martes, 13 de agosto de 2019

Del terrible agravio del glitter morado y otros agravios más punzantes

¿Cómo se hace para no caer en una provocación producto del glitter morado? Supongo que frente a esta brillante agresión, el señor Orta ha de haber tenido que ejercer una templaza extraordinaria para no aventarle lentejuelas a tan peligrosas provocadoras. No caer en provocaciones en este caso, ¿implica aguantarse las ganas de criminalizar a quienes protestan con brillantina? Parece que no, porque ya se abrieron varias carpetas de investigación. Ah, ¡qué justicia tan diligente y expedita cuando se trata de brishitos y vidrios rotos!

¿Por qué las instituciones -por no decir Claudia y Ernestina- se sienten en posición de contenerse y no actuar frente a sucesos que perciben como agravios? Supongo que porque piensan que el glitter morado (que no rosa, como se ha reportado) y los vidrios rotos merecen una respuesta contundente y, a todas luces, disciplinaria, ¿veá? Pero en su magnanimidad, se muestran benévolas al no caer en provocaciones. Pos, ¿qué estaban pensando hacer? ¿Darles lección, con dedito acusador y toda la cosa, a estas perniciosas mujeres? ¿Darles unas muy correctivas nalgadas a tiempo para, tal vez, prevenir insubordinaciones futuras? Otra vuelta las mujeres son las que necesitan corrección y no los pinches policías abusivos cuyo crimen inició todo este desmadre. Ah, pero hablar de patriarcado es una pendejada, ¿veá? Pareciera que la retórica de Claudia y Ernestina se remonta a su pasado de oposición. Eso de "no caer en provocaciones" es lo que comúnmente aconsejan hacer quienes protestan contra el statu quo y enfrentan sus represalias. Ahora resulta que el statu quo se apropia del dicho al sentirse amenazado por el gran poder de la brillantina morada y de una puerta de cristal hecha añicos.

Romper una puerta de cristal a patadas sí es muy violento, aunque no es una provocación: supone una reacción entendible y hasta menor, mucho muy menor frente al estado de violencia y terror que tiene presas a la gran mayoría de las mujeres en este país. ¿No les parece indignante que indigne más un reguero de cristales que la violación de una menor de edad a manos de cuatro policías? Pero, ¿por qué echarle glitter en la cabeza a un señor masculino singular se equipara a una provocación violenta? A lo mejor la brillantina morada tiene un poder simbólico que más que lastimar físicamente pega directito en el ego. ¿Será que la masculinidarks del señor Orta quedó teñida para siempre? ¡Vaya tragedia! ¿Será algo más mundano, como el cuentononón de la tintorería o la cita urgente en una peluquería carísima? ¡Ni que le hubieran echado pintura, sangre, gas pimienta o polvos picapica! ¡Ni que hubieran usado la cabeza de Orta para romper la famosa puerta de cristal! ¿Será que unos cuantos brishitos vulneran el poder del Estado? ¿Será que el Estado tiene una muy mala conciencia (si es que eso es posible) y percibe un puñado de glitter como un categórico madrazo en su ineptitud rampante? 

Provocaciones -constantes, graves y peligrosamente normalizadas- las del sistema de justicia en México (aliado a quienes se erigen como voceros de los mandatos de género) y su tratamiento de las mujeres cuando son objeto de todo tipo de agresiones: si no denuncias, mal; si te tardas en denunciar, muy mal. Y si sí denuncias, peor, porque -y he aquí una larga letanía de pretextos y sandeces que escuchamos en los medios un día sí y otro no- "no hay elementos para proceder", "no hay pruebas, así que ve tú a buscarlas", "no hay recursos, así que una lanita nos caería muy bien", "segurito tú tuviste la culpa de lo que te pasó", "hubieras cerrado las piernas", "eso te pasa por andar provocando a los hombres", "pero si ya sabías cuan riesgoso es salir de noche", "no seas exagerada, si ni te pasó nada, ¡sigues viva!", "no sigas insistiendo que te va a ir peor", "esto te lo buscaste tú misma por andar de necia insistiendo". Ah, pero decir que las mujeres -su dignidad, integridad, bienestar, derechos, seguridad- siempre están al final de la jerarquía de prioridades del sistema de justicia es paranoico, ¿verdad?

Y al final de esta cadena de verdaderos agravios, si protestas porque denunciar parece no servir para nada e incluso ser contraproducente y hasta peligroso para quien denuncia, te espetan: "¡esas no son formas, muchachas!" ¿Cuáles son las formas correctas, me pregunto? ¿Las de la moral y las buenas costumbres? ¿Las que no hacen ruido, ni olas, ni nada? ¿Ahora resulta que Claudia y Ernestina nos van a enseñar cómo sí protestar y cómo no hacerlo? ¡No mamen! Y encima osan decirte: "regrésate a tu casa" -con mucho cuidado, eso sí, porque en esta ciudad hay policías violadores sueltos y en activo, entre la fauna de agresores impunes que pulula por doquier- "y quédate encerradita y calladita que así te ves más bonita y nada te va a pasar". Para violencias y agresiones, las de varias instituciones que sistemáticamente revictimizan a las mujeres y parecen estar del lado de los agresores, una y otra y otra y otra y otra vez como éste y muchos casos más ejemplifican. Ah, pero decir que la justicia es patriarcal es un alucín sin fundamento.

La ligereza del glitter y las astillas de los vidrios rotos no se comparan con una violación, mucho menos con la frustración y coraje que han de sentir las incontables mujeres que denuncian y comprueban que, al hacerlo, las instituciones las dejan aún más vulnerables y desamparadas de lo que ya estaban. Vergüenza mil con estas instituciones y con Claudia y Ernestina, a quienes ya se les olvidó la noción de digna rabia. Cero estrellas. Pésimo servicio.

lunes, 1 de abril de 2019

Dos muertes: Armando Vega Gil y #MeToo

Supongo que he tenido suerte. Lo digo porque nunca me han manoseado en el metro; nunca he sido víctima de violencia física ni sexual; nunca nadie me ha acosado. Aunque tampoco he sido completamente inmune a la violencia patriarcal que parece permearlo todo: por supuesto que perfectos extraños con harta iniciativa se han sentido con el derecho de susurrarme guarradas al oído en plena vía pública (¡qué ricas tetas, mami! y otras joyas de la poesía callejera). Me han arrimado el camarón, así de vulgar y casual como suena, en más de una fiesta para luego hacerse los desentendidos y fingir demencia. Un par de señores casados me han enviado, de la nada, correos electrónicos con propuestas sexuales (el viejo truco de: mira que lindas fotos eróticas me encontré. ¿No se te antoja coger conmigo?). Tuve una relación de pareja con un macho alfa en la cual hubo violencia psicológica y emocional. Diez años después me di cuenta de que era gaslighting: él insistía en que yo era causante directa de absolutamente todo lo malo en nuestra relación, mientras que minimizaba y negaba sistemáticamente su parte de responsabilidad, además de repetirme hasta el cansancio que yo nunca lavaba la ropa, trapeaba el piso, ni cocinaba tan exquisitamente como su mamá sí lo hacía. ¡Plop!

Pensándolo mejor, tal vez no haya sido cuestión de suerte, sino de privilegio. Fue un privilegio que ningún señor con iniciativa y lengua larga me siguiera durante cuadras y cuadras (tal vez porque yo siempre he sido más alta que ellos). Fue un privilegio haber hecho caso omiso de los señores de camarón distraído y autónomo porque tenía los medios para largarme de cualquier lugar a cualquier hora sin ponerme en riesgo. Fue un privilegio desestimar, con la mano en la cintura, propuestas sexuales de señores casados y responder en tono irónico a sus mamadas porque hacerlo no implicaba perder mi trabajo ni vulnerar mi estabilidad económica. Fue un privilegio haber podido mandar a la verga al ahora ex-machín, sin consecuencia alguna, cuando me dijo que era desobediente, floja y voluntariosa (¡la gota que derramó el vaso!) gracias a que yo era la principal proveedora en esa relación. Y a que, en efecto, soy una voluntariosa de lo peor.

En un sistema diseñado para que las mujeres siempre tengamos todas las de perder, casos como el mío claramente son la excepción y no la regla. En un sistema que nos ha enseñado desde niñas a callar y a complacer, el silencio es instrumento de dominación. Es un arma poderosa para mantener las cosas tal y como están, para que las mujeres soportemos sin quejas, nos sacrifiquemos y autoculpabilicemos como forma de vida, carguemos responsabilidades ajenas. Silencio forzado o voluntario, no importa: el silencio -y se ha dicho ad nauseam, ¡caray!- alimenta la impunidad, perpetúa la violencia, impide la justicia. Negarle voz y validez a quienes sufren o han sufrido violencias es una doble invisibilización: de la víctima y de la violencia en sí misma. Por eso calladitas nos vemos más bonitas. Por eso hay que hacer como que aquí no pasó nada y listo. Por eso mejor no decir ni una palabra de esto a nadie. Porque hablar echa luz sobre aquello que los perpetradores de la violencia preferirían dejar a oscuras, no vaya a ser que se les empiece a desmoronar su poder, que tengan que responsabilizarse plenamente por lo que dicen y hacen. Que tengan que pedir disculpas y tratar de resarcir daños.

Eso es justo lo que pasó con la más reciente ola de #MeToo en Twitter. Es lo mismo que pasó con #MiPrimerAcoso en Facebook en 2016. A las mujeres se les ocurrió la peregrina idea de hablar. Tuvieron la osadía de hacerlo y que se desata el horror. Horror por los testimonios que contaron, por la recurrencia de los patrones de violencia, por el cinismo institucional y su complicidad, por la vulnerabilidad de las víctimas. Horror por las descalificaciones a diestra y siniestra: que si las denuncias falsas, que si las venganzas gratuitas, que si la presunción de inocencia y el debido proceso y la vía legal, que si la difamación y los chantajes, que si las mujeres son unas exageradas, que si están locas o ardidas. Por Dios, señoras crueles: ¡no le arruinen la vida a los hombres! Horror por varias disculpas públicas que más bien suenan a autojustificaciones narcisistas (déjenme decirles lo que en realidad pasó...). Las prioridades y preocupaciones de los hombres al centro. Las mujeres y sus voces qué.

Una y otra vez se le pide a las mujeres, en redes sociales y fuera de ellas, que pongan el bienestar de los hombres -y sus deseos, placeres, intereses, gustos, proyectos, carreras, expectativas, sueños, vidas- por encima de su propio bienestar, como históricamente se nos ha exigido que hagamos so pena de abandono, castigo o muerte. Por eso no debería sorprenderme la incapacidad sistemática de algunos hombres para reconocerse a sí mismos como violentadores, para contemplar en sus mentes machinas la posibilidad -para ellos remota, inconcebible- de hacer daño o de haber hecho daño, con o sin intención de hacerlo. Su incapacidad para escuchar y ya. No debería sorprenderme la imperiosa necesidad de algunos de blandir palabras y acallar voces para defenderse a sí mismos y a otros, de restituir su estatus mancillado inmerecidamente a través del monopolio de la voz, de ser el único centro de atención. Bueno, y todo esto dándoles el beneficio de la duda: si a alguien ha maleducado el patriarcado ha sido a los propios hombres. Porque, en una de esas, lo que el #MeToo revela es que algunos señores masculinos singulares no pueden soportar el derrumbe, a plena luz del día, de quienes nos han dicho que son: hombres deconstruidos que lavan trastes, cambian pañales, cuidan niñes, no piden ni comparten nudes, no usan palabras como “zorra” o “perra”, no engañan ni explotan a su pareja, no abusan de niñas ni mujeres, ¡brillantes aliados feministas! Tal vez estos y otros hombres no soportan que sus muy conscientes, premeditadas y alevosas cabronadas hechas en privado irrumpan en el espacio público. Que sus crímenes, pues, tipificados o no, sean expuestos. En suma, no debería sorprenderme la fragilidad de sus masculinidades.

Y justo en medio de esta marabunta, ocurre lo impensable. El músico Armando Vega Gil se suicidó la madrugada de hoy. En su cuenta de Twitter, Vega Gil dejó una carta explicando sus motivos. Expresó de manera contundente que su decisión de suicidarse fue voluntaria, consciente, libre y personal. Advirtió que nadie debía ser culpado o culpada por su muerte. Aún con estas salvedades de por medio, hay personas que hacen una lectura causal, simplista y hasta perversa de esta decisión: Vega Gil fue acusado injustamente de acoso y por eso se suicidó.

Ayer la cuenta de Twitter @MeTooMúsicosMexicanos (desaparecida por breve tiempo y renombrada hace unas cuantas horas como @metoomusicamx) publicó el testimonio de una mujer que narra cómo, en algunos de sus encuentros pasados con Vega Gil y a sus 13 años, le parecieron incómodas las miradas que un hombre de 50 le lanzaba. Cómo el músico hacía comentarios sobre su cuerpo adolescente que a ella le desagradaban. Cómo Vega Gil le escribió que quería enseñarle a besar. Cómo lo que él le escribía cada vez tomaba connotaciones sexuales más evidentes. Hasta que ella lo bloqueó. En su última misiva, Vega Gil dice que esta acusación es falsa. Hace de su muerte una radical declaración de inocencia. Pide disculpas a las mujeres que incomodó con palabras o actitudes machistas. Da por hecho que su vida, después de esta acusación, está acabada. La terrible paradoja es que ambas narrativas pueden convivir, pueden ser ciertas a la vez. Vega Gil puede haber estado genuinamente convencido de no haber dañado a la mujer que lo acusa, pero esta certeza suya no le quita a ella haber vivido su experiencia con él como violencia.

El suicidio de Vega Gil, dicen, mató al #MeToo mexicano. Vaya argumento falaz y oportunista. Como marca la costumbre patriarcal, se responsabiliza a una mujer por la decisión que tomó un hombre. Se culpabiliza a todo un movimiento de mujeres porque un hombre optó por suicidarse, en pleno y libre derecho de disponer de su vida como mejor consideró. En el fondo, quienes arguyen que el suicidio de Vega Gil mató al #MeToo mexicano están mandando un mensaje claro. Que la integridad de los hombres está por encima de lo que las mujeres experimentan como violencia. Que toda acusación puede y debe ser legítimamente desestimada porque resulta potencialmente homicida. Que los hombres valen más que todos los dolores y agravios que padecen las mujeres. Que mejor nos quedemos calladas y dejemos de andar chingando.

Qué vergüenza que haya gente que se busque mártires donde no los hay para justificar sus mezquindades. Qué vergüenza que el suicidio de Vega Gil se esgrima como prueba irrefutable de que #MeToo sólo busca esparcir mentiras a costa de la reputación de los hombres, de su vida incluso. De que #MeToo sea, supuestamente, un cúmulo de revanchas inmotivadas, una vil cacería de brujas. La ironía en este dicho es involuntaria: brujas las mujeres y hombres que otros hombres quemaron en la hoguera durante siglos, no los hombres que se escudan tras una situación trágica para evitar, a toda costa, que se hagan visibles las violencias en las que incurrieron o siguen incurriendo aunque no las hayan vivido ellos mismos como violencias, ya sea por ingenuidad, conveniencia, costumbre, pendejez o, de plano, maldad. Para evitar mirar hacia dentro y hacer un verdadero examen de conciencia. Para que todo siga igualito a como está: un sistema diseñado para que las mujeres siempre tengamos todas las de perder y, encima, se nos eche la culpa de ello.

lunes, 6 de agosto de 2018

Avelina, el graffiti y el pastelazo: cronología y moralejas

En el estilo de Por mi madre, bohemios, legado del Monsi para quienes pensamos que la ironía y el humor son salvavidas en el naufragio de un mundo absurdo, dejo aquí una suerte de cronología -y unas cuantas moralejas- del pastelazo que le dieron a la crítica de arte Avelina Lésper tras un diálogo que ella misma convocó sobre graffiti en el Museo de la Ciudad de México.

Todo empezó en marzo de este año cuando Avelina declaró en el finísimo [sic] programa de radio Dispara Margot, dispara, y cito: "El graffiti no es arte. El graffiti es un acto vandálico de subnormales." Y Horacio Villalobos, abonando al muy ilustre [sic] diálogo [más sic] que siempre se entabla en el mencionado programa, remató diciendo: "No, [mejor] rayen sus nalgas." ¿Por qué no me extrañan nada, nadita estas opiniones lapidarias, muy ilustradas [recontra sic], decimonónicas, esteticistas y, encima, clasistas? Porque son las típicas opiniones que estila y propaga Avelina, a la menor provocación, en su papel de paladina no oficial del deber ser estético, de las buenas conciencias a favor de lo mejor del arte y en contra de la contaminación visual y hasta espiritual. ¡Todo sea por establecer la dictadura de la belleza, chingau! 

Moraleja: no está chido agredir verbalmente a la banda y mucho menos hacerlo al aire. Eso también es violencia.

En julio [tal vez antes, una nunca sabe, susurra la R.] apareció un graffiti en la Calle 4 Poniente, esquina Periférico Sur, que, de acuerdo con la evidencia visual en el propio blog de Avelina, tenía la siguiente consigna: "¡Avelina Lésper me la pelas!". Avelina explicó en su blog que estaba buscando al autor o autores del graffiti para platicar, así casual, y la cito, "acerca de cuál es la finalidad de estas pinturas [¿qué no era obvio, Avelina? ¡Te la estaban refrescando por tus comentarios!] y sobre las diferencias de calidad entre ellas, en qué limite esto puede ser arte urbano o simple vandalismo [porque siempre es pertinente teorizar, echarle reflexión sesuda al asunto y delimitar las fronteras estéticas y morales del arte, ¿verdá?]." 

Moraleja: la que se lleva, se aguanta. 

Huelga apuntar que la disparidad de los medios que se emplearon -radio versus una solitaria pared- para realizar este intercambio de palabras habla de un claro privilegio de una, Avelina, frente a la carencia de tal privilegio concreto de otros, los hasta ese momento anónimos artistas que hicieron el graffiti en cuestión. Ah, pero se me olvidaba que para hablar del arte, impoluto, exquisito y estetiquísimo, las relaciones de poder y dominación no existen. Porque cuando se habla de arte [o de cualquier otra cosa] nadie, nunca ha opinado, opina u opinará desde una posición de privilegio, no sean ingenu@s, ¡caray! 

Supongo que a Avelina no le molestó tanto el mensaje porque hasta pidió a su amigo el Irrompible López, quien descubrió el graffiti, que le tomara una foto junto a éste [la foto, ¿será o no arte? ¡Vaya misterio!]. Avelina subió esta foto a su blog en varios, no uno, varios posts [la R. enfática] y tras enterarse de quiénes hicieron el graffiti, Mufo y Neón, a Avelina se le ocurrió una idea genial [porque nunca está de más capitalizar todo potencial escándalo. La R. muy previsora]: convocarlos a un evento. Es más: convocar a tod@s l@s graffiter@s de la Ciudad de México a un evento que tendría por nombre, de acuerdo con su propio cartel, Debate en torno al grafiti ¡Avelina Lésper me la pelas! Si vas a hacer algo que lleve tu nombre, tipo Guggenheim Fellowship o Nobel Prize, pos hacerlo en grande, ¿que no? 

De tal suerte, la foto de Avelina junto al graffiti se transformó en ilustración para el cartel del encuentro cuyo objetivo era, y cito su blog de nuevo, proponer "un diálogo sobre lo que implican estas intervenciones y en qué sustentan su valor para considerarlas arte". Pero es menester señalar cómo enmarcó Avelina su invitación al diálogo -abierto y sin intermediarios [¿de veras? A la R. le entra la duda]- y para ello vuelvo a citar su blog, con todo y gazapos de redacción: "La llamada de atención de Mufo y Neon [WTF!!! La R. anglófila, como de costumbre] deberá ser un punto de partida, me interesa mucho escuchar y conocer los distintos puntos de vista [neto, Avelina, ¿no te interesa más aleccionar a la banda, apuntar hacia sus transgresiones estéticas y morales y, ya entrada en gastos, tal vez recibir una disculpilla de pasadita y como no queriendo la cosa?], que la comunidad graffitera puedan [sic] llevar la responsabilidad de su autoría más allá de la clandestinidad y que expresen las ideas que pueden existir detrás de cada graffiti." Esta llamada de atención [como de maestra de primaria, por cierto] fue una de las razones por las cuales el colectivo Escritores de graffiti declinó, de manera legítima e inequívoca, la invitación a participar en el evento, como explicaron en una carta abierta. 

Me doy aquí el permiso de hacer una digresión chiquita, muy chiquita y muy, pero muy ñoña: si hablamos de autoría, ¿hablamos de arte? ¿O no siempre es así? La autoría, ¿se refiere sólo al discurso de una obra o también a la producción de la obra y, por extensión, a la obra misma? Y si ya le estamos dando estatus de obra a algo en función de que vehicula un discurso, ¿esa obra es arte, no lo es, en qué contextos sí puede ser arte y en qué contexto no? Si la obra de arte, como ha dicho Avelina repetidísimas veces, debe explicarse a sí misma y no necesita intérpretes externos, ¿qué no este graffiti significa, claramente, una mentada de madre? O sea, si el graffiti ¡Avelina Lésper me la pelas! es autoexplicativo de su significado, ¿esa característica le da, automáticamente, el estatus de obra de arte? [La R. muy reflexiva que trata de dar respuestas concluyentes a estas preguntas, por supuesto sin éxito, para caer súbitamente en el sospechosismo total...] Tal vez lo que está a discusión aquí no es el arte ni sus límites; tampoco si el graffiti es o no arte, sino deslindar responsabilidades frente a un agravio: saber por qué alguien hizo algo e invitarles [como yo solía decir el siglo pasado cuando era maestra de primaria] a tener el valor moral de asumir las consecuencias de sus propios actos y bla, bla, bla...

Moraleja: no está chido convocar a la banda a platicar en un evento con la intención [supongo] de dar lección, con todo y dedito acusador por delante, o de nomás lucirse al protagonizar dicho evento [vuelvo a suponer].

El sábado 4 de agosto de 2018 se realizó el ahora fatídico encuentro [la R. con lagrimita y ojito Remi frente a otro fracaso de la comunicación] entre graffiter@s y Avelina con el resultado del cual much@s ya nos enteramos. Del diálogo, que pueden ver casi completo [porque falta el principio] aquí, solo diré una cosa: si el interés central de Avelina era escuchar y conocer distintos puntos de vista de la comunidad graffitera, en lugar de iluminarnos con su monumental arsenal de conocimiento acerca del tema [#not de la R. anglófila y noventera], debería haberse sentado entre el público y no en la posición de privilegio del estrado, cerquita del micrófono, como acostumbra. A Avelina, me atrevería a decir, le tocaba el papel de espectadora, de escucha, y no de ponente. Porque es más que conocido lo que Avelina opina sobre el graffiti y el arte en general [¡muchas gracias, Dispara Margot, dispara por tantas horas de claridosas opiniones de Avelina!]. 

Moralejas: no está chido tratar de transformar un diálogo en monólogo para la autopromoción o, siquiera, en diálogo de sordos, ni tampoco está chido agredir pasteleramente a la banda.

Entiendo las ganas terribles de empastelar a Avelina. [Y, en mis días más grinch, hasta las comparto, aunque luego se me pasan. La R. muy sincerota.] Pero es obligación -al menos mía y, sobre todo, en este trinche país tan violento- no avalar la violencia, aunque se trate de pasteles, gelatines o flanes y no de balas o golpes. Que quede claro que echarle pasteles a la banda, aunque sea pura cremita Chantilly, no está chido, además de que es un desperdicio de comida. Sin embargo, eso de los pastelazos es mucho más complejo y simbólico de lo que parece: es indispensable precisar que este tipo de agresiones -porque sí son agresiones, sí tienen el propósito de herir- duelen mucho más en el ego y no tanto en la cara. Lanzar pasteles a gente en posiciones de poder ha sido toda una estrategia transgresora anti-establishment, de la cual me enteré gracias a un post en Facebook de Imuris Valle quien, por cierto, sí sabe acerca del graffiti, sí estuvo presente en el evento y sí participó en él. 

No creo tener nada más que decir. Podría comentar el más reciente post [del domingo 5 de agosto, la R. muy precisa y cronológica] en el blog de Avelina, cuyo título hace las veces de resumen / consigna / queja express: NO ME CALLARÀN COBARDES [las mayúsculas son de Avelina, el grito y la tilde coqueta también]. En este post, Avelina escribe sobre "el chantaje del victimismo social" en que están instalad@s l@s graffiter@s y que les impide responsabilizarse de sus actos. Supongo que Avelina habla del pastelazo y no del graffiti que inició todo este mere(quete)ngue. Pero se autovictimiza a lo largo del texto y, encima, exclama que fue objeto de represión y, agárrense por favor, ¡víctima de la maldita censura! [¡Santa Niña de Atocha! ¿Neto, Avelina? Snif... Aunque la R. muere de ganas por desmenuzar este falsísimo argumento de Avelina, tiene cosas apremiantes que hacer.] Me da pereza seguir escribiendo, por no decir hueva. Mejor lean lo que Imuris dice sobre este diálogo fallido. Su texto sí apela al intercambio de ideas y a la escucha y no supone los prejuicios, cerrazón y actitud permanentemente impositiva características de Avelina.

domingo, 22 de octubre de 2017

El día que conocí al Chapo: sobre el debate de la autorrepresentación en el cine documental

Tod@s hemos sentido la cosquillita de querer contar infinidad de historias, personales y ajenas, porque nos parecen urgentes, interesantes, relevantes, geniales y demás. Ya sea que abordemos tales historias desde el muy pedestre chisme o, de a tiro, desde el rumor -por el puritito morbo, pues- o que la narración, en sus múltiples formas, sea a lo que nos dedicamos profesionalmente, el muy escabroso tema sobre quién cuenta qué historia y cómo lo hace es ineludible. Para el cine documental este tema es fundamental dado que constituye su corazón ético y es, a todas luces, un asunto de poder. ¿Quién lleva la voz cantante en un documental y por qué? ¿Qué peso y sentido se le da a otras voces que no son estrictamente la del/a realizador/a? ¿Cuánta injerencia y capacidad de decisión tienen l@s protagonistas de un documental para narrar su propia historia, para representarse a sí mism@s? Además de la obvia cuestión legal y económica de los (a veces) carísimos derechos, además de la tensión entre proteger la privacidad de l@s entrevistad@s y revelar asuntos de potencial interés público, creo que "hablar por otr@s", "darles voz", "pasarles el micrófono" o como queramos llamarle amerita harta discusión. Porque, ¿es realmente posible "hablar por otro@s", contar su historia? Ello, me parece, es el telón de fondo de la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo, una producción de Netflix, dirigida por Carlos Armella y en la cual Kate también funge como una de las productoras ejecutivas.

En El día que conocí al Chapo Kate cuenta, a cámara y obviamente en primera persona, esta historia rocambolesca, como la calificó Carmen Aristegui en una entrevista. Y bien empleado el adjetivo: a lo largo de los tres episodios de la serie y durante poquito más de 160 minutos se detallan no sólo los alucinantes pormenores del encuentro entre Kate y Joaquín Guzmán Loera, sino también la particular génesis y tremendas consecuencias del mismo, sobre todo para Kate. Este encuentro y sus ramificaciones son ya del dominio público, con los enredos y la mala leche que, en ocasiones, ello implica: que si todo empezó con un inocente tweet en el cual Kate aseguró creer más en el Chapo que en el gobierno mexicano (no la culpo pero, ¡aguas, Kate! Tanto gobierno como crimen organizado en México apestan a muerte, impunidad y corrupción). Que si Kate y el Chapo intercambiaron abundantes mensajes mediante un celular proporcionado a Kate por los abogados del Chapo (intercambio en el cual quienes han visto demasiadas telenovelas leen una suerte de romance). Que si Sean Penn, como quien no quiere la cosa, se subió al tren de un proyecto proto-cinematográfico y arriesgadísimo para darle seriedad y profesionalismo al asunto (y también porque el pequeño y arriesgado periodista/activista/justiciero que vive dentro de él lo obligó a hacerlo). Que si el Chapo se fugó, por segunda ocasión, de una prisión mexicana (y a Peña Nieto no se le cayó la cara de vergüenza). Que si, aprovechando la fuga, Kate, Sean y dos productores de Hollywood viajaron a un remoto lugar en Sinaloa para encontrarse con el Chapo, un operativo peliagudísimo, orquestado magistralmente por la gente del Chapo. Que si -oh, ¡sorpresa!- atraparon al Chapo por tercera ocasión y esta vez dado que la inteligencia gringa [sic] y la mexicana [recontrasic] estaban monitoreando las comunicaciones entre Kate y el Chapo. Que si, en resumidas cuentas, Sean nomás quería publicar su súper exclusivísima exclusiva con Guzmán Loera en la revista Rolling Stone porque Pulitzer, here I come! (y que ni le dio seguimiento al proyecto inicial que le permitió conocer al Chapo, tampoco las gracias a Kate por el contacto). Que si el gobierno mexicano investigó a Kate por presunto lavado de dinero y obstrucción de la justicia (pero no encontraron nada de nada para levantarle cargos, fue puritita intimidación y ganas de joder). Y muchos otros que si. Rocambolesca la cosa, pues.

A reserva de que el contenido de El día que conocí al Chapo es muy, pero muy interesante -creo que contextualiza de manera amplia, eficaz y certera la historia que cuenta y que toca varias aristas indispensables para tratar de explicar la (fallida y absurda) guerra contra el narcotráfico- su discurso audiovisual resulta meramente ilustrativo y de carácter bastante plano y convencional. Sin embargo, el oficio de Armella -quien codirigió el excelente documental Toro negro- es evidente: el impresionante despliegue de cabezas parlantes le da legitimidad y sustancia no sólo a Kate como protagonista de El día que conocí al Chapo, sino a su versión de lo que pasó. Desde Sanjuana Martínez, Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra, John M. Ackerman, Froylán Enciso, Catalina Ruiz-Navarro, Sabina Berman, Diego Enrique Osorno, Jenaro Villamil y hasta los abogados de Kate, el abogado del Chapo, la familia y las amigas cercanas de Kate, estas cabezas parlantes (y varias otras más; tal vez son demasiadas, pero había que echar toda la carne al asador, ¿qué no?) avalan la versión de Kate de lo sucedido e, incluso, enjuician su proceder y cuestionan sus motivos (que si Kate hizo lo que hizo para lanzar al estrellato su carrera en los US of A; que si fue demasiado cándida y le faltó harto colmillo; que si no sabía, bien a bien, en qué se estaba metiendo, referido ésto a hacer cine y a hacerle una entrevista al prófugo más buscado del mundo), algo notable y loable al considerar el rol de Kate como productora ejecutiva de la serie. El día que conocí al Chapo -parte mea culpa, parte recuento de los daños, parte defensa apasionada- construye un punto de vista crítico a propósito de la rocambolesca historia que cuenta, lo cual mucho se agradece. Ah, bueno, y también está Jorge Castañeda diciendo, entre otras cosas, la babosada de que interpretar el ensañamiento del gobierno mexicano con Kate no tiene nadita que ver con misoginia ni sexismo. ¿Neto, Sr. Ex-canciller? Mansplaining marca diablo... Nomás hay que ver el escandalillo que le quieren armar a Kate por reconocer en esta serie que tuvo sexo con Sean para entender que la misoginia, el sexismo y la moralina desbocada están totalmente inmiscuidas en ésta y muchas otras historias. ¿Neto la "fuerte declaración" de que Kate y Sean cogieron es como para escandalizarse frente a todo lo demás, de mayor peso e interés, que también revela El día que conocí al Chapo? Esa, onvres y algunos señores masculinos singulares por ahí, no es la nota, porque no es ni remotamente el tema a discusión en El día que conocí al Chapo.

Si partimos de la motivación inicial -muy legítima, eso sí- que Kate ha expresado de manera pública varias veces, el (tal vez infortunado) encuentro entre la actriz y el capo que narra El día que conocí al Chapo agarra camino y vuelo porque Kate quería contar la historia del Chapo (¡vaya encomienda dificil!) y Guzmán Loera accedió a cederle los derechos sobre su vida para hacer una película. O sea, pareciera ser que todo este épico desmadre se desató por puritito amor al cine. Pero, si ponemos en tela de juicio lo anterior (lo cual plantea la propia serie), tanto para Kate como para el Chapo había mucho más en juego que el simple amor por el cine: vanidad, interés (no únicamente económico), reivindicación, prestigio, fama, hasta me atrevería a decir que verdad, tanto la muy particular verdad del Chapo sobre su propia vida como la forma en que Kate entiende esta verdad y las implicaciones, a varios niveles, de representarla.

El argumento de querer encontrarse con el Chapo porque "cómo crees que un periodista serio se negaría a hacerle una entrevista" se confronta con el prurito, bastante razonable, de no asociarse con narcos nunca, ni para hablar con ellos. Pero el arrojo periodístico (en el mejor de los casos) y la cautela por motivos de supervivencia tienen justificaciones sólidas. El evidente peligro que supone vincularse con (y no se diga adentrarse en) las redes clandestinas del narcoráfico -peligro vuelto muerte en incontables casos de periodistas y defensores de derechos humanos asesinad@s en este trinche país- impide acercarse al otro lado de la historia oficial que machaconamente nos receten día a día en los noticieros televisivos: los narcos no tienen nada que decir, otra expresión del típico "aquí no se negocia con criminales", aunque se haga por debajo de la mesa y a oscuras para lograr otros fines. Sanjuana Martínez dice en El día que conocí al Chapo que es necesario escuchar las voces de estos criminales porque sí tienen mucho qué decir a propósito de su papel en la guerra que padecemos y de otras tantísimas cosas. No se trata de hacer apología del crimen -porque, ¡qué más sublime apología del crimen que la fuga del Chapo del Altiplano!- sino de buscar entender, desde sus propias palabras y experiencias, a quienes demonizamos cotidianamente sin empacho alguno. No se trata, tampoco, de romantizar a los cárteles y a sus líderes; no se trata de justificar sus atrocidades porque son absolutamente injustificables (hacia lo cual también apunta esta serie). Si me apuran un poco, tampoco se trata simplemente de "darles voz" a los narcos de manera acrítica e ingenua (¡como si "darle voz" a alguien fuera tan simple!), sino de conocer estas voces silenciadas y de reconocer su validez e, incluso, su utilidad. Y, si me apuran un poco más, tal vez pueda tratarse de apelar a que también los narcos y demás personajes oscuros que pueblan el hoyo profundo y negro en que se ha convertido México, por más abyectos y censurables que sean en función de sus horrendos actos, tienen derecho a autorrepresentarse dado que siempre son vistos en los medios de comunicación a la luz de otras miradas que, lógica y perversamente para la clase política y el establishment, no son las suyas. Lo cual me recuerda la premisa, si bien pragmática, de esa buenísima y muy recomendable serie de ficción sobre asesinos seriales, también cortesía de Netflix, Mindhunter: ¿cómo te adelantas a la locura si no sabes cómo opera? Pero eso es completamente otra historia...

Ahora bien, falta ver si y cómo Kate cuenta la historia de vida del Chapo. Falta ver qué recursos empleará, qué negociaciones (en sentido amplio) tendrá que entablar con su protagonista, qué responsabilidades y compromisos asumirá. Habrá que ver el grado de injerencia que tendrá el Chapo al narrar su propia historia. Habrá que ver, si eso es remotamente posible, cómo se autorrepresenta el Chapo en la pantalla. Yo digo que Kate debería hacer un documental de la vida del Chapo y que, por favorcito, no se aviente a hacer una película de ficción, un drama que parezca telenovela. Total: la experiencia que le ha dejado a Kate esta serie, en su papel como productora, puede serle muy valiosa si su proyecto toma la vía de la representación documental.

En El día que conocí al Chapo, obviamente, Guzmán Loera es un personaje secundario. Es como los zombies en The Walking Dead que a lo largo de ocho temporadas han pasado de ser protagonistas del drama a ser un constante y elusivo riesgo para l@s protagonistas en sentido estricto, una pieza de utilería que se emplea a discresión. El día que conocí al Chapo es, más que nada, la historia de Kate y quien mejor que la propia Kate para contárnosla, mucho más si consideramos que Sean ya fue protagonista de su singular versión de los hechos, ya nos deleitó con esa vanity piece -horrible, pretenciosa, narcisista- que le publicó Rolling Stone y que de periodismo tiene poco, poquito o casi nada, a pesar de los esfuerzos de Sean por justificarla en esos términos. Y bueno, dice Sean que El día que conocí al Chapo es basura. "Es reprehensible", continúa Sean en una nota del New York Times, "que, en su esfuerzo continuado e implacable por ganar atención y publicidad adicionales, la Srita. del Castillo y su equipo (quienes no tienen conocimiento alguno de primera mano) hayan buscado crear esta narrativa profundamente falsa, ridícula e insensata." Demasiado tarde, amigou: tuviste oportunidad de contar tu veldá en tu artículo. Además Sean, ¿desde cuándo tienes tiempo en tu muy apretada agenda libertaria de causas variopintas de izquierda para la crítica de cine seria? Es hora de que Kate cuente su verdad sin corolarios ni protagonismos tuyos de por medio.
 
Si de dar estrellas se trata, a la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo le doy 4 de 5. Aquí el trailer pa que se animen a verla porque sí es recomendable.



martes, 13 de septiembre de 2016

La reversibilidad gay desde la fe

Desde la fe -ese semanario católico de información y formación (ejem, ejem) que histórica(y a veces histérica)mente arrea al rebaño hacia el camino de la Iglesia Católica y de los diezmos, entre otras cosas- publicó en su sitio web el domingo 11 de septiembre de 2016 una suerte de entrevista (o diatriba, o relato admonitorio, o regaño quesque bien intencionado, o... quién sabe qué) intitulado "No se nace homosexual", escrito por uno de sus reporteros, Vladimir Alcántara. Dado el interés nacional de la discusión sobre esa entelequia que cuesta mucho hallar empíricamente, es decir, sobre la santísima familia natural, Desde la fe hace el favor de aclararnos en este artículo la raíz de todas las confusiones de quienes abogan por la igualdad de derechos: para empezar, ser gay es una condición reversible y, por lo tanto, no es normal que los homosexuales se casen y adopten si con poquititita voluntad y hartísima fe pueden regresar felizmente a la bendita heterosexualidad. Lo normal es ser heterosexual y casarse como (el) Dios (católico) manda, ¡sépanlo bien, antinaturales apóstatas antifamilias que pretenden que la gente anormal tenga derechos! 

Ante tanta salvajada, en homenaje a Por mi madre, bohemios y para documentar nuestro optimismo, me permito comentar el susudicho artículo o, más bien, destrozarlo entre risa y carcajada con mis sesudas y muy laicas opiniones entre corchetes y en morado. Aquí el texto íntegro de "No se nace homosexual" (nomás le puse italícas donde correspondían), porque, estimados lectores y apóstatas colados, hay que enfatizar que no estamos como para andar transformando aquello que somos al nacer: ¡somos bebés y se acabó! Ni se les ocurra desarrollar una personalidad, filias y fobias; acuérdense que no nacieron para eso, ni tampoco para amar [snif de la R.].

No se nace homosexual
Vladimir Alcántara

Richard Cohen, Director de Positive Approaches To Healthy Sexuality (PATH) [porque, no se confundan queridos lectores y perversos apóstatas, la sexualidad es un asunto tan simple que únicamente hay UN camino verdadero y deseable, todo lo demás es chaqueta mental; lo mismo va para el género], ha dedicado sus últimos 26 años de vida a trabajar con personas que se sienten atraídas por otras del mismo sexo, pero que en el fondo [en el fondo de... ¿sus arraigadas y muy arbitrarias convenciones sociales y culturales?] desean llevar un estilo de vida heterosexual, casarse, tener hijos y formar una familia [¿a poco ser heterosexual es un estilo de vida como ser runner, "darks" o vegano/a?]; o simplemente llenar un vacío que no han podido llenar con ese modo de vida. [Pos si se trata de llenar vacíos, es ampliamente conocido -y muy recomendado por el capitalismo- que comprar zapatos o comprar, así nomás porque sí, funciona muy bien.] El psicoterapeuta, quien en el pasado tuvo varias parejas hombres, habla para Desde la fe sobre la homosexualidad, sus causas y consecuencias, y algo muy interesante y poco sabido: sobre su carácter reversible. [¿Será esta teoría una chafísima y catoliquísima [catoloquísima, corrige la R. entre insidiosa y servicial] versión de la fluidez de los géneros y las sexualidades de Judith Butler? ¿Será? ¿Será una adaptación, plagio o falta de comillas presidenciales de la reversibilidad de lo femenino tipo Jean Baudrillard? ¿Qué será, pues? Ilumínanos con tu luz y tu conocimieto, Desde la fe.]

Cohen, por principio de cuentas, aclara que respeta y tiene aprecio por los miembros de la comunidad LGBT [aquí nadie está discriminando o menospreciando a nadie, ¿eh? Que quede bien clarito, malpensados y conspiranoicos lectores y apóstatas de lo peor que les acompañan...], con quienes se siente hermanado, pues sabe, por propia experiencia, lo que es ser objeto de ataques y actos discriminatorios por el hecho de ser homosexual.  

Sin embargo, señala que, de acuerdo con la Asociación Americana de Psicología, no hay evidencias que permitan concluir que la homosexualidad esté determinada por la genética hormonal [recontrasic, ¿neto existe la "genética hormonal"? A lo mejor es una novedosísima área de investigación inventada... inaugurada, quise decir, por el prestigioso trabajo de Mr. Cohen] u otro factor particular, por lo que no se puede decir que se nace con inclinaciones homosexuales. [Así como tampoco hay evidencias, salvo las de Mr. Cohen y algunos médicos nazis, de que la terapia de conversión sexual -que es precisamente lo que propone Mr. Cohen- realmente funcione. Hasta Wikipedia lo sabe y la propia Asociación Americana de Psicología NO la recomienda y considera que puede ser dañina. Pero dejemos que Mr. Cohen -a través del camarada Vladimir Alcántara- siga argumentando, tan elocuentemente como sólo él sabe hacerlo.]

Refiere que en el pasado tuvo varias parejas hombres, entre ellas una con la que duró tres años. Se sentía totalmente atraído por los hombres, pero en el fondo de su alma [¿no habrá querido decir "en el fondo de la heteronormatividad que habita en lo más recóndito de su psique y que nunca, pero nunca dejó de joderle"?] quería casarse con una mujer y tener familia. “Actualmente llevo 36 años de casado con mi hermosa esposa y tenemos tres niños maravillosos. Mucha gente me decía: ‘tú no puedes cambiar; naciste gay y sólo acéptalo’; pero al final quedó demostrado que el cambio es posible. [¡Claro! ¡El cambio es posible! ¡Ni que fuéramos imágenes de santos o crucifijos! Todos podemos cambiar: ahí están incontables hombres y mujeres trans para dar testimonio de su cambio. La R. que recomienda al respetable ver el documental Morir de pie de Jacaranda Correa.] Así como yo, hay muchas personas inconformes con sentirse atraídas por personas del mismo sexo, quienes anhelan llevar un estilo de vida heterosexual, porque hombres y mujeres están diseñados heterosexualmente, hombres y mujeres ajustan a la perfección desde la perspectiva biológica, que el cambio de homosexual a heterosexual es posible. ¡Ocurrió en mi caso!” [¡Por supuesto! ¡La biología lo explica todo! ¿Escucharon eso, condenadotes apóstatas? La cultura, la historia, la ideología y la sociedad qué... Es una verdad incuestionable que hombres y mujeres son como tornillos y tuercas, como piezas de Lego o Tetris que embonan súper bien. ¿Por qué buscarle más combinaciones a lo que "naturalmente" sólo tiene una opción? ¡Que necedad con la diversidad, ash!]

A Richard Cohen le llevó años entender la razón de su debilidad [¡maldita carne débil, tan tentadora, tan pecadora y, encima, tan gay!] o gusto por los hombres; pero llegó el tiempo en que pudo descubrir los factores que, en su caso particular, lo predispusieron a esa condición. [A ver, Mr. Cohen, ilústrenos con su conocimiento revelador y, parece ser, catoliquísimo aunque usted haya crecido en una familia judía y luego se haya convertido a la Iglesia de la Unificación... Aquí están los detalles. Pseudo psicoanálisis de alguien que no tiene licencia para ser terapeuta en 5, 4, 3, 2, 1...] “Hubo una falta de unión con mi padre y un apego excesivo hacia mi madre; había abuso físico por parte de mi hermano mayor, y abuso sexual por parte de mi tío; pero algo de lo más importante es que tenía yo un temperamento hipersensible. [Porque obvi que la hipersensibilidad no tiene que ver nomás con el sol o con el gluten...] Si hubiera algo genético o biológico en la homosexualidad, sería la hipersensibilidad [¿pos no que no había nada genético ni biológico en la homosexualidad?]; el chico o la chica hipersensibles pueden ser fácilmente heridos, el chico con frecuencia por la lejanía del padre, y la chica por la de la madre; ya sea por un distanciamiento real o por una mala interpretación de ellos mismos [mala interpretación la que usted nos está ofreciendo de la homosexualidad, Mr. Cohen], pero esta percepción se transforma en su realidad, y es muy probable que busquen ese amor inalcanzado en los brazos de una persona del mismo sexo”. [Y, ¿no podría ser también muy probable que buscaran el amor en los brazos de alguien del sexo opuesto? Yo nomás pregunto...]

Señala que después de entender estos factores, le llevó otro tiempo prolongado sanar las heridas que lo habían condicionado a vivir una vida homosexual [porque, no se hagan bolas queridos lectores y cochinos apóstatas que nomás ven de lejitos: la homosexualidad no es más que un condicionamiento del cual uno se puede descondicionar...]; y fue a través de experiencias de amor reparadoras por parte de personas heterosexuales que su atracción a personas del mismo sexo fue disminuyendo, al tiempo que comenzaba a tener deseos heterosexuales. [¿Está usted sugiriendo, Mr. Cohen, que no existen "experiencias de amor reparadoras" en un contexto homosexual? Chiaaaleeee... Luego por qué le cancelan sus conferencias, aquí la nota.] “Gracias a esa efectiva terapia de mis amigos, yo experimenté una profunda transformación en mi corazón. [Dale con el corazón y el alma, que, por cierto, NO TIENEN SEXO, así de ese sexo biológico de penes y vaginas con el cual se trata de justificar y explicar todito, todo.] Sentí entonces un llamado de Dios para realizar un grado de maestría en Psicología y ayudar a otros a superar la atracción por personas del mismo sexo”. [¡Ajá! El hilo negro ya apareció: que ciencia ni que terapia ni que nada, ¡esto es un discurso religioso!]

Richard Cohen asegura que, durante sus 26 años de labor como psicoterapeuta, ha ayudado a miles de hombres y mujeres homosexuales alrededor del mundo a llevar una vida heterosexual. Además ha asesorado a cientos de padres de familia para que sepan cómo amar a sus hijos cuando manifiestan inclinaciones homosexuales, y ha capacitado para ayudar a personas a superar su tendencia homosexual, a unos 6 mil psicólogos, psiquiatras, clérigos y líderes religiosos en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. [¿Vieron, pérfidos apóstatas? Cuando se quiere se puede: eso de dejar de ser gay es cuestión de decisión, disciplina y oración, ¡sépanlo bien y dejen de andar exigiendo derechos!]

Un punto importante que aclara Richard Cohen es que las relaciones sexuales nunca son suficientes para llenar el vacío que sienten quienes llevan una vida homosexual [y, ¿las relaciones sexuales heterosexuales sí llenan el vacío o cómo? ¿El vacío ese del que habla, Mr. Cohen, es exclusivamente para homosexuales?], que lo que deben hacer es trabajar sobre dos aspectos trascendentales: sanar aquellas heridas irresueltas del pasado, y reconocer que su condición de homosexual se ha originado de un deseo surgido en la infancia, de obtener aceptación y amor, y no de una necesidad sexual. [Changos, ya me confundí... Mr. Cohen, ¿habla usted de amor, de autoestima, de psicología infantil, de sexo, de dogmas católicos, de expectativas sociales y familiares o de qué demonios?] “Detrás de un homosexual hay un niño dolido por un sentimiento de rechazo, o por falta de amor; y lo que menos necesita para llenar ese vacio es una relación sexual, porque un niño no necesita tener sexo, sino alcanzar un cariño que le fue negado, tener experiencias saludables de amor”. [Supongo que estamos de acuerdo en que un niño no necesita sexo, tampoco una niña. Me pregunto, Mr. Cohen y Desde la fe, si le habrán sugerido terapia de conversión sexual al Padre(cito) Maciel... Tal vez no se les ocurrió porque Maciel nomás era pederasta y es bien sabido que eso se "cura" con un coscorrón, harta introspección en solitario y un conveniente cambio de parroquia...]

Señala que a lo largo de más de cinco lustros como terapeuta, ha visto cuatro tipos de clientes con orientación homosexual que buscan un cambio: personas jóvenes que anhelan la heterosexualidad; personas casadas que, por amor a sus hijos, desean abandonar sus deseos homosexuales; personas que con frecuencia intentan relacionarse con gente del sexo opuesto, pero sin éxito, y finalmente quienes sienten que su estilo de vida es incompatible con sus creencias religiosas o espirituales. [Y el rechazo y la persecución y la discriminación y el bullying naaadaaa tienen que ver con que alguien quiera dejar de ser gay, ¿verdad? La R. que intenta, infructuosamente, complejizar la tipología de Mr. Cohen.]

Cohen ha tenido grandes éxitos [¿así de grandes como los de JuanGa? La R. que se regodea en su chistorete...] ayudando a mucha gente a resolver su problema de homosexualidad y cumplir sus sueños heterosexuales. [¡¿Sueños heterosexuales?! La R. que casi se cae de la risa... ¿Qué sigue? ¿Cumplir los sueños de fama y fortuna de los "conversos" de Mr. Cohen?] “Personalmente, he tenido un 85 por ciento de efectividad en el trabajo. [Es bueno saber que siempre habrá un 15% de casos perdidos que ni cómo hacerle.] A través de un programa que explico en mi libro Comprender y sanar la homosexualidad, la gente puede lograr un cambio de adentro hacia afuera. No se trata de un simple cambio de comportamiento, sino de identificar las causas de esa orientación sexual, para resolver después cada tema. Mediante un proceso de sanación que se detalla, se disiparán los deseos homosexuales y emergerán los heterosexuales”. [Porque, estimados lectores y apóstatas necios que andan merodeando por ahí, es bien sabido que los deseos son como fumarolas o, más bien, como llamaradas de petate que con soplarles tantito ya se esfuman...]

Además de Comprender y sanar la homosexualidad, Richard Cohen ha publicado otro libro intitulado Hijos gay, padres heterosexuales, en el que enumera 12 principios para padres inconformes con la orientación sexual de un hijo. [Creo que aquí el texto revela, muy a su pesar, que a veces los verdaderos "inconformes con los deseos homosexuales" son los papás de los hijos y no los hijos...] “Hay muchos casos en que los padres no soportan tener un hijo con inclinaciones homosexuales, por lo que es importante conocer los pasos a seguir para ayudarlos a cumplir con su verdadero potencial sexual [recontrasic. ¿¡Potencial sexual?! ¿Qué carajos es eso? ¿Es como el potencial creativo o humano pero para el sexo? Mr. Cohen, ¿está usted sugiriéndole a los lectores de Desde la fe que exploren y exploten su potencial sexual hasta el cansancio, hasta la saciedad o hasta dónde? ¿No será eso una mala idea, Mr. Cohen, incluso pecado? La R. que casi, casi desfallece y está a punto de santiguarse, pero por el enorme despropósito en el uso del término "potencial sexual"]; los padres necesitan estar cerca de sus hijos, y las madres cerca de sus hijas [armen ya sus clubes de Toby y Lulú, ¡insidiosos apóstatas! ¿No ven que ahí yace la solución de todo lo que atenta contra la familia y la sociedad y la Iglesia y la civilización y el orden y el progreso?], es uno de los puntos más importantes, una sencilla recomendación que se vuelve cada vez más compleja en la medida en que pasan los años. 

En mi tercer libro –señala Cohen–, Abriendo las puertas del armario, ofrezco ideas prácticas para que cualquier persona pueda entender y resolver el dilema homosexual frente a la Iglesia y la cultura actual. “También hay padres que deben dejar de culparse por las inclinaciones homosexuales de un hijo, para evitar compensar de manera inadecuada, y poder comenzar a amarlo de una forma correcta”. [O sea, ¿cómo? ¿Son culpables o no los padres de las inclinaciones homosexuales de sus hijos? ¿O nomás son la "causa" de tales inclinaciones, aunque ni se den cuenta? Todos esos años de no pelar a los chamacos, ¿explican su homosexualidad? ¿O, tal vez, los padres aman a sus hijos de a tiro "mal" y por eso éstos se "vuelven" gay? ¡Les dije que no habían nacido para amar, pero no me escucharon! ¿Qué pasó con la efectividad comprobada de los clubes de Toby y Lulú? Mr. Cohen, decídase de una vez.]

Finalmente, Cohen envía un mensaje a todas aquellas personas que desean resolver su atracción hacia el mismo sexo: “No dejen que nadie estorbe su camino, no crean cuando la gente dice: ‘No puedes, debes resignarte’. [¿Oyeron eso, cochinos apóstatas? ¡Que nadie les diga que deben resignarse a andar así, como si nada, exigiendo derechos para la gente necia que se empeña en no querer cambiar su perversa homosexualidad que nomás busca destruir a la gran familia mexicana (y, de pasadita, también a la sacrosanta e infalible Iglesia Católica)!] Tú desecha esa renuncia, sigue a tu corazón y nunca claudiques; si yo pude, también tú. Y cuando lo logres, ayuda a otros. ¡Sé Jesús para ellos!” [Por Dios, ¡Yisus! ¡Ya saliste a colación! Ay, Yisus, seguramente estás leyendo estas líneas pensando: ¿por qué me meten en asuntos sobre los cuales nunca prediqué?]

¿Quién es Richard Cohen?

Richard Cohen es licenciado en Psicología Terapéutica por la Universidad de Antioch y la Universidad de Boston. Es psicoterapeuta [sin licencia, ya lo dijo la R. que (casi) siempre hace precisiones muy útiles para el lector y la lectora] y educador, y uno de los mayores expertos en el campo de la reorientación sexual al ser terapeuta y, a la vez, haber experimentado la transición desde la homosexualidad a la heterosexualidad.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El demonio neón

Así como ya sabemos que le depara el destino a Nomi Malone (Elizabeth Berkley) cuando llega a Las Vegas en Showgirls (Paul Verhoeven, Francia / Estados Unidos, 1995), podemos imaginar las dificultades que enfrentará Jesse (Elle Fanning), protagonista de El demonio neón (The Neon Demon, Nicolas Winding Refn, Francia / Dinamarca / Estados Unidos, 2016), al arribar en Los Ángeles procedente de algún lugar en Georgia. Lo mismo aplica para Betty Elms (Naomi Watts) en Mulholland Drive (David Lynch, Estados Unidos, 2001): una chica pueblerina, más o menos ingenua y con harta sed de triunfo, seguramente encontrará algún alma caritativa que le ayude a sortear los desafíos de la gran ciudad mientras trata de alcanzar su sueño de fama y fortuna en el mundo del showbiz gringo. Pero, inevitablemente, las envidias, maldades y sucios trucos no se harán esperar porque la irrupción de esta fresh-faced girl en la competencia encarnizada del showbiz levantará (bajas) pasiones entre sus colegas, ya sean las más veteranas y colmilludas o las jóvenes medio desencantadas que comienzan a hartarse de todo lo que implica el numerito del éxito.  

Con base en esta premisa tan, pero tan trillada, El demonio neón construye una suerte de película de horror psicológico (según dicen Wikipedia y el marketing) para contarnos la increíble, triste y presuntamente terrorífica historia del paso fugaz de Jesse por el mundo de la moda. Y digo "una suerte de" porque el ritmo de esta película es desigual y su tono poco definido, lo cual es mi principal objeción con respecto a ella. Cuidado porque lo que sigue contiene varios spoilers.

Jesse, pues, llega a Los Ángeles y con bastante facilidad y rapidez logra un contrato en una prestigiosa agencia de modelos: tiene ese je ne sais quoi tan codiciado por la industria de la moda, un je ne sais quoi enfatizado hasta la saciedad en la película y que se resume simplonamente en ser demasiado joven, bastante inocente y muy bella. Jesse conoce a la maquillista Ruby (una extraordinaria Jena Malone) quien le presenta a otras dos modelos: Gigi (Bella Heathcote), plástica a más no poder, y Sarah (Abbey Lee), una chica atribulada porque cree que su inminente obsolescencia en la industria se avecina. La fascinación lésbica de Ruby por Jesse y los celos profesionales que despierta en Gigi y Sarah son evidentes: como dice Sarah, ¿quién prefiere la leche agria cuando puede comer carne fresca? Después de una exitosa pasarela, Jesse abraza el poder que su belleza le ha otorgado y, lógicamente, a Ruby, Gigi y Sarah sólo les queda una alternativa: comerse a Jesse enterita y bañarse en su sangre.

En términos formales, El demonio neón es espectacular: la fotografía de Natasha Braier es deslumbrante, así como el diseño de producción de Elliott Hostetter. La extraodinaria música original a cargo de Cliff Martínez -colaborador habitual de Refn- es el eslabón más sólido en el intento, fallido a mi parecer, de Refn por construir esa atmósfera ominosa, enigmática y hasta siniestra propia del terror psicológico, cuyo maestro indiscutible es Lynch. El demonio neón fracasa en lo que It Follows (David Robert Mitchell, Estados Unidos, 2014), esa verdadera joyita del cine indie de terror, logra con creces: la creación de un mundo pesadillesco y perturbador, familiar y bizarro a la vez, para el cual el alucinante soundtrack de Disasterpeace resulta pieza clave.

En otras palabras, la estructura narrativa, el ritmo y el tono de El demonio neón palidecen frente a su sólida propuesta audiovisual dado lo largo, aburrido y hasta anodino de muchas de sus secuencias, enmarcadas, es cierto, por un inicio y un final trepidantes. Prueba de ello es el desenlace de la trama, un auténtico shocker no tanto por la sangre y las vísceras a cuadro, sino porque resulta un poco gratuito. Si bien a lo largo de El demonio neón hay algunas referencias al hecho de que Jesse se convertirá en alimento para una industria que engulle, mastica y escupe a la gran mayoría de quienes tratan de "hacerla" en ella, la secuencia final literalmente nos lo muestra sin haber creado la atmósfera adecuada para que dicha secuencia sea efectiva y no meramente risible. He aquí más spoilers: tras cenarse a Jesse, Sarah acompaña a Gigi a una sesión fotográfica. En ésta, el fotógrafo-del-momento-con-cara-de-pocos-amigos-y-que-sólo-responde-a-su-arte Jack (Desmond Harrington) es seducido por el je ne sais quoi que devoró Sarah y que exuda hasta por la mirada. Jack despide a una de las modelos y le pide a Sarah que tome su lugar. Gigi comienza a sentir un malestar que la hace abandonar el set y se retira al baño donde vomita, entre otras cosas, un ojo de Jesse. Es posible que tanto je ne sais quoi crudo le haya sentado muy mal, nunca lo sabremos, pero Gigi opta por clavarse unas tijeras en el abdomen porque dice que debe sacarse a Jesse de las entrañas. Frente a este escena sangrienta, sólo parte del labio superior izquierdo de Sarah reacciona. Naturalmente (es lo que una haría en una situación similar, ¿no?), Sarah recoge el ojo vomitado, lo engulle como quien no quiere la cosa mientras una solitaria e inexpresiva lágrima desciende por su cara y vuelve al set, soberbia y muy profesional, como si nada. Fin.

No sé si fue el pequeño psicópata que vive dentro de mi quien se carcajeó al ver esta escena final (que de todas formas me parece genial precisamente por ser absurdísima) o si en realidad la conclusión de El demonio neón es tan inesperada y fuera de lugar que causa risas nerviosas y asquito en lugar de asombro. Asombro, pasmo y terror absoluto es lo que ocasiona -aguas, porque aquí viene otro spoiler de otra película- la escena en la cual Black Phillip, la cabra esa diabólica de La bruja (The Witch. A New-England Folktale, Robert Eggers, Estados Unidos / Canadá, 2015), le pregunta a Thomasin (Anya Taylor-Joy) qué es lo que desea. El demonio neón, pues, no logra este efecto en su audiencia: tal vez le falta todo el humor negro que Starry Eyes (Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, Estados Unidos, 2014) explota y explora, otra película indie de horror que aborda el mismísimo tema de El demonio neón, pero cuyo buen timing hace que sus escenas gore (y miren que son varias y bien rudas) sean completa y disfrutablemente efectivas.

Si de dar estrellas se trata, El demonio neón tiene 3 de 5. 



Trailer, cortesía de Movieclips Trailers en YouTube.

sábado, 22 de noviembre de 2014

(No tan) breve historia de la impunidad

Hace muchos, muchos años, en un país muy bonito y así, unos señores -porque en ese tiempo las señoras qué- se hicieron del poder. Culparon a otro señor por todos los males del lindo país, lo mandaron lejos, muy lejos, junto con su señora, y luego se dedicaron a reinar (ay, perdón, quise decir: "a gobernar") en nombre de una tal patria que ellos mismos se inventaron. Ocurría que, a veces, estos señores del poder se peleaban entre sí, pero no había disputa que no pudieran solucionar con billetes, con balas, arrimándose para salir en la foto o nomás haciéndose de la vista gorda y ya. El bonito país progresaba de lo lindo y hasta varias señoras, no sólo las señoras de los señores del poder, empezaron a reinar (me confundí de nuevo: "a gobernar"). Todo iba perfecto en este país tan, pero tan bonito: las promesas de los señores y las señoras del poder parecían bien bonitas y bien patrióticas; el rechulo país, sus riquezas y también sus dineros estaban muy bien repartidos entre quienes lo guiaban por el buen camino de la estabilidad; se hacían felices elecciones de vez en cuando y la gente común y corriente se entretenía con pan y circo. Pero de repente, aparecieron así, como de quién sabe dónde, unos cuantos desestabilizadores inconformes (poquitos nomás) de la tal patria inventada que se atrevieron a querer hacerle daño a este país tan en calma y tan en paz porque no estaban nadita de acuerdo con su muy democrático reparto, por lo que los señores y las señoras del poder mejor los tiraron al mar desde un helicóptero y, muy inocentemente, se hicieron de la vista gorda, gordísima. Y nadie dijo nada, igual y porque nadie se enteró o porque mucha gente común siguió el progresista y muy patriótico ejemplo de sus soberanos (no, no, no: "gobernantes") y también se hizo de la vista gorda y ya.

Resultó que un buen día, otros señores, poderosos y billetudos, aparecieron así, como si nada, en este bonito país. Estos otros señores se dedicaban a comerciar drogas, lo cual era muy mal visto en la tal invención de patria, por lo que los pobrecitos inocentes se sentían un poco excluidos del muy justo y tan, pero tan democrático reparto de este país muy tranquilo y tan estable. Pero a estos otros señores mal vistos se les ocurrió una gran y estupenda idea: ponerse de acuerdo con los señores y las señoras del poder para que ese lindo reparto de este lindo país también los incluyera a ellos y así los dineros de todos crecieran y se multiplicaran en feliz y patriótica armonía. Los otros señores -junto con algunas otras señoras- y los señores y las señoras que reinaban (ay, no es cierto: "que gobernaban"…) en este país tan, pero tan chulo de bonito, se hicieron muy buenos amigos. Se entendieron perfecto porque se hablaban en millones de dólares y así. A veces ocurría que los otros señores mal vistos también se peleaban entre sí -y hasta se peleaban con toda la gente común que se dejara- pero no había disputa que no pudieran solucionar con billetes, con balas o haciéndose los que nunca se habían aparecido en este bonito país, gracias a la feliz e inocente ayuda de sus amigos y amigas del poder. Total: los señores y las señoras del poder eran requete buenos para hacerse de la vista gorda y ya. La estabilidad y la calma y obvio que el patriótico progreso de este bonito país eran tan bonitos como indudables. Por ahí, muy de vez en cuando y como quién no quiere la cosa, había ajustes de cuentas y así, gente común que desaparecía y demás, y hasta aparecían algunos (muy contados, contadísimos) desestabilizadores apátridas que seguían de necios queriendo hacerle daño al muy justo reparto de esta chulada de país, pero como que a los señores y las señoras del poder todas estas cosas no les importaban mucho que digamos. Total: siempre podían tirar al mar desde un patriótico helicóptero a quienes no estuvieran conformes con tanta paz y con tanto progreso. Y aunque nadie dijo nada, la gente común y corriente como que empezaba a olerse que algo muy, pero muy cochino estaba pasando desde hacía mucho tiempo y como que ya no les alcanzaban la indiferencia, el cinismo y el patriotismo inventado como para seguir haciéndose de la vista gorda y ya.

Un buen día, en alguna de las muchas montañas olvidadas de este país tan estable y tan en paz y, sobre todo, tan bonito, resultó que la gente común y corriente empezó a organizarse. Creyeron que tenían derechos y dignidad y que los señores y las señoras del poder ya se habían pasado de lanza. Creyeron que los otros señores, muy mal vistos por una invención patriotera, también se habían pasado de lanza. A partir de entonces, más gente común y corriente de las ciudades y de otros lados también empezó a organizarse porque parecía que ya se había vuelto muy, pero muy difícil hacerse de la vista gorda, así, como si nada. La gente común se dio cuenta de que los señores y las señoras del poder algo escondían -algo muy cochino, cochinísimo- y desde hacía mucho tiempo. Como que la gente común y corriente se dio cuenta de que las promesas de sus soberanos (ay, quise decir: "gobernantes"…) nunca se habían hecho realidad: eran puro atole con el dedo, igualito que su tal patria inventada. Mucha gente común y corriente de este bonito y estable país se enteró de que los señores y las señoras del poder habían tirado al mar a unos cuantos (poquitos, muy poquitos) apátridas desestabilizadores inconformes y que, muy inocentemente, se habían hecho de la vista gorda y ya sobre sus cochinos helicópteros. También se enteraron de que la feliz multiplicación de los dineros de los señores y las señoras del poder estaba tan coludida como en armonía con la feliz multiplicación de los dineros de los otros señores del poder, esos que eran muy mal vistos. Hasta se enteraron de que las elecciones -y las reformas y los discursos y la quesque democracia y las quesque libertades y así- nomás eran parte del pan y del circo y que los señores y las señoras del poder muy feliz y patrioteramente se había hecho de la vista gorda en todo cuanto habían podido. Y a la gente común y corriente se le ocurrió que ya estaba bueno de inocentes vistas gordas y de cochinadas y demás.

Y que se enojan los señores y las señoras del poder. Y que también se enojan los otros señores del poder mal vistos, así nomás, por el puro gusto de enojarse. ¿Cómo que la gente común y corriente no estaba de acuerdo con el muy democrático y muy feliz reparto de las riquezas y de los dineros en esta chulada de país tan patriótico? ¿Cómo que la gente común y corriente pensaba que sus soberanos (uuupppsss, perdón: "gobernantes"...) se habían quedado bien ciegos a puros palos de cochina vista gorda? ¿Cómo que los señores y las señoras del poder eran requete buenos amigos de los otros señores del poder, esos que eran muy mal vistos y que estaban muy, pero muy enojados? ¡Pamplinas! ¡Falso de toda falsedad! Los señores y las señoras del poder trataron de convencer a la gente común y corriente -con más pan, con más circo, con muchísimos billetes y hasta con hartas balas- de que estaba en el error y, sobre todo, de que ellos y ellas nada tenían que ver con los otros señores del poder, esos que eran mal vistos tan patrioteramente, esos quesque se habían aparecido, así nomás, un buen día. Prometieron otra vez, se deslindaron de todos los apátridas habidos y por haber y se volvieron a hacer de la vista gorda, gordísima. Hicieron investigaciones exhaustivas para culpar a quién sabe quién de quién sabe qué; llegaron hasta las últimas, patrioteras y cochinas consecuencias quién sabe cómo; e incluso hicieron más elecciones, tan bonitas como el bonito país en el cual reinaban (zas… "en el cual gobernaban"…) muy feliz e inocentemente. Los señores y las señoras del poder también hicieron votos de limpieza y de transparencia y pretextaron que ellos no tenían la culpa de nadita de nada: este rechulo país era un remanso de democracia, estabilidad y progreso, sépanlo bien, ¡inconformes e ingratos desestabilizadores! Pero nadie les creyó. Y, mientras tanto, los otros señores del poder, esos que eran muy mal vistos, de a tiro enloquecieron: aprovecharon la ceguera de sus amigos y amigas del poder y se pusieron a explotar, desaparecer y matar a la gente común de este bonito y tranquilo país así, como quién no quiere la cosa y como si no hubiera futuro en la tal patria inventada. Total: si los señores y las señoras del poder siempre se hacían de la vista gorda y ya, ¿por qué ellos no? Si los señores y las señores del poder podían tirar al mar desde sus cochinos y patrióticos helicópteros a los (muy, pero muy contados) necios inconformes y luego seguir haciéndose de la vista gorda tan, pero tan inocentemente, ¿por qué ellos no? Pero la gente común y corriente ya estaba organizada: ya no estaban las cosas como para que los señores y las señoras del poder les dieran atole con el dedo y con una sonrisa ciega, cochina y feliz y, encima, como para andar aguantando que los otros señores del poder enloquecidos, muy mal vistos y muy enojados, hicieran y deshicieran y así.

Otro buen día, este bonito país -pero chulo de bonito, de veras- se despertó convertido en una fea, cochina y maloliente fosa clandestina. La gente común y corriente se dio cuenta de que este país en realidad era muy feo y de que había sido feo, feísimo, desde hacía mucho, pero mucho tiempo. A partir de entonces y a pesar de los ríos de sangre que les llegan hasta el cuello, los señores y las señoras del poder hacen como que no ven nada: están muy ciegos, muy cochinos y muy ocupados cuidando su justo y tan democrático reparto de un país que todavía creen que es muy bonito y muy estable y muy así quién sabe cómo. También están muy ocupados cuidándose sus patrioteras espaldas -no vaya a ser la de malas- y, de paso, cuidando las espaldas de los otros señores del poder, tan enloquecidos y tan enojados, esos que son muy mal vistos y de quienes todavía siguen siendo muy buenos amigos. Desde ese día en que todos amanecimos entre cráneos fracturados, cuerpos desmembrados, cenizas, horror y dolor, la gente común y corriente de este feo y cochino país que había sido muy, pero muy bonito se dedica a resistir y a luchar, porque parece que los otros señores del poder, además de muy mal vistos, enojados y locos, están requete envalentonados con tantísimos años de vista gorda por aquí y por allá y por todos lados. Desde ese triste día, incluso desde mucho, mucho tiempo atrás, la gente común también está tratando de hacer que los señores y las señoras del poder recuperen la vista y, si se puede, hasta un poquito de su dignidad perdida, tantita nomás. Aunque este feo país -que alguna vez fuera una chulada de paz, estabilidad y progreso- rezuma cadáveres, corrupción, impunidad y otras cosas más feas y horribles, los señores y las señoras del poder, muy inocentemente, se empeñan en seguir haciendo como que no ven nada, nadita. Total: siempre podrán darle atole con el dedo a la gente común y corriente o tirar al mar, desde sus muy cochinotes y tan patrioteros helicópteros, a los desestabilizadores ingratos (poquitos, poquitos que son, de veras) que siguen con sus necedades y que quieren hacerle daño al muy democrático reparto de un país tan bonito, de un lindo país que, encima y por inconformes, se atreven a pensar que es, de a tiro, muy, pero muy feo. Parece que los señores y las señoras del poder nomás se aferran a seguir reinando (ay, sí cierto: "gobernando"...) sobre las ruinas de su tal invención patriotera, de lo que algún día fuera un país tan rechulo, transformado ahora en fea y maloliente fosa clandestina gracias a todos esos años en que cochinamente se hicieron de la vista gorda, gordísima, y ya...