Y como predijo Sebastián Áli al comentar el post anterior, hubo que esperar para volver a leer algo por aquí. Hace casi un año que empecé nimbemon... y recuerdo muy bien haber leido que es verdaderamente importante escribir con frecuencia en espacios de este tipo -de lo contrario pierden interés para el público que, con esfuerzos, uno se va ganando (¿cómo que pasan las semanas y no hay nuevos posts?, podrían preguntarse, con justeza, algunos de ustedes)- y, sobre todo, es importante tener muy claro qué se va a decir cada vez que uno se atreve a mover los dedos sobre el teclado con la intención de accionar el botoncillo naranja que advierte PUBLICAR ENTRADA... Pero hoy la claridad, mientras escribo estas líneas, me escapa.
Pensaba escribir una reseña/crítica/opinión de la película Desde mi cielo (The Lovely Bones, 2009), de Peter Jackson, película por la que, genuinamente emocionada, esperé bastante tiempo (y bajé de internet tres veces, sin éxito, por cierto), pero que después de verla en línea no me pareció digna de más comentario que: Saoirse Ronan está estupenda como Susie Salmon y ya. Pensaba escribir una oda a mi más reciente placer televisivo, The Mighty Boosh, una sitcom británica loquísima y buenísima, pero no me animo a decir las innumerables razones por las cuáles me encanta (como, por ejemplo, que estoy infatuada con Noel Fielding y su personaje Vince Noir; digo, nadie tiene por qué compartir mis desvaríos...). O tal vez escribir sobre una interesante plática que hoy tuve con R sobre las computadoras crasheadas, la presunta pedofilia de Pete Townshend y un musical imaginario (con todo y coro griego de sacerdotes rockeros) que muy bien podría iniciar así: The kiiids are alriiiggghhhttt...
Pensaba escribir sobre cosas más serias, por ejemplo, el progreso de Miradas sobre el Cine, diplomado que coordino en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM o sobre mi tema favorito (y de tesis): reflexiones en torno al arte y la moral. Pero -otra vez salta el negrito en el arroz- las musas escapan cada vez que pienso en cualquiera de estos temas (sobre todo en el segundo, lo cual está muy, pero muy mal: ¿cómo terminaré el borrador de la tesis para agosto de este año si ni siquiera puedo escribir unas cuantas líneas, libres y lúdicas, sobre aquéllo que digo es mi tópico de pasión y competencia?).
Así que, después de tanto acto fallido (¿será?), mejor escribí este recuento de textos que no he escrito y los dejo con una joyita de lo estupendo (si es que les gusta el electropunk): Voodoo de Robots in Disguise. Ya pulsé el botoncillo naranja y no hay vuelta atrás...
Video, cortesía de vitalnonsequitur
jueves, 18 de febrero de 2010
¿Actos fallidos?
Extravíos / Wanderings
de lo verdaderamente absurdo,
joyitas de lo estupendo,
música,
videos,
ya los perdimos...
jueves, 4 de febrero de 2010
Espera
Querido S:
Vaya que es cierto: espera es el comienzo de la palabra esperanza. Aunque también -y precisamente esta tarde en que el sol a duras penas le gana a la lluvia- coloco espera justo en medio de otra palabra: desesperanza.
La espera es la entrada a un limbo donde el tiempo no funciona como de costumbre. No es temprano ni tarde: al esperar no se sabe si el momento preciso del encuentro está por venir (ya casi, ya casi); o si -¡maldición!- pasó de largo, como quien busca sin querer encontrar; o si, por algún despiadado arreglo del destino del cual obviamente no somos partícipes, ese momento esperado nunca va a ocurrir. Esperar no es futuro, presente, ni pasado: es un hueco infinitivo porque infinita parece la espera.
La espera debiera calificar para ser medida en sus propias unidades. El necio e ininterrumpido recorrido de las manecillas del reloj no la contiene; tampoco el súbito cambio fluorescente de un número a otro en una diminuta pantalla. Uno lleva esperando, por ejemplo, dos tazas de café, cuatro cigarrillos y diecinueve páginas de una novela. Después de haber cruzado y descruzado las piernas tres u ocho veces, se pueden llevar once cambios de postura esperando. Esperar también es contar, pero en números que implican otras dimensiones, números que nada recuerdan al tiempo: cuántas veces me he pasado los dedos por el cabello –veintidós-, cuántas veces me he secado el sudor de las manos –cinco-, cuántas veces he creído verte entre la multitud –siete-, sin ser tu a quien miraba. Parece que esperar, que esperarte, podría medirse en terrones de azúcar, en bocanadas de humo, en puntos y comas, en incomodidades y efímeros descansos. Ahora mismo llevo doscientas ochenta y cinco palabras esperándote.
Esperar es agotarse en una lucha (perdida de antemano) entre la promesa y el hartazgo: desear verte ya y nomás no verte. Es un sentimiento amplio, como el amor, que se angosta en pequeños suspiros. Esperar es imaginarse lo peor: el trágico accidente que te impidió llegar a la cita o tu previsible fuga con otra mujer. Imaginar que no estoy en el sitio, el día y la hora que acordamos y que tu ya esperaste y desesperaste en otro tiempo y lugar. Y, naturalmente, imaginar que ya te has ido.
Espero el fin de mi espera: paciente, intranquila, desalentada, esperanzadamente. No creo que el término de mi espera coincida esta vez con tu llegada. Terminar mi espera es deshacerme de la certidumbre (¿a caso la tuve?) del encuentro. Levantarme e irme. Asumir que espacios y tiempos compartidos no sucedieron esta vez. No para nosotros, no hoy ni aquí. Tomaré los fragmentos de las novelas que leí esperándote, los accidentes que nunca ocurrieron (espero...) y las ganas de verte y las reservaré para mí. Las guardaré para otra espera, no la tuya.
Espero (hasta en la despedida sigo esperando…) que, si llegas, encuentres esta carta. Ella explicará mi ausencia.
Vaya que es cierto: espera es el comienzo de la palabra esperanza. Aunque también -y precisamente esta tarde en que el sol a duras penas le gana a la lluvia- coloco espera justo en medio de otra palabra: desesperanza.
La espera es la entrada a un limbo donde el tiempo no funciona como de costumbre. No es temprano ni tarde: al esperar no se sabe si el momento preciso del encuentro está por venir (ya casi, ya casi); o si -¡maldición!- pasó de largo, como quien busca sin querer encontrar; o si, por algún despiadado arreglo del destino del cual obviamente no somos partícipes, ese momento esperado nunca va a ocurrir. Esperar no es futuro, presente, ni pasado: es un hueco infinitivo porque infinita parece la espera.
La espera debiera calificar para ser medida en sus propias unidades. El necio e ininterrumpido recorrido de las manecillas del reloj no la contiene; tampoco el súbito cambio fluorescente de un número a otro en una diminuta pantalla. Uno lleva esperando, por ejemplo, dos tazas de café, cuatro cigarrillos y diecinueve páginas de una novela. Después de haber cruzado y descruzado las piernas tres u ocho veces, se pueden llevar once cambios de postura esperando. Esperar también es contar, pero en números que implican otras dimensiones, números que nada recuerdan al tiempo: cuántas veces me he pasado los dedos por el cabello –veintidós-, cuántas veces me he secado el sudor de las manos –cinco-, cuántas veces he creído verte entre la multitud –siete-, sin ser tu a quien miraba. Parece que esperar, que esperarte, podría medirse en terrones de azúcar, en bocanadas de humo, en puntos y comas, en incomodidades y efímeros descansos. Ahora mismo llevo doscientas ochenta y cinco palabras esperándote.
Esperar es agotarse en una lucha (perdida de antemano) entre la promesa y el hartazgo: desear verte ya y nomás no verte. Es un sentimiento amplio, como el amor, que se angosta en pequeños suspiros. Esperar es imaginarse lo peor: el trágico accidente que te impidió llegar a la cita o tu previsible fuga con otra mujer. Imaginar que no estoy en el sitio, el día y la hora que acordamos y que tu ya esperaste y desesperaste en otro tiempo y lugar. Y, naturalmente, imaginar que ya te has ido.
Espero el fin de mi espera: paciente, intranquila, desalentada, esperanzadamente. No creo que el término de mi espera coincida esta vez con tu llegada. Terminar mi espera es deshacerme de la certidumbre (¿a caso la tuve?) del encuentro. Levantarme e irme. Asumir que espacios y tiempos compartidos no sucedieron esta vez. No para nosotros, no hoy ni aquí. Tomaré los fragmentos de las novelas que leí esperándote, los accidentes que nunca ocurrieron (espero...) y las ganas de verte y las reservaré para mí. Las guardaré para otra espera, no la tuya.
Espero (hasta en la despedida sigo esperando…) que, si llegas, encuentres esta carta. Ella explicará mi ausencia.
Extravíos / Wanderings
cartitas,
dicen que así sucedió,
ficciones,
pero el amor esa palabra...,
relatos
miércoles, 3 de febrero de 2010
Los caminos de la voz
I
Aprendí a cantar hace unos seis años. Antes también cantaba (de niña, frente al espejo, con el típico peine que se imagina micrófono), pero sin saber bien a bien cómo ni por qué. Después vino el tiempo en que me encerraba a piedra y lodo y, ante el sol que descendía cada tarde, cantaba las tristes letras del buen Mozz, de Cerati, de Robert Smith y Martin Gore. Bueno, hoy día tampoco se muy bien cómo funciona el canto: me sigue pareciendo un total misterio qué malabares realizan las cuerdas vocales para que salgan éstas o aquéllas notas; y en cuanto al por qué, todavía lo estoy explorando.
II
En esta travesía de la voz, la Orden Sufi Jalveti Yerraji me abrió los oídos, la garganta y el corazón. Hace 10 años llegué una noche de lunes a una casa de oración de linaje turco que me cambió por completo. Ahí conocí a Leyla, Karim y Duja -enormes voces, entrañables hermanos- y ellos fueron (y aún son) mis primeros maestros de canto. La música devocional sufi, los ilajis o cantos místicos de la Orden, con su indescriptible poder y belleza, me robaron la cordura y me enamoré.
III
El canto también ha sido medio de transporte y sustento: cantando llegamos a Playa Ventura y viajamos por Michoacán. El pescador, La tirana y Mi razón de ser nos dieron de comer en aquéllas aventuras. Me encanta el cante flamenco, pero he de confesar que soy una completa ignorante al respecto. El pequeño duende que llevo dentro (herencia, tal vez, de mi vena española), sale de vez en cuando porque le cuesta mucho vencer mi timidez e inseguridad (además de que necesita un ambiente propicio para hacer su entrada triunfal, ¡cómo extraño nuestras largas sesiones de música y canto en Foreverlandia!). El duende improvisa, se desgarra, emerge del lugar más jondo y se retira después, se esconde celoso hasta que le sea dado aparecer de nuevo.
IV
Hace casi un mes, los caminos de la voz me llevaron a cantar en una Iglesia. Antanukama, el proyecto sonoro y terapético de Leyla, Ya Sin y David, inundó de ilajis y música planetaria la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario. Sentí esa contundente vibración que se apodera del cuerpo cuando se construye una armonía redonda. Sentí cómo resonaban, dentro y fuera, las voces, el armonio, el didgeridoo, como aplacaban el monólogo interno y hacían espacio para la contemplación. El frío del recinto resultó acogedor: era como si ahí hubiera habitado, en alguna vida pasada, en constante alabanza.
Alegraos
En la foto, Ya Sin y yo, Parroquia de Nuestra Señora del Rosario.
II
En esta travesía de la voz, la Orden Sufi Jalveti Yerraji me abrió los oídos, la garganta y el corazón. Hace 10 años llegué una noche de lunes a una casa de oración de linaje turco que me cambió por completo. Ahí conocí a Leyla, Karim y Duja -enormes voces, entrañables hermanos- y ellos fueron (y aún son) mis primeros maestros de canto. La música devocional sufi, los ilajis o cantos místicos de la Orden, con su indescriptible poder y belleza, me robaron la cordura y me enamoré.
III
El canto también ha sido medio de transporte y sustento: cantando llegamos a Playa Ventura y viajamos por Michoacán. El pescador, La tirana y Mi razón de ser nos dieron de comer en aquéllas aventuras. Me encanta el cante flamenco, pero he de confesar que soy una completa ignorante al respecto. El pequeño duende que llevo dentro (herencia, tal vez, de mi vena española), sale de vez en cuando porque le cuesta mucho vencer mi timidez e inseguridad (además de que necesita un ambiente propicio para hacer su entrada triunfal, ¡cómo extraño nuestras largas sesiones de música y canto en Foreverlandia!). El duende improvisa, se desgarra, emerge del lugar más jondo y se retira después, se esconde celoso hasta que le sea dado aparecer de nuevo.
IV
Hace casi un mes, los caminos de la voz me llevaron a cantar en una Iglesia. Antanukama, el proyecto sonoro y terapético de Leyla, Ya Sin y David, inundó de ilajis y música planetaria la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario. Sentí esa contundente vibración que se apodera del cuerpo cuando se construye una armonía redonda. Sentí cómo resonaban, dentro y fuera, las voces, el armonio, el didgeridoo, como aplacaban el monólogo interno y hacían espacio para la contemplación. El frío del recinto resultó acogedor: era como si ahí hubiera habitado, en alguna vida pasada, en constante alabanza.
Alegraos
Alegraos con las flores que embriagan,
las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia.
Fragantes flores, abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave, parlotea y canta.
Viene a conocer la casa de Dios.
Sólo con nuestros cantos perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto vuestro disgusto de disipa.
Las inventa el Dador de la vida,
las ha hecho descender el inventor de sí mismo,
flores placenteras, con ellas vuestro disgusto se disipa.
las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia.
Fragantes flores, abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave, parlotea y canta.
Viene a conocer la casa de Dios.
Sólo con nuestros cantos perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto vuestro disgusto de disipa.
Las inventa el Dador de la vida,
las ha hecho descender el inventor de sí mismo,
flores placenteras, con ellas vuestro disgusto se disipa.
Nezahualcóyotl
Extravíos / Wanderings
autobiográficos,
dicen que soy musulmana,
fotos,
música,
palabras de otros
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