domingo, 3 de mayo de 2009

Ocurrencias dominicales


- Explorar la blogósfera se parece mucho a vagar por un laberinto (¡Changos! Ya caí en el lugar común... ¡Mil disculpas!). Solo que sin una Ariadna que le tire a uno un lazo para encontrar el camino de regreso. Bueno: siempre podré picarle insistentemente al return hasta llegar al punto donde comencé, creo...

- ¿Qué le pasa al IFE? ¿Cree que una democracia se construye a base de puros comerciales que machaconamente nos mete hasta por las narices?

- Fey es como Kylie Minogue: una canta "la,la,la" y la otra "na,na,na", las dos son chaparritas de ojos azules y, la neta, ambas me cagan...

- El encierro de estos últimos días ha fomentado mi naturaleza ya de por si ermitaña. Las escapaditas que me doy nomás son para comprar víveres. No he llegado al extremo de pedir por teléfono que me los traigan, porque entonces ¡vaya que tendría de qué preocuparme!

- ¿Por qué se va la luz tan frecuentemente en la colonia donde vivo? Eso no ayuda a que se me prenda el foco más a menudo... Mal chiste: se vale arrojar jitomates...

...y tán, tán, no más ocurrencias por hoy.

sábado, 2 de mayo de 2009

Filosofía (medio barata) y política (de miedo) al Cubo

Como he estado guardadita en mi casa, estos últimos días me he dedicado a ordeñar la red. Bajo y bajo películas descaradamente porque eso de salir para ver las novedades del marchante pirata o ir al Blockbuster está contraindicado (además de que, con la crisis, rentar películas no me parece nada rentable para mi precaria economía). Encontré la trilogía canadiense de El Cubo y, ni tarda ni perezosa, puse a la computadora a hacer lo suyo. Es posible que pocos se acuerden de esta saga (y que a menos les interese leer al respecto, salvo si son fans), pero igual me animé a escribir porque en estos días de encierro forzado y paranoia porcina películas como éstas resultan buen material de reflexión.

 

La premisa de los tres cubos -Cube (Vincenzo Natali, 1997), Cube 2: Hypercube (Andrzej Sekula, 2002) y Cube Zero (Ernie Barbarash, 2004)- es bastante simple: un grupo de desconocidos aparece en una habitación desconocida debido a causas desconocidas y enfrentado a peligros también desconocidos (más o menos como sucede en la primera Saw de 2004, dirigida James Wan, traducida infamemente al castellano como Juego macabro). El “¿dónde estamos?” da paso al “¿quiénes somos?” y a “¿por qué estamos aquí y encima nos quieren matar?”, por eso algunos le llaman a estas cintas cúbicas terror existencial. Y vaya que las preguntas esenciales de cualquier vida consciente dan terror, sobre todo ahora que el panismo quiere quitar la filosofía de la enseñanza preparatoria.

 

Las dos primeras cintas no dan una explicación contundente a la primera pregunta: el Cubo es una especie de laberinto-prisión-cámara de tortura que consiste en muchas habitaciones interconectadas que se realinean periódicamente. La tercera película, que en realidad es una precuela, suelta toda la sopa y clarifica ciertos indicios presentes ya en las dos anteriores: una corporación militar, Izon, aliada al Estado (¿gringo? ¿canadiense? ¡qué extraño!) usa el Cubo para hacer experimentos diversos con “sujetos” (sobre todo condenados a muerte) que, en teoría, han dado su consentimiento para ello (premisa que me recuerda esa muy buena película alemana de 2001, El experimento, de Oliver Hirschbiegel). La segunda pregunta -¿quiénes somos?- se va resolviendo poco a poco a la par de la trama: los “sujetos” del estudio se definen a sí mismos según su postura vital en esta situación extrema. Las tres cintas incluyen un limitado y repetitivo repertorio de personajes: habrá quien opine que no hay por qué luchar –el pesimista asimilado-; habrá a quien le de igual salir del cubo o morir en su interior –el cínico desesperanzado-; habrá quien apele por la vida no solo propia, sino de los demás –el héroe humanista y solidario-; y quien simplemente se pire y enloquezca ante el absurdo de la situación –el simple y llano psicópata-.

 

El primer Cubo da a este laberinto geométrico una lógica matemática y el escape se va resolviendo gracias a Leaven (Nicole de Boer), una nerd con habilidades analíticas sobresalientes, y a Kazan (Andrew Miller), un genio lelo y exasperante. El Hipercubo, que en realidad es un teseracto (según los que saben), no se podía quedar atrás: se nota que emplearon muchos más recursos para producir efectos high-tech deslumbrantes y, supongo, para construir la explicación de este lugar imposible: una mezcolanza de física cuántica y teoría del caos para dummies. En el Hipercubo, el rollo de la distorsión de la gravedad, el espacio y el tiempo es elemento fundamental para el terror de los cautivos y de algunos miembros de la audiencia quienes, como yo, se rascaron la cabeza frenéticamente para tratar de entender los mecanismos y teorías detrás del discurso de la cinta. La tercera entrega de la saga, en un arrebato de audacia característico de las precuelas, nos da el punto de vista de quienes están fuera del Cubo, aunque igualmente encarcelados: los guardianes voyeurs que monitorean cómo van cayendo, uno a uno, los “sujetos” del experimento. Ahi es donde se pone buena la cosa: si el primer Cubo responde a una lógica matemática y el Hipercubo a una, digamos, cuántica, el Cubo Cero tiene una lógica política.

 

En el Cubo Cero, Jax (Michael Riley), un desquiciado y excéntrico supervisor, baja de las alturas de su jerarquía al oscuro cuarto de vigilancia cuando la buena consciencia del celador Wynn (Zachary Bennett) lo hace entrar al Cubo para ayudar a los reclusos a escapar. Frente a la rebelión de los subalternos, alguien tiene que regresar las cosas a su inhumana normalidad, ¿no? El personaje de Jax, con todo y su ojo mecánico, me pareció genial y creo que le da cierta vitalidad a la saga. Aunque lo que representa, esta lógica política del Cubo Cero, es de verdadero miedo. Jax es pragmático, burlón, cínico, arbitrario, indiferente al dolor humano, autoritario, prepotente… justo las características de muchos de los gobiernos que hemos padecido globalmente. El verdadero terror del Cubo Cero es que revela quien está al mando: no fue el destino el que puso y mantuvo a estos pobres hombres y mujeres en cautiverio; no fueron sus crímenes, reales o inventados, los que los condenaron a la tortura y la muerte, sino Jax y los de su especie, loquetes de traje con mancuernillas de oro en los puños de sus camisas. Hoy día pareciera que el mundo es un pañuelo (por eso de las gripes y los mocos). Lo que a mi me da pavor es que, cada vez más, el mundo parece un Cubo.


(imagen del teseracto cortesía de http://lizmatematic06.nireblog.com)


viernes, 1 de mayo de 2009

El (re)descubrimiento de la semana: Niandra Lades and Usually Just a T-Shirt

Hace 13 años (¿13 ya? ¿te cae?) escuché por primera vez Niandra Lades and Usually Just a T-Shirt y simplemente me encantó. En aquellos días, yo era una feliz y enamorada groupie de Salamandra. A través de mi relación con la banda y, muy especialmente, con Manuel (en la batería), llegó a mi poder el primer disco solista de John Frusciante. Después de no se cuántos años y cuántas mudanzas físicas y espirituales, Niandra Lades desapareció. Afortunadamente, la piratería por internet me hizo justicia: hace unas semanas bajé vía torrent este disco maravilloso e incomprendido. El público entonces (y tal vez también ahora) prefirió a los Red Hot Chilli Peppers...

Al escuchar Niandra Lades de nuevo me pareció tan vital, bizarro y fascinante como la primera vez: los gemidos y gritos, los cambios de humor e incoherencias y las guitarras geniales de Frusciante me siguen pareciendo tan frescas como hace 13 años. Un muy buen viaje, en el cual Frusciante juega con los sonidos (y las drogas, por cierto) para "asegurarse que estés en contacto con la belleza, en lugar de dejar que la fealdad del mundo corrompa tu alma", como él mismo declaró alguna vez.



Keep going, don't stop...
Untitled # 8, cortesía de EmptyVicious