jueves, 24 de mayo de 2012

Yo también soy 132

Tras terminar un doctorado, ayer dejé de ser estudiante definitivamente y resulta que acabé involucrándome en un movimiento estudiantil. Y me involucré porque creo que #YoSoy132 representa una parcela de mis inconformidades y, sobre todo, de mis anhelos. Es posible que quienes lean el presente post ya conozcan cómo surgió este movimiento: a partir del abucheo a EPN en la Ibero, el status quo desató una campaña de desprestigio de lo que me parece fue una reacción auténtica de los estudiantes de esa universidad. Y como eso de llamar acarreados y manipulados a quienes se estaban expresando de manera espontánea no les pareció nadita (Protestar es otra forma de ejercer ciudadanía, dice Jesús Silva Herzog Márquez), los estudiantes de la Ibero subieron a YouTube un video en el cual 131 alumn@s respondieron a las imputaciones de los medios que habían atribuido el rechazo a EPN a un compló lopezobradorista. Este agravio concreto resultó una fuente de organización masiva: descalificar a un@s estudiantes supuso descalificar a todo una generación e incluso supuso descalificar a tod@s l@s que alguna vez fuimos estudiantes.

Desde hace décadas se ha criminalizado en México la legítima protesta social. Muy diversas organizaciones que han luchado por hacer valer sus derechos y libertades desde muy diversas trincheras se han topado con el silenciamiento y la represión a manos de una élite en el poder que ni los ve ni los oye. Y el cuarto poder, la inmensa mayoría de los medios de comunicación en este país, es cómplice de las arbitrariedades que echan a andar los otros tres poderes para continuar dominándonos a tod@s. Televisa, ese monstruoso modelador de conciencias, hábitos de consumo, valores, prácticas y candidatos presidenciales, ha tratado de legitimar lo ilegítimo gracias a su penetración y cobertura: desde la apariencia de paz y tranquilidad en la Olimpiada de 1968 y la inexplicable caida del sistema en 1988, hasta la pretendida transición a la democracia en 2000 y el "triunfo" electoral de Felipe Calderón en 2006. Por eso me parece importantísimo poner el dedo en la yaga: si los medios de comunicación no se democratizan ni pluralizan y no se hacen transparentes, este país continuará viviendo en el limbo de una realidad edulcorada por las telenovelas y manipulada por los noticieros.

Ayer en la Estela de Luz, que más bien podría llamarse la Suavicrema de Luz, se reunieron miles de estudiantes, no sólo los convocantes de la Ibero, sino gente de otras universidades: La Salle, el Claustro, la Unitec, la UAM, el CCC, el Poli... Y la UNAM no podía faltar: contingentes de varias facultades, escuelas, CCHs y Prepas corearon consignas y ondearon pancartas. De los 15 mil reunidos, unos se fueron al Ángel, otros a Televisa Chapultepec, otros llegaron hasta el Zócalo y otros más nos quedamos en la Suavicrema que se convirtió al caer la noche en una improvisada galería de arte contestatario y en foro abierto para la discusión. Un compañero del ITAM agradeció la presencia de la bandototota de la UNAM, lo que desató una infaltable goya: un movimento estudiantil sin la UNAM, dijo el compañero, no es movimiento. Y en ese precioso momento fue cuando me pareció evidente la complejidad a la que se enfrenta #YoSoy132, que ciertamente responde a los alcances y límites de todo movimiento social.















Esta #PrimaveraMexicana en proceso -mediada por varios hashtags, expresada en movilizaciones multitudinarias en distintas ciudades, en videos y fotos realizados por la gente de a pie y diseminados mediante las redes sociales- responde al mismo hartazgo que ha llevado a miles a tomar las calles para demandar justicia, seguridad, educación, democracia y dignidad. El pliego petitorio de #YoSoy132 define al movimiento como ciudadano y apartidista y creo que en ello radica su fuerza: en convocarnos a tod@s; en tratar de construir puentes, por imposible que parezca, que zanjen el abismo del proselitismo por uno u otro candidato; en exigir cuentas, sobre todo electorales; en sumar desde una plataforma que ve en la transformación de los medios de comunicación un comienzo indispensable para la transformación de todo el país. Es un hecho histórico que l@s estudiantes mexican@s, sin distingo de clase social ni ideología, quieran formar un frente común contra las televisoras en particular y contra los medios de comunicación en general, un frente que muy bien puede trascender la coyuntura de las elecciones y bregar por un cambio de fondo en México, ciertamente de la mano de infinidad de otros frentes que ya llevan años de lucha en esa dirección.

Pero la diversidad de formas de ver al mundo de la que parte #YoSoy132 abona al riesgo de que el movimiento se diluya en la lógica sectaria de las reivindicaciones partidistas. Durante la asamblea de ayer en la Suavicrema, varios compañer@s de la UNAM y de otras universidades vertieron todo tipo de opiniones: desde que se le cambiara el nombre al movimiento hasta que tomara un cariz partidista en contra de EPN y a favor de Obrador. Se notó que los unamitas, como estableció una compañera de la Facultad de Ciencias Políticas, somos asambleístas, con todas las ventajas e inconvenientes que eso supone. Se notó la preocupación por construir representatividad entre los miles de estudiantes de la UNAM, por organizar acciones concretas, por construir alianzas con otros sectores sociales, por consolidar el liderazgo y la dirección del movimiento. Entre más personas se sumen a #YoSoy123, más visiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y desde dónde hacerlo entrarán en contacto. Ojalá que ese contacto sea productivo y no se convierta en confrontación; ojalá que ese contacto construya consensos y que los inevitables disensos no estanquen o resten fuerza a esta organización en ciernes.

No se si el movimiento como tal debiera estar abajo y a la izquierda -yo, personalmente, sí lo estoy- pero creo que #YoSoy132 debiera mantenerse tan plural, tan arriba, abajo, en medio y en los márgenes como fuera posible: la polarización y el encono, la descalificación y el clasismo son armas del propio statuo quo para que nada cambie, para seguir reproduciendo sus entramados de dominación. Lo que sí se es que ver a tanta gente esperanzada y combativa alzar su voz me hace querer alzar la mía también.

domingo, 29 de abril de 2012

Flor en otomí

 [...] no estás tú 
haciendo prosas y versos 
y luces y sombras y polémicas 
y preguntas y respuestas 
y murmullos y canciones y risas, 
haciendo amores y universos.

He tardado tanto en animarme para escribir este post... Le di vueltas y vueltas, hurge profundo, recordé. Escribir sobre algo que, en sentido estricto, desconozco -pero que se tornó íntimo- es difícil. No sabía por dónde empezar; no se aún qué partes incluir y cuales desechar del todo de esta historia, del limitadísimo todo, que me fue dado conocer. Porque al final ésta no es precisamente mi historia: me fue legada por circunstancias que, como cualquier otra circunstancia, no escogí. Pero esta historia se volvió parte de la mía y urdió las redes de una mitología personal que definió muchas de mis decisiones, que dio forma y nombre a algunos de mis miedos.

***

José Luis, mi padre, conoció a Carlos Prieto, el padre de Dení, a mediados de los sesenta. José Luis no recuerda exactamente el año en que se conocieron ("¿64, tal vez 65 o 66? Podría haber sido a finales de los cincuenta..."), aunque sí recuerda a la persona que fue vínculo inicial entre ellos. Mi padre trabajaba entonces en la agencia Producciones Publicitarias y colaboró con el fotógrafo Nacho López en varias campañas. Y fue precisamente Nacho quien le presentó a Carlos. 

Mi padre y el padre de Dení se hicieron muy amigos: compartían afinidades diversas y pasaban las tardes platicando de política, elogiando y ponderando los logros y desafíos de la Revolución Cubana primero y de la Sandinista después, discutiendo sobre literatura y publicidad (porque Carlos, además de dramaturgo, también hizo publicidad). La casa de los Prieto, la legendaria casa de Calle del Arco en la que de manera combativa y esperanzada se desayunaba, comía y cenaba política, era punto de reunión para una suerte de izquierda intelectual que igual leía a Marx y a Martí que a Cortázar y a Neruda, que padeció la represión del 68 y vivió bajo un sistema autoritario en el cual la disidencia era combatida ferozmente. Un sistema político que poco -o casi nada- ha cambiado en todos estos años.

José Luis se casó en 1971 con Irma, mi madre, y Eve, la madre de Dení, e Irma se hicieron muy amigas. Mientras Carlos y José Luis se lanzaban al polvorín de la discusión política,  Irma y Eve hablaban de la maternidad, de los secretos que las amas de casa comparten cuando cocinan y de las posiciones ideológicas de sus maridos: esas posiciones, por amor y convicción, también se habían tornado suyas. Y en 1974, el año que mataron a Dení en Nepantla, mi madre recibió la noticia estando embarazada. Irma recordaba cuán brutal había sido enterarse de que esa niña brillante que frecuentó  en casa de los Prieto durante unos años estaba muerta mientras que ella, mi madre, estaba por dar a luz a su primera (y única) hija.

***

Muchos de mis primeros recuerdos tienen que ver con los Prieto. Su departamente en Copilco, al que se mudaron tras la muerte de Dení, el sillón café con gruesos brazos de madera en que se sentaba Carlos, la calidez y hospitalidad extraordinarias de Eve. Después vinieron las paredes de roca en la casa de San Ángel y el jardín selvático que la rodeaba, las mismas repisas de pared a pared y de piso a techo que tenían en Copilco, rellenas de libros, y la foto de Dení. La foto de una chica de labios partidos y lentes redondos. La foto de Dení que me interpelaba desde su lugar inamovible en la repisa, un lugar que tras cada mudanza de los Prieto seguía siendo el mismo. En Copilco y San Ángel, durante las incontables sobremesas de los adultos que de niña escuchaba como un rumor lejano, se seguía comiendo política. Y podía percibir muy bien el sabor amargo de esa política, teñida con la sangre de Dení.

Nunca pregunté abiertamente quien era la chica de la foto. No lo pregunté porque siempre lo supe: era Dení, la hija de Carlos y Eve a quien yo nunca había visto. Dení, que una noche a finales de 1973 se había ido a la guerrilla, la chica que el ejército había asesinado, supe años después por mi madre. Era Dení, cuya muerte fracturó la vida de sus padres y su hermana. No se hablaba de ella en casa de los Prieto, al menos yo no recuerdo que se hablara de ella cuando estábamos de visita. Se seguía discutiendo sobre el estado del país, sobre la posibilidad de la revolución; se seguía hablando de periodismo, de teatro, no de ella. Pero Dení siempre estaba presente, desde la repisa, detrás de los ojos que esa foto delineaba, al centro de la memoria de quienes la conocieron. Dení, en la médula del recuerdo, sin falta, ahí.

Crecí con la imagen de Dení: la revolucionaria, la hija precoz, la comprometida, la mártir. Crecí con una pregunta honda y punzante: ¿por qué? Crecí con el dolor de sus padres: los silencios repentinos de Carlos, la mirada triste de Eve. Y crecí con el miedo de seguir sus pasos, con la evidencia afilada de los estragos mudos que un régimen pragmático y cínico volcó sobre los Prieto. Aunque también crecí con el corazón abajo y a la izquierda gracias, en gran medida, a Dení.

A inicios de los noventa, Carlos y Eve se volvieron a mudar, esta vez a Cuernavaca. Entonces yo estaba más interesada en mis propias y triviales obsesiones que en convivir con adultos, que en seguirle el paso a las conversaciones que de niña extrañamente me fascinaban. Y prefería sentarme junto a la alberca de la primera casa en que vivieron, bajo las bugambilias, y enchufarme a The Smiths en mis audífonos. Después de unos años en Cuernavaca los Prieto se fueron a Inglaterra. Mis padres y yo nunca volvimos a verlos.

***

Hace poco me enteré de la existencia del documental Flor en otomí de Luisa Riley y deseaba verlo porque supuse que en él encontraría esas partes de la historia de Dení que no me tocó vivir. Esas partes que el silencio acalló, que la mano impune del priísmo trató de ocultar y borrar durante años. Allí encontraría los fragmentos perdidos que tal vez mi padre y mi madre intuyeron en su momento pero que nunca mencionaron. Y sí, allí estaban: los partes militares, las notas de prensa, los testimonios de la familia, de los amigos y amores de juventud, las cartas, la foto de Dení, la misma foto cuyos rasgos tengo grabados desde niña. Flor en otomí devuelve a la vida a Dení Prieto, revela su breve paso por el mundo, su convicciones, sus afanes, y resulta un hermoso y triste documental que combate el olvido. Porque en este país no sólo las balas matan: también lo hace la desmemoria.

Al ver Flor en otomí no pude evitar los ojos llorosos y el nudo en la garganta: las imágenes de Carlos y Eve me recordaron que nunca me despedí de ellos, que nunca les dije cuán importantes fueron para mí y cuanto los quise (y los quiero y los recuerdo aún); la foto de Dení me volvió a interpelar como lo hiciera en mi infancia. Frente a tanta ausencia me queda la misma pregunta honda y punzante: ¿por qué? Me quedan las hojas amarillentas del poemario que Carlos escribiera tras el asesinato de Dení, los versos que contiene y el grabado anónimo de la portada, epitafio que humaniza y dignifica la fosa común en que yace Dení...

Nunca había pensado en la muerte,
en la nada, en la ausencia total
de una presencia, de un aliento vital,
hasta que moriste tú.

lunes, 13 de febrero de 2012

Traducciones cantadas (o algo por el estilo) 3: Televators, The Mars Volta

En esta ocasión quería hacer otra traducción cantada pero, la mera verdad, no me animé a traducir dada la complejidad del texto. Me explico: las letras de Cedric Bixler-Zavala de The Mars Volta ciertamente no son sujeto de una traducción cantada dado que sólo hacen sentido (en términos melódicos) en la lengua en que fueron escritas y ajustarlas al español (o al inglés, según sea el caso) siguiendo la música de Omar Rodríguez-López es virtualmente imposible y seguramente destrozaría el concepto original. Y como me encanta The Mars Volta pues no quiero andar destrozando (tanto) sus rolas. Lo que me lleva al track que seleccioné para el primer cover propiamente dicho que presento en este bló...

El track de fondo en esta (pseudo) traducción cantada es una versión de Televators en NES (Nintendo Entertainment System), realizada por Simon Ince, ya de por si una especie de cover por sí mismo y uno que resulta bastante heterodoxo: quienes realizan este tipo de adaptaciones de canciones con una consola de Nintendo hacen un trabajo espectacular, aunque haya hartos haters cuyos oidos sangran cuando escuchan el resultado. Así que si Ince ya había "destrozado" Televators haciéndola sonar a soundtrack de Zelda o Super Mario, ¿por qué no cantarle encima?

Esta versión mía, como escucharán quienes se animen, está más producida que las dos traducciones cantadas anteriores. Digo, sigo siendo totalmente ignorante en el arte de la ingeniería de audio, pero para Televators me animé a mezclar un poco: tomé la intro de la rola original y hasta me aventé a hacerme unos coros, ¡ja! La mecánica del post es similar a otros que he publicado este año (lo sé, pareciera que me la he vivido cantando): primero la canción original (la versión corta, he de precisar), luego la letra y luego mi versión. Y como hice en otros posts, aquí también enfatizo las salvedades de una empresa como esta que trata de ser sólo un humilde homenaje a la rola original: que me perdone The Mars Volta (y sus fans) por cualquier barbaridad que puedan escuchar...


TELEVATORS

Just as he hit
The ground
They lowered a tow that
Stuck in his neck to the gills
Fragments of sobriquets
riddle me this
three half eaten corneas
who hit the aureole
Stalk the ground
Stalk the ground
You should have seen
The curse that flew right by you
Page of concrete
Sting walks crutch in hobbled sway
Auto-da-fé
A capillary hint of red
Only this manupod
Crescent in shape has escaped
The house half the way
Fell empty with teeth
That split both his lips
Mark these words
One day this chalk outline will circle this city
Was he robbed of the asphalt that cushioned his face
A room colored charlatan
Hid in a safe
Stalk the ground
Stalk the ground
You should have seen
The curse that flew right by you
Page of concrete
Sting walks crutch in hobbled sway
Auto-da-fé
A capillary hint of red
Only this manupod
Crescent in shape has escaped

Pull the pins
Save your grace
Mark these words
On his grave

You should have seen
The curse that flew right by you
Page of concrete
Sting walks crutch in hobbled sway
Auto-da-fé
A capillary hint of red
Everyone knows the last toes are
Always the coldest to go

Video, cortesía de killlikeafox en YouTube.
Televators, cortesía de The Mars Volta.
Versión Televators NES, cortesía de Simon Ince.