Estoy un poquito bajoneada y con el corazón algo madreado. Nadie dijo que tronar fuera indoloro. Es muy, muy tarde y no tengo cigarrillos. Obviamente no voy a salir para comprar otra cajetilla porque esta ciudad no es precisamente la más segura del mundo y porque ya fumarse dos cajetillas diarias es preocupante hasta para mi. Conclusión: vaya noche de insomnio que me espera.
Pero para noches largas y tristes como ésta tengo un remedio: You are the Quarry de Morrissey. El buen Mozz, como desde hace añísimos, siempre me hace sentir mejor. Lo cual, para muchos, resulta extraño porque sus letras nunca se han caracterizado por ser tontamente optimistas, sino todo lo contrario (gracias a Dios). Solo hace falta leer los títulos de algunas de las canciones en este disco que, junto con Your Arsenal, son mis dos joyas más preciadas y brillantes de entre todos los tesoros que ha grabado Morrissey (¿se nota que, de plano, me enloquece?): How can anybody possibly know how I feel?, You know I couldn't last y la soberbia (en todísimo sentido) I have forgiven Jesus son Morrissey cantando desde el mismo lugar en que me encuentro esta noche: desgarrado, decepcionado, desvalido, pero sabiéndose fuerte muy en el fondo. Puedo compartir su legítimo enojo e increpar al mundo entero mientras canto junto a él. There is something I wanted to tell you. It's so funny you'll kill yourself laughing. But then I look around, and I remember that I am alone. Alone. For evermore... Mi muy querido Mozz, ¿cómo agradecerte por este maravilloso disco?
Además de Irish Blood, English Heart y Let me kiss you mi canción favorita de este disco de 2004 es I'm not sorry, por eso se las dejo en video, en vivo y en Suecia, cortesía de suparni.
viernes, 12 de junio de 2009
El (re)descubrimiento de la semana: You are the Quarry
Extravíos / Wanderings
autobiográficos,
joyitas de lo estupendo,
música,
pero el amor esa palabra...,
videos
jueves, 11 de junio de 2009
No te conozco, mosco
Estimado Eduardo Sánchez:
A pesar de que no te conozco personalmente, me dieron ganas de escribirte esta cartita y hasta de hablarte de tu (espero no creas que soy una igualada). Ayer que transitaba por Insurgentes vi tu foto por primera vez en una manta que colgaba entre dos postes de luz a la altura de Río Mixcoac. Allí estabas acompañado de Gaby Vargas y en otra manta, unas cuántas cuadras después, compartías el espacio publicitario con Mariana Ochoa (a quienes tampoco tengo el gusto de conocer en persona). Según se aprecia en las mantas, ambas amigas tuyas apoyan tu candidatura por el PRI a la diputación local del Distrito XX en la Delegación Benito Juárez porque, como dicen que te conocen, te recomiendan. Luego me enteré de que no solo ellas ponen la mano en el fuego por ti, sino que Omar Fierro y el luchador Cien Caras, entre otros, también dan fe de tu integridad como persona nomás porque te conocen y ergo te recomiendan.
En la presentación pública de esta campaña dijiste (y te cito del Excélsior del 4 de junio de 2009): “Quiero presentar (...) avales ciudadanos; yo estoy buscando generar confianza y la mejor manera que tengo para lograrlo es a través del apoyo de gente con prestigio y reconocimiento que pueda dar testimonio de que me conoce y me recomienda”. Reconoces (y haces bien) que “el principal adversario que tenemos los políticos es la abstención y me parece que ésta es culpa nuestra, por las descalificaciones, porque la gente ve que la política es estarse golpeando y descalificando, no se ven las propuestas, no se ven los acuerdos”.
La verdad, yo no entiendo bien a bien el vínculo que propones, directo y sin escalas, entre conocer y recomendar (tampoco entiendo dónde quedaron tus propuestas, al menos en las mantas de Insurgentes no están). Yo conozco a muchas personas que no recomendaría en lo más mínimo precisamente porque las conozco y es muy probable que muchísima gente, para mi desconocida, sea altamente recomendable en algún sentido. Además, apelar al poder de convencimiento de la buena fe y la amistad en el país del amiguismo, el compadrazgo y la impunidad, con todo respeto, me parece una decisión poco inteligente, por lo que se me hace sospechosa. Si no es mucha indiscreción, ¿de dónde conoces a, por ejemplo, Cien Caras? ¿Fuiste a la Arena México a verlo luchar, le pediste un autógrafo en su camerino y luego se hicieron amigos? ¿Juegan golf los domingos o se reúnen para ver el futbol? Nomás pregunto... A Mariana Ochoa ya se por qué la conoces; ella lo explicó en una rueda de prensa:
Marianita misma lo asevera: "nos tardamos toda una vida en conocer a la gente" y yo completo su sesuda declaración alertando: "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida". Por sí solo, el hecho de que alguien te conozca o crea conocerte no dice mucho de ti, ni de tu carrera política, ni de tus propuestas legislativas; así mismo, el que algunas personas públicas te conozcan tampoco da cuenta de su prestigio, valía u honestidad. Eso si: cuando dicen que por puritita amistad te recomiendan, se puede adivinar lo que tu equipo de campaña piensa sobre los ciudadanos: enséñales la cara "bonita" de una rutilante celebridad de nombre famosón de tu lado y automáticamente confiarán en tus intenciones, aunque ni sepan cuáles son. Tengo la certeza de que con esta lógica de por medio no voy a votar por ti (ni aunque hubiera enloquecido y quisiera hacerlo podría: vivo en la Delegación Miguel Hidalgo).
Lo siento Eduardo: tu campaña me agarró en un punto de desconfianza total hacia los famosos amigos de los políticos y hacia los políticos con amigos famosos. Espero tengas suerte con algún ingenuo que todavía crea que existen amistades desinteresadas en tiempos electorales.
PD. Ya te vi protagonizando el video musical México puede volver a amar y quedé sin palabras ante tanta cursilería y melcocha, patrioterismo y buenaondez juntas en una sola canción ridículamente optimista... ¿Cómo no se le van a quitar las ganas de votar a la gente con rolas como ésta?
A pesar de que no te conozco personalmente, me dieron ganas de escribirte esta cartita y hasta de hablarte de tu (espero no creas que soy una igualada). Ayer que transitaba por Insurgentes vi tu foto por primera vez en una manta que colgaba entre dos postes de luz a la altura de Río Mixcoac. Allí estabas acompañado de Gaby Vargas y en otra manta, unas cuántas cuadras después, compartías el espacio publicitario con Mariana Ochoa (a quienes tampoco tengo el gusto de conocer en persona). Según se aprecia en las mantas, ambas amigas tuyas apoyan tu candidatura por el PRI a la diputación local del Distrito XX en la Delegación Benito Juárez porque, como dicen que te conocen, te recomiendan. Luego me enteré de que no solo ellas ponen la mano en el fuego por ti, sino que Omar Fierro y el luchador Cien Caras, entre otros, también dan fe de tu integridad como persona nomás porque te conocen y ergo te recomiendan.
En la presentación pública de esta campaña dijiste (y te cito del Excélsior del 4 de junio de 2009): “Quiero presentar (...) avales ciudadanos; yo estoy buscando generar confianza y la mejor manera que tengo para lograrlo es a través del apoyo de gente con prestigio y reconocimiento que pueda dar testimonio de que me conoce y me recomienda”. Reconoces (y haces bien) que “el principal adversario que tenemos los políticos es la abstención y me parece que ésta es culpa nuestra, por las descalificaciones, porque la gente ve que la política es estarse golpeando y descalificando, no se ven las propuestas, no se ven los acuerdos”.
La verdad, yo no entiendo bien a bien el vínculo que propones, directo y sin escalas, entre conocer y recomendar (tampoco entiendo dónde quedaron tus propuestas, al menos en las mantas de Insurgentes no están). Yo conozco a muchas personas que no recomendaría en lo más mínimo precisamente porque las conozco y es muy probable que muchísima gente, para mi desconocida, sea altamente recomendable en algún sentido. Además, apelar al poder de convencimiento de la buena fe y la amistad en el país del amiguismo, el compadrazgo y la impunidad, con todo respeto, me parece una decisión poco inteligente, por lo que se me hace sospechosa. Si no es mucha indiscreción, ¿de dónde conoces a, por ejemplo, Cien Caras? ¿Fuiste a la Arena México a verlo luchar, le pediste un autógrafo en su camerino y luego se hicieron amigos? ¿Juegan golf los domingos o se reúnen para ver el futbol? Nomás pregunto... A Mariana Ochoa ya se por qué la conoces; ella lo explicó en una rueda de prensa:
Marianita misma lo asevera: "nos tardamos toda una vida en conocer a la gente" y yo completo su sesuda declaración alertando: "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida". Por sí solo, el hecho de que alguien te conozca o crea conocerte no dice mucho de ti, ni de tu carrera política, ni de tus propuestas legislativas; así mismo, el que algunas personas públicas te conozcan tampoco da cuenta de su prestigio, valía u honestidad. Eso si: cuando dicen que por puritita amistad te recomiendan, se puede adivinar lo que tu equipo de campaña piensa sobre los ciudadanos: enséñales la cara "bonita" de una rutilante celebridad de nombre famosón de tu lado y automáticamente confiarán en tus intenciones, aunque ni sepan cuáles son. Tengo la certeza de que con esta lógica de por medio no voy a votar por ti (ni aunque hubiera enloquecido y quisiera hacerlo podría: vivo en la Delegación Miguel Hidalgo).
Lo siento Eduardo: tu campaña me agarró en un punto de desconfianza total hacia los famosos amigos de los políticos y hacia los políticos con amigos famosos. Espero tengas suerte con algún ingenuo que todavía crea que existen amistades desinteresadas en tiempos electorales.
PD. Ya te vi protagonizando el video musical México puede volver a amar y quedé sin palabras ante tanta cursilería y melcocha, patrioterismo y buenaondez juntas en una sola canción ridículamente optimista... ¿Cómo no se le van a quitar las ganas de votar a la gente con rolas como ésta?
Extravíos / Wanderings
cartitas,
de lo verdaderamente absurdo,
miren cómo me indigno...,
politiquerías
domingo, 7 de junio de 2009
29 Foro de la Cineteca. Sobre Involuntario de Ruben Östlund
Hace mucho que no iba a la Cineteca. Recuerdo cómo de niña iba con mis padres a ver películas de las que ahora no recuerdo casi nada y que entonces no entendía muy bien pero que extrañamente disfrutaba (Fitzcarraldo de Werner Herzog, por ejemplo, de la cual quedó en mi memoria la intensa y salvaje guapura de Klaus Kinski o To live and die in LA de William Friedkin, donde vi por primera vez a William Dafoe y entendí eso de ser ugly-sexy). Ya más grandecita, trataba de asistir, aunque fuera yo solita, a la mayor cantidad de películas posible cuando había Muestra o Foro en la Cineteca: así conocí y me enamoré de Ethan y Joel Coen, de Wong Kar Wai, Atom Egoyan y Jim Jarmusch. Pero la piratería y ahora el internet me han alejado un poco de la pantalla grande para acercarme a la pantalla de mi computadora... ¡Error! El cine está hecho para verse en la oscuridad y en grande.
De hecho, la última película (penúltima ahora) que vi en la Cineteca en noviembre del año pasado (¡!) fue Las flores del cerezo de Doris Dörrie (muy, muy recomendable y sobre la cual pueden leer un texto en el blog de Ana Paula, Del cine y otros demonios). Con pretexto de mi próximo cumpleaños, de que se está presentando el 29 Foro de la Cineteca y para retomar mis buenos hábitos perdidos, hoy fui a la Cineteca con mis padres a comer y ver una película. Es bueno enterarse en qué anda la cinematografía mundial contemporánea, ¿no?, por lo que decidimos ver Involuntario de Ruben Östlund (De Ofrivilliga, Suecia, 2008). Y para de verdad retomar esos buenos y cinéfilos hábitos decidí escribir unas líneas sobre esta cinta que ni me gustó ni me desagradó completamente.
Östlund narra, bastante escuetamente, cinco historias en las que, según dice la sinopsis de la Cineteca, el comportamiento de grupo afecta la acción individual (no es de extrañar que, con esta información, mi padre dijera antes de ver la película: ¡Pero si esto parece un ensayo sociológico!). Dos niñas medio adolescentes y borrachas tomándose fotos, rondando por las calles de Gothenburg y haciendo desfiguros; un señor al que le explota un cohete en un ojo durante una fiesta de cumpleaños; una reunión campestre de treintañeros heterosexuales con connotaciones homosexuales; un conductor de autobus que quiere hacer justicia cuando descubre un desperfecto provocado por un pasajero que decide permanecer en el anonimato; y una maestra que también trata de hacer lo correcto frente al caso de un colega que golpea a un alumno un tanto incontrolable. Las primeras tres historias me resultan lugares bastante comunes que ya se han tratado antes con mejores resultados y que en Involuntario hasta resultan aburridas y tediosas: para chavitas hasta su madre causando estragos, ahi está la célebre Kids de Larry Clark (que ni siquiera me gusta, pero reconozco es buena); para fiestas de familia de consecuencias trágicas véase la primera y excelente película del Dogma escrita por Thomas Vintenberg, Festen; y para hombres de (más y menos) treinta que se sienten atraídos entre sí en un contexto campirano, Brokeback Mountain de Ang Lee es una buena opción.
Las dos últimas historias de Östlund, sin embargo, me parecieron muy interesantes, incluso innovadoras, pero totalmente desaprovechadas. El relato del conductor de autobús (Henrik Vikman), quien decide no seguir con el viaje hasta que el culpable de haber roto el toallero del baño se responsabilice por sus actos, era una excusa genial y divertida para explorar la moralidad sueca, sus percepciones con respecto a la justicia y la injusticia, excusa que se queda solo en eso porque se desarrolla pobremente; así mismo, la historia de la maestra (Cecilia Milocco) que se debate entre denunciar a su colega golpeador o no y el efecto de esta duda en su relación con los demás profesores aparece desdibujada porque no se explora de manera suficiente. Ya que sabemos muy poco sobre estos dos personajes, sus actos y reacciones resultan un tanto incomprensibles en el mejor de los casos o absurdas en el peor, lo cual no contribuye para mantener el interés en lo que les sucede. Ambas historias dan para toda una película, por lo que le podemos aplicar a este director sueco el mexicanísimo dicho: el que mucho abarca, poco aprieta.
Finalmente, el trabajo de cámara me pareció un poco injustificado y hasta arbitrario: ¿en qué contribuyen a contar estas historias largos planos secuencia panorámicos de prados bucólicos o cámaras fijas que nos dejan ver solo la nuca de los personajes o sus pies, calzados o no? Otro sueco, Roy Anderson, ya hizo este tipo de elecciones estilísticas extremas en 2000 con resultados estética y narrativamente sorprendentes: si no me creen vean Canciones desde el segundo piso. Mi conclusión con respecto a Involuntario: dejen de beber, porque sino sus amigas las abandonarán inconscientes y vomitadas en un parque; correrán el riesgo de evitar ir a un hospital después de un accidente con fuegos artificiales para no agüar un cumpleaños; y sus compinches querrán chuparles sus partecitas aprovechando que la peda es al aire libre. De todas formas, ahí les dejo el trailer de la película, cortesía de FilmmuseumAmsterdam, con subítulos en inglés.
De hecho, la última película (penúltima ahora) que vi en la Cineteca en noviembre del año pasado (¡!) fue Las flores del cerezo de Doris Dörrie (muy, muy recomendable y sobre la cual pueden leer un texto en el blog de Ana Paula, Del cine y otros demonios). Con pretexto de mi próximo cumpleaños, de que se está presentando el 29 Foro de la Cineteca y para retomar mis buenos hábitos perdidos, hoy fui a la Cineteca con mis padres a comer y ver una película. Es bueno enterarse en qué anda la cinematografía mundial contemporánea, ¿no?, por lo que decidimos ver Involuntario de Ruben Östlund (De Ofrivilliga, Suecia, 2008). Y para de verdad retomar esos buenos y cinéfilos hábitos decidí escribir unas líneas sobre esta cinta que ni me gustó ni me desagradó completamente.
Östlund narra, bastante escuetamente, cinco historias en las que, según dice la sinopsis de la Cineteca, el comportamiento de grupo afecta la acción individual (no es de extrañar que, con esta información, mi padre dijera antes de ver la película: ¡Pero si esto parece un ensayo sociológico!). Dos niñas medio adolescentes y borrachas tomándose fotos, rondando por las calles de Gothenburg y haciendo desfiguros; un señor al que le explota un cohete en un ojo durante una fiesta de cumpleaños; una reunión campestre de treintañeros heterosexuales con connotaciones homosexuales; un conductor de autobus que quiere hacer justicia cuando descubre un desperfecto provocado por un pasajero que decide permanecer en el anonimato; y una maestra que también trata de hacer lo correcto frente al caso de un colega que golpea a un alumno un tanto incontrolable. Las primeras tres historias me resultan lugares bastante comunes que ya se han tratado antes con mejores resultados y que en Involuntario hasta resultan aburridas y tediosas: para chavitas hasta su madre causando estragos, ahi está la célebre Kids de Larry Clark (que ni siquiera me gusta, pero reconozco es buena); para fiestas de familia de consecuencias trágicas véase la primera y excelente película del Dogma escrita por Thomas Vintenberg, Festen; y para hombres de (más y menos) treinta que se sienten atraídos entre sí en un contexto campirano, Brokeback Mountain de Ang Lee es una buena opción.
Las dos últimas historias de Östlund, sin embargo, me parecieron muy interesantes, incluso innovadoras, pero totalmente desaprovechadas. El relato del conductor de autobús (Henrik Vikman), quien decide no seguir con el viaje hasta que el culpable de haber roto el toallero del baño se responsabilice por sus actos, era una excusa genial y divertida para explorar la moralidad sueca, sus percepciones con respecto a la justicia y la injusticia, excusa que se queda solo en eso porque se desarrolla pobremente; así mismo, la historia de la maestra (Cecilia Milocco) que se debate entre denunciar a su colega golpeador o no y el efecto de esta duda en su relación con los demás profesores aparece desdibujada porque no se explora de manera suficiente. Ya que sabemos muy poco sobre estos dos personajes, sus actos y reacciones resultan un tanto incomprensibles en el mejor de los casos o absurdas en el peor, lo cual no contribuye para mantener el interés en lo que les sucede. Ambas historias dan para toda una película, por lo que le podemos aplicar a este director sueco el mexicanísimo dicho: el que mucho abarca, poco aprieta.
Finalmente, el trabajo de cámara me pareció un poco injustificado y hasta arbitrario: ¿en qué contribuyen a contar estas historias largos planos secuencia panorámicos de prados bucólicos o cámaras fijas que nos dejan ver solo la nuca de los personajes o sus pies, calzados o no? Otro sueco, Roy Anderson, ya hizo este tipo de elecciones estilísticas extremas en 2000 con resultados estética y narrativamente sorprendentes: si no me creen vean Canciones desde el segundo piso. Mi conclusión con respecto a Involuntario: dejen de beber, porque sino sus amigas las abandonarán inconscientes y vomitadas en un parque; correrán el riesgo de evitar ir a un hospital después de un accidente con fuegos artificiales para no agüar un cumpleaños; y sus compinches querrán chuparles sus partecitas aprovechando que la peda es al aire libre. De todas formas, ahí les dejo el trailer de la película, cortesía de FilmmuseumAmsterdam, con subítulos en inglés.
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