Hacia el final de los setenta todo era ingrávido. Al menos así lo recuerdo. La lámpara de vidriecillos de colores, suspendida del techo en una esquina de la sala; el mantel de flecos sobre la mesa del comedor. Mi madre y su paciencia infinita. Mi padre leyendo poesía. El afro trasnochado de la vecina y su pastel del Hombre Verde. El ventanal que daba al jardín, pequeño follaje trasero; el sol que pintaba de tenue verde su luz. Las bicicletas tiradas en el pasto. Los pantalones acampanados del colegio. Mis zuecos azules. La vista desde la azotea: sólo terrenos baldíos y horizonte. Recuerdo correr ligera por los tejados contiguos de cinco casas extrañamente unidas. El beso que le dí a ese niño en su cumpleaños, escondidos en la cochera. El papel tapiz de flores: su mismo ramillete, amarillo y quebradizo, repetido una y otra vez en las paredes de cada habitación. Lo único que tenía peso entonces era el mastodonte de la televisión de bulbos que sostenían cuatro patitas ridículas; su perilla redonda -clac, clac, clac, lenta y torpe- que apenas podía mover para cambiar los canales. ¿Qué habrá sido de ella?
sábado, 15 de octubre de 2011
Ingrávido
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viernes, 14 de octubre de 2011
Clasificación, censura e improperios, o "mejor quememos estas películas porque, de a tiro, son indeseables". Sobre The Human Centipede y The Woman
ADVERTENCIA Este post está escrito desde una posición radicalmente anti prohibicionista; también lo anima un punto de vista extremo en cuanto a la libertad de expresión y, sobre todo, de creación artística. Me explico: no creo que ninguna película deba ser prohibida dado que nadie (me refiero a puros adultos nomás) está obligado/a a ir al cine: uno va porque quiere y ya. Para eso están las clasificaciones, la crítica de cine y las reseñas de películas. Y si sucede que alguien erró al seleccionar una, tiene todo el poder y el derecho de salir de la sala, corriendo o calmadito/a, en el momento en que lo que vea y escuche le parezca una aberración. Puedo apostar que nadie lo/la detendrá y forzará a terminar de ver la película.
Por otro lado, no creo que el arte sea únicamente aquéllo que eleva el espíritu, aquéllo que ennoblece al ser humano. El arte también confronta, incomoda y presenta lo que para muchos y por diversas razones es impresentable, lo que J.M Coetzee muy acertadamente denomina indeseable. Tal vez los valores (cualesquiera que sean) que un artista plasma en su obra -o la forma en que lo hace- no tengan nada que ver con los de su hipotético público. Entiendo la ofensa de éste frente a lo que califica de indeseable y entiendo que es una ofensa legítima. Pero lo que no entiendo es que este hipotético público recurra a la violencia para resarcir la transgresión de la que supone fue objeto. Y mucho menos entiendo que la mejor opción sea destruir físicamente la obra [argumenta este finísimo e hipotético público mientras blande sus antorchas] por el bien de todos...
Así las cosas, este post se centra en dos películas -The Human Centipede (First Sequence) (Tom Six, Holanda, 2009) y The Woman (Lucky McKee, EUA, 2011)- que aún no se han estrenado en México y son ejemplos recientes y paradigmáticos de cintas de terror (aunque, la verdad, a mi no me lo parecen tanto) que han suscitado reacciones adversas dado su bizarro contenido, por decir lo menos. Los spoilers al narrar las historias que estas películas cuentan serán muchos y el contenido no apto para quienes son susceptibles al gore. Hechas estas advertencias, querido/a lector/a, inicie la lectura de este post bajo su propio riesgo...
1. Escatología, tortura y demás Tom Six es un director holandés a quien las buenas consciencias, sobre todo la británica, no bajan de perverso. La cinta que lo llevó al estrellato (o que, por lo menos, le valió una parodia en South Park -el episodio HUMANCENTiPAD- que ya es un gran logro), The Human Centipede (First Sequence), explora los experimentos del Dr. Josef Heiter (Dieter Laser), un afamado, retirado y ficticio cirujano alemán especializado en separar siameses, para "construir" un cienpiés humano (cualquier referencia con el infame y nazi Dr. Josef Mengele no es mera coicidencia). El Dr. Heiter secuestra a dos turistas americanas, Lindsay y Jenny (Ashley C. Williams y Ashlynn Yennie), y a uno japonés, Katsuro (Akihiro Kitamura), y procede a unir las bocas de unos con los anos de otro: si, una sencilla operación -100% medically accurate dice la publicidad del filme- que se explica en el siguiente diagrama:
Todo es felicidad para el Dr. Heiter porque al principio su experimento es un éxito pero, como era de esperarse, el cienpiés no está ni muy sano ni muy contento que digamos. Mientras el Dr. Heiter trata de entrenar a su nueva mascota llegan a su casa dos detectives, Kranz (Andreas Leupold) y Voller (Peter Blankenstein): unos vecinos muy cívicos se han quejado en la comandacia de los horrendos gritos de mujer que se escuchaban (antes de la operación, hay que apuntar) en la propiedad del Dr. Heiter. Kranz y Voller no quedan satisfechos con la explicación del doctor y su conducta agresiva les hace sospechar que algo raro esconde, pero como estamos en el primer mundo y no en el Estado de México, muy cívica y acomedidamente avisan al doctor que iran por una orden de cateo antes de revisar el sótano de la casa.Ante el inminente descubrimiento de su creación, el ahora histérico Dr. Heiter baja al sótano y es atacado por el cienpiés, quien le entierra un bisturí en la rodilla. El cienpiés, en un intento por escapar de su captor/creador, sube penosamente una escalera de caracol (¿qué, qué?), pero es alcanzado por el doctor: tras un dramático intercambio entre Katsuro (la única parte del cienpiés que puede hablar... japonés) y el Dr. Heiter, el primer tercio del cienpiés decide que ya ha tenido suficiente de este valle de lágrimas y se corta la yugular. Para entonces, los muy eficientes Kranz y Voller han regresado a casa del Dr. Heiter con todo y orden de cateo que no les es muy útil, por cierto, ya que tiran la puerta principal para entrar y se desata el desastre. Kranz descubre al cienpiés, Hieter mata de un balazo a Voller, Kranz descubre a Voller muerto, Kranz recibe un balazo de Hieter y, antes de morir, Kranz mata a Heiter. ¿Y los dos trecios del cienpiés que quedan vivos? Cuando de pronto (y muy convenientemente para la historia) muere el tercer tercio del cienpiés de una infección terrible, el segundo tercio, Lindsay, se queda literalmente cosida a dos cadáveres, lloriqueando mientras la cámara se aleja... Fin.
2. Feminismo o algo por el estilo Lucky McKee es un director americano cuyas películas de terror -como la bastante visible May- aunque muy indie se han hecho de una importante base de fanáticos devotos. McKee presentó su más reciente película, The Woman, en Sundance en enero de este año. The Woman es la historia de los Cleek, la típica familia americana que vive, aparentemente, en perfecta armonía en su hermosa casita rural. Chris Cleek (Sean Bridges) tiene un exitoso despacho de abogados y en sus ratos de ocio sale a cazar al bosque que queda justo detrás de su casita. Un buen día Chris se topa con un ser fascinante y peligroso, una mujer salvaje (la excelentísima Pollyanna McIntosh), y como haría cualquier ciudadano de bien pues la atrapa con una red y se la lleva para enseñarle a vivir como la gente decente.

De inicio, el "proyecto civilizatorio" de Chris no es bien recibido por su esposa Belle (Angela Bettis), pero como la abnegada, golpeada y dócil ama de casa sureña que es, acepta sin chistar. A quien si le encanta la nueva adición a la familia es a Brian (Zach Rand), el puberto hijo de los Cleek, quien lasciva y curiosamente se apresta para ayudar en lo que se ofrezca. La mujer salvaje, como era de esperarse, no está nada contenta con el proyecto de los Cleek: la tienen amarrada en un cobertizo, la bañan a mangerazos y la visten con ropita bastante fea y pasada de moda. Chris aprovecha que la mujer está cautiva para mostrarle qué es el sexo y Brian la espía tiro por viaje con una mezcla de fascinación y asco, mientras Peggy (Lauren Ashley Carter), la hija adolescente de los Cleek, tiene ya bastantes problemas con la empresa de ocultar su embarazo como para preocuparse por lo que su familia le está haciendo a la mujer salvaje.
Cuando Genevieve Raton (Carlee Baker), la maestra de Peggy, se aparece en casa de los Cleek para confesarles sus sospechas sobre el embarazo de su hija, se desata el desastre: Chris le pone tremenda madriza a Genevieve (eso si: tras darle un golpazo a Belle, que la deja inconsciente, porque ésta le acababa de anunciar que lo iba a dejar) y se la lleva al cobertizo donde resulta que tiene encerrado a otro ser salvaje y peligroso -un niño caníbal- quien, ni tardo ni perezoso, se come enterita a Genevieve. Peggy no halla otra forma de detener a su padre más que liberar a la mujer salvaje quien mata a Belle, a Chris y, por qué no, a Brian. Después de la masacre, la mujer salvaje intercambia gruñidos y balbuceos ininteligibles con Peggy y se marcha tranquilamente rumbo al bosque, llevando de la mano a Darlin' (Shyla Molhusen), la hija más chiquita de los Cleek... Fin.
3. Los otros indignados y sus argumentos Aunque me parece que ambas películas no son ni remotamente joyas de la cinematografía, si presentan interesantes tesis sobre el eterno debate -y muy actual, dada la situción de este país- entre civilización y barbarie. En The Human Centipede (First Sequence), como lo apuntan ciertas reseñas, subyace una discusión sobre los límites éticos de la investigación médica, sobre la soberbía del científico loco que se cree creador de la vida y a quien los seres humanos le parecen viles gusanos. En este sentido es acertada la elección de Six de Katsuro como el primer tercio del cienpiés: el hecho de que éste sólo hable japonés enfatiza la obvia incomunicación entre el Dr. Heiter y su creación, el hecho de que el arrogante médico conciba al cienpiés como un auténtico insecto.
The Woman, por su parte, no sólo supone una bárbara crítica de las formas en que históricamente se ha impuesto, a sangre y fuego, la "civilización" a los "salvajes", sino que también puede leerse como un alegato contra la violencia de género. De hecho, muchos de los ultrafans de McKee lo son porque dicen que encuentran en sus películas representaciones de las mujeres que ponen el dedo en la yaga sobre temas como el abuso doméstico, el autoestima y la imagen corporal. Pero como el cine es susceptible de diversas lecturas, ciertos espectadores han encontrado en ambas películas motivos para la ofensa y el agravio.
A pesar de que The Human Centipede (First Sequence) fue estrenada en cine comercial en Inglaterra y otros países, no sin causar escándalos diversos dado su contenido vomitivo (la coprofagia, forzada en este caso, sigue siendo un verdadero tabú para muchos), la secuela de este filme, The Human Centipede II (Full Sequence), ha sido prohibida oficialmente en el Reino Unido. No es legal distribuirla en DVD, por lo que tampoco podrá verse en salas de cine. ¿La razón? A la British Board of Film Classification (BBFC) le parece que es un mal ejemplo para sus espectadores: tras ver la película, a alguien se le puede ocurrir la peregrina idea de crear su propio cienpiés, por eso mejor censurarla ahora que lamentarse después. Además la BBFC arguye en su muy explícito dictamen que The Human Centipede II (Full Sequence) es una película pésima y potencialmente obscena que supone un peligro real para cualquier audiencia. Ello porque la lectura que la BBFC hace de la misma encuentra que Six -con una muy malvada intención- sólo muestra al espectador el punto de vista del protagonista, Martin (Laurence R. Harvey), un hombre "sexualmente obsesionado" con la primera película quien efectivamente lleva a cabo la peregrina idea -una "violenta y depravada fantasía", dice la BBFC- de crear su propio cienpiés con consecuencias, era de esperarse, desastrosas.
Por otro lado, tras la première de The Woman en Sundance, un muy indignado espectador armó tremendo alboroto (que alguien tuvo a bien grabar y subir a la red aquí). El hombre en cuestión (quien, por cierto, esperó paciente hasta que The Woman terminó) intervino la conferencia de prensa en que McKee platicaría sobre su película y le espetó al cineasta que era un perverso, misógino, enfermo y etcétera porque en The Woman se muestran varias escenas, bastante explícitas, de tortura. "Cómo es posible", gritó el indignado espectador, "que el Festival haya incluido en su selección este tremendo bodrio", esta representación de las mujeres, a su juicio denigrante, que nada tiene de buen ejemplo para nadie. Una vez más salió a relucir el argumento de que lo que se ve en pantalla se imita irremediablemente. Al final, el hombre pidió que le reembolsaran el dinero que pagó por la función.
4. Otros argumentos producto de otras indignaciones El cine, arte o no, es realmente un modelador de consciencias, un aparato ideológico de estado, como diría Louis Althusser, pero me parece que su influencia no es tan inmediata ni supone una lógica de causa y efecto. Es cierto que las representaciones sobre el mundo que ofrece el cine influyen, de alguna complicada y extraña manera, en nuestra concepción de éste. Al mismo tiempo, el cine no es tan peligroso como muchos países (que se dicen democráticos) lo hacen ver a través de prohibiciones, cortes y censuras. Ojalá lo fuera. Si el impacto del cine resultara tan súbito y demoledor como arguyen, bastaría con ver La Batalla de Chile una sola vez para desear el arribo del poder popular, bastaría con ver Wall Street para comprarse enterito el glamour de la bolsa de valores neoyorkina. Pasar de espectador a activista, de observador a revolucionario -o viceversa- no es cosa de una función.
Si partimos del supuesto de que cada espectador tiene herramientas para evaluar y disfrutar/padecer lo que ve y para decidir si quiere o no ver algo, los argumentos de la censura salen sobrando. Y si consideramos que existe esta suerte de madurez en muchas de las audiencias que van al cine, el escándalo resulta, hasta cierto punto, una decisión del espectador. La culpa del agravio entonces no es de Six ni de McKee, sino de quienes miran sus películas y no se responsabilizan de las consecuencias de mirar. Pero eso si: la educación que muchos países (que, insisto, se dicen democráticos) le niegan a sus pueblos impide precisamente la adquisición y desarrollo de tales herramientas (y de otras cosas). Es más fácil impedir que alguien mire a proveer elementos para afinar la mirada. Por eso los censores salen más baratos que los maestros... En fin...
Cuando Genevieve Raton (Carlee Baker), la maestra de Peggy, se aparece en casa de los Cleek para confesarles sus sospechas sobre el embarazo de su hija, se desata el desastre: Chris le pone tremenda madriza a Genevieve (eso si: tras darle un golpazo a Belle, que la deja inconsciente, porque ésta le acababa de anunciar que lo iba a dejar) y se la lleva al cobertizo donde resulta que tiene encerrado a otro ser salvaje y peligroso -un niño caníbal- quien, ni tardo ni perezoso, se come enterita a Genevieve. Peggy no halla otra forma de detener a su padre más que liberar a la mujer salvaje quien mata a Belle, a Chris y, por qué no, a Brian. Después de la masacre, la mujer salvaje intercambia gruñidos y balbuceos ininteligibles con Peggy y se marcha tranquilamente rumbo al bosque, llevando de la mano a Darlin' (Shyla Molhusen), la hija más chiquita de los Cleek... Fin.
3. Los otros indignados y sus argumentos Aunque me parece que ambas películas no son ni remotamente joyas de la cinematografía, si presentan interesantes tesis sobre el eterno debate -y muy actual, dada la situción de este país- entre civilización y barbarie. En The Human Centipede (First Sequence), como lo apuntan ciertas reseñas, subyace una discusión sobre los límites éticos de la investigación médica, sobre la soberbía del científico loco que se cree creador de la vida y a quien los seres humanos le parecen viles gusanos. En este sentido es acertada la elección de Six de Katsuro como el primer tercio del cienpiés: el hecho de que éste sólo hable japonés enfatiza la obvia incomunicación entre el Dr. Heiter y su creación, el hecho de que el arrogante médico conciba al cienpiés como un auténtico insecto.
The Woman, por su parte, no sólo supone una bárbara crítica de las formas en que históricamente se ha impuesto, a sangre y fuego, la "civilización" a los "salvajes", sino que también puede leerse como un alegato contra la violencia de género. De hecho, muchos de los ultrafans de McKee lo son porque dicen que encuentran en sus películas representaciones de las mujeres que ponen el dedo en la yaga sobre temas como el abuso doméstico, el autoestima y la imagen corporal. Pero como el cine es susceptible de diversas lecturas, ciertos espectadores han encontrado en ambas películas motivos para la ofensa y el agravio.
A pesar de que The Human Centipede (First Sequence) fue estrenada en cine comercial en Inglaterra y otros países, no sin causar escándalos diversos dado su contenido vomitivo (la coprofagia, forzada en este caso, sigue siendo un verdadero tabú para muchos), la secuela de este filme, The Human Centipede II (Full Sequence), ha sido prohibida oficialmente en el Reino Unido. No es legal distribuirla en DVD, por lo que tampoco podrá verse en salas de cine. ¿La razón? A la British Board of Film Classification (BBFC) le parece que es un mal ejemplo para sus espectadores: tras ver la película, a alguien se le puede ocurrir la peregrina idea de crear su propio cienpiés, por eso mejor censurarla ahora que lamentarse después. Además la BBFC arguye en su muy explícito dictamen que The Human Centipede II (Full Sequence) es una película pésima y potencialmente obscena que supone un peligro real para cualquier audiencia. Ello porque la lectura que la BBFC hace de la misma encuentra que Six -con una muy malvada intención- sólo muestra al espectador el punto de vista del protagonista, Martin (Laurence R. Harvey), un hombre "sexualmente obsesionado" con la primera película quien efectivamente lleva a cabo la peregrina idea -una "violenta y depravada fantasía", dice la BBFC- de crear su propio cienpiés con consecuencias, era de esperarse, desastrosas.
Por otro lado, tras la première de The Woman en Sundance, un muy indignado espectador armó tremendo alboroto (que alguien tuvo a bien grabar y subir a la red aquí). El hombre en cuestión (quien, por cierto, esperó paciente hasta que The Woman terminó) intervino la conferencia de prensa en que McKee platicaría sobre su película y le espetó al cineasta que era un perverso, misógino, enfermo y etcétera porque en The Woman se muestran varias escenas, bastante explícitas, de tortura. "Cómo es posible", gritó el indignado espectador, "que el Festival haya incluido en su selección este tremendo bodrio", esta representación de las mujeres, a su juicio denigrante, que nada tiene de buen ejemplo para nadie. Una vez más salió a relucir el argumento de que lo que se ve en pantalla se imita irremediablemente. Al final, el hombre pidió que le reembolsaran el dinero que pagó por la función.
4. Otros argumentos producto de otras indignaciones El cine, arte o no, es realmente un modelador de consciencias, un aparato ideológico de estado, como diría Louis Althusser, pero me parece que su influencia no es tan inmediata ni supone una lógica de causa y efecto. Es cierto que las representaciones sobre el mundo que ofrece el cine influyen, de alguna complicada y extraña manera, en nuestra concepción de éste. Al mismo tiempo, el cine no es tan peligroso como muchos países (que se dicen democráticos) lo hacen ver a través de prohibiciones, cortes y censuras. Ojalá lo fuera. Si el impacto del cine resultara tan súbito y demoledor como arguyen, bastaría con ver La Batalla de Chile una sola vez para desear el arribo del poder popular, bastaría con ver Wall Street para comprarse enterito el glamour de la bolsa de valores neoyorkina. Pasar de espectador a activista, de observador a revolucionario -o viceversa- no es cosa de una función.
Si partimos del supuesto de que cada espectador tiene herramientas para evaluar y disfrutar/padecer lo que ve y para decidir si quiere o no ver algo, los argumentos de la censura salen sobrando. Y si consideramos que existe esta suerte de madurez en muchas de las audiencias que van al cine, el escándalo resulta, hasta cierto punto, una decisión del espectador. La culpa del agravio entonces no es de Six ni de McKee, sino de quienes miran sus películas y no se responsabilizan de las consecuencias de mirar. Pero eso si: la educación que muchos países (que, insisto, se dicen democráticos) le niegan a sus pueblos impide precisamente la adquisición y desarrollo de tales herramientas (y de otras cosas). Es más fácil impedir que alguien mire a proveer elementos para afinar la mirada. Por eso los censores salen más baratos que los maestros... En fin...
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viernes, 5 de agosto de 2011
Recuerdo y perdón. Sobre el Holocausto
I. Pequeños -y grandes- recordatorios


II. Sachsenhausen
Llegamos a Sachsenhausen un domingo soleado y bastante tarde porque nos perdimos; dimos vuelta en la calle equivocada y terminamos en un cementerio de guerra ruso en honor a los soldados caidos en combate en abril de 1945, precisamente cuando el Ejército Rojo marchaba sobre Oranienburg para llegar a Berlín. Tras corregir el rumbo y tomar la calle correcta apareció: enclavado entre bellas casas de campo, con jardines de un verde impecable y plagados de flores y gnomos, el Memorial y Museo Sachsenhausen da la bienvenida a sus visitantes con un modelo a escala del sitio y con la sorpresa de que hay que seguir caminando por una larga via - la Calle del Campo- para llegar hasta la entrada. Las puertas de ésta se abren y dan paso al Nuevo Museo, dedicado a la lucha antifascista europea. Este museo, como todos los que visité en Alemania, tiene un montaje extraordinario, además de que es interactivo. Me resulta impresionante como un pueblo que al término de la Segunda Guerra Mundial estaba completamente devastado -literal y metafóricamente- hizo (y sigue haciendo) el esfuerzo de salvaguardar una cantidad impresionante de documentos que (ahora) testimonian lo ocurrido durante uno de sus momentos más oscuros: la era nazi. A través de cartas personales y oficiales, postales y fotografías, uniformes, utensilios, películas y grabaciones, el Nuevo Museo describe los periodos por los que transitó el Campo y narra como algunos de sus prisioneros se enfrentaron a la maquinaria de destrucción y olvido nazi. Los vibrantes colores del vitral a las víctimas, miembros de la resistencia y libertadores soviéticos del Nuevo Museo contrastan con la sombría Torre A, puerta principal del Campo en cuya reja, como era usanza común, está soldada la tristemente célebre frase Arbeit macht frei: el trabajo los hará libres.




FOTOS
1. El Holocaust-Mahnmal en Berlín.
2. Una Stolperstein, justo en la entrada del edificio ubicado en Kopischstrasse 4, en el barrio de Kreuzberg, que dice: "aquí vivió Else Kleitke...".
3. El vitral del Museo Nuevo.
4. Vista del Campo desde las barracas de la enfermería.
5. Panorámica del Campo.
6. Topografía del terror, museo al aire libre y centro de documentación sobre el nacionalsocialismo en Berlín.
La primera vez que viajé en el metro de Berlín fue un completo desastre: llevaba sólo un día en la ciudad y el jet-lag me estaba matando. Era de noche y, por fortuna, me acompañaba Jurek, quien me tradujo que los altoparlantes nos habían sacado del vagón debido a que las reparaciones en esa línea del U-Bahn obligaban a transportarse sobre la tierra. Salimos de una estación, no recuerdo cual, para tomar un bus que nos dejó cerca de otra estación cuyo nombre tampoco recuerdo y que resultó estar cerrada. Jurek decidió que caminar a otra estación de otra línea era nuestra mejor opción para finalmente llegar a nuestras respectivas casas en Kreuzberg. Al pasar por Wittenbergplatz, cerca de la enorme y famosa tienda departamental KaDeWe, Jurek se detuvo un momento y me preguntó: "¿qué te llama la atención aquí?". Estábamos frente a la entrada del metro y alcancé a ver a la derecha un gran letrero, una suerte de estandarte de metal, que decía: Orte des Schreckens, die wir niemals vergessen dürfen, seguido de una lista de nombres propios. Con sólo leer la primera palabra en la lista supe de qué se trataba: Auschwitz, Stutthof, Maidanek, Treblinka, Theresienstadt, Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen, Ravensbrück, Bergen-Belsen, Trostenez, Flossenbürg. "Campos de concentración, campos de exterminio", dije. "Lugares de horror que nunca debemos olvidar", tradujo Jurek. "Berlín está llena de pistas, pequeños recordatorios. Abre los ojos y verás". Y si, Berlín es una ciudad que clama perdón a cada paso que uno da. La memoria de las víctimas del Holocausto se hace presente, se vivifica, en todos los rincones: ya sea en forma de una de las incontables, a veces imperceptibles, Stolpersteine sembradas en las banquetas berlinesas o a través de museos, monumentos y memoriales que desbordan la ciudad y sus alrededores. Berlín clama perdón y es a través de los ojos que uno escucha esa súplica.
II. Sachsenhausen
Cuando me invitaron a visitar Sachsenhausen en Oranienburg, a poco más de una hora del centro de Berlín, no dudé en ir: haber llegado hasta Alemania y no ser testigo de algunos de los vestigios del Nacionalsocialismo me parecía impensable. Uno de los primeros campos de concentración de la era nazi, antigua cervecería devenida prisión en el verano de 1933, Sachsenhausen era una institución "modelo" en la cual se entrenaron cuadros de élite de la SS y que albergó a más de 200,000 prisioneros desde su establecimiento formal en marzo de 1936 hasta su liberación el 22 de abril de 1945. Ya que sitios como Auschwitz y Treblinka están en Polonia, Sachsenhausen resultaba la opción más cercana para el turismo histórico. Turismo que, como sucede cuando se visita cualquier lugar de horror, deja de tener un mero interés intelectual para convertirse en una brutal experiencia emocional y, si me apuran un poco, en una experiencia decididamente espiritual.
Llegamos a Sachsenhausen un domingo soleado y bastante tarde porque nos perdimos; dimos vuelta en la calle equivocada y terminamos en un cementerio de guerra ruso en honor a los soldados caidos en combate en abril de 1945, precisamente cuando el Ejército Rojo marchaba sobre Oranienburg para llegar a Berlín. Tras corregir el rumbo y tomar la calle correcta apareció: enclavado entre bellas casas de campo, con jardines de un verde impecable y plagados de flores y gnomos, el Memorial y Museo Sachsenhausen da la bienvenida a sus visitantes con un modelo a escala del sitio y con la sorpresa de que hay que seguir caminando por una larga via - la Calle del Campo- para llegar hasta la entrada. Las puertas de ésta se abren y dan paso al Nuevo Museo, dedicado a la lucha antifascista europea. Este museo, como todos los que visité en Alemania, tiene un montaje extraordinario, además de que es interactivo. Me resulta impresionante como un pueblo que al término de la Segunda Guerra Mundial estaba completamente devastado -literal y metafóricamente- hizo (y sigue haciendo) el esfuerzo de salvaguardar una cantidad impresionante de documentos que (ahora) testimonian lo ocurrido durante uno de sus momentos más oscuros: la era nazi. A través de cartas personales y oficiales, postales y fotografías, uniformes, utensilios, películas y grabaciones, el Nuevo Museo describe los periodos por los que transitó el Campo y narra como algunos de sus prisioneros se enfrentaron a la maquinaria de destrucción y olvido nazi. Los vibrantes colores del vitral a las víctimas, miembros de la resistencia y libertadores soviéticos del Nuevo Museo contrastan con la sombría Torre A, puerta principal del Campo en cuya reja, como era usanza común, está soldada la tristemente célebre frase Arbeit macht frei: el trabajo los hará libres.
No pudimos terminar de recorrer el Campo. Se acercaba ya la hora de cierre y sólo alcanzamos a entrar en las barracas de la enfermería, en la sala de autopsias y el depósito de cadáveres bajo ésta. También vimos el obelisco enorme, cubierto de pequeños triángulos rojos que rememoran a los presos comunistas, memorial situado en uno de los vértices de la amplia explanada del Campo, también triangular, pero faltó llegar a las trincheras de ejecuciones, a las barracas 38 y 39 que fueron habitadas por prisioneros judíos, al sitio donde están la ruinas del primer crematorio... No se si todo visitante experimenta algo similar, pero en Sachsenhausen yo me sentí abrumada. Cada paso que daba se hacía más pesado que el anterior y eso no tuvo que ver con el natural cansancio de recorrer un lugar tan grande. A cada paso se acumuló el peso de atestiguar los rastros del horror: a pesar de que ha trascurrido más de medio siglo desde que dejó de funcionar, Sachsenhausen acongoja al corazón y, ante el sinsentido de tanto sufrimiento y violencia, la cabeza se obsesiona con una única pregunta: ¿por qué, por qué, por qué? Pregunta para la cual, en un sentido trascendente, ninguna respuesta que provenga de la razón satisface o sirve.
La fría vastedad de Sachsenhausen -¡y eso que era verano!- contribuyó al sentimiento de desazón y malestar que sentíamos: al percibir la llegada de una súbita pérdida de fe en el mundo entero, preferimos interrumpir la visita. Después de leer documentos sobre los experimentos de eugenesia conducidos en el Campo, después de las crónicas sobre como, un invierno, se apilaron los cadáveres en el corredor del sótano de la enfermería hasta llegar al techo, después de los recuentos sobre la suerte de algunos prisioneros polacos, homosexuales, gitanos y rusos, después de ver sus rostros y sus ojos, después de las manchas de humedad que cubrían las paredes de la morgue, manchas que parecían de sangre, no quedó más que salir de ese lugar de terror. Hice varios Fátijas y encendí una veladora que había sido dejada como ofrenda, junto con guirnaldas de flores y pequeñas rocas, cerca del sitio que alguna vez fue el del cadalso del Campo. En silencio, cruzamos la reja de la Torre A y nos alejamos de Sachsenhausen.
III. Atestiguar, recordar, perdonar...
III. Atestiguar, recordar, perdonar...
Peacemaking is the functioning of bearing witness. Once we listen with our entire body and mind, loving action arises. Roshi Bernie Glassman
Cuando Eva Mozes Kor declaró en 1995 que perdonaba a los nazis muchas cejas se levantaron y otras tantas increpaciones se escucharon. Eva leyó su armisticio personal en Auschwitz, el mismo campo al cual había sobrevivido, y a su lado estaba el Dr. Hans Münch, médico nazi que trabajó en Auschwitz y con quien Eva había trabado amistad. Eva y su hermana gemela Miriam fueron parte de una serie de experimentos a cargo de Josef Mengele y a pesar de que Miriam, años después, murió a causa de ello y de que toda su familia fue asesinada en Auschwitz, Eva decidió perdonar. Ella misma relata que el proceso no fue fácil ni rápido: perdonar las atrocidades que le fueron impuestas no sucedió de un día a otro, pero cuando finalmente llegó el perdón, Eva sintió una ligereza y libertad que nunca antes había experimentado. Muchos supervivientes judíos de distintos campos de concentración y exterminio se indignaron ante la declaración de Eva. Algunos creyeron que estaba negando la existencia del Holocausto y que no tenía el derecho de exonerar, aunque fuera de palabra y a título personal, a los perpetradores de uno de los genocidios más brutales en la historia del siglo XX. A pesar de ello, Eva ha sostenido su postura con entereza. El de Eva no es un perdón desmemoriado. Ella perdonó, pero sigue recordando porque es imposible dejar de hacerlo. Desde hace varios años regresa a Auschwitz de cuando en cuando para conducir visitas cuyo objetivo es mantener viva la memoria de los millones de víctimas del nazismo y proponer la cultura del respeto al otro y de la tolerancia a través de su organización CANDLES (Children of Auschwitz Nazi Deadly Lab Experiments Survivors).
Para la gran mayoría de quienes no somos personas judías ni tenemos un pasado directamente vinculado con lo que sucedió pareciera que el Holocausto, en tanto suceso histórico, no tendría por qué trastornar nuestras fibras sensibles ni colocarnos a uno u otro lado de la invisible línea que divide a "víctimas" de "perpetradores". Pero, en tanto seres humanos, toda barbarie nos compete de manera íntima. Nos compete porque las semillas de los actos más generosos y de aquellos más terribles están sembradas dentro nuestro; porque ambos, altruismo y crueldad, son reversos en la misma moneda. Nos compete porque el exterminio en masa, la tortura y la explotación, en cualquier latitud y momento, necesaria y urgentemente hacen que nos preguntemos por el valor de la vida, por la implacabilidad de la muerte y por la Fuente de ambas.
Por eso me conmovió tanto el gesto de la ciudad de Berlín de devolver la humanidad a quienes el nazismo consideró infrahumanos. Me conmovió la evocación de los nombres de las decenas de miles de deportados a guetos, campos de concentración y de exterminio presente en las Stolpersteine berlinesas; los testimonios sobre cómo se apoderó el Nacionalsocialismo de la conciencia alemana en Topografía del Terror; y la exhibición de innumerables fotografías en Sachsenhausen y otros memoriales que transforman las cifras, burdas y anónimas, en personas. El perdón que pide Berlín públicamente en sus calles y museos se expresa como una promesa sustentada en el recuerdo: la complicada y punzante promesa de que la persecusión, la segregación y el aniquilamiento de los otros, quienes quiera que éstos sean, no volverán a suceder. El problema, me parece, es que una promesa de esa índole sin estar acompañada de medidas estructurales que aseguren la impartición de justicia en caso de no cumplirse se queda sólo en eso: en los buenos deseos de las personas que, sinceramente y desde el corazón, por más conmovido y entristecido que pueda sentirse a veces, perdonan y siguen recordando.
Para la gran mayoría de quienes no somos personas judías ni tenemos un pasado directamente vinculado con lo que sucedió pareciera que el Holocausto, en tanto suceso histórico, no tendría por qué trastornar nuestras fibras sensibles ni colocarnos a uno u otro lado de la invisible línea que divide a "víctimas" de "perpetradores". Pero, en tanto seres humanos, toda barbarie nos compete de manera íntima. Nos compete porque las semillas de los actos más generosos y de aquellos más terribles están sembradas dentro nuestro; porque ambos, altruismo y crueldad, son reversos en la misma moneda. Nos compete porque el exterminio en masa, la tortura y la explotación, en cualquier latitud y momento, necesaria y urgentemente hacen que nos preguntemos por el valor de la vida, por la implacabilidad de la muerte y por la Fuente de ambas.
Por eso me conmovió tanto el gesto de la ciudad de Berlín de devolver la humanidad a quienes el nazismo consideró infrahumanos. Me conmovió la evocación de los nombres de las decenas de miles de deportados a guetos, campos de concentración y de exterminio presente en las Stolpersteine berlinesas; los testimonios sobre cómo se apoderó el Nacionalsocialismo de la conciencia alemana en Topografía del Terror; y la exhibición de innumerables fotografías en Sachsenhausen y otros memoriales que transforman las cifras, burdas y anónimas, en personas. El perdón que pide Berlín públicamente en sus calles y museos se expresa como una promesa sustentada en el recuerdo: la complicada y punzante promesa de que la persecusión, la segregación y el aniquilamiento de los otros, quienes quiera que éstos sean, no volverán a suceder. El problema, me parece, es que una promesa de esa índole sin estar acompañada de medidas estructurales que aseguren la impartición de justicia en caso de no cumplirse se queda sólo en eso: en los buenos deseos de las personas que, sinceramente y desde el corazón, por más conmovido y entristecido que pueda sentirse a veces, perdonan y siguen recordando.
FOTOS
1. El Holocaust-Mahnmal en Berlín.
2. Una Stolperstein, justo en la entrada del edificio ubicado en Kopischstrasse 4, en el barrio de Kreuzberg, que dice: "aquí vivió Else Kleitke...".
3. El vitral del Museo Nuevo.
4. Vista del Campo desde las barracas de la enfermería.
5. Panorámica del Campo.
6. Topografía del terror, museo al aire libre y centro de documentación sobre el nacionalsocialismo en Berlín.
Extravíos / Wanderings
de lo perversamente retorcido,
dicen que así sucedió,
dicen que quiero ser escritora,
fotos,
pero qué tristeza...
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