándome en un movimiento estudiantil. Y me involucré porque creo que #YoSoy132 representa una parcela de mis inconformidades y, sobre todo, de mis anhelos. Es posible que quienes lean el presente post ya conozcan cómo surgió este movimiento: a partir del abucheo a EPN en la Ibero, el status quo desató una campaña de desprestigio de lo que me parece fue una reacción auténtica de los estudiantes de esa universidad. Y como eso de llamar acarreados y manipulados a quienes se estaban expresando de manera espontánea no les pareció nadita (Protestar es otra forma de ejercer ciudadanía, dice Jesús Silva Herzog Márquez), los estudiantes de la Ibero subieron a YouTube un video en el cual 131 alumn@s respondieron a las imputaciones de los medios que habían atribuido el rechazo a EPN a un compló lopezobradorista. Este agravio concreto resultó una fuente de organización masiva: descalificar a un@s estudiantes supuso descalificar a todo una generación e incluso supuso descalificar a tod@s l@s que alguna vez fuimos estudiantes.

Desde hace décadas se ha criminalizado en México la legítima protesta social. Muy diversas organizaciones que han luchado por hacer valer sus derechos y libertades desde muy diversas trincheras se han topado con el silenciamiento y la represión a manos de una élite en el poder que ni los ve ni los oye. Y el cuarto poder, la inmensa mayoría de los medios de comunicación en este país, es cómplice de las arbitrariedades que echan a andar los otros tres poderes para continuar dominándonos a tod@s. Televisa, ese monstruoso modelador de conciencias, hábitos de consumo, valores, prácticas y candidatos presidenciales, ha tratado de legitimar lo ilegítimo gracias a su penetración y cobertura: desde la apariencia de paz y tranquilidad en la Olimpiada de 1968 y la inexplicable caida del sistema en 1988, hasta la pretendida transición a la democracia en 2000 y el "triunfo" electoral de Felipe Calderón en 2006. Por eso me parece importantísimo poner el dedo en la yaga: si los medios de comunicación no se democratizan ni pluralizan y no se hacen transparentes, este país continuará viviendo en el limbo de una realidad edulcorada por las telenovelas y manipulada por los noticieros.

Ayer en la Estela de Luz, que más bien podría llamarse la Suavicrema de Luz, se reunieron miles de estudiantes, no sólo los convocantes de la Ibero, sino gente de otras universidades: La Salle, el Claustro, la Unitec, la UAM, el CCC, el Poli... Y la UNAM no podía faltar: contingentes de varias facultades, escuelas, CCHs y Prepas corearon consignas y ondearon pancartas. De los 15 mil reunidos, unos se fueron al Ángel, otros a Televisa Chapultepec, otros llegaron hasta el Zócalo y otros más nos quedamos en la Suavicrema que se convirtió al caer la noche en una improvisada galería de arte contestatario y en foro abierto para la discusión. Un compañero del ITAM agradeció la presencia de la bandototota de la UNAM, lo que desató una infaltable goya: un movimento estudiantil sin la UNAM, dijo el compañero, no es movimiento. Y en ese precioso momento fue cuando me pareció evidente la complejidad a la que se enfrenta #YoSoy132, que ciertamente responde a los alcances y límites de todo movimiento social.















Esta #PrimaveraMexicana en proceso -mediada por varios hashtags, expresada en movilizaciones multitudinarias en distintas ciudades, en videos y fotos realizados por la gente de a pie y diseminados mediante las redes sociales- responde al mismo hartazgo que ha llevado a miles a tomar las calles para demandar justicia, seguridad, educación, democracia y dignidad. El pliego petitorio de #YoSoy132 define al movimiento como ciudadano y apartidista y creo que en ello radica su fuerza: en convocarnos a tod@s; en tratar de construir puentes, por imposible que parezca, que zanjen el abismo del proselitismo por uno u otro candidato; en exigir cuentas, sobre todo electorales; en sumar desde una plataforma que ve en la transformación de los medios de comunicación un comienzo indispensable para la transformación de todo el país. Es un hecho histórico que l@s estudiantes mexican@s, sin distingo de clase social ni ideología, quieran formar un frente común contra las televisoras en particular y contra los medios de comunicación en general, un frente que muy bien puede trascender la coyuntura de las elecciones y bregar por un cambio de fondo en México, ciertamente de la mano de infinidad de otros frentes que ya llevan años de lucha en esa dirección.

Pero la diversidad de formas de ver al mundo de la que parte #YoSoy132 abona al riesgo de que el movimiento se diluya en la lógica sectaria de las reivindicaciones partidistas. Durante la asamblea de ayer en la Suavicrema, varios compañer@s de la UNAM y de otras universidades vertieron todo tipo de opiniones: desde que se le cambiara el nombre al movimiento hasta que tomara un cariz partidista en contra de EPN y a favor de Obrador. Se notó que los unamitas, como estableció una compañera de la Facultad de Ciencias Políticas, somos asambleístas, con todas las ventajas e inconvenientes que eso supone. Se notó la preocupación por construir representatividad entre los miles de estudiantes de la UNAM, por organizar acciones concretas, por construir alianzas con otros sectores sociales, por consolidar el liderazgo y la dirección del movimiento. Entre más personas se sumen a #YoSoy123, más visiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y desde dónde hacerlo entrarán en contacto. Ojalá que ese contacto sea productivo y no se convierta en confrontación; ojalá que ese contacto construya consensos y que los inevitables disensos no estanquen o resten fuerza a esta organización en ciernes.

No se si el movimiento como tal debiera estar abajo y a la izquierda -yo, personalmente, sí lo estoy- pero creo que #YoSoy132 debiera mantenerse tan plural, tan arriba, abajo, en medio y en los márgenes como fuera posible: la polarización y el encono, la descalificación y el clasismo son armas del propio statuo quo para que nada cambie, para seguir reproduciendo sus entramados de dominación. Lo que sí se es que ver a tanta gente esperanzada y combativa alzar su voz me hace querer alzar la mía también.

domingo, 29 de abril de 2012

Flor en otomí

 [...] no estás tú 
haciendo prosas y versos 
y luces y sombras y polémicas 
y preguntas y respuestas 
y murmullos y canciones y risas, 
haciendo amores y universos.

He tardado tanto en animarme para escribir este post... Le di vueltas y vueltas, hurge profundo, recordé. Escribir sobre algo que, en sentido estricto, desconozco -pero que se tornó íntimo- es difícil. No sabía por dónde empezar; no se aún qué partes incluir y cuales desechar del todo de esta historia, del limitadísimo todo, que me fue dado conocer. Porque al final ésta no es precisamente mi historia: me fue legada por circunstancias que, como cualquier otra circunstancia, no escogí. Pero esta historia se volvió parte de la mía y urdió las redes de una mitología personal que definió muchas de mis decisiones, que dio forma y nombre a algunos de mis miedos.

***

José Luis, mi padre, conoció a Carlos Prieto, el padre de Dení, a mediados de los sesenta. José Luis no recuerda exactamente el año en que se conocieron ("¿64, tal vez 65 o 66? Podría haber sido a finales de los cincuenta..."), aunque sí recuerda a la persona que fue vínculo inicial entre ellos. Mi padre trabajaba entonces en la agencia Producciones Publicitarias y colaboró con el fotógrafo Nacho López en varias campañas. Y fue precisamente Nacho quien le presentó a Carlos. 

Mi padre y el padre de Dení se hicieron muy amigos: compartían afinidades diversas y pasaban las tardes platicando de política, elogiando y ponderando los logros y desafíos de la Revolución Cubana primero y de la Sandinista después, discutiendo sobre literatura y publicidad (porque Carlos, además de dramaturgo, también hizo publicidad). La casa de los Prieto, la legendaria casa de Calle del Arco en la que de manera combativa y esperanzada se desayunaba, comía y cenaba política, era punto de reunión para una suerte de izquierda intelectual que igual leía a Marx y a Martí que a Cortázar y a Neruda, que padeció la represión del 68 y vivió bajo un sistema autoritario en el cual la disidencia era combatida ferozmente. Un sistema político que poco -o casi nada- ha cambiado en todos estos años.

José Luis se casó en 1971 con Irma, mi madre, y Eve, la madre de Dení, e Irma se hicieron muy amigas. Mientras Carlos y José Luis se lanzaban al polvorín de la discusión política,  Irma y Eve hablaban de la maternidad, de los secretos que las amas de casa comparten cuando cocinan y de las posiciones ideológicas de sus maridos: esas posiciones, por amor y convicción, también se habían tornado suyas. Y en 1974, el año que mataron a Dení en Nepantla, mi madre recibió la noticia estando embarazada. Irma recordaba cuán brutal había sido enterarse de que esa niña brillante que frecuentó  en casa de los Prieto durante unos años estaba muerta mientras que ella, mi madre, estaba por dar a luz a su primera (y única) hija.

***

Muchos de mis primeros recuerdos tienen que ver con los Prieto. Su departamente en Copilco, al que se mudaron tras la muerte de Dení, el sillón café con gruesos brazos de madera en que se sentaba Carlos, la calidez y hospitalidad extraordinarias de Eve. Después vinieron las paredes de roca en la casa de San Ángel y el jardín selvático que la rodeaba, las mismas repisas de pared a pared y de piso a techo que tenían en Copilco, rellenas de libros, y la foto de Dení. La foto de una chica de labios partidos y lentes redondos. La foto de Dení que me interpelaba desde su lugar inamovible en la repisa, un lugar que tras cada mudanza de los Prieto seguía siendo el mismo. En Copilco y San Ángel, durante las incontables sobremesas de los adultos que de niña escuchaba como un rumor lejano, se seguía comiendo política. Y podía percibir muy bien el sabor amargo de esa política, teñida con la sangre de Dení.

Nunca pregunté abiertamente quien era la chica de la foto. No lo pregunté porque siempre lo supe: era Dení, la hija de Carlos y Eve a quien yo nunca había visto. Dení, que una noche a finales de 1973 se había ido a la guerrilla, la chica que el ejército había asesinado, supe años después por mi madre. Era Dení, cuya muerte fracturó la vida de sus padres y su hermana. No se hablaba de ella en casa de los Prieto, al menos yo no recuerdo que se hablara de ella cuando estábamos de visita. Se seguía discutiendo sobre el estado del país, sobre la posibilidad de la revolución; se seguía hablando de periodismo, de teatro, no de ella. Pero Dení siempre estaba presente, desde la repisa, detrás de los ojos que esa foto delineaba, al centro de la memoria de quienes la conocieron. Dení, en la médula del recuerdo, sin falta, ahí.

Crecí con la imagen de Dení: la revolucionaria, la hija precoz, la comprometida, la mártir. Crecí con una pregunta honda y punzante: ¿por qué? Crecí con el dolor de sus padres: los silencios repentinos de Carlos, la mirada triste de Eve. Y crecí con el miedo de seguir sus pasos, con la evidencia afilada de los estragos mudos que un régimen pragmático y cínico volcó sobre los Prieto. Aunque también crecí con el corazón abajo y a la izquierda gracias, en gran medida, a Dení.

A inicios de los noventa, Carlos y Eve se volvieron a mudar, esta vez a Cuernavaca. Entonces yo estaba más interesada en mis propias y triviales obsesiones que en convivir con adultos, que en seguirle el paso a las conversaciones que de niña extrañamente me fascinaban. Y prefería sentarme junto a la alberca de la primera casa en que vivieron, bajo las bugambilias, y enchufarme a The Smiths en mis audífonos. Después de unos años en Cuernavaca los Prieto se fueron a Inglaterra. Mis padres y yo nunca volvimos a verlos.

***

Hace poco me enteré de la existencia del documental Flor en otomí de Luisa Riley y deseaba verlo porque supuse que en él encontraría esas partes de la historia de Dení que no me tocó vivir. Esas partes que el silencio acalló, que la mano impune del priísmo trató de ocultar y borrar durante años. Allí encontraría los fragmentos perdidos que tal vez mi padre y mi madre intuyeron en su momento pero que nunca mencionaron. Y sí, allí estaban: los partes militares, las notas de prensa, los testimonios de la familia, de los amigos y amores de juventud, las cartas, la foto de Dení, la misma foto cuyos rasgos tengo grabados desde niña. Flor en otomí devuelve a la vida a Dení Prieto, revela su breve paso por el mundo, su convicciones, sus afanes, y resulta un hermoso y triste documental que combate el olvido. Porque en este país no sólo las balas matan: también lo hace la desmemoria.

Al ver Flor en otomí no pude evitar los ojos llorosos y el nudo en la garganta: las imágenes de Carlos y Eve me recordaron que nunca me despedí de ellos, que nunca les dije cuán importantes fueron para mí y cuanto los quise (y los quiero y los recuerdo aún); la foto de Dení me volvió a interpelar como lo hiciera en mi infancia. Frente a tanta ausencia me queda la misma pregunta honda y punzante: ¿por qué? Me quedan las hojas amarillentas del poemario que Carlos escribiera tras el asesinato de Dení, los versos que contiene y el grabado anónimo de la portada, epitafio que humaniza y dignifica la fosa común en que yace Dení...

Nunca había pensado en la muerte,
en la nada, en la ausencia total
de una presencia, de un aliento vital,
hasta que moriste tú.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Insurgentes

Después de toda una vida de habitar este monstruo de ciudad, de recorrer ciertos rumbos más que otros y de las largas trayectorias que a veces implica el transporte en el DF, ir de punta a punta por Insurgentes es también una excursión hacia el pasado. No se si mi memoria es muy buena o qué [las memorias selectiva y afectiva funcionan mejor que otras parcelas del recuerdo instaladas en mi cerebro] pero podría contar cantidades industriales de anécdotas, rememorar a incontables personas y remontarme en el tiempo a lo largo de cada centímetro de los 28.8 kms que mide Insurgentes [como siempre, exagero] [en el número de anécdotas y personas, no en la longitud de la avenida, he de anotar]. Insurgentes es como una máquina del tiempo, me cae. Desde El Caminero hasta Indios Verdes (o vicerversa) cada vez que ando por Insurgentes me acuerdo...

Los recuerdos se agrupan más o menos en esquinas, en los cruces que traza la avenida a su paso por la ciudad. Yendo de sur a norte, Insurgentes y Guadalupe Victoria, por ejemplo, me recuerda a D: varias veces fuimos por vino y cervezas al super que está en esa esquina [cuyas puertas siguen abiertas aún después del tiempo y de los cambios de propietario]. En Insurgentes y San Fernando se casaron I y C: me acuerdo de la risa contenida de todos los presentes -incluidos los novios- durante la Epístola de Melchor Ocampo [¡los ojos de pistola del juez!], del posterior rapto de la novia por parte del contingente austriaco, de la gran fiesta al aire libre tras recuperar a I, la oscuridad cayendo iluminada con antorchas. La gran y extraña esquina de Insurgentes y Periférico [que más bien es un trébol] es sede de varios recuerdos: desde el mall horrendo [algunos le llaman Plaza Telmex, imagínense...] donde una sóla vez fui a tomar cerveza de sabores [guácalas...] con V hasta Transportaciones Marítimas Mexicanas y las clases de inglés que ahí di a un ejecutivo cuyo nombre he olvidado; desde la primera ocasión [hace bastante poco, he de confesar] que entré a la Zona Arqueológica de Cuicuilco con J hasta encontrarme con V para traducir un artículo suyo de geofísica en un café de Perisur. Y luego en el extenso trecho de CU que da a Insurgentes, desprovisto de esquinas en sentido estricto, no hay suficiente espacio para enumerar cada recuerdo. Son ya muchos años de entrar, salir y peregrinar por facultades, museos, institutos, salas, circuitos y estadios en CU. Especialmente recuerdo las tardes en el Jardín Botánico con O, la lluvia cayendo mientras el aliento compartido empañaba los cristales de mi carro.

Insurgentes y Copilco me recuerda el departamento de los Prieto, mi niñez entre adultos, aquélla tarde que, regresando de pasear por CU, un trolebus nos mojó de pies a cabeza. Insurgentes y Avenida de la Paz es sinónimo de los meses que fui mesera en Cluny, de trabajar y reventar de noche y dormir de día, de la camaradería, del aburrimiento extremo seguido por la diversión desenfadada. En Insurgentes y Río Chico recibí el histórico 1 de enero de 1994 abrazada de O en las escaleras de un edificio porque el Rock Stock que antes estaba en esa esquina no había abierto: todo el mundo estaba cenando con sus familias y nosotros, como niños de la calle, esperando al cadenero. En Insurgentes y Vito Alessio Robles también recuerdo a O: en esa mera esquina había un restaurante Hipocampo donde alguna vez fuimos a una especie de conferencia de Amway [wtf?]; el bufete donde aún trabaja O despúes de casi dos décadas [creo] está cerca y es posible que en uno de los muchos restaurantes de comida rápida de Plaza Inn lo viera por última vez. Me encantaría decir que en Insurgentes y Perpetua pase mi adolescencia rockanrolera, pero no: no conocí el LUCC [cachetitos sonrojados de nunca haber ido al antro por excelencia]. Luego en Insurgentes y Churubusco, en el que fuera el gran cine Manacar que Cinemex compartimentalizó hasta la naúsea, vi Kill Bill Vol. II en una sala vacía; eran alrededor de las 11am y sólo a mi se me ocurrió comprar un boleto para esa función.

Insurgentes hace esquina con Millet y con Porfirio Díaz y entre esas tres calles está [parte de] el Parque Hundido: ahí aprendí a andar en bicicleta, ahí salí infinitas tardes a deambular con mi madre y a comer algodones de azúcar a escondidas. Es el parque de mi niñez, sin duda. En Insurgentes y California alguna vez estuvo Rockotitlán: recuerdo un concierto de Julieta Venegas al que fui con M, recuerdo que M tocó ahí con Ansia alguna vez, recuerdo que cuando Salamandra se fue a tocar a Tijuana precisamente de esa esquina salió el convoy. Insurgentes y Filadelfia es otra esquina memorable, lo que antes era el Hotel de México que ahora [y desde hace muchísimos años ya] se hace llamar World Trade Center. Recuerdo haber ido a un concierto de Mijares y Laureano Brizuela en el sótano del Hotel de México [sí, eran los ochenta, uuupppsss...]. Recuerdo que uno de los muchos dentistas de mi infancia tenía su consultorio justo frente al Hotel de México: la cuadrícula de las ventanas y alguna que otra palmera era lo único que podía ver mientras la fresa me taladraba las muelas. Y la esquina de Insurgentes y Viaducto, justo en el edificio que algunos llaman "el elote", vio fracasar uno más de los proyectos arquitectónicos de J.

El tramo entre las estaciones Nuevo León e Insurgentes del Metrobus es el aquí y ahora en mi topografía, aunque no está exento de recuerdos: en un edificio de Insurgentes y Aguascalientes estaba el consultorio de un ginecólogo chileno al que fui varias veces; tiempo después me enteré que este mismo hombre, años atrás, había traido a D al mundo [mundo chiquito, por supuesto]. Mi primer tatuaje [y único, por ahora] me lo hice en el Rock Shop que está cerca de la esquina de Insurgentes y Campeche (o Insurgentes y Coahuila, depende cómo se vea), mientras el tatuador de al lado hacía llorar a una estrella infantil -ya crecidita- de Microchips. Insurgentes y Yucatán era paso obligado cuando daba clases en el Anglo Americano; durante casi un año crucé Insurgentes y Alvaro Obregón todas las mañanas -muy puntualmente- para ir a gestionar la cultura y combatir la burocracia [o algo por el estilo] en mi Cas[it]a de Cultura en la Romita. Y pasando la glorieta de Insurgentes [hoy día ya no me aventuro más al norte] está la esquina de Insurgentes y Reforma, lo que me recuerda el trabajo de campo que hice para mi tesis en la Dirección de Cinematografía, en el edificio de RTC: horas pasé revisando expedientes, atando cabos sueltos [o nomás tratando], haciendo entrevistas y, principalmente, elucubrando.

En la esquina de Insurgentes y Sullivan, además de comercio sexual y travestis, alguna vez hubo un antro llamado El Bulbo [creo que no existe más]: un día que iba saliendo de madrugada alguien lanzó una bolsa con agua [quiero pensar que era agua] que se estrelló en el pavimento y roció a quienes ahí estábamos parados. También recuerdo los hotdogs frente al Bulbo. En Insurgentes y Puente de Alvarado me bajaba para tomar camino hacia casa de mi prima en la Santa María o para ir a la Delegación Cuauhtémoc a cobrar cuando era [chiqui]funcionaria del gobierno capitalino; en Insurgentes y San Simón, no hace mucho, bajé por primera vez para conocer un taller de platería y enterarme de que San Eloy es el patrono de los orfebres. Y cada ocasión que fui a quedarme con M en la Industrial Vallejo o cuando íbamos juntos a visitar a sus abuelos o cuando iba de grupie a los ensayos de Salamandra cruzaba por esa revoltura de vías que es Insurgentes y Cuitláhuac o por Insurgentes y Euzkaro. Y las incontables veces que fui a Ecatepec con J tras recorrer gran parte de la ciudad por Insurgentes llegaba al final de la avenida e iba más allá de Indios Verdes, allá donde Insurgentes se convierte en autopista, donde las casas y edificios desaparecen para dar lugar a unos cuantos cerros grises y pelones y a otros tantos cubiertos de casuchas, miseria y basura, los montes que dan la bienvenida al Estado de México...

Pasan los años y el DF necesariamente se transforma y metamorfosea: lo que antes estaba ahí, ahora no lo está más. Las casas son derruidas para construir edificios; luego los edificios cambian de dueño, de uso y de destino. Los parques se vuelven estacionamientos y los estacionamientos desarrollos inmobiliarios. Pero Insurgentes ahí sigue, recordándome a golpe de esquinas lo que ha permanecido, al menos en mi memoria.

Fotos, cortesía de:
http://nueva-gomorra.blogspot.com/
http://radar-q.blogspot.com/

viernes, 9 de diciembre de 2011

El día que robaron la casa de mi padre

Esto es una suerte de crónica de un día bastante feo, aunque en realidad esto es una denuncia. Sí, una denuncia virtual e informal, pero denuncia al fin. El hecho de que aquí aparezca no le quita la indignación que conlleva ni la impotencia que la provoca; el tono de esta entrada tampoco supone que lo que sucedió no fuera grave y preocupante porque, encima, sucede con más violencia y frecuencia de las que cualquier gobierno mínimamente decente, comprometido con su pueblo, honesto y eficiente debiera permitir. Y esto es también una suerte de exorcismo, lo único que puedo hacer que tiene, al menos para mi, algún tipo de sentido, porque en este pinche país destrozado no hay para donde hacerse: la seguridad y la justicia se han convertido en una burla desde hace mucho ya. Pero, afortunadamente, todos los involucrados (algunos más que otros) podemos reir al respecto porque el incidente de verdad que no pasó a mayores (y ojalá que en eso se quede).

Hoy a las 3 de la tarde alguien entró por la fuerza a casa de mi padre. Alguien que pudo o no haber estado acompañado o armado; alguien cuyas razones para hacer lo que hizo me escapan, pero que es muy probable también padezca este gobierno ilegítimo, homicida e inepto tanto o más que tu y yo, querido/a lector/a. Por fortuna (y seguramente debido a ello entró), mi padre no estaba en casa: había salido al súper y la media hora que se ausentó fue suficiente para que ese alguien rompiera dos cerraduras, vaciara cajones, revolviera armarios, esparciera ropa, fotografías, cartas y papeles y lograra un extraordinario botín: un pinche celular. Sí, quien haya robado la casa de mi padre sólo se llevó su celular. Claro, ¿qué podía haberse llevado ese alguien de una casa llena de libros que se estancó en los noventa y donde no hay pantallas planas ligeras ni Wiis ni sofisticados sistemas de sonido? ¿De una casa donde, por falta de tiempo o perspicacia, dejó botada una cámara Tower Reflex del 61 y no abrió un verdadero cofre del tesoro -el mítico neceser rojo de mi mamá- que estaba justo frente a sus narices?

Cuando llegué a casa de mi padre sólo quedaban los vecinos solidarios que durante décadas han vivido en las casas contiguas; también estaba la gente con quién pasé mi adolescencia y que veo de cuando en cuando -cuando coincidimos en las visitas a las respectivas casas paternas- tras 16 años de haberme ido a buscar la vida en otro lado. Los policías que acudieron a la "escena del crimen" entraron, vieron, sugirieron no denunciar ["¿Pa' qué si esas cosas ni prosperan? Nomás van a ir a perder su tiempo."] y se fueron. Hasta mi cuñado -abogado de profesión- sugirió no denunciar: ¿qué tal que los ladrones están coludidos con las autoridades y luego hay represalias? Una asociación nada peregrina en este pinche país. La fobia de mi padre a cualquier trámite burocrático de cualquier índole (y además en un MP) también salió a flote. Que denunciar ni que nada... Yo me puse a tomar fotos porque uno nunca sabe y mucho menos en este pinche país. Justo hoy habían terminado de colocar una reja extra, coronada por un alambre circular como de púas, sobre la barda de la casa de mi padre porque hace una semana alguien había irrumpido en la cochera, había abierto el carro y se trató de llevar el estéreo, sin lograrlo, mientras mi padre leía en su estudio...

Mi hermana y mi cuñado le ofrecieron su casa a mi padre para pasar la noche. Dado que mi padre es un hombre... ideático, por decir lo menos, declinó la oferta; yo también le dije que viniera a dormir a mi casa, pero no quiso. Después de horas de discutir, lo convencí de que una posible opción era quedarse en un hotel: dado que en su casa no hay cerraduras ni en la reja de entrada ni en la puerta principal -y debido a que mi padre odia las "camas ajenas"- mejor dormir en una cama anónima en una habitación anónima donde "no le diera molestias a nadie" (así es mi papá, en fin). La solución del hotel también funciona para que todos (salvo por la obvia incomodidad de mi padre de quedarse en otro lado que no sea el suyo, tan habituado como está a su casa, a su cama, a sus cosas, a su espacio) quedemos más o menos tranquilos, aunque sólo sea por esta noche.

Primero fuimos al bastante modestito Hotel Escandón que está justo frente al edificio en que vivo, pero no tenían cuartos vacantes (¿quién lo hubiera pensado?). Luego fuimos a un vil
hotel de paso sobre Patriotismo -de esos híper discretos y quesque lujosos- en el cual, de plano, las habitaciones "no son para pasar la noche", como dijo el encargado, "porque aquí sólo se viene por unas horas y nadie viene a dormir". Total, el tercero fue el vencido: el Hotel Fiesta Inn de Insurgentes y Viaducto, que más bien parece una prisión de alta seguridad gracias a la tecnología empleada para vigilar el lugar. O sea, dejé esta noche a mi padre en una auténtica jaula de oro. Mientras se registraba en la recepción del hotel, mi papá empezó a verme raro: "pero, ¿qué te trajiste Montse? ¿Como para qué te trajiste eso?".

En la paranoia crepuscular de "huir" de una casa violada -de temer que otra vuelta alguien tratara de entrar, de ver en el suelo los recuerdos de mi propia infancia, de sentir la indefensión de un anciano que no puede vivir en paz porque lo amenazan la intrusión, la inseguridad
y, potencialmente, algo mucho peor, de experimentar la frustración que provoca el desastre que es este pinche país- yo me había colgado al hombro la cámara Tower, había tomado por el asa el mítico neceser rojo y me había abrazado de las cenizas de mi madre. "¿Qué no ves que no puedes andar paseando a tu mamá así nomás? ¡Es delito federal!".

viernes, 14 de octubre de 2011

Clasificación, censura e improperios, o "mejor quememos estas películas porque, de a tiro, son indeseables". Sobre The Human Centipede y The Woman

ADVERTENCIA Este post está escrito desde una posición radicalmente anti prohibicionista; también lo anima un punto de vista extremo en cuanto a la libertad de expresión y, sobre todo, de creación artística. Me explico: no creo que ninguna película deba ser prohibida dado que nadie (me refiero a puros adultos nomás) está obligado/a a ir al cine: uno va porque quiere y ya. Para eso están las clasificaciones, la crítica de cine y las reseñas de películas. Y si sucede que alguien erró al seleccionar una, tiene todo el poder y el derecho de salir de la sala, corriendo o calmadito/a, en el momento en que lo que vea y escuche le parezca una aberración. Puedo apostar que nadie lo/la detendrá y forzará a terminar de ver la película.

Por otro lado, no creo que el arte sea únicamente aquéllo que eleva el espíritu, aquéllo que ennoblece al ser humano. El arte también confronta, incomoda y presenta lo que para muchos y por diversas razones es impresentable, lo que J.M Coetzee muy acertadamente denomina indeseable. Tal vez los valores (cualesquiera que sean) que un artista plasma en su obra -o la forma en que lo hace- no tengan nada que ver con los de su hipotético público. Entiendo la ofensa de éste frente a lo que califica de indeseable y entiendo que es una ofensa legítima. Pero lo que no entiendo es que este hipotético público recurra a la violencia para resarcir la transgresión de la que supone fue objeto. Y mucho menos entiendo que la mejor opción sea destruir físicamente la obra [argumenta este finísimo e hipotético público mientras blande sus antorchas] por el bien de todos...

Así las cosas, este post se centra en dos películas -The Human Centipede (First Sequence) (Tom Six, Holanda, 2009) y The Woman (Lucky McKee, EUA, 2011)- que aún no se han estrenado en México y son ejemplos recientes y paradigmáticos de cintas de terror (aunque, la verdad, a mi no me lo parecen tanto) que han suscitado reacciones adversas dado su bizarro contenido, por decir lo menos. Los spoilers al narrar las historias que estas películas cuentan serán muchos y el contenido no apto para quienes son susceptibles al gore. Hechas estas advertencias, querido/a lector/a, inicie la lectura de este post bajo su propio riesgo...

1. Escatología, tortura y demás Tom Six es un director holandés a quien las buenas consciencias, sobre todo la británica, no bajan de perverso. La cinta que lo llevó al estrellato (o que, por lo menos, le valió una parodia en South Park -el episodio HUMANCENTiPAD- que ya es un gran logro), The Human Centipede (First Sequence), explora los experimentos del Dr. Josef Heiter (Dieter Laser), un afamado, retirado y ficticio cirujano alemán especializado en separar siameses, para "construir" un cienpiés humano (cualquier referencia con el infame y nazi Dr. Josef Mengele no es mera coicidencia). El Dr. Heiter secuestra a dos turistas americanas, Lindsay y Jenny (Ashley C. Williams y Ashlynn Yennie), y a uno japonés, Katsuro (Akihiro Kitamura), y procede a unir las bocas de unos con los anos de otro: si, una sencilla operación -100% medically accurate dice la publicidad del filme- que se explica en el siguiente diagrama:
Todo es felicidad para el Dr. Heiter porque al principio su experimento es un éxito pero, como era de esperarse, el cienpiés no está ni muy sano ni muy contento que digamos. Mientras el Dr. Heiter trata de entrenar a su nueva mascota llegan a su casa dos detectives, Kranz (Andreas Leupold) y Voller (Peter Blankenstein): unos vecinos muy cívicos se han quejado en la comandacia de los horrendos gritos de mujer que se escuchaban (antes de la operación, hay que apuntar) en la propiedad del Dr. Heiter. Kranz y Voller no quedan satisfechos con la explicación del doctor y su conducta agresiva les hace sospechar que algo raro esconde, pero como estamos en el primer mundo y no en el Estado de México, muy cívica y acomedidamente avisan al doctor que iran por una orden de cateo antes de revisar el sótano de la casa.

Ante el inminente descubrimiento de su creación, el ahora histérico Dr. Heiter baja al sótano y es atacado por el cienpiés, quien le entierra un bisturí en la rodilla. El cienpiés, en un intento por escapar de su captor/creador, sube penosamente una escalera de caracol (¿qué, qué?), pero es alcanzado por el doctor: tras un dramático intercambio entre Katsuro (la única parte del cienpiés que puede hablar... japonés) y el Dr. Heiter, el primer tercio del cienpiés decide que ya ha tenido suficiente de este valle de lágrimas y se corta la yugular. Para entonces, los muy eficientes Kranz y Voller han regresado a casa del Dr. Heiter con todo y orden de cateo que no les es muy útil, por cierto, ya que tiran la puerta principal para entrar y se desata el desastre. Kranz descubre al cienpiés, Hieter mata de un balazo a Voller, Kranz descubre a Voller muerto, Kranz recibe un balazo de Hieter y, antes de morir, Kranz mata a Heiter. ¿Y los dos trecios del cienpiés que quedan vivos? Cuando de pronto (y muy convenientemente para la historia) muere el tercer tercio del cienpiés de una infección terrible, el segundo tercio, Lindsay, se queda literalmente cosida a dos cadáveres, lloriqueando mientras la cámara se aleja... Fin.

2. Feminismo o algo por el estilo Lucky McKee es un director americano cuyas películas de terror -como la bastante visible May- aunque muy indie se han hecho de una importante base de fanáticos devotos. McKee presentó su más reciente película, The Woman, en Sundance en enero de este año. The Woman es la historia de los Cleek, la típica familia americana que vive, aparentemente, en perfecta armonía en su hermosa casita rural. Chris Cleek (Sean Bridges) tiene un exitoso despacho de abogados y en sus ratos de ocio sale a cazar al bosque que queda justo detrás de su casita. Un buen día Chris se topa con un ser fascinante y peligroso, una mujer salvaje (la excelentísima Pollyanna McIntosh), y como haría cualquier ciudadano de bien pues la atrapa con una red y se la lleva para enseñarle a vivir como la gente decente.

De inicio, el "proyecto civilizatorio" de Chris no es bien recibido por su esposa Belle (Angela Bettis), pero como la abnegada, golpeada y dócil ama de casa sureña que es, acepta sin chistar. A quien si le encanta la nueva adición a la familia es a Brian (Zach Rand), el puberto hijo de los Cleek, quien lasciva y curiosamente se apresta para ayudar en lo que se ofrezca. La mujer salvaje, como era de esperarse, no está nada contenta con el proyecto de los Cleek: la tienen amarrada en un cobertizo, la bañan a mangerazos y la visten con ropita bastante fea y pasada de moda. Chris aprovecha que la mujer está cautiva para mostrarle qué es el sexo y Brian la espía tiro por viaje con una mezcla de fascinación y asco, mientras Peggy (Lauren Ashley Carter), la hija adolescente de los Cleek, tiene ya bastantes problemas con la empresa de ocultar su embarazo como para preocuparse por lo que su familia le está haciendo a la mujer salvaje.

Cuando Genevieve Raton (Carlee Baker), la maestra de Peggy, se aparece en casa de los Cleek para confesarles sus sospechas sobre el embarazo de su hija, se desata el desastre: Chris le pone tremenda madriza a Genevieve (eso si: tras darle un golpazo a Belle, que la deja inconsciente, porque ésta le acababa de anunciar que lo iba a dejar) y se la lleva al cobertizo donde resulta que tiene encerrado a otro ser salvaje y peligroso -un niño caníbal- quien, ni tardo ni perezoso, se come enterita a Genevieve. Peggy no halla otra forma de detener a su padre más que liberar a la mujer salvaje quien mata a Belle, a Chris y, por qué no, a Brian. Después de la masacre, la mujer salvaje intercambia gruñidos y balbuceos ininteligibles con Peggy y se marcha tranquilamente rumbo al bosque, llevando de la mano a Darlin' (Shyla Molhusen), la hija más chiquita de los Cleek... Fin.

3. Los otros indignados y sus argumentos Aunque me parece que ambas películas no son ni remotamente joyas de la cinematografía, si presentan interesantes tesis sobre el eterno debate -y muy actual, dada la situción de este país- entre civilización y barbarie. En The Human Centipede (First Sequence), como lo apuntan ciertas reseñas, subyace una discusión sobre los límites éticos de la investigación médica, sobre la soberbía del científico loco que se cree creador de la vida y a quien los seres humanos le parecen viles gusanos. En este sentido es acertada la elección de Six de Katsuro como el primer tercio del cienpiés: el hecho de que éste sólo hable japonés enfatiza la obvia incomunicación entre el Dr. Heiter y su creación, el hecho de que el arrogante médico conciba al cienpiés como un auténtico insecto.

The Woman, por su parte, no sólo supone una bárbara crítica de las formas en que históricamente se ha impuesto, a sangre y fuego, la "civilización" a los "salvajes", sino que también puede leerse como un alegato contra la violencia de género. De hecho, muchos de los ultrafans de McKee lo son porque dicen que encuentran en sus películas representaciones de las mujeres que ponen el dedo en la yaga sobre temas como el abuso doméstico, el autoestima y la imagen corporal. Pero como el cine es susceptible de diversas lecturas, ciertos espectadores han encontrado en ambas películas motivos para la ofensa y el agravio.

A pesar de que The Human Centipede (First Sequence) fue estrenada en cine comercial en Inglaterra y otros países, no sin causar escándalos diversos dado su contenido vomitivo (la coprofagia, forzada en este caso, sigue siendo un verdadero tabú para muchos), la secuela de este filme, The Human Centipede II (Full Sequence), ha sido prohibida oficialmente en el Reino Unido. No es legal distribuirla en DVD, por lo que tampoco podrá verse en salas de cine. ¿La razón? A la British Board of Film Classification (BBFC) le parece que es un mal ejemplo para sus espectadores: tras ver la película, a alguien se le puede ocurrir la peregrina idea de crear su propio cienpiés, por eso mejor censurarla ahora que lamentarse después. Además la BBFC arguye en su muy explícito dictamen que The Human Centipede II (Full Sequence) es una película pésima y potencialmente obscena que supone un peligro real para cualquier audiencia. Ello porque la lectura que la BBFC hace de la misma encuentra que Six -con una muy malvada intención- sólo muestra al espectador el punto de vista del protagonista, Martin (Laurence R. Harvey), un hombre "sexualmente obsesionado" con la primera película quien efectivamente lleva a cabo la peregrina idea -una "violenta y depravada fantasía", dice la BBFC- de crear su propio cienpiés con consecuencias, era de esperarse, desastrosas.

Por otro lado, tras la première de The Woman en Sundance, un muy indignado espectador armó tremendo alboroto (que alguien tuvo a bien grabar y subir a la red aquí). El hombre en cuestión (quien, por cierto, esperó paciente hasta que The Woman terminó) intervino la conferencia de prensa en que McKee platicaría sobre su película y le espetó al cineasta que era un perverso, misógino, enfermo y etcétera porque en The Woman se muestran varias escenas, bastante explícitas, de tortura. "Cómo es posible", gritó el indignado espectador, "que el Festival haya incluido en su selección este tremendo bodrio", esta representación de las mujeres, a su juicio denigrante, que nada tiene de buen ejemplo para nadie. Una vez más salió a relucir el argumento de que lo que se ve en pantalla se imita irremediablemente. Al final, el hombre pidió que le reembolsaran el dinero que pagó por la función.

4. Otros argumentos producto de otras indignaciones El cine, arte o no, es realmente un modelador de consciencias, un aparato ideológico de estado, como diría Louis Althusser, pero me parece que su influencia no es tan inmediata ni supone una lógica de causa y efecto. Es cierto que las representaciones sobre el mundo que ofrece el cine influyen, de alguna complicada y extraña manera, en nuestra concepción de éste. Al mismo tiempo, el cine no es tan peligroso como muchos países (que se dicen democráticos) lo hacen ver a través de prohibiciones, cortes y censuras. Ojalá lo fuera. Si el impacto del cine resultara tan súbito y demoledor como arguyen, bastaría con ver La Batalla de Chile una sola vez para desear el arribo del poder popular, bastaría con ver Wall Street para comprarse enterito el glamour de la bolsa de valores neoyorkina. Pasar de espectador a activista, de observador a revolucionario -o viceversa- no es cosa de una función.

Si partimos del supuesto de que cada espectador tiene herramientas para evaluar y disfrutar/padecer lo que ve y para decidir si quiere o no ver algo, los argumentos de la censura salen sobrando. Y si consideramos que existe esta suerte de madurez en muchas de las audiencias que van al cine, el escándalo resulta, hasta cierto punto, una decisión del espectador. La culpa del agravio entonces no es de Six ni de McKee, sino de quienes miran sus películas y no se responsabilizan de las consecuencias de mirar. Pero eso si: la educación que muchos países (que, insisto, se dicen democráticos) le niegan a sus pueblos impide precisamente la adquisición y desarrollo de tales herramientas (y de otras cosas). Es más fácil impedir que alguien mire a proveer elementos para afinar la mirada. Por eso los censores salen más baratos que los maestros... En fin...

viernes, 5 de agosto de 2011

Recuerdo y perdón. Sobre el Holocausto

I. Pequeños -y grandes- recordatorios
La primera vez que viajé en el metro de Berlín fue un completo desastre: llevaba sólo un día en la ciudad y el jet-lag me estaba matando. Era de noche y, por fortuna, me acompañaba Jurek, quien me tradujo que los altoparlantes nos habían sacado del vagón debido a que las reparaciones en esa línea del U-Bahn obligaban a transportarse sobre la tierra. Salimos de una estación, no recuerdo cual, para tomar un bus que nos dejó cerca de otra estación cuyo nombre tampoco recuerdo y que resultó estar cerrada. Jurek decidió que caminar a otra estación de otra línea era nuestra mejor opción para finalmente llegar a nuestras respectivas casas en Kreuzberg. Al pasar por Wittenbergplatz, cerca de la enorme y famosa tienda departamental KaDeWe, Jurek se detuvo un momento y me preguntó: "¿qué te llama la atención aquí?". Estábamos frente a la entrada del metro y alcancé a ver a la derecha un gran letrero, una suerte de estandarte de metal, que decía: Orte des Schreckens, die wir niemals vergessen dürfen, seguido de una lista de nombres propios. Con sólo leer la primera palabra en la lista supe de qué se trataba: Auschwitz, Stutthof, Maidanek, Treblinka, Theresienstadt, Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen, Ravensbrück, Bergen-Belsen, Trostenez, Flossenbürg. "Campos de concentración, campos de exterminio", dije. "Lugares de horror que nunca debemos olvidar", tradujo Jurek. "Berlín está llena de pistas, pequeños recordatorios. Abre los ojos y verás". Y si, Berlín es una ciudad que clama perdón a cada paso que uno da. La memoria de las víctimas del Holocausto se hace presente, se vivifica, en todos los rincones: ya sea en forma de una de las incontables, a veces imperceptibles, Stolpersteine sembradas en las banquetas berlinesas o a través de museos, monumentos y memoriales que desbordan la ciudad y sus alrededores. Berlín clama perdón y es a través de los ojos que uno escucha esa súplica.
















II. Sachsenhausen
Cuando me invitaron a visitar Sachsenhausen en Oranienburg, a poco más de una hora del centro de Berlín, no dudé en ir: haber llegado hasta Alemania y no ser testigo de algunos de los vestigios del Nacionalsocialismo me parecía impensable. Uno de los primeros campos de concentración de la era nazi, antigua cervecería devenida prisión en el verano de 1933, Sachsenhausen era una institución "modelo" en la cual se entrenaron cuadros de élite de la SS y que albergó a más de 200,000 prisioneros desde su establecimiento formal en marzo de 1936 hasta su liberación el 22 de abril de 1945. Ya que sitios como Auschwitz y Treblinka están en Polonia, Sachsenhausen resultaba la opción más cercana para el turismo histórico. Turismo que, como sucede cuando se visita cualquier lugar de horror, deja de tener un mero interés intelectual para convertirse en una brutal experiencia emocional y, si me apuran un poco, en una experiencia decididamente espiritual.

Llegamos a Sachsenhausen un domingo soleado y bastante tarde porque nos perdimos; dimos vuelta en la calle equivocada y terminamos en un cementerio de guerra ruso en honor a los soldados caidos en combate en abril de 1945, precisamente cuando el Ejército Rojo marchaba sobre Oranienburg para llegar a Berlín. Tras corregir el rumbo y tomar la calle correcta apareció: enclavado entre bellas casas de campo, con jardines de un verde impecable y plagados de flores y gnomos, el Memorial y Museo Sachsenhausen da la bienvenida a sus visitantes con un modelo a escala del sitio y con la sorpresa de que hay que seguir caminando por una larga via - la Calle del Campo- para llegar hasta la entrada. Las puertas de ésta se abren y dan paso al Nuevo Museo, dedicado a la lucha antifascista europea. Este museo, como todos los que visité en Alemania, tiene un montaje extraordinario, además de que es interactivo. Me resulta impresionante como un pueblo que al término de la Segunda Guerra Mundial estaba completamente devastado -literal y metafóricamente- hizo (y sigue haciendo) el esfuerzo de salvaguardar una cantidad impresionante de documentos que (ahora) testimonian lo ocurrido durante uno de sus momentos más oscuros: la era nazi. A través de cartas personales y oficiales, postales y fotografías, uniformes, utensilios, películas y grabaciones, el Nuevo Museo describe los periodos por los que transitó el Campo y narra como algunos de sus prisioneros se enfrentaron a la maquinaria de destrucción y olvido nazi. Los vibrantes colores del vitral a las víctimas, miembros de la resistencia y libertadores soviéticos del Nuevo Museo contrastan con la sombría Torre A, puerta principal del Campo en cuya reja, como era usanza común, está soldada la tristemente célebre frase Arbeit macht frei: el trabajo los hará libres.
















No pudimos terminar de recorrer el Campo. Se acercaba ya la hora de cierre y sólo alcanzamos a entrar en las barracas de la enfermería, en la sala de autopsias y el depósito de cadáveres bajo ésta. También vimos el obelisco enorme, cubierto de pequeños triángulos rojos que rememoran a los presos comunistas, memorial situado en uno de los vértices de la amplia explanada del Campo, también triangular, pero faltó llegar a las trincheras de ejecuciones, a las barracas 38 y 39 que fueron habitadas por prisioneros judíos, al sitio donde están la ruinas del primer crematorio... No se si todo visitante experimenta algo similar, pero en Sachsenhausen yo me sentí abrumada. Cada paso que daba se hacía más pesado que el anterior y eso no tuvo que ver con el natural cansancio de recorrer un lugar tan grande. A cada paso se acumuló el peso de atestiguar los rastros del horror: a pesar de que ha trascurrido más de medio siglo desde que dejó de funcionar, Sachsenhausen acongoja al corazón y, ante el sinsentido de tanto sufrimiento y violencia, la cabeza se obsesiona con una única pregunta: ¿por qué, por qué, por qué? Pregunta para la cual, en un sentido trascendente, ninguna respuesta que provenga de la razón satisface o sirve.


La fría vastedad de Sachsenhausen -¡y eso que era verano!- contribuyó al sentimiento de desazón y malestar que sentíamos: al percibir la llegada de una súbita pérdida de fe en el mundo entero, preferimos interrumpir la visita. Después de leer documentos sobre los experimentos de eugenesia conducidos en el Campo, después de las crónicas sobre como, un invierno, se apilaron los cadáveres en el corredor del sótano de la enfermería hasta llegar al techo, después de los recuentos sobre la suerte de algunos prisioneros polacos, homosexuales, gitanos y rusos, después de ver sus rostros y sus ojos, después de las manchas de humedad que cubrían las paredes de la morgue, manchas que parecían de sangre, no quedó más que salir de ese lugar de terror. Hice varios Fátijas y encendí una veladora que había sido dejada como ofrenda, junto con guirnaldas de flores y pequeñas rocas, cerca del sitio que alguna vez fue el del cadalso del Campo. En silencio, cruzamos la reja de la Torre A y nos alejamos de Sachsenhausen.

III. Atestiguar, recordar, perdonar...

Peacemaking is the functioning of bearing witness. Once we listen with our entire body and mind, loving action arises. Roshi Bernie Glassman

Cuando Eva Mozes Kor declaró en 1995 que perdonaba a los nazis muchas cejas se levantaron y otras tantas increpaciones se escucharon. Eva leyó su armisticio personal en Auschwitz, el mismo campo al cual había sobrevivido, y a su lado estaba el Dr. Hans Münch, médico nazi que trabajó en Auschwitz y con quien Eva había trabado amistad. Eva y su hermana gemela Miriam fueron parte de una serie de experimentos a cargo de Josef Mengele y a pesar de que Miriam, años después, murió a causa de ello y de que toda su familia fue asesinada en Auschwitz, Eva decidió perdonar. Ella misma relata que el proceso no fue fácil ni rápido: perdonar las atrocidades que le fueron impuestas no sucedió de un día a otro, pero cuando finalmente llegó el perdón, Eva sintió una ligereza y libertad que nunca antes había experimentado. Muchos supervivientes judíos de distintos campos de concentración y exterminio se indignaron ante la declaración de Eva. Algunos creyeron que estaba negando la existencia del Holocausto y que no tenía el derecho de exonerar, aunque fuera de palabra y a título personal, a los perpetradores de uno de los genocidios más brutales en la historia del siglo XX. A pesar de ello, Eva ha sostenido su postura con entereza. El de Eva no es un perdón desmemoriado. Ella perdonó, pero sigue recordando porque es imposible dejar de hacerlo. Desde hace varios años regresa a Auschwitz de cuando en cuando para conducir visitas cuyo objetivo es mantener viva la memoria de los millones de víctimas del nazismo y proponer la cultura del respeto al otro y de la tolerancia a través de su organización CANDLES (Children of Auschwitz Nazi Deadly Lab Experiments Survivors).

Para la gran mayoría de quienes no somos personas judías ni tenemos un pasado directamente vinculado con lo que sucedió pareciera que el Holocausto, en tanto suceso histórico, no tendría por qué trastornar nuestras fibras sensibles ni colocarnos a uno u otro lado de la invisible línea que divide a "víctimas" de "perpetradores". Pero, en tanto seres humanos, toda barbarie nos compete de manera íntima. Nos compete porque las semillas de los actos más generosos y de aquellos más terribles están sembradas dentro nuestro; porque ambos, altruismo y crueldad, son reversos en la misma moneda. Nos compete porque el exterminio en masa, la tortura y la explotación, en cualquier latitud y momento, necesaria y urgentemente hacen que nos preguntemos por el valor de la vida, por la implacabilidad de la muerte y por la Fuente de ambas.

Por eso me conmovió tanto el gesto de la ciudad de Berlín de devolver la humanidad a quienes el nazismo consideró infrahumanos. Me conmovió la evocación de los nombres de las decenas de miles de deportados a guetos, campos de concentración y de exterminio presente en las Stolpersteine berlinesas; los testimonios sobre cómo se apoderó el Nacionalsocialismo de la conciencia alemana en Topografía del Terror; y la exhibición de innumerables fotografías en Sachsenhausen y otros memoriales que transforman las cifras, burdas y anónimas, en personas. El perdón que pide Berlín públicamente en sus calles y museos se expresa como una promesa sustentada en el recuerdo: la complicada y punzante promesa de que la persecusión, la segregación y el aniquilamiento de los otros, quienes quiera que éstos sean, no volverán a suceder. El problema, me parece, es que una promesa de esa índole sin estar acompañada de medidas estructurales que aseguren la impartición de justicia en caso de no cumplirse se queda sólo en eso: en los buenos deseos de las personas que, sinceramente y desde el corazón, por más conmovido y entristecido que pueda sentirse a veces, perdonan y siguen recordando.


FOTOS
1. El Holocaust-Mahnmal en Berlín.
2. Una Stolperstein, justo en la entrada del edificio ubicado en Kopischstrasse 4, en el barrio de Kreuzberg, que dice: "aquí vivió Else Kleitke...".
3. El vitral del Museo Nuevo.
4. Vista del Campo desde las barracas de la enfermería.
5. Panorámica del Campo.
6. Topografía del terror, museo al aire libre y centro de documentación sobre el nacionalsocialismo en Berlín.

jueves, 19 de mayo de 2011

De bicicletas, pelusas y otros choques culturales

Primero hay que encontrar la música adecuada para escribir; alguna melodía que ambiente las palabras. Que no sea muy triste, sólo un poquito melancólica. Eso si: algo muy prendido traicionaría el espíritu de estos días en que llueve y hace sol, llueve y hace sol. Y a veces, por fortuna, se dibuja un doble arcoiris justo frente a mi ventana.


Llueve y hace sol, llueve y hace sol... y así. Hoy estuvo un poco más soleado el día, por lo que salí a dar una vuelta en el barrio. Me impresiona cuantas bicicletas hay en Berlín y, sobre todo, que a ningún ciclista alemán parece importale demasiado su seguridad: sólo los muy jóvenes o los muy viejos llevan casco. Aún no he visto ni una triste codera o rodillera. Las bicis pasan a toda velocidad igual por la calle que por las banquetas; rara vez hacen sonar sus campanitas y ciertamente no respetan sus carriles. Creo que aquí es más fácil que a uno lo atropelle un ciclista que un automovilista.

Y luego está lo de las pelusas blancas esponjosas que flotan despreocupadas por la ciudad. Como si fueran pizcas de nube que el viento ha desgarrado, se le meten a uno en la boca y los ojos a la menor provocación. Me recuerdan las bolas de pelo de gato, como volátiles ovillos de algodón, semillas aéreas que algún árbol, de esos que sólo florean en primavera, suelta en cantidades industriales (quiero tomar una foto de cómo invaden las calles y de cuán bonito se ve cuando lo hacen). Como si fuera escena de bosque encantado en plena ciudad, nada más falta que aparezcan en una esquina, montados en sendas bicicletas, un hada urbana y un fauno citadino.

***

Así como explorar otros caminos espirituales lo lleva a uno a enamorarse más del propio, la condición de extranjería, aunque con fecha de caducidad, ya me está haciendo revalorar el terruño. Al principio no me importaba no entender absolutamente nada de nada, pero eso ahora contribuye a crear distancias, a hacerme sentir como lo que soy: una extraña en un país que no es el mío. Claro, uno siempre puede hablar en inglés y hay muchas formas de hacerse entender. Tal vez el problema no sea la barrera del lenguaje, porque, como al destartalado y famosísimo Muro, con ingenio se le pueden abrir boquetes comunicantes. A lo mejor el problema son mis muy oxidadas habilidades sociales. Pero a esas siempre se les puede dar una aceitadita...

sábado, 14 de mayo de 2011

Tormentas sobre Berlín

War does not determine who is right, only who is left.
Bertrand Russell

Aún no me ha dado tiempo de extrañar México. No extraño el ruidero chilango (Berlín me parece muy silenciosa); tampoco extraño la transparencia del aire que, en afortunadas ocasiones, todavía logra apaciguar el horizonte de la Ciudad de los Palacios. Las nubes vuelan veloces por acá y los cuervos son la única amenaza auditiva (por el momento) con sus monumentales graznidos. El clima del DF, ése si que lo extraño: aunque ya es primavera, muy frecuentemente se sueltan tormentas en la tarde que enfrían y humedecen Berlín, con ese frío y humedad que a quienes nacimos más cerca del Ecuador nos parecen casi insoportables. ¿Cómo será el invierno en esta ciudad?

***

El maravilloso bus 248 (gran hallazgo de Iliana, mi rumi en Kopischstrasse) me lleva directito y en sólo 20 minutos de Platz der Luftbrücke a Breitenbachplatz, justo a la puerta del Instituto de Estudios Latinoamericanos que me trajo a Berlín. El bus avanza lentamente a lo largo de calles arboladas; sin prisa cruza frente a parques, plazas, mercados, fuentes. El tránsito imperturbable del 248 lo conduce bajo dos vías rápidas y lo hace pasar delante de algunas estaciones de metro (aún no las he contado). La mayoría de la gente que lo toma se baja tras recorrer unas cuantas calles. Y yo me imagino cómo habrán quedado esas mismas calles después de años de bombardeos aliados (si es que ya existían esas calles y efectivamente en ellas llovieron obuses: lo tengo que averiguar). Los viajes son tan agradables en el 248 y yo pensando en una ciudad devastada.

***

Hoy conocí el Muro de Berlín, o sólo una parte de lo que queda de él. No pude evitar tocarlo; metí los deditos por entre la malla que lo rodea y lo toqué. Un muro áspero y sombrío, descolorido, cuyas varillas se asoman sin pudor. Tal vez la tormenta que cayó esta tarde sobre Berlín contribuyó a sentirlo así. En las tiendas cerca de Checkpoint Charlie (custodiado por "soldados gringos" con todo y banderas de orgullosas rayas y estrellas ondeando al viento) venden pedazos del muro, recuerditos para quienes no se conforman con tocarlo o fotografiarlo y quieren llevárselo a casa. Desvergonzados retazos de tiempo, triste y carísima pedacería encapsulada en esferitas de plástico.



lunes, 9 de mayo de 2011

KLM, Schiphol y Kopischstr.

Para Said y María:

ientras los/as universitario/as festejaban el triunfo de Pumas y unas 10 mil personas (eso dice La Jornada) marchaban hacia el Zócalo contra la guerrita de Felipón. Hace un día (o menos, supongo que aún estoy perdida en el tiempo y, sobre todo, en el espacio: ¿dónde quedó el norte?) que estoy aquí y lo poco que he visto desde que, muy amablemente, la familia Téllez Isibasi me acompañó al aeropuerto, da para pensar mucho y escribir todavía más.

Casi no sentí las nueve horas de vuelo hasta Amsterdam, en parte gracias a que KLM tiene un sistema de entretenimiento bárbaro para sus vuelos transcontinentales: pantallas y audífonos individuales con los cuales uno solito se confecciona el desaburrimiento, sin necesidad de siquiera mirar al de al lado, ni riesgo alguno de platicar o convivir. Pantallitas individuales para enajenarse a gusto con episodios de las series de Hannah Montana, The Big Bang Theory y los imperdibles Friends, películas bien taquilleras y oscarescas como Black Swan y The King's Speech, juegos y musiquita variada: de la Gainsbourg (yo ni sabía que cantaba), de Queen y Radiohead, Michael Jackson, Khaled, Mahler and absolutely everything in between. Me conformé con dormir, comer (muy sustanciosamente, eso si) y ver un documental sobre Joan Rivers quien, entre más conozco, mejor me cae. A pesar del completísimo programa contra el tedio de KLM, sigo pensando que volar es más bien infernal: es ruidosísimo y mucho muy contaminante, además de que me entra un poco la claustrofobia y me pongo a pensar cosas tontas y decididamente ociosas, como la (mucho muy inverosímil) posibilidad de acabar cual personaje de Lost (por cierto, Lost no está entre las opciones de entretenimiento de KLM, lo cual es completamente entendible), varada en una isla "desierta", con todo y osos polares y monstruos de humo.

Ya en tierra, en Schiphol, el multipremiado aeropuerto de Amsterdam (que, como todo aeropuerto en el mundo, en realidad es un gran centro comercial encubierto), me fumé cuatro cigarros (uno por cada hora de espera para hacer la conexión a Berlín) en el Smoking Room más deprimente que me ha tocado: una especie de pasillo-pecera de dos metros de ancho por diez de largo, cuya única pared estaba acolchonada como pa' descansar la espalda o darse de topes, según el grado de nicotinomanía y/o hartazgo del usuario. El Smoking Room con los fumadores peor encarados que he visto. Para muestra, he aquí un botón (del Smoking Room en Schiphol, porque a los fumadores no los fotografié, no fuera a ser la de malas):



Así las cosas, llegué a Berlín de noche. Como no andaba muy prendida que digamos, tomé un taxi en vez de seguir las detalladas instrucciones que me habían dado para ir en transporte público a mi nuevo hogar. El departamento donde me estoy quedando en Kopisch Strasse resultó una verdadera g-l-o-r-i-a (así, g-l-o-r-i-a, para enfatizar la fantastiquez del lugar). Está en un edificio viejo renovado, con escaleras de madera que crujen a cada paso (me acabo de enterar que también tenemos sótano; en cuanto pueda me daré una vuelta y les contaré qué alberga). El departamento es amplísimo, techos altos, pisos de madera, baño enorme con todo y tina enorme y balconcito encantador. Y el casero-roomie también resultó encantador: Michael (pronúnciese a lo alemán, "Mijael", ni que fuera un "Maicol" gringo cualquiera) trabaja en el Instituto de Estudios Latinoamericanos donde vine a estudiar, habla español perfectamente bien y todo parece apuntar hacia que es un excelente anfitrión. Les dejo una foto del balconcito, nomás para que vean qué bonito que es (porque no me iba a poner a sacarle fotos a Michael nomás llegando, ¿verdad?):


Nunca antes había vivido fuera de México, es más, fuera de la Ciudad de México que definitivamente no es todo México. Eso también da para pensar mucho y escribir otro tanto (por lo de que la distancia da perspectiva y así). No puedo más que estar agradecida por los tres meses que pasaré por acá. Sólo espero que mi país no se desmorone mientras tanto, que me aguante en pie (tambaleándose, pues, pero en pie al fin y al cabo) para que cuando regrese todo siga igual o, por lo menos, que no se haya ido todo al carajo. Aunque también podría regresar a un México un poquitito mejor. Ojalá...

domingo, 11 de julio de 2010

La mitad de mi patria. De fútbol y otras cosas

Hoy, por primera vez en su historia, España ganó el Mundial. Y hoy, por primera vez en mi historia, salí a festejar un triunfo futbolero...

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He de reconocer que el fútbol ya no me desagrada tanto como antes. Mi (¿pasada?) aversión a este deporte (debida, en gran parte, a un ex que me torturó algún tiempo con su devoción al América) hizo que en el dichoso Facebook me uniera a un grupo que en el nombre lleva la penitencia: Yo odio el fútbol. Digo: sigo creyendo que las pasiones pamboleras se aprovechan y explotan maquiavélicamente y que la FIFA es una impresionante mina de oro gracias (entre otras cosas) a que no existen sindicatos de jugadores de soccer. Pero, muy a pesar de ello, me parece que el fútbol no tiene la culpa (si no el que lo hizo compadre) e incluso creo que, poco a poco, le estoy agarrando el gusto. En breve, esta nueva sensibilidad mía para con el balompié se debe a los golazos de Javier "Chicharito" Hernández en Sudáfrica y al 2-0 del más reciente Barça vs. Real Madrid, un gran partido que me tocó ver en Barcelona, en el mismísimo Bar Wembley, y que ganó el Barça para beneplácito de los apasionados parroquianos aficionados. Ahora que la Furia Roja es campeón del mundo -tras una victoria en el impecable juego contra Alemania y otra después de soportar el unfair play de la Naranja "Marránica"- se está fraguando mi reconciliación con el fútbol y, de paso, con la pequeña española que llevo dentro.


Parte de este histórico desapego pambolero mío tiene que ver (¡miren cómo se regocija el pequeño psicoanalista que llevo dentro!) con mi padre. No es que no le guste el fútbol: solo le enfadan sobremanera las hordas de palurdos que festejan los triunfos de "sus" equipos como si se hubieran ganado con sus propias lágrimas y sangre. Solo le molesta que los colores de una Selección Nacional sean el referente identitario más fundamental de los palurdos esos que se desgañitan y desgreñan en las plazas públicas... Uno hereda pues, hasta nuevo aviso, filias y fobias. Y también en ese otro histórico desapego mío, el de la mitad de mi patria, el de España, tuvo que ver mi padre.

Durante los últimos quince años me han preguntado repetidas veces por qué no estudié en el Colegio Madrid si soy hija de español (auto) exiliado en México. Como de plano no sabía qué decir, un buen día le hice esa misma pregunta a mi padre. Primero respondió que porque la mejor escuela es siempre la que está cerca de la casa. En septiembre de 1980 que entré a la primaria vivíamos en Mixcoac y por eso, dijo mi padre, me matriculó en el Colegio Williams. Pero resulta que en aquellos tiempos el Williams estaba justo frente al Madrid, separados solamente por la estrechísima Calle Empresa. Entonces, si ambos colegios estaban casi casi en el mismo lugar, ¿por qué uno y no el otro? Porque no quería, dijo mi padre, que tuvieras el síndrome del exiliado de segunda generación, que añoraras un país al que nada más habías ido de visita, que te sintieras ni de aquí ni de allá y me pareció mejor, dijo, una educación mexicanísima (que a final de cuentas no fue mexicanísima porque, para eso, mejor hubiera sido la Escuela Tabasco que estaba en la mismititita calle en que vivíamos, pero en fin...).

Y así, por años y años España fue para mi Las Meninas que había visto en El Prado; La Sagrada Familia y el Parque Güell en Barcelona; la Catedral de Toledo y la Alhambra de Granada; los versos de Antonio Machado, Miguel Hernández, Pedro Salinas y Federico García Lorca; las mondas de patata que comían, según me contaron, en casa de los abuelos después de la Guerra Civil; el Duero que pasa por Soria pura, cabeza de Extremadura y las zarzamoras que recolectaba en Tera, el pueblito de los veranos de mi padre. Y el fútbol... pues el fútbol era eso, como la política y la religión, de lo que mejor ni hablamos.

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Cuando Eli sugirió que fuéramos con su hijo Diego a ver el partido Holanda vs. España en casa de David y Vane me pareció excelente idea. Eso aprendí en este Mundial: el fútbol es un verdadero espectáculo, no solo un concurso de patadas, para compartir con los amigos (se me cae la mano de lo cursi que resulta esta perogrullada, pero ¡cuán cierta!). Y cuando dijeron: ¡de aquí a la Cibeles! pues la Furia Roja ya me tenía en su futbolero bolsillo. Una victoria muy merecida, muy justa; los españoles jugaron tan bien y con tanta paciencia -miren que aguantar los continuos codazos, jalones y patadas de las Naranjas Podridas- que así si dan ganas de celebrar. Además, ¿qué no soy 3/6 española? ¿Qué no me emociona que mi Madre (o más bien Padre) Patria haya ganado el Mundial?

Al llegar a la Cibeles nos encontramos a Carmen, querida amiga asturiana que lleva años ya de vivir en México. Sin perder tiempo tras el abrazo de felicitación, me puso una chamarra y una bufanda del Real Sporting de Gijón y me llevó de la mano, corriendo y saltando, a dar la vuelta mundialista. Aquéllo estaba completamente pintado de rojo y amarillo: corrían el vino y la espuma, retumbaban las vuvuzelas y la gente coreaba: el pulpo, el pulpo, el pulpo es cojonuuudooo... Carmen y yo seguimos brincando de grupo en grupo: había catalanes, valencianos y no faltaron las niñas vestidas de sevillanas. Había tambores y gaitas gallegas y gente, muchísima, de todas edades que de pronto empezó a cantar al unísono: ¡¡¡yo soy español, español, español!!!

Para qué negarlo: si, súbitamente, ahí entre la multitud, me sentí española. No fue una certeza de la cabeza: ésta se cree más mexicana que el mole. Fue algo así como una intuición del corazón, como un pertenecer sin causa aparente o motivo (y si en este punto del relato a alguien se le salen los ojos de todavía más cursilería será enteramente comprensible). El 50% de mi identidad genética rebotaba de emoción al sentirse parte de España, o de esa vaga idea que todos llamamos España, que aún no se qué significa exactamente en mi caso (y que, espero, pueda saberlo con los años). Me identifiqué con el gozo y el orgullo plenos que, más allá de las banderas y los escudos, de los acentos, del color de los ojos y de la piel, a todos embargaba por igual. La sangre me llamó y canté como seguramente ahora mismo siguen cantando millones en la mitad de mi patria. Yo también soy española...