jueves, 31 de diciembre de 2009

La última y nos vamos

Se va, se va, se fue... Un año más se escurrió como arena entre los dedos. Antes solía hacer recuentos del año que terminaba justo antes de las 12 campanadas: que si hubiera deseado, querido, esperado esto o lo otro; que si tal salió bien, que si tal salió mal, que si tal y tal y lo de más allá; que si unos se fueron y otros llegaron. Pero ante la inminente extinción del 2009 he optado por mirar pa'lante en lugar de pa'tras. Ya lo pasado, pasaaadooo como diría José José. En vísperas del futuro les dejo una rolita esperanzada para ambientar el ciclo por venir. ¡Nos leemos y escribimos en el 2010!



Cause your mornings will be brighter
break the line
tear up rules
make the most of a million times no...
Hope, Bauhaus

Música, cortesía de WraithApe

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Más idas y vueltas

Escribo, me digo, me contradigo. Busco y creo que si encuentro. Me pierdo (con mucha frecuencia y facilidad) y me recupero (aunque a veces, la verdad no me hallo). Como todos, avanzo y retrocedo. Creo saber qué decir pero nunca cuándo (otra vez los destiempos). Espero o, más bien, trato de hacerlo. Generalmente desespero, me desdigo, me extravío, me confundo y parece que ya olvidé lo siguiente que iba a escribir...


Ah, por cierto: me hubiera gustado escribir un post de celebración y agradecimiento por las 10,000 visitas a este humilde bló, pero se me pasó el momento preciso en que la flecha del click dió justo en el blanco del contador. Así que: ¡festejo por todo lo alto las 10,073 visitas a nimbemon...! E infinitas bendiciones a todos y todas los y las que andan leyendo y comentando por aquí...

martes, 29 de diciembre de 2009

Tecnología vs ideología (y unos cuantos extraterrestres en el medio): sobre Avatar

Para Gilberto, por un estupendo reencuentro.

Desde que Avatar de James Cameron se estrenó en cines ha hecho de las suyas. La gente que ya la vio llora, se emociona, aplaude y, con justísima razón, se maravilla ante una película visualmente impecable y extremadamente atractiva. Si: Avatar es el novamás del uso de la tecnología al servicio de la creación fílmica. Pero (el negrito en el arroz sale al quite), hay ciertas cosas de Avatar que, por lo menos a mi, no me convencen y que, para variar, tienen que ver con mis malformaciones ideológicas.

ADVERTENCIA. El presente post, como tantos otros publicados en este espacio, está escrito desde el hígado. Contiene algunos spoilers que, si no has visto la película, pueden arruinarte el goce de la misma. Léase a discreción pues, porque será el sereno pero no me gusta agüarle el cine a nadie...



En un futuro (no muy) lejano en que la Tierra han sido devastada por sus propios habitantes, el marine paraplégico Jake Sully (Sam Worthington) llega a Pandora, una de las lunas del planeta Polifemo, en misión científico-militar para explorar aquéllas tierras exóticas y extraterrestres. Resulta que Jake es el único que puede operar el carisisísimo avatar de su hermano gemelo asesinado, por lo que acepta el trabajo a cambio de una cirugía que le permitirá volver a caminar. A pesar del genuino interés humanista de la Dra. Grace Augustine (Sigourney Weaver) por conocer y comprender a los nativos de Pandora, los Na'vi, a través de los avatares -híbridos creados a imagen y semejanza de ellos a partir de material genético humano-, la única intención del cínico administrador corporativo del lugar, Parker Selfridge (Giovanni Ribisi), es utilizar los avatares para negociar lo más diplomáticamente posible la explotación del muy lucrativo unobtainium de Pandora y, si por las buenas los Na'vi no se dejan despojar de su riqueza, el pendenciero y mamón Coronel Miles Quaritch (Stephen Lang) está ahí para obligarlos a la mala.

Mediante el avatar que controla, el espía Jake se integra al clan Omaticaya de los Na'vi: después de tres meses de convivencia aprende su lengua, sus costumbres y, de paso, se enamora de Neytiri (Zoë Saldaña), quien resulta ser la hija de Eytucan (Wes Studi), líder del clan. Obviamente Jakesully muy pronto se da cuenta de que los Omaticaya no están dispuestos a ser desplazados de su hogar, a ser despojados de su forma de vida, por lo que Quaritch responde de la única manera en que un militar saber hacerlo: destruyendo el Árbol Sagrado en que viven para forzarlos a emigrar. Tras el devastador ataque, Jakesully se pasa del lado de los Omaticaya y se convierte en el caudillo que los Na'vi habían esperado, organiza la resistencia armada ante los invasores y termina por darles una patada en el trasero a los terrícolas belicosos que son exiliados de Pandora para siempre (o hasta nuevo aviso si es que Cameron ya planea una secuela).

No voy a negar que a pesar de sus más de dos horas y media, Avatar me pareció una película muy entretenida y nada aburrida. Tampoco menospreciaré el hecho de que Avatar lleva a las famosas CGIs (imágenes generadas por computadora) a un nivel de maestría y perfección inconcebibles. El problema es que tanto preciocismo, tal despliegue tecnológico, da por resultado un producto esencialmente hollywoodense, diseñado para arrancar lágrimas y dólares (llámenme insensible o retrógada, pero ante la espectacularidad prefiero abogar, como lo hiciera Lars Von Trier hace un tiempo, por el Voto de Castidad del Dogma 95). Además, la historia que Avatar cuenta ya la hemos visto infinidad de veces: en Danza con Lobos (Kevin Costner, 1990), en El último samurai (Edward Zwick, 2003), en La Misión (Roland Joffé, 1986) y en un nutrido etcétera. Avatar explota de manera efectista el leitmotif del extranjero que se torna aborígen y sucumbe a la tentación etnográfica de ser uno con ellos, con los otros, de trascender el mero "estar ahí" que Clifford Geertz tanto defendió; el extranjero que, seducido por tanto exotismo, prístinamente se integra a la tribu para, encima, ser el elegido que guiará a los nativos en su lucha por la emancipación (cualquier alusión etnocéntrica en ello parece no ser mera coincidencia). Avatar realiza lo que para algunos es la imposibilidad antropológica por excelencia -la asimilación total- llevada hasta sus últimas consecuencias: el final de la cinta en que Jakesully deja de ser un inválido mercenario gringo e irremediablemente se convierte en un Na'vi con todas las de la ley tras un ritual nativo que le permite habitar el cuerpo, el corazón y la mente de su avatar alienígena.

Pero esto no es todo: el virtuosismo visual y el final feliz de Avatar hasta cierto punto alienan al espectador promedio de la realidad de la explotación en la Tierra (a partir de este momento doy la palabra al pequeño rojillo que vive dentro de mi). ¿A poco es imprescindible representar a los Condenados de la Tierra de Franz Fanon como extraterrestres de rasgos felinos, cola y enormes ojos para poder vincularnos afectivamente con su infortunio? ¿Neto estamos tan enajenados del dolor humano que nomás con alienígenas sufrientes nos podemos sensibilizar? ¿A poco es indispensable imaginar que, por ejemplo, la Selva Amazónica es un deslumbrante lugar fuera de este mundo para indignarnos con su destrucción diaria? Si los estilizados, carismáticos y azulados Omaticaya se llamaran lacandones, vietnamitas, afganos o cubanos talvez la identificación fílmica no surtiría efecto. No es necesario irse hasta Pandora para tomar consciencia: las escenas en que los Omaticaya se conduelen por la muerte de los suyos recuerdan el drama de la historia de Panamá, Argelia, Nicaragua o Irak, reales víctimas de la expansión capitalista y su incesante búsqueda de nuevas formas de esclavitud.


Si bien Avatar parece criticar la barbarie del imperialismo y la falta de sensibilidad y respeto hacia la vida en todas sus manifestaciones no creo que el "mensaje" de la cinta sea leido unívoca y exclusivamente en este sentido. Sobre todo porque me parece que situar la masacre de un pueblo con todo y su ecosistema para aprovecharse de sus recursos en un lugar a años luz del aquí y el ahora convierte el horror del genocidio en ciencia ficción que, lamentablemente y para una gran mayoría, es más ficción que nada y en la peor de sus acepciones: es el equivalente de irrealidad, fantasía, apariencia. Para reflexionar seriamente sobre el insolente despliegue del poder absoluto prefiero mil veces Vals con Bashir que Avatar. Claro, el gusto se rompe en géneros y, como siempre, quien me manda pedirle peras al olmo...

Trailer, cortesía de machinima
Foto, cortesía de http://history1900s.about.com/library/photos/blyviet55.htm