

Otra vez me dieron las 4 AM (¡changos!) y yo sigo sin poder despegarme de este teclado, de esta pantalla, nomás acordándome de... Como dice Juan Gabriel (de cuya inspiración ya había hecho uso en este blog): Abrázame que el tiempo pasa y nunca perdona, ha hecho estragos en mi gente como en mi persona. Abrázame que el tiempo es malo y muy cruel amigo. Abrázame que el tiempo es oro si tu estas conmigo... Si: vaya que el tiempo es oro, es cruel y malo y, sobre todo, no perdona a nadie.
Recuerdo cuando tomé esta foto: estaba en Pozolapan, Veracruz, y era el verano de 1994 (por alguna extraña razón, solo tengo transparencias de las fotos de ese viaje). Estaba enamoradísima de mi primer novio de verdad, estudiaba Sociología en la UNAM y la vida era sencilla, dulce y divertida. En ese viaje descubrí a Pink Floyd (un poco tarde a comparación de muchos, ¿no?) y atisbe el grado extremo de la pobreza en México cuando Lulú, Gugue y yo nos embarcamos en una misión profiláctica con Mexfam en la Sierra de los Tuxtlas. Jamás había ayudado a un ginecólogo a hacer un papanicolau ni sabía que las escuelas bilingües de esa región enseñan popoluca y castellaño a sus alumnos. Nunca había sentido tanta hospitalidad como en esas comunidades dolorosamente marginadas y hasta hoy día no he probado unos tamalitos de elote tan buenos como los que nos dieron aquella vez.
Corte a: 15 años después. Dios sabe cuántos kilos y quebrantos después. La vida sigue teniendo sus momentos de diversión (que conste que no estoy tan deprimida), pero se ha vuelto agridulce -trilce como diría César Vallejo- y a veces complicada. Ahora no puedo decir que estoy enamorada de alguien, tal vez todavía un poquito, porque para mi recién impuesta soltería decir eso no es recomendable. Sigo estudiando -¡quien lo hubiera pensado!- Antropología esta vez y sigo escuchando a Pink Floyd. Hace añales que no veo a Lulú y Gugue, aunque el Facebook me da una sensación de cercanía con ellas, virtual, claro está. México sigue igual o peor de pobre que hace 15 años y no he vuelto a los Tuxtlas. Pasó el tiempo e inexorablemente nos hicimos más viejos. Y después de todos estos años, Juan Gabriel sigue cantando: Abrázame que el tiempo hiere y el cielo es testigo que el tiempo es cruel y a nadie quiere. Por eso te digo: abrázame muy fuerte amor, mantenme así a tu lado. Yo quiero agradecerte amor todo lo que me has dado...
He aquí una pesadilla que tuve recurrentemente durante algunos años: un salón atestado de adolescentes indomables... y yo tratando, sin éxito, de darles clase de inglés. Adolescentes que, muy adolescentemente, no están interesados en nada de lo que los adultos -sobre todo sus maestros- tengan que decir. Adolescentes a los que en el sueño (y en la vida real) se les puede dar muchos adjetivos: insolentes, remilgosos, flojos, descarados, apáticos... No por nada se dice que la ignoracia y la juventud son atrevidas. La clase (Entre les murs, Francia, 2008) es precisamente esa pesadilla llevada a la pantalla. Aunque no todo en esta cinta, ni en mi propia experiencia docente con adolescentes indomables (he de confesarlo), fue pesadillezco.
Para empezar, La clase dista mucho de ser la trillada historia gringa de redención escolar, descubrimiento personal y hazañas educativas (ejemplos abundan: Mentes peligrosas de 1995 con la "maestra" Michelle Pfeiffer, La sonrisa de Mona Lisa de 2003 con la "maestra" Julia Roberts o Escritores de la libertad de 2007 con la "maestra" Hillary Swank son solo algunos). Esta cinta de Laurent Cantet adapta al cine la novela Entre les murs escrita por François Bégaudeau, un verdadero maestro de secundaria en una escuela multicultural de un conflictivo barrio parisino. Entre las cuatro paredes del salón de clase, François (el mismo Bégaudeau) batalla cada día por ser coherente, persuasivo y justo al tratar de enseñar francés a su grupo de adolescentes de diversos backgrounds étnicos. François no quiere cambiarles la vida ni revelarles el sentido de la existencia: no es el maestro inspirador y cursi de las películas gringas.
La clase reconstruye de manera muy efectiva y divertida la compleja relación entre François y sus alumnos que, como puede atestiguar cualquier maestro de secundaria, se caracteriza por un constante estira y afloja, un tránsito entre la agresión y el entendimiento mutuos. El punto culminante de esta relación se presenta cuando Souleymane (Franck Keïta), un chamaco problemático de ascendencia malí, tras una discusión futbolera, sale del salón de clase de manera intempestiva y accidentalmente golpea en la cara con su mochila a Khoumba (Rachel Reguliere), haciéndole sangrar copiosamente. Para dirimir el asunto, François accede a convocar un Consejo Disciplinario, no muy convencido de su efectividad, el cual muy seguramente resultará en la expulsión de Souleymane. El dilema moral de François se intensifica cuando Khoumba le dice que, de ser expulsado, el padre de Souleymane lo mandará a Mali. Y ya no les cuento más para no arruinar el final.
A medio camino entre el documental y la ficción, La clase articula su discurso explorando temas relativos a la disciplina escolar: las llamadas de atención y amenazas, las faltas y castigos y, sobre todo, su legitimidad y efectividad para construir un ambiente de aprendizaje más o menos óptimo: ¿hasta qué punto tiene que convertirse una escuela en prisión, tanto para los maestros como para los alumnos, si quiere evitar transformarse en tierra de nadie? La clase no da respuestas definitivas a este cuestionamiento y ahí yace su principal acierto: no propone una moraleja final en la cual los maestros buena onda pero rudos llegan al corazón y al cerebro de los adolescentes rebeldes, los encaminan hacia el bien y así ya no tienen por qué castigarlos. Aunque esta película no me pareció magistral como se le ha llamado -recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2008- vale la pena verla sobre todo si, como yo, alguna vez fuiste maestro de secundaria: de seguro te traerá trilces recuerdos.
Leyó cada nombre en la lista. Uno a uno. Letra por letra. Su nombre no estaba. Pretendió asombrarse, pero ya sabía el resultado desde antes de tomar el bolso rojo para salir de casa esa mañana. Desde siempre. Sabía que no estaría enlistada junto a los Rodrigos y las Mercedes. Leyó por segunda vez, despacio y minuciosamente, cada letra de cada nombre; revisó cada renglón entre los nombres para ver si el suyo se había colado entre líneas. Nada. Los Rodrigos y las Mercedes seguían anotados justo donde los había visto la primera ocasión. Pensó leer la lista una tercera vez para desengañarse por completo, para cerciorarse de que su nombre no había aparecido de pronto en el número veintiuno de una lista con solo veinte nombres. Dos veces era suficiente para confirmar lo que ya sabía desde siempre, lo que comprobaba cada año, ese mismo día, a esa hora aproximada. Su nombre no estaba en la lista. Nunca lo había estado y nunca lo estaría.
Se sentó en la banca bajo la lista. Colocó el bolso, pesado y rojo, sobre sus muslos. Sacó de él una cajetilla y encendió un cigarrillo. Se encogió de hombros. Miró al suelo y se dijo en silencio: “Lo sabía”. Se tomó su tiempo: nadie la esperaba, como siempre. Nadie para preguntarle si después de tantos años finalmente su nombre estaba escrito en la lista. Nadie que se sorprendiera ni acongojara por la noticia. Nadie. Tiró la colilla al piso y se levantó para irse. Pero dudó. Dudó y se quedó ahí parada, inmóvil. ¿Qué pasaría si revisara la lista una tercera vez? ¿Si su nombre apareciera bajo el número veinte? Dudó. Leer la lista dos veces cada año durante seis años había sido más que suficiente para ella. Leerla una tercera vez este año sería inútil, cruel incluso. Pero, ¿y si esta vez fuera diferente? Cada año era el mismo ritual: revisar dos veces la lista de principio a fin para no encontrar su nombre. Pero tal vez este año podría ocurrir algo inesperado. Tal vez.
Encendió otro cigarrillo, parada donde estaba, con la lista a sus espaldas y el pesado bolso rojo colgando del hombro. ¿Y si sus ojos la hubieran engañado? ¿Y si no hubiera sido suficientemente meticulosa? La lista estaba ahí, detrás suyo. Una simple hoja blanca con una serie de nombres impresos en tinta negra. Era tan sencillo como voltear y confrontarla. Leer con paciencia cada nombre, del uno al veinte, por última vez, con la esperanza de que existiera el número veintiuno y fuera su nombre. Dudó. Tiró la segunda colilla. Quiso irse, pero no pudo. Sus piernas no respondieron. Estaban clavadas al piso. Era más fácil voltear y enfrentarse a la lista por última vez que seguir ahí, dándole la espalda. O que marcharse sin mirar atrás. Era más fácil confirmar su certeza que salir huyendo.
Empuñó la correa del bolso que colgaba pesadamente de su hombro. Dio media vuelta. La lista estaba esperando, justo frente a sus ojos. Introdujo la mano en el bolso mientras leía los primeros cinco nombres. Ninguno era el suyo. Las Mercedes y los Rodrigos seguían allí, pero su nombre no había aparecido. Leyó los siguientes cinco nombres de la lista. Nada. Sacó un objeto metálico y brillante del bolso rojo: una pistola. Otros cinco nombres, ninguno el suyo. Alzó la mano que empuñaba el arma a la altura de su sien. Cinco últimos nombres, ni uno más. “Lo sabía”, se dijo en silencio. Tiró del gatillo.