sábado, 6 de junio de 2009

Crimen y castigo. El costo de intenciones vergonzosas

La vergüenza puede contener lo que la ley no prohibe
Séneca

To Catch a Predator, un reality show de la NBC transmitido originalmente entre 2004 y 2007, se dedicó a exhibir en televisión las tremendas consecuencias de las prácticas ciberespaciales de potenciales "predadores sexuales" (otra serie que solo podría habérsele ocurrido a los gringos). A partir de las conversaciones en línea entre éstos y supuestos menores de edad, la serie orquestaba citas que resultaban en el arresto de los ingenuos que buscaron sexo y se encontraron con la ley. Durante los años que estuvo al aire, To Catch a Predator se apoyó en Perverted Justice -una ONG californiana que investiga casos de adultos que, mediante el internet, pretenden tener actividad sexual con niños o niñas- y en las agencias de polícía de las distintas ciudades en que realizaron sus operativos para prevenir el crimen. Porque, de hecho, las fechorías que To Catch a Predator mostraba solo sucedían en la febril imaginación de estos hombres y del público televidente. Apunte pseudojurídico: se que las intenciones son elemento fundamental para juzgar la gravedad de un delito pero, ¿cuán incriminatorias son cuando éste nunca se cometió? Que los abogados me ayuden a comprender...

La serie presentaba extractos de chats en los que típicamente se encuentran adultos "maliciosos" y menores "precoces", adolescentes de entre 12 y 15 años (adultos en realidad, parte del equipo de Perverted Justice): los primeros genuinamente querían ligar con chavitos o chavitas y algunos hasta se aventaban a mandarles fotos y videos suyos y de otros de contenido sexual altamente explícito; los segundos, como parte de la trampa, se involucraban en innuendos sexuales e invariablemente daban entrada a estos desconocidos. To Catch a Predator hacía énfasis en las tácticas utilizado por los calenturientos adultos para convencer a estos adolescentes inexistentes de tener sexo con ellos; así, el programa recababa evidencia porque en algunos estados de la Unión Americana está penado incurrir en acciones deliberadas (a veces hasta embusteras) para granjearse la amistad y confianza de un menor con la posterior intención de abusar sexualmente de él o ella. Opinión paradójica: aunque personalmente creo que la pedofilia y la pornografía infantil son una barbaridad, también lo es el hecho de que estos "predadores" fueran engañados para después ser aprehendidos, aún tomando en cuenta sus intenciones lascivas verdaderas. Tal vez la lógica detrás de esto era darle a los "predadores" una sopa de su propio chocolate...

Tras unos cuantos minutos de que los "predadores" habían hecho acto de presencia para conocer a sus "víctimas" en sus domicilios -casas de seguridad armadas de cámaras para seguir evidenciándolos-, el anfitrión de la serie, Chris Hanson, aparecía de manera sorpresiva e interrumpía la cita. Hanson, con todos los pelos de la burra en la mano, confrontaba a los "predadores": les pregunta qué demonios estaban haciendo en ese lugar, cuáles eran sus cochinas intenciones y hasta los exhibía y avergonzaba al leerles partes de sus lúbricas conversaciones virtuales con los supuestos menores. La mayoría de las veces, las preguntas del anfitrión agarraban desprevenido al "predador", cuya incomodidad y embarazo se desbordaban morbosamente en pantalla: "¿Para qué ha traido lubricante, condones y cerveza?", "¿Le mandó estas fotografías de su persona desnuda al menor en cuestión?", "¿Por qué habría usted de arriesgarse así tan inconscientemente?". Comentarios al márgen: estas imágenes describen muy bien eso de que a alguien se le puede caer la cara de vergüenza... mejor ni imaginarse lo que sintieron las esposas, novias, padres e hijos de los potenciales "predadores" al enterarse de lo sucedido...

Una vez puestos en evidencia, los "predadores" se excusaban mediante todo tipo de argucias: fingiendo demencia, explicando que no había nada malo en lo que hacían, diciendo que solo eran inocentes mentores o amigos del menor, llorando y mostrándose arrepentidos, reconociendo que era una locura lo que deseaban hacer y hasta diciendo que se sentían muy solos o que estaban pasando por un doloroso divorcio. Hubo quienes salieron corriendo al verse frente a las cámaras con la esperanza de escapar. Pero, al salir de la casa de seguridad, los "predadores" eran arrestados por la polícia y llevados a la comisaría más cercana donde se construía un caso en su contra para llevarlos a juicio. Sospechas truculentas: me encantaría saber si la NBC (de haberse dado el caso) decidió no pasar al aire encuentros de pedófilos católicos certificados, es decir, padrecitos perversos que hubieran caído en la trampa de To Catch a Predator. También quisiera saber si estos padrecitos -que, en los episodios que he visto, brillan por su ausencia- recurrieron a sus arquidiócesis para que les hicieran el paro... Eso si: un episodio de esta serie deleitó a su público al exhibir la conmoción de un rabino al ser descubierto visitando a un niño de 13 años en Herndon, Virginia, con las intenciones que ustedes ya se imaginan. El rabino renunció a su cargo en una institución educativa judía poco antes de que el episodio saliera al aire y fue sentenciado a 6 años y medio de prisión.

El objetivo más claro de la serie era proteger a los adolescentes en riesgo de ser seducidos por un adulto, aunque fuera virtualmente, con la excusa de que "todos de verdad sabemos qué hubiera pasado si los predadores se hubieran encontrado a solas con menores de verdad". Un what if que se presentan como hecho consumado: evidente falacia asentada en la morbosidad del público y de los involuntarios protagonistas del programa. Éstos no se encontraron con un menor, sino con las feroces cámaras de Hanson y la pesada mano de la ley, ni llevaron a cabo ninguna de sus sucias intenciones. La finalidad de To Catch a Predator también resultaba desmotivar este tipo de conductas e incitar la duda entre los "predadores" virtuales, quienes recurrentemente se preguntaron en línea si todo esto no sería más que una elaborada trampa. Conclusión propositiva pero complicada: Hanson y su equipo deberían aparecer de improviso en alguna sacristía oscura para atrapar en el acto a un predador sexual de verdad, no en potencia. El problema consiste en saber con certeza dónde y cuándo un padrecito perverso, impune y de mala conciencia pretende atacar de nuevo...

jueves, 4 de junio de 2009

El día del milagro

El siguiente relato es cortesía de mi amiga y hermana y cómplice y colega Alejandra Isibasi. Espero lo disfruten tanto como yo lo disfruté. Aunque, si se consideran personas muy impresionables o tienen riesgo de escandalizarse con facilidad, estén prevenidos de que este cuento no es apto para ustedes.

I
Esa mañana Domitilia se desgarró el ano. Se había levantado antes del alba y llevaba allí más de cuarenta minutos, en cuclillas, con las manos colgadas de su cuerda para tender la ropa. Pujaba, jadeaba, y lloraba sin conseguir un solo movimiento intestinal, una sola contracción que aliviara el dolor que le causaba la burbuja de gas instalada entre el ombligo y su riñón derecho. Cada esfuerzo que hacía por evacuar al cadáver viviente que crecía en su vientre le significaba menos aire para respirar y le provocaba una reacción que resultaba adversa: la bola de aire que aplastaba los desechos en sus entrañas bloqueaba más y más el tránsito intestinal indispensable para la resolución pacífica y feliz de semejante embotellamiento.

En un intento por ganar algo de espacio, Domitilia se colgó aún más de su tendedero y se encajó la cuerda en las palmas hasta la sangre, lo que la distrajo lo suficiente para relajarse y respirar. La súbita bocanada de oxígeno que llegó a su cerebro la mareó y le llenó el rostro de lágrimas; el mar, que ahora se iluminaba con el amanecer y se pintaba de rojo y naranja, se hizo líquido y turbio en sus ojos hasta desaparecer. Aunque todavía podía escuchar el batir de las olas, le parecía haber sido transportada lejos de su casa de palitos, plantas y gallinas en la que había crecido desde chica. Luego todo fue amarillo brillante y una mancha empezó a quemar los bordes de su visión hacia el centro, como el círculo negro que se cierra sobre las imágenes en el cine.

Agotada, pujó por última vez. La mancha negra se hizo roja y otra vez brillante, sus oídos estuvieron a punto de estallar, y sus mandíbulas hubieran podido romper una suela por la mitad de haberla mordido en ese momento. Apretó los puños, los brazos, las costillas, el abdomen y los ojos otra vez. Miles de luciérnagas atravesaron la noche que teñía su cabeza. Gritó y gritó y siguió gritando mientras el monstruo lentamente se abría paso en sus entrañas y coronaba su recto desgarrando piel y músculo. Sintió que no debía parar, prefirió usar sus últimas fuerzas para ponerse en pie mientras aquella masa hedionda y muerta se erguía como una columna detrás de sus piernas estiradas y temblorosas. La gravedad terminó el trabajo, Domitilia sintió cómo vaciaba su cuerpo sin mayor esfuerzo y quedaba limpia y ligera, lista para caer inconciente al lado de esa inmunda pila de mierda recién zurrada.

Debieron pasar al menos dos horas antes de que recuperara el conocimiento. El sol empezaba a quemar y el aire no había cedido con la entrada de la mañana, de modo que fluidos y sólidos, sudor y sangre se habían secado y brillaban de sal cuando por fin Domitilia pudo abrir los ojos. Estaba tendida en su patio y no alcanzaba a entender aún la pesadilla de la cual despertaba; lo más incomprensible era que llevaba días sin comer, curándose con agua de coco una diarrea interminable que amenazaba con dejarla en los huesos. Pero la noche anterior, una vez terminada la telenovela y al levantarse a apagar el televisor, un halo de luz azul llenó su cabaña, entró un guajolote aleteando, le acarició los pies y se fue. Inmediatamente Domitilia dejó de sentir el hueco de su panza, fue como si hubiera quedado preñada de comida. Lo que siguió es historia: en cuestión de horas la pobre había doblado su tamaño.

Ahora estaba allí, tirada, secándose, igual que la escultura olorosa enfrente de ella. El tamaño del engendro era espectacular y la forma…. Tenía una base sólida e imponente que dibujaba –a los ojos de Domitilia- dos querubines, los dos cachetones, alados y felices de estar a los pies de una virgen bellísima, de rostro velado y manos juntas en el pecho, sin más detalle que ese velo que la cubría de la cabeza a los pies. El aire salado y el sol ardiente la habían petrificado y ennegrecido, y ahora era una efigie perfecta cuya sombra superaba la de cualquier planta del patio. Domitilia se levantó asustada y a pesar de la debilidad en sus piernas corrió hasta la hamaca que colgaba a la entrada de su casa, tomó a grandes sorbos una coca cola que estaba en el piso desde el día anterior y volvió desmayarse.

II
Para llegar a la playa, todos los días Pancha y su hija debían pasar por donde Domitilia. Llevaban canastas y cubetas llenas de pescadillas, buñuelos y refrescos que vendían a los pocos turistas que visitaban el lugar, y después tomaban el camino largo hacia la carretera para vender el resto allí. Era buen negocio venderle a la gente que venía en los camiones de redilas y a los pasajeros de los colectivos, además era la única manera de estar enterado de lo que ocurría en los alrededores, recibir noticias, encargos y paquetes, o citar al médico o el cura. Así que esa mañana, puntuales como siempre, Pancha y su hija atravesaron el pueblo, pasaron por la tienda a comprar servilletas y limones, y al pasar al lado de la casa de Domitilia, espantaron a un puerco que siempre se escapaba de su corral. Varios naranjos y un platanero cercaban el jardín por lo que tuvieron que rodear la casa, como siempre, antes de saludar a su dueña y sus animales. La hija de Pancha que iba un poco más rápido fue quien advirtió la presencia de la estatua en uno de los costados del jardín, haciéndole sombra a tres polluelos, en medio de un tapete de flores blancas y hojas verdes, salpicada de diminutos pétalos de azahar. El sol perforaba el follaje de uno de los árboles que circundaban la estatua y la iluminaba suavemente, como si se tratara de estrellas, con algunos destellos.

- ¡Mami! Mira… mira la virgen de lodo allá al fondo.
- No hija, eso no es lodo. Es…
- Es mierda – dijo muy seca Domitilia que las escuchaba desde su hamaca, atrás del árbol.
- Ay Domi… – alcanzó a responder la incrédula Pancha desde el otro lado mientras se dirigía hacia la estatua – ¡¡pues obraste muy bien!!

La hija volteó hacia su madre con una mueca y no pudo contener la carcajada.

- No se rían… no es chiste.
- No, no es chiste Domi, es cierto, tienes razón… no es chiste, corrigió Pancha. ¡Es un milagro! ¡Es un milagro!

Madre e hija corrieron hacia la virgen y comentaban entre ellas lo bella, lo perfecta, lo milagrosa que resultaba esta aparición. Desde aquel improvisado altar llamaban eufóricas a Domitilia, contemplaban la obra, lloraban de emoción y alegría. Entre tanto barullo y festejo no se percataron que la anciana no se levantaba; de hecho era necesario acercarse a ella para ver el charco de sangre que ahora manchaba el piso debajo de la hamaca. Se apresuraron en dejarla sola, debían mandar por el cura cuanto antes.

III
Con la cabeza recargada en la ventana del camión y los brazos cruzados, le gustaba sentir el temblor del vidrio en su cabeza, eso lo aturdía lo suficiente para acordarse del efecto que le producía un buen coñac o el golpe accidental (pero placentero) que daba a los puros que fumaba en Querétaro, hace unos años, cuando estudiaba en el seminario. Aunque no los dejaban fumar o tomar allí, cada domingo su tío el vicario lo tentaba después de comer para degustar toda suerte de digestivos y tabacos que tanto extrañaba ahora que estaba en medio de la nada, perdido en la selva, el mangle o como le llamaran, deseando que pronto terminara este castigo que había sido ser enviado en misión hasta los confines del mundo. Nada en él merecía estar allí: ni su piel blanca y delicada que se ardía y llenaba de ampollas cada vez que debía bajar a la playa; ni su pobre estómago tan acostumbrado a las carnes asadas, las verduras al vapor y el buen vino; ni su refinado gusto por los toros y las corridas (aquí sólo había peleas de gallos, de vez en cuando); lo único que le parecía fácil obedecer era su voto de castidad en esa tierra de gente negra de cabello negro y ojos negros, supersticiosa e ignorante, con quien no compartía nada salvo su amor por el fútbol. Tal vez por eso cerraba muy seguido los ojos, para odiar en silencio y no ver nada, como ahora pegado de la ventana, aunque la gente creyera que era porque rezaba.

El padre Fernández en realidad venía mentando madres. No podía creer que ahora debía ir a certificar un milagro. ¡Un milagro!, como si en esa tierra tal cosa fuera posible…. Los habitantes, al menos una vez al mes, veían un fantasma o ánimas errantes en el mar o predecían alguna catástrofe o presenciaban un milagro: lo que fuera, con tal de no morir en el olvido. Morir de hambre, de disentería, o de olvido.

Pero esta vez, para él todos habían enloquecido. Al parecer las heces de una mujer habían tomado la forma de la virgen. ¡Las heces!... ¡La Virgen!... El padre Fernández, cada vez que ocurrían este tipo de insensateces (como le gustaba llamarlas), respiraba hondo y le pedía a la Virgen que ayudara a toda la gente ignorante y tonta.

El camión se detuvo, su cabeza rebotó violenta en el vidrio. Como de costumbre respiró muy hondo, abrió los ojos, parecía emerger de una larga meditación. Volteó a ver a su vecina de viaje, le dio dos palmadas en la rodilla, se levantó y dio dos palmadas en el hombro al chofer, sonrió y dio las gracias. La solemnidad y el cuidado que ponía en sus movimientos agregaban veinte años a los casi treinta que tenía, a pesar de su rostro de niño. Bajó del camión, le preguntaron si quería caminar o prefería tomar una redila para la terrecería, él decidió caminar.

El sol estaba en su cenit. Mientras avanzaba, el padre Fernández procuraba ser amable con sus acompañantes, había que reconocerle que su deseo más sincero era en efecto el de seguir el ejemplo de Jesucristo, y entonces era amable; y sin proponérselo con esta actitud conseguía inspirar igual desconfianza que respeto. Preguntó pues por el milagro y cómo llegar al lugar de los hechos. No le extrañó que nadie supiera nada, eso ocurría todo el tiempo. De todas formas no tardó en encontrar la casa de Domitilia, un grupo de curiosos intermitentes e intercambiables la merodeaba desde hacía unas horas, como cuando los zopilotes indican dónde está el muerto.

A su llegada, saludó a Pancha pensando que ella era la dueña de la casa, no le molestó la visión de una anciana moribunda en la hamaca que colgaba a unos metros de la estatua; lo único que él quería era irse de allí lo más pronto posible. Le señalaron la Virgen, como ahora la llamaban los nuevos beatos, y desde que la vio no pudo quitarle los ojos de encima. Era un monumento demasiado obvio para él, todo el odio que alojaba su corazón se esfumó ante esa imponente y dolorosa visión y, como cuando era niño, empezó a temblar. No podía ver más que un escroto, un par de bolas y un falo erecto, perfecto. Recordó las interminables e infames tardes de sacristía que debió sobrevivir en su juventud. Su garganta se cerró conforme descubría que una poderosa erección lo dominaba sorpresivamente. Perplejo, confundido, y para no ser descubierto, cruzó las manos bajo su ombligo y cayó de rodillas, cabizbajo y vencido, pidiendo a Dios que toda esa humillación terminara. ¡Pobre cura Fernández! De haber sabido que desde donde él estaba en verdad se veía un pene, no se habría entregado a la culpa tan animadamente como ahora lo hacía. Pancha, al verlo postrado, levantó los brazos y aun más incrédula que en la mañana gritó “¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!”.

IV
Mientras el aire la mecía y acariciaba tiernamente su cabello, Domitilia escuchaba el mar, las olas que batían una y otra vez al ritmo de su hamaca y del viento y de su propia respiración. Sentía que se hundía en ese arrullo y se entregaba a él resignada. De vez en cuando entreabría los ojos solamente para contemplar la peregrinación improvisada de sus vecinos hacia su patio. Traían flores y aguardiente, mezcal y veladoras, ofrendas de todo tipo, cervezas, charanda y niños. De haber podido, hubiera gritado, hubiera sacado a machetazos a toda esa gente de su patio, le hubiera escupido al cura por menso; pero antes que nada, Domitilia se hubiera servido un vaso de agua del pozo. Sus labios secos estaban pegados y así guardaban la poca humedad que le quedaba entre la lengua y el paladar; era cuestión de tiempo antes de que todo en ella se secara y desintegrara. Parecía que el destino de su estatua se había intercambiado con el de ella; y entendió que moriría como un despreciable pedazo de mierda, abandonada a su suerte.

Pensó en su hijo. Cada vez que veía a los hombres regresar del mar, en sus lanchas, con sus redes y sus tarrayas, pensaba en su hijo. Él seguiría enviando dinero después de ella muerta, y no había ni cómo avisarle ni cómo pedirle que ya no mandara nada. ¿Quién se iba a quedar con todo ese dinero? Tanto trabajo y esfuerzos enviados a nadie y a nada… Pobre, se había ido para el norte apenas hecho un hombre, con catorce cumplidos y la promesa de volver; pero ya había pasado mucho tiempo, varios temporales, varios huracanes, hasta dos temblores fuertes, y no volvería a tiempo para besarle la frente como se acostumbra al morir la gente.

El padre Fernández terminó pronto el rosario, las letanías y la bendición; se despidió de Pancha y con un gesto de la mano se despidió de los demás. Sin entender bien porqué, caminó hasta la hamaca, le preguntó a Domitilia si se sentía bien. “Ya mejor” fueron sus últimas palabras mientras sonreía. El padre tomó sus manos ya heladas y le murmuró palabras en latín al oído, la bendijo, besó su frente salada; usó la silla que tenía la mujer para mantener abierta la puerta de su casa y se quedó junto a la hamaca en silencio mientras la puerta detrás de ellos se cerraba. Juntos escucharon el barullo del pueblo, las gaviotas que se peleaban el pescado de los hombres, el golpe de las olas contra las lanchas, el viento en los árboles, los niños gritando, los grillos, los perros, y el mar. Y poco a poco se abrazaron en el sueño púrpura del atardecer con las manos entrelazadas.

Cuando el padre Fernández volvió a abrir los ojos ya era de noche. La mano rígida de Domitilia yacía entre sus dedos. La soltó. Comprendió que no podría regresar a la iglesia sino hasta llegada la mañana, una vez terminadas la devoción y la borrachera de los demás. Los pocos que seguían despiertos miraban perdidos el fuego de una fogata, y uno que otro de repente cantaba. Sólo el enorme cerdo, que otra vez se había escapado de su corral, daba vueltas. Iba y venía buscando basura y comida y, como era de esperarse, se detuvo frente al altar. Su fino olfato lo había llevado hasta aquel monumental festín y el padre Fernández se escuchó decir en voz alta “este comemierda se la va a tragar”.

V
Mientras el aire la mecía y acariciaba tiernamente su cabello, Domitilia decidió abrir los ojos por última vez y despedirse del mar. De aquellas olas doradas y llenas de destellos vio cómo surgía, primero pequeñita y después cada vez más imponente, la silueta de su hijo convertido ahora en un hombre. Se estremeció tanto que los latidos de su corazón la sacudían en un temblor interminable y la poca agua que le quedaba dentro se derramó en una lágrima gorda que le mojó los labios.

Él se acercó, la miró, acomodó su cabellera y le secó los ojos. Domitilia sintió cada músculo de su cuerpo relajarse, toda la agitación previa al encuentro se diluía ahora en una suave brisa de paz y cuando su hijo le preguntó cómo se sentía, ella suspiró un frágil “mejor que nunca”, y sonrió. Su hijo la volvió a acariciar, le tomó las manos y, muy bajito en el oído, le relató cómo era su vida, sus anhelos y sus sueños. Le describió todos los lugares que había conocido y todas las personas que lo habían ayudado; le habló de la mujer que amaba y del hijo que esperaba; la bendijo, le besó la frente, arrimó la silla que llevaba años esperándolo en la puerta de la casa y se sentó junto a ella, en silencio, con las manos entrelazadas, frente al agua púrpura del mar. Domitilia cerró los ojos, contenta.


martes, 2 de junio de 2009

Crimen y castigo. ¿Dónde quedó la verdad?

La función de "decir la verdad" no debe adoptar la forma de la ley; sería así mismo vano creer que la verdad reside de pleno derecho en los juegos espontáneos de la comunicación. La tarea de decir la verdad es un trabajo sin fin: respetarla en su complejidad es una obligación de la que no puede zafarse ningún poder...
Saber y verdad,
Michel Foucault


Personas reales, misterios reales, drama de la vida real
... Así reza la introducción a 48 Hours Mystery, una serie de la CBS que se transmite en Estados Unidos desde 1988. El concepto del programa es presentar investigaciones periodísticas sobre "crímenes reales" cometidos en ese país. Siendo los US of A la nación "más criminal del mundo" -no offense to the American people- resulta muy lógico que la serie haya durado tanto tiempo al aire y que tenga tanta tela de donde cortar. La fascinación del público americano por el crimen aderezado con violencia y sangre es muy rentable y se explota recurrentemente en los medios.

El formato de la serie se centra en la reconstrucción de los hechos que "objetivamente", según dan a entender los presentadores, trata de develar "la verdad" de lo ocurrido. En este entendido, se presentan al público televidente recreaciones de los crímenes y entrevistas con la mayoría de los involucrados en éstos: oficiales y detectives de policía, miembros del jurado, abogados defensores y fiscales del Estado, testigos, científicos forenses -que han inspirado las ficticias aventuras de CSI- y hasta testimonios de los supuestos perpetradores y los familiares y amigos de las desafortunadas víctimas. Observación feminista: en 48 Hours Mystery 100% de los crímenes que se seleccionan para aparecer en pantalla son asesinatos; 90% de las víctimas son mujeres; todas las víctimas son blancas. Saque usted sus propias conclusiones...

Después de un intenso maratón de 48 Hours Mystery al que me sometí este fin de semana, me quedé con una sensación profunda de duda, confusión y hasta preocupación: los encontrados culpables según la ley, ¿de verdad lo son? Los extractos de los juicios que presenta el programa me conflictúan en demasía: la evidencia forense, cuando no es irrevocablemente concluyente (ADN o huellas dactilares en la escena del crimen), se contrapone a los testimonios; las reconstrucciones dejan muchos cabos sueltos y lagunas; las omisiones y los olvidos, a propósito o no, de buena o mala fe, oscurecen los relatos de lo que pasó: ¿cómo diferenciar entonces la verdad de la mentira? ¿Quién miente, quién tergiversa, quién engaña? Y, lo más importante: ¿quién paga los platos rotos y por qué? Comentario del pequeño activista que llevo dentro: Di no a la pena de muerte. El Partido Verde debe de estar loco...

Ante estas dudas más que razonables, la distinción entre inocencia y culpabilidad parece una cuestión de creencia firme -"yo siempre supe que era el asesino"- o de intuitiva corazonada -"desde que lo vi no tuve duda"-, no de verdad en el sentido más puro del término. En 48 Hours Mystery, salvo quienes confiensan sus crímenes (una increíble minoría), la mayoría de los sentenciados, aunque legalmente culpables, se proclaman inocentes con sorprendente vehemencia. La misma serie muestra casos en que esa inocencia, después de años tras las rejas y una labor legal titánica, sale finalmente a la luz. Apunte filosófico: la justicia americana es evidentemente una cuestión de retórica. Siempre gana el mejor argumento, el más convincente: la "verdad", lo dice Foucault, es un constructo discursivo...

Tras la vorágine de los acontecimientos propios de un asesinato y la compulsión de la ley por reconstruirlos de manera fehaciente para hallar al responsable beyond any reasonable doubt, como dicen los gringos, lo único indiscutiblemente verdadero en todo esto es el dolor. El dolor de quienes han perdido a alguien en circunstancias horrorosas; el dolor de los acusados injustamente y hasta el de los que se saben culpables -como los maridos que mataron a sus esposas o los hijos que mataron a sus padres-, lo acepten públicamente o no, sean declarados culpables o no. El dolor de no entender, con plena certeza, qué ocurrió y, mucho menos, por qué ocurrió. Se que lo que se denomina "justicia" no trata de sanar el dolor, solo busca retribuirle al agraviado parte de lo perdido, compensarlo de alguna extraña manera. ¿Compensarlo? ¿Es posible eso? Mi impresión tras ver 48 Hours Mystery es que el proceso a través del que se deciden la culpabilidad de un sospechoso y el castigo para su crimen, por más terrible que éste sea, solo reproduce el dolor de todos los involucrados y lo convierte en sufrimiento. Además, la legitimidad de dicho castigo y hasta de dicha culpabilidad se asienta, a veces, en "verdades" un tanto cuestionables. Conclusión pesimista: ¿hay esperanza en este mundo para la justa verdad y la verdadera justicia?