lunes, 1 de abril de 2019

Dos muertes: Armando Vega Gil y #MeToo

Supongo que he tenido suerte. Lo digo porque nunca me han manoseado en el metro; nunca he sido víctima de violencia física ni sexual; nunca nadie me ha acosado. Aunque tampoco he sido completamente inmune a la violencia patriarcal que parece permearlo todo: por supuesto que perfectos extraños con harta iniciativa se han sentido con el derecho de susurrarme guarradas al oído en plena vía pública (¡qué ricas tetas, mami! y otras joyas de la poesía callejera). Me han arrimado el camarón, así de vulgar y casual como suena, en más de una fiesta para luego hacerse los desentendidos y fingir demencia. Un par de señores casados me han enviado, de la nada, correos electrónicos con propuestas sexuales (el viejo truco de: mira que lindas fotos eróticas me encontré. ¿No se te antoja coger conmigo?). Tuve una relación de pareja con un macho alfa en la cual hubo violencia psicológica y emocional. Diez años después me di cuenta de que era gaslighting: él insistía en que yo era causante directa de absolutamente todo lo malo en nuestra relación, mientras que minimizaba y negaba sistemáticamente su parte de responsabilidad, además de repetirme hasta el cansancio que yo nunca lavaba la ropa, trapeaba el piso, ni cocinaba tan exquisitamente como su mamá sí lo hacía. ¡Plop!

Pensándolo mejor, tal vez no haya sido cuestión de suerte, sino de privilegio. Fue un privilegio que ningún señor con iniciativa y lengua larga me siguiera durante cuadras y cuadras (tal vez porque yo siempre he sido más alta que ellos). Fue un privilegio haber hecho caso omiso de los señores de camarón distraído y autónomo porque tenía los medios para largarme de cualquier lugar a cualquier hora sin ponerme en riesgo. Fue un privilegio desestimar, con la mano en la cintura, propuestas sexuales de señores casados y responder en tono irónico a sus mamadas porque hacerlo no implicaba perder mi trabajo ni vulnerar mi estabilidad económica. Fue un privilegio haber podido mandar a la verga al ahora ex-machín, sin consecuencia alguna, cuando me dijo que era desobediente, floja y voluntariosa (¡la gota que derramó el vaso!) gracias a que yo era la principal proveedora en esa relación. Y a que, en efecto, soy una voluntariosa de lo peor.

En un sistema diseñado para que las mujeres siempre tengamos todas las de perder, casos como el mío claramente son la excepción y no la regla. En un sistema que nos ha enseñado desde niñas a callar y a complacer, el silencio es instrumento de dominación. Es un arma poderosa para mantener las cosas tal y como están, para que las mujeres soportemos sin quejas, nos sacrifiquemos y autoculpabilicemos como forma de vida, carguemos responsabilidades ajenas. Silencio forzado o voluntario, no importa: el silencio -y se ha dicho ad nauseam, ¡caray!- alimenta la impunidad, perpetúa la violencia, impide la justicia. Negarle voz y validez a quienes sufren o han sufrido violencias es una doble invisibilización: de la víctima y de la violencia en sí misma. Por eso calladitas nos vemos más bonitas. Por eso hay que hacer como que aquí no pasó nada y listo. Por eso mejor no decir ni una palabra de esto a nadie. Porque hablar echa luz sobre aquello que los perpetradores de la violencia preferirían dejar a oscuras, no vaya a ser que se les empiece a desmoronar su poder, que tengan que responsabilizarse plenamente por lo que dicen y hacen. Que tengan que pedir disculpas y tratar de resarcir daños.

Eso es justo lo que pasó con la más reciente ola de #MeToo en Twitter. Es lo mismo que pasó con #MiPrimerAcoso en Facebook en 2016. A las mujeres se les ocurrió la peregrina idea de hablar. Tuvieron la osadía de hacerlo y que se desata el horror. Horror por los testimonios que contaron, por la recurrencia de los patrones de violencia, por el cinismo institucional y su complicidad, por la vulnerabilidad de las víctimas. Horror por las descalificaciones a diestra y siniestra: que si las denuncias falsas, que si las venganzas gratuitas, que si la presunción de inocencia y el debido proceso y la vía legal, que si la difamación y los chantajes, que si las mujeres son unas exageradas, que si están locas o ardidas. Por Dios, señoras crueles: ¡no le arruinen la vida a los hombres! Horror por varias disculpas públicas que más bien suenan a autojustificaciones narcisistas (déjenme decirles lo que en realidad pasó...). Las prioridades y preocupaciones de los hombres al centro. Las mujeres y sus voces qué.

Una y otra vez se le pide a las mujeres, en redes sociales y fuera de ellas, que pongan el bienestar de los hombres -y sus deseos, placeres, intereses, gustos, proyectos, carreras, expectativas, sueños, vidas- por encima de su propio bienestar, como históricamente se nos ha exigido que hagamos so pena de abandono, castigo o muerte. Por eso no debería sorprenderme la incapacidad sistemática de algunos hombres para reconocerse a sí mismos como violentadores, para contemplar en sus mentes machinas la posibilidad -para ellos remota, inconcebible- de hacer daño o de haber hecho daño, con o sin intención de hacerlo. Su incapacidad para escuchar y ya. No debería sorprenderme la imperiosa necesidad de algunos de blandir palabras y acallar voces para defenderse a sí mismos y a otros, de restituir su estatus mancillado inmerecidamente a través del monopolio de la voz, de ser el único centro de atención. Bueno, y todo esto dándoles el beneficio de la duda: si a alguien ha maleducado el patriarcado ha sido a los propios hombres. Porque, en una de esas, lo que el #MeToo revela es que algunos señores masculinos singulares no pueden soportar el derrumbe, a plena luz del día, de quienes nos han dicho que son: hombres deconstruidos que lavan trastes, cambian pañales, cuidan niñes, no piden ni comparten nudes, no usan palabras como “zorra” o “perra”, no engañan ni explotan a su pareja, no abusan de niñas ni mujeres, ¡brillantes aliados feministas! Tal vez estos y otros hombres no soportan que sus muy conscientes, premeditadas y alevosas cabronadas hechas en privado irrumpan en el espacio público. Que sus crímenes, pues, tipificados o no, sean expuestos. En suma, no debería sorprenderme la fragilidad de sus masculinidades.

Y justo en medio de esta marabunta, ocurre lo impensable. El músico Armando Vega Gil se suicidó la madrugada de hoy. En su cuenta de Twitter, Vega Gil dejó una carta explicando sus motivos. Expresó de manera contundente que su decisión de suicidarse fue voluntaria, consciente, libre y personal. Advirtió que nadie debía ser culpado o culpada por su muerte. Aún con estas salvedades de por medio, hay personas que hacen una lectura causal, simplista y hasta perversa de esta decisión: Vega Gil fue acusado injustamente de acoso y por eso se suicidó.

Ayer la cuenta de Twitter @MeTooMúsicosMexicanos (desaparecida por breve tiempo y renombrada hace unas cuantas horas como @metoomusicamx) publicó el testimonio de una mujer que narra cómo, en algunos de sus encuentros pasados con Vega Gil y a sus 13 años, le parecieron incómodas las miradas que un hombre de 50 le lanzaba. Cómo el músico hacía comentarios sobre su cuerpo adolescente que a ella le desagradaban. Cómo Vega Gil le escribió que quería enseñarle a besar. Cómo lo que él le escribía cada vez tomaba connotaciones sexuales más evidentes. Hasta que ella lo bloqueó. En su última misiva, Vega Gil dice que esta acusación es falsa. Hace de su muerte una radical declaración de inocencia. Pide disculpas a las mujeres que incomodó con palabras o actitudes machistas. Da por hecho que su vida, después de esta acusación, está acabada. La terrible paradoja es que ambas narrativas pueden convivir, pueden ser ciertas a la vez. Vega Gil puede haber estado genuinamente convencido de no haber dañado a la mujer que lo acusa, pero esta certeza suya no le quita a ella haber vivido su experiencia con él como violencia.

El suicidio de Vega Gil, dicen, mató al #MeToo mexicano. Vaya argumento falaz y oportunista. Como marca la costumbre patriarcal, se responsabiliza a una mujer por la decisión que tomó un hombre. Se culpabiliza a todo un movimiento de mujeres porque un hombre optó por suicidarse, en pleno y libre derecho de disponer de su vida como mejor consideró. En el fondo, quienes arguyen que el suicidio de Vega Gil mató al #MeToo mexicano están mandando un mensaje claro. Que la integridad de los hombres está por encima de lo que las mujeres experimentan como violencia. Que toda acusación puede y debe ser legítimamente desestimada porque resulta potencialmente homicida. Que los hombres valen más que todos los dolores y agravios que padecen las mujeres. Que mejor nos quedemos calladas y dejemos de andar chingando.

Qué vergüenza que haya gente que se busque mártires donde no los hay para justificar sus mezquindades. Qué vergüenza que el suicidio de Vega Gil se esgrima como prueba irrefutable de que #MeToo sólo busca esparcir mentiras a costa de la reputación de los hombres, de su vida incluso. De que #MeToo sea, supuestamente, un cúmulo de revanchas inmotivadas, una vil cacería de brujas. La ironía en este dicho es involuntaria: brujas las mujeres y hombres que otros hombres quemaron en la hoguera durante siglos, no los hombres que se escudan tras una situación trágica para evitar, a toda costa, que se hagan visibles las violencias en las que incurrieron o siguen incurriendo aunque no las hayan vivido ellos mismos como violencias, ya sea por ingenuidad, conveniencia, costumbre, pendejez o, de plano, maldad. Para evitar mirar hacia dentro y hacer un verdadero examen de conciencia. Para que todo siga igualito a como está: un sistema diseñado para que las mujeres siempre tengamos todas las de perder y, encima, se nos eche la culpa de ello.

lunes, 6 de agosto de 2018

Avelina, el graffiti y el pastelazo: cronología y moralejas

En el estilo de Por mi madre, bohemios, legado del Monsi para quienes pensamos que la ironía y el humor son salvavidas en el naufragio de un mundo absurdo, dejo aquí una suerte de cronología -y unas cuantas moralejas- del pastelazo que le dieron a la crítica de arte Avelina Lésper tras un diálogo que ella misma convocó sobre graffiti en el Museo de la Ciudad de México.

Todo empezó en marzo de este año cuando Avelina declaró en el finísimo [sic] programa de radio Dispara Margot, dispara, y cito: "El graffiti no es arte. El graffiti es un acto vandálico de subnormales." Y Horacio Villalobos, abonando al muy ilustre [sic] diálogo [más sic] que siempre se entabla en el mencionado programa, remató diciendo: "No, [mejor] rayen sus nalgas." ¿Por qué no me extrañan nada, nadita estas opiniones lapidarias, muy ilustradas [recontra sic], decimonónicas, esteticistas y, encima, clasistas? Porque son las típicas opiniones que estila y propaga Avelina, a la menor provocación, en su papel de paladina no oficial del deber ser estético, de las buenas conciencias a favor de lo mejor del arte y en contra de la contaminación visual y hasta espiritual. ¡Todo sea por establecer la dictadura de la belleza, chingau! 

Moraleja: no está chido agredir verbalmente a la banda y mucho menos hacerlo al aire. Eso también es violencia.

En julio [tal vez antes, una nunca sabe, susurra la R.] apareció un graffiti en la Calle 4 Poniente, esquina Periférico Sur, que, de acuerdo con la evidencia visual en el propio blog de Avelina, tenía la siguiente consigna: "¡Avelina Lésper me la pelas!". Avelina explicó en su blog que estaba buscando al autor o autores del graffiti para platicar, así casual, y la cito, "acerca de cuál es la finalidad de estas pinturas [¿qué no era obvio, Avelina? ¡Te la estaban refrescando por tus comentarios!] y sobre las diferencias de calidad entre ellas, en qué limite esto puede ser arte urbano o simple vandalismo [porque siempre es pertinente teorizar, echarle reflexión sesuda al asunto y delimitar las fronteras estéticas y morales del arte, ¿verdá?]." 

Moraleja: la que se lleva, se aguanta. 

Huelga apuntar que la disparidad de los medios que se emplearon -radio versus una solitaria pared- para realizar este intercambio de palabras habla de un claro privilegio de una, Avelina, frente a la carencia de tal privilegio concreto de otros, los hasta ese momento anónimos artistas que hicieron el graffiti en cuestión. Ah, pero se me olvidaba que para hablar del arte, impoluto, exquisito y estetiquísimo, las relaciones de poder y dominación no existen. Porque cuando se habla de arte [o de cualquier otra cosa] nadie, nunca ha opinado, opina u opinará desde una posición de privilegio, no sean ingenu@s, ¡caray! 

Supongo que a Avelina no le molestó tanto el mensaje porque hasta pidió a su amigo el Irrompible López, quien descubrió el graffiti, que le tomara una foto junto a éste [la foto, ¿será o no arte? ¡Vaya misterio!]. Avelina subió esta foto a su blog en varios, no uno, varios posts [la R. enfática] y tras enterarse de quiénes hicieron el graffiti, Mufo y Neón, a Avelina se le ocurrió una idea genial [porque nunca está de más capitalizar todo potencial escándalo. La R. muy previsora]: convocarlos a un evento. Es más: convocar a tod@s l@s graffiter@s de la Ciudad de México a un evento que tendría por nombre, de acuerdo con su propio cartel, Debate en torno al grafiti ¡Avelina Lésper me la pelas! Si vas a hacer algo que lleve tu nombre, tipo Guggenheim Fellowship o Nobel Prize, pos hacerlo en grande, ¿que no? 

De tal suerte, la foto de Avelina junto al graffiti se transformó en ilustración para el cartel del encuentro cuyo objetivo era, y cito su blog de nuevo, proponer "un diálogo sobre lo que implican estas intervenciones y en qué sustentan su valor para considerarlas arte". Pero es menester señalar cómo enmarcó Avelina su invitación al diálogo -abierto y sin intermediarios [¿de veras? A la R. le entra la duda]- y para ello vuelvo a citar su blog, con todo y gazapos de redacción: "La llamada de atención de Mufo y Neon [WTF!!! La R. anglófila, como de costumbre] deberá ser un punto de partida, me interesa mucho escuchar y conocer los distintos puntos de vista [neto, Avelina, ¿no te interesa más aleccionar a la banda, apuntar hacia sus transgresiones estéticas y morales y, ya entrada en gastos, tal vez recibir una disculpilla de pasadita y como no queriendo la cosa?], que la comunidad graffitera puedan [sic] llevar la responsabilidad de su autoría más allá de la clandestinidad y que expresen las ideas que pueden existir detrás de cada graffiti." Esta llamada de atención [como de maestra de primaria, por cierto] fue una de las razones por las cuales el colectivo Escritores de graffiti declinó, de manera legítima e inequívoca, la invitación a participar en el evento, como explicaron en una carta abierta. 

Me doy aquí el permiso de hacer una digresión chiquita, muy chiquita y muy, pero muy ñoña: si hablamos de autoría, ¿hablamos de arte? ¿O no siempre es así? La autoría, ¿se refiere sólo al discurso de una obra o también a la producción de la obra y, por extensión, a la obra misma? Y si ya le estamos dando estatus de obra a algo en función de que vehicula un discurso, ¿esa obra es arte, no lo es, en qué contextos sí puede ser arte y en qué contexto no? Si la obra de arte, como ha dicho Avelina repetidísimas veces, debe explicarse a sí misma y no necesita intérpretes externos, ¿qué no este graffiti significa, claramente, una mentada de madre? O sea, si el graffiti ¡Avelina Lésper me la pelas! es autoexplicativo de su significado, ¿esa característica le da, automáticamente, el estatus de obra de arte? [La R. muy reflexiva que trata de dar respuestas concluyentes a estas preguntas, por supuesto sin éxito, para caer súbitamente en el sospechosismo total...] Tal vez lo que está a discusión aquí no es el arte ni sus límites; tampoco si el graffiti es o no arte, sino deslindar responsabilidades frente a un agravio: saber por qué alguien hizo algo e invitarles [como yo solía decir el siglo pasado cuando era maestra de primaria] a tener el valor moral de asumir las consecuencias de sus propios actos y bla, bla, bla...

Moraleja: no está chido convocar a la banda a platicar en un evento con la intención [supongo] de dar lección, con todo y dedito acusador por delante, o de nomás lucirse al protagonizar dicho evento [vuelvo a suponer].

El sábado 4 de agosto de 2018 se realizó el ahora fatídico encuentro [la R. con lagrimita y ojito Remi frente a otro fracaso de la comunicación] entre graffiter@s y Avelina con el resultado del cual much@s ya nos enteramos. Del diálogo, que pueden ver casi completo [porque falta el principio] aquí, solo diré una cosa: si el interés central de Avelina era escuchar y conocer distintos puntos de vista de la comunidad graffitera, en lugar de iluminarnos con su monumental arsenal de conocimiento acerca del tema [#not de la R. anglófila y noventera], debería haberse sentado entre el público y no en la posición de privilegio del estrado, cerquita del micrófono, como acostumbra. A Avelina, me atrevería a decir, le tocaba el papel de espectadora, de escucha, y no de ponente. Porque es más que conocido lo que Avelina opina sobre el graffiti y el arte en general [¡muchas gracias, Dispara Margot, dispara por tantas horas de claridosas opiniones de Avelina!]. 

Moralejas: no está chido tratar de transformar un diálogo en monólogo para la autopromoción o, siquiera, en diálogo de sordos, ni tampoco está chido agredir pasteleramente a la banda.

Entiendo las ganas terribles de empastelar a Avelina. [Y, en mis días más grinch, hasta las comparto, aunque luego se me pasan. La R. muy sincerota.] Pero es obligación -al menos mía y, sobre todo, en este trinche país tan violento- no avalar la violencia, aunque se trate de pasteles, gelatines o flanes y no de balas o golpes. Que quede claro que echarle pasteles a la banda, aunque sea pura cremita Chantilly, no está chido, además de que es un desperdicio de comida. Sin embargo, eso de los pastelazos es mucho más complejo y simbólico de lo que parece: es indispensable precisar que este tipo de agresiones -porque sí son agresiones, sí tienen el propósito de herir- duelen mucho más en el ego y no tanto en la cara. Lanzar pasteles a gente en posiciones de poder ha sido toda una estrategia transgresora anti-establishment, de la cual me enteré gracias a un post en Facebook de Imuris Valle quien, por cierto, sí sabe acerca del graffiti, sí estuvo presente en el evento y sí participó en él. 

No creo tener nada más que decir. Podría comentar el más reciente post [del domingo 5 de agosto, la R. muy precisa y cronológica] en el blog de Avelina, cuyo título hace las veces de resumen / consigna / queja express: NO ME CALLARÀN COBARDES [las mayúsculas son de Avelina, el grito y la tilde coqueta también]. En este post, Avelina escribe sobre "el chantaje del victimismo social" en que están instalad@s l@s graffiter@s y que les impide responsabilizarse de sus actos. Supongo que Avelina habla del pastelazo y no del graffiti que inició todo este mere(quete)ngue. Pero se autovictimiza a lo largo del texto y, encima, exclama que fue objeto de represión y, agárrense por favor, ¡víctima de la maldita censura! [¡Santa Niña de Atocha! ¿Neto, Avelina? Snif... Aunque la R. muere de ganas por desmenuzar este falsísimo argumento de Avelina, tiene cosas apremiantes que hacer.] Me da pereza seguir escribiendo, por no decir hueva. Mejor lean lo que Imuris dice sobre este diálogo fallido. Su texto sí apela al intercambio de ideas y a la escucha y no supone los prejuicios, cerrazón y actitud permanentemente impositiva características de Avelina.

domingo, 22 de octubre de 2017

El día que conocí al Chapo: sobre el debate de la autorrepresentación en el cine documental

Tod@s hemos sentido la cosquillita de querer contar infinidad de historias, personales y ajenas, porque nos parecen urgentes, interesantes, relevantes, geniales y demás. Ya sea que abordemos tales historias desde el muy pedestre chisme o, de a tiro, desde el rumor -por el puritito morbo, pues- o que la narración, en sus múltiples formas, sea a lo que nos dedicamos profesionalmente, el muy escabroso tema sobre quién cuenta qué historia y cómo lo hace es ineludible. Para el cine documental este tema es fundamental dado que constituye su corazón ético y es, a todas luces, un asunto de poder. ¿Quién lleva la voz cantante en un documental y por qué? ¿Qué peso y sentido se le da a otras voces que no son estrictamente la del/a realizador/a? ¿Cuánta injerencia y capacidad de decisión tienen l@s protagonistas de un documental para narrar su propia historia, para representarse a sí mism@s? Además de la obvia cuestión legal y económica de los (a veces) carísimos derechos, además de la tensión entre proteger la privacidad de l@s entrevistad@s y revelar asuntos de potencial interés público, creo que "hablar por otr@s", "darles voz", "pasarles el micrófono" o como queramos llamarle amerita harta discusión. Porque, ¿es realmente posible "hablar por otro@s", contar su historia? Ello, me parece, es el telón de fondo de la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo, una producción de Netflix, dirigida por Carlos Armella y en la cual Kate también funge como una de las productoras ejecutivas.

En El día que conocí al Chapo Kate cuenta, a cámara y obviamente en primera persona, esta historia rocambolesca, como la calificó Carmen Aristegui en una entrevista. Y bien empleado el adjetivo: a lo largo de los tres episodios de la serie y durante poquito más de 160 minutos se detallan no sólo los alucinantes pormenores del encuentro entre Kate y Joaquín Guzmán Loera, sino también la particular génesis y tremendas consecuencias del mismo, sobre todo para Kate. Este encuentro y sus ramificaciones son ya del dominio público, con los enredos y la mala leche que, en ocasiones, ello implica: que si todo empezó con un inocente tweet en el cual Kate aseguró creer más en el Chapo que en el gobierno mexicano (no la culpo pero, ¡aguas, Kate! Tanto gobierno como crimen organizado en México apestan a muerte, impunidad y corrupción). Que si Kate y el Chapo intercambiaron abundantes mensajes mediante un celular proporcionado a Kate por los abogados del Chapo (intercambio en el cual quienes han visto demasiadas telenovelas leen una suerte de romance). Que si Sean Penn, como quien no quiere la cosa, se subió al tren de un proyecto proto-cinematográfico y arriesgadísimo para darle seriedad y profesionalismo al asunto (y también porque el pequeño y arriesgado periodista/activista/justiciero que vive dentro de él lo obligó a hacerlo). Que si el Chapo se fugó, por segunda ocasión, de una prisión mexicana (y a Peña Nieto no se le cayó la cara de vergüenza). Que si, aprovechando la fuga, Kate, Sean y dos productores de Hollywood viajaron a un remoto lugar en Sinaloa para encontrarse con el Chapo, un operativo peliagudísimo, orquestado magistralmente por la gente del Chapo. Que si -oh, ¡sorpresa!- atraparon al Chapo por tercera ocasión y esta vez dado que la inteligencia gringa [sic] y la mexicana [recontrasic] estaban monitoreando las comunicaciones entre Kate y el Chapo. Que si, en resumidas cuentas, Sean nomás quería publicar su súper exclusivísima exclusiva con Guzmán Loera en la revista Rolling Stone porque Pulitzer, here I come! (y que ni le dio seguimiento al proyecto inicial que le permitió conocer al Chapo, tampoco las gracias a Kate por el contacto). Que si el gobierno mexicano investigó a Kate por presunto lavado de dinero y obstrucción de la justicia (pero no encontraron nada de nada para levantarle cargos, fue puritita intimidación y ganas de joder). Y muchos otros que si. Rocambolesca la cosa, pues.

A reserva de que el contenido de El día que conocí al Chapo es muy, pero muy interesante -creo que contextualiza de manera amplia, eficaz y certera la historia que cuenta y que toca varias aristas indispensables para tratar de explicar la (fallida y absurda) guerra contra el narcotráfico- su discurso audiovisual resulta meramente ilustrativo y de carácter bastante plano y convencional. Sin embargo, el oficio de Armella -quien codirigió el excelente documental Toro negro- es evidente: el impresionante despliegue de cabezas parlantes le da legitimidad y sustancia no sólo a Kate como protagonista de El día que conocí al Chapo, sino a su versión de lo que pasó. Desde Sanjuana Martínez, Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra, John M. Ackerman, Froylán Enciso, Catalina Ruiz-Navarro, Sabina Berman, Diego Enrique Osorno, Jenaro Villamil y hasta los abogados de Kate, el abogado del Chapo, la familia y las amigas cercanas de Kate, estas cabezas parlantes (y varias otras más; tal vez son demasiadas, pero había que echar toda la carne al asador, ¿qué no?) avalan la versión de Kate de lo sucedido e, incluso, enjuician su proceder y cuestionan sus motivos (que si Kate hizo lo que hizo para lanzar al estrellato su carrera en los US of A; que si fue demasiado cándida y le faltó harto colmillo; que si no sabía, bien a bien, en qué se estaba metiendo, referido ésto a hacer cine y a hacerle una entrevista al prófugo más buscado del mundo), algo notable y loable al considerar el rol de Kate como productora ejecutiva de la serie. El día que conocí al Chapo -parte mea culpa, parte recuento de los daños, parte defensa apasionada- construye un punto de vista crítico a propósito de la rocambolesca historia que cuenta, lo cual mucho se agradece. Ah, bueno, y también está Jorge Castañeda diciendo, entre otras cosas, la babosada de que interpretar el ensañamiento del gobierno mexicano con Kate no tiene nadita que ver con misoginia ni sexismo. ¿Neto, Sr. Ex-canciller? Mansplaining marca diablo... Nomás hay que ver el escandalillo que le quieren armar a Kate por reconocer en esta serie que tuvo sexo con Sean para entender que la misoginia, el sexismo y la moralina desbocada están totalmente inmiscuidas en ésta y muchas otras historias. ¿Neto la "fuerte declaración" de que Kate y Sean cogieron es como para escandalizarse frente a todo lo demás, de mayor peso e interés, que también revela El día que conocí al Chapo? Esa, onvres y algunos señores masculinos singulares por ahí, no es la nota, porque no es ni remotamente el tema a discusión en El día que conocí al Chapo.

Si partimos de la motivación inicial -muy legítima, eso sí- que Kate ha expresado de manera pública varias veces, el (tal vez infortunado) encuentro entre la actriz y el capo que narra El día que conocí al Chapo agarra camino y vuelo porque Kate quería contar la historia del Chapo (¡vaya encomienda dificil!) y Guzmán Loera accedió a cederle los derechos sobre su vida para hacer una película. O sea, pareciera ser que todo este épico desmadre se desató por puritito amor al cine. Pero, si ponemos en tela de juicio lo anterior (lo cual plantea la propia serie), tanto para Kate como para el Chapo había mucho más en juego que el simple amor por el cine: vanidad, interés (no únicamente económico), reivindicación, prestigio, fama, hasta me atrevería a decir que verdad, tanto la muy particular verdad del Chapo sobre su propia vida como la forma en que Kate entiende esta verdad y las implicaciones, a varios niveles, de representarla.

El argumento de querer encontrarse con el Chapo porque "cómo crees que un periodista serio se negaría a hacerle una entrevista" se confronta con el prurito, bastante razonable, de no asociarse con narcos nunca, ni para hablar con ellos. Pero el arrojo periodístico (en el mejor de los casos) y la cautela por motivos de supervivencia tienen justificaciones sólidas. El evidente peligro que supone vincularse con (y no se diga adentrarse en) las redes clandestinas del narcoráfico -peligro vuelto muerte en incontables casos de periodistas y defensores de derechos humanos asesinad@s en este trinche país- impide acercarse al otro lado de la historia oficial que machaconamente nos receten día a día en los noticieros televisivos: los narcos no tienen nada que decir, otra expresión del típico "aquí no se negocia con criminales", aunque se haga por debajo de la mesa y a oscuras para lograr otros fines. Sanjuana Martínez dice en El día que conocí al Chapo que es necesario escuchar las voces de estos criminales porque sí tienen mucho qué decir a propósito de su papel en la guerra que padecemos y de otras tantísimas cosas. No se trata de hacer apología del crimen -porque, ¡qué más sublime apología del crimen que la fuga del Chapo del Altiplano!- sino de buscar entender, desde sus propias palabras y experiencias, a quienes demonizamos cotidianamente sin empacho alguno. No se trata, tampoco, de romantizar a los cárteles y a sus líderes; no se trata de justificar sus atrocidades porque son absolutamente injustificables (hacia lo cual también apunta esta serie). Si me apuran un poco, tampoco se trata simplemente de "darles voz" a los narcos de manera acrítica e ingenua (¡como si "darle voz" a alguien fuera tan simple!), sino de conocer estas voces silenciadas y de reconocer su validez e, incluso, su utilidad. Y, si me apuran un poco más, tal vez pueda tratarse de apelar a que también los narcos y demás personajes oscuros que pueblan el hoyo profundo y negro en que se ha convertido México, por más abyectos y censurables que sean en función de sus horrendos actos, tienen derecho a autorrepresentarse dado que siempre son vistos en los medios de comunicación a la luz de otras miradas que, lógica y perversamente para la clase política y el establishment, no son las suyas. Lo cual me recuerda la premisa, si bien pragmática, de esa buenísima y muy recomendable serie de ficción sobre asesinos seriales, también cortesía de Netflix, Mindhunter: ¿cómo te adelantas a la locura si no sabes cómo opera? Pero eso es completamente otra historia...

Ahora bien, falta ver si y cómo Kate cuenta la historia de vida del Chapo. Falta ver qué recursos empleará, qué negociaciones (en sentido amplio) tendrá que entablar con su protagonista, qué responsabilidades y compromisos asumirá. Habrá que ver el grado de injerencia que tendrá el Chapo al narrar su propia historia. Habrá que ver, si eso es remotamente posible, cómo se autorrepresenta el Chapo en la pantalla. Yo digo que Kate debería hacer un documental de la vida del Chapo y que, por favorcito, no se aviente a hacer una película de ficción, un drama que parezca telenovela. Total: la experiencia que le ha dejado a Kate esta serie, en su papel como productora, puede serle muy valiosa si su proyecto toma la vía de la representación documental.

En El día que conocí al Chapo, obviamente, Guzmán Loera es un personaje secundario. Es como los zombies en The Walking Dead que a lo largo de ocho temporadas han pasado de ser protagonistas del drama a ser un constante y elusivo riesgo para l@s protagonistas en sentido estricto, una pieza de utilería que se emplea a discresión. El día que conocí al Chapo es, más que nada, la historia de Kate y quien mejor que la propia Kate para contárnosla, mucho más si consideramos que Sean ya fue protagonista de su singular versión de los hechos, ya nos deleitó con esa vanity piece -horrible, pretenciosa, narcisista- que le publicó Rolling Stone y que de periodismo tiene poco, poquito o casi nada, a pesar de los esfuerzos de Sean por justificarla en esos términos. Y bueno, dice Sean que El día que conocí al Chapo es basura. "Es reprehensible", continúa Sean en una nota del New York Times, "que, en su esfuerzo continuado e implacable por ganar atención y publicidad adicionales, la Srita. del Castillo y su equipo (quienes no tienen conocimiento alguno de primera mano) hayan buscado crear esta narrativa profundamente falsa, ridícula e insensata." Demasiado tarde, amigou: tuviste oportunidad de contar tu veldá en tu artículo. Además Sean, ¿desde cuándo tienes tiempo en tu muy apretada agenda libertaria de causas variopintas de izquierda para la crítica de cine seria? Es hora de que Kate cuente su verdad sin corolarios ni protagonismos tuyos de por medio.
 
Si de dar estrellas se trata, a la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo le doy 4 de 5. Aquí el trailer pa que se animen a verla porque sí es recomendable.