domingo, 22 de octubre de 2017

El día que conocí al Chapo: sobre el debate de la autorrepresentación en el cine documental

Tod@s hemos sentido la cosquillita de querer contar infinidad de historias, personales y ajenas, porque nos parecen urgentes, interesantes, relevantes, geniales y demás. Ya sea que abordemos tales historias desde el muy pedestre chisme o, de a tiro, desde el rumor -por el puritito morbo, pues- o que la narración, en sus múltiples formas, sea a lo que nos dedicamos profesionalmente, el muy escabroso tema sobre quién cuenta qué historia y cómo lo hace es ineludible. Para el cine documental este tema es fundamental dado que constituye su corazón ético y es, a todas luces, un asunto de poder. ¿Quién lleva la voz cantante en un documental y por qué? ¿Qué peso y sentido se le da a otras voces que no son estrictamente la del/a realizador/a? ¿Cuánta injerencia y capacidad de decisión tienen l@s protagonistas de un documental para narrar su propia historia, para representarse a sí mism@s? Además de la obvia cuestión legal y económica de los (a veces) carísimos derechos, además de la tensión entre proteger la privacidad de l@s entrevistad@s y revelar asuntos de potencial interés público, creo que "hablar por otr@s", "darles voz", "pasarles el micrófono" o como queramos llamarle amerita harta discusión. Porque, ¿es realmente posible "hablar por otro@s", contar su historia? Ello, me parece, es el telón de fondo de la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo, una producción de Netflix, dirigida por Carlos Armella y en la cual Kate también funge como una de las productoras ejecutivas.

En El día que conocí al Chapo Kate cuenta, a cámara y obviamente en primera persona, esta historia rocambolesca, como la calificó Carmen Aristegui en una entrevista. Y bien empleado el adjetivo: a lo largo de los tres episodios de la serie y durante poquito más de 160 minutos se detallan no sólo los alucinantes pormenores del encuentro entre Kate y Joaquín Guzmán Loera, sino también la particular génesis y tremendas consecuencias del mismo, sobre todo para Kate. Este encuentro y sus ramificaciones son ya del dominio público, con los enredos y la mala leche que, en ocasiones, ello implica: que si todo empezó con un inocente tweet en el cual Kate aseguró creer más en el Chapo que en el gobierno mexicano (no la culpo pero, ¡aguas, Kate! Tanto gobierno como crimen organizado en México apestan a muerte, impunidad y corrupción). Que si Kate y el Chapo intercambiaron abundantes mensajes mediante un celular proporcionado a Kate por los abogados del Chapo (intercambio en el cual quienes han visto demasiadas telenovelas leen una suerte de romance). Que si Sean Penn, como quien no quiere la cosa, se subió al tren de un proyecto proto-cinematográfico y arriesgadísimo para darle seriedad y profesionalismo al asunto (y también porque el pequeño y arriesgado periodista/activista/justiciero que vive dentro de él lo obligó a hacerlo). Que si el Chapo se fugó, por segunda ocasión, de una prisión mexicana (y a Peña Nieto no se le cayó la cara de vergüenza). Que si, aprovechando la fuga, Kate, Sean y dos productores de Hollywood viajaron a un remoto lugar en Sinaloa para encontrarse con el Chapo, un operativo peliagudísimo, orquestado magistralmente por la gente del Chapo. Que si -oh, ¡sorpresa!- atraparon al Chapo por tercera ocasión y esta vez dado que la inteligencia gringa [sic] y la mexicana [recontrasic] estaban monitoreando las comunicaciones entre Kate y el Chapo. Que si, en resumidas cuentas, Sean nomás quería publicar su súper exclusivísima exclusiva con Guzmán Loera en la revista Rolling Stone porque Pulitzer, here I come! (y que ni le dio seguimiento al proyecto inicial que le permitió conocer al Chapo, tampoco las gracias a Kate por el contacto). Que si el gobierno mexicano investigó a Kate por presunto lavado de dinero y obstrucción de la justicia (pero no encontraron nada de nada para levantarle cargos, fue puritita intimidación y ganas de joder). Y muchos otros que si. Rocambolesca la cosa, pues.

A reserva de que el contenido de El día que conocí al Chapo es muy, pero muy interesante -creo que contextualiza de manera amplia, eficaz y certera la historia que cuenta y que toca varias aristas indispensables para tratar de explicar la (fallida y absurda) guerra contra el narcotráfico- su discurso audiovisual resulta meramente ilustrativo y de carácter bastante plano y convencional. Sin embargo, el oficio de Armella -quien codirigió el excelente documental Toro negro- es evidente: el impresionante despliegue de cabezas parlantes le da legitimidad y sustancia no sólo a Kate como protagonista de El día que conocí al Chapo, sino a su versión de lo que pasó. Desde Sanjuana Martínez, Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra, John M. Ackerman, Froylán Enciso, Catalina Ruiz-Navarro, Sabina Berman, Diego Enrique Osorno, Jenaro Villamil y hasta los abogados de Kate, el abogado del Chapo, la familia y las amigas cercanas de Kate, estas cabezas parlantes (y varias otras más; tal vez son demasiadas, pero había que echar toda la carne al asador, ¿qué no?) avalan la versión de Kate de lo sucedido e, incluso, enjuician su proceder y cuestionan sus motivos (que si Kate hizo lo que hizo para lanzar al estrellato su carrera en los US of A; que si fue demasiado cándida y le faltó harto colmillo; que si no sabía, bien a bien, en qué se estaba metiendo, referido ésto a hacer cine y a hacerle una entrevista al prófugo más buscado del mundo), algo notable y loable al considerar el rol de Kate como productora ejecutiva de la serie. El día que conocí al Chapo -parte mea culpa, parte recuento de los daños, parte defensa apasionada- construye un punto de vista crítico a propósito de la rocambolesca historia que cuenta, lo cual mucho se agradece. Ah, bueno, y también está Jorge Castañeda diciendo, entre otras cosas, la babosada de que interpretar el ensañamiento del gobierno mexicano con Kate no tiene nadita que ver con misoginia ni sexismo. ¿Neto, Sr. Ex-canciller? Mansplaining marca diablo... Nomás hay que ver el escandalillo que le quieren armar a Kate por reconocer en esta serie que tuvo sexo con Sean para entender que la misoginia, el sexismo y la moralina desbocada están totalmente inmiscuidas en ésta y muchas otras historias. ¿Neto la "fuerte declaración" de que Kate y Sean cogieron es como para escandalizarse frente a todo lo demás, de mayor peso e interés, que también revela El día que conocí al Chapo? Esa, onvres y algunos señores masculinos singulares por ahí, no es la nota, porque no es ni remotamente el tema a discusión en El día que conocí al Chapo.

Si partimos de la motivación inicial -muy legítima, eso sí- que Kate ha expresado de manera pública varias veces, el (tal vez infortunado) encuentro entre la actriz y el capo que narra El día que conocí al Chapo agarra camino y vuelo porque Kate quería contar la historia del Chapo (¡vaya encomienda dificil!) y Guzmán Loera accedió a cederle los derechos sobre su vida para hacer una película. O sea, pareciera ser que todo este épico desmadre se desató por puritito amor al cine. Pero, si ponemos en tela de juicio lo anterior (lo cual plantea la propia serie), tanto para Kate como para el Chapo había mucho más en juego que el simple amor por el cine: vanidad, interés (no únicamente económico), reivindicación, prestigio, fama, hasta me atrevería a decir que verdad, tanto la muy particular verdad del Chapo sobre su propia vida como la forma en que Kate entiende esta verdad y las implicaciones, a varios niveles, de representarla.

El argumento de querer encontrarse con el Chapo porque "cómo crees que un periodista serio se negaría a hacerle una entrevista" se confronta con el prurito, bastante razonable, de no asociarse con narcos nunca, ni para hablar con ellos. Pero el arrojo periodístico (en el mejor de los casos) y la cautela por motivos de supervivencia tienen justificaciones sólidas. El evidente peligro que supone vincularse con (y no se diga adentrarse en) las redes clandestinas del narcoráfico -peligro vuelto muerte en incontables casos de periodistas y defensores de derechos humanos asesinad@s en este trinche país- impide acercarse al otro lado de la historia oficial que machaconamente nos receten día a día en los noticieros televisivos: los narcos no tienen nada que decir, otra expresión del típico "aquí no se negocia con criminales", aunque se haga por debajo de la mesa y a oscuras para lograr otros fines. Sanjuana Martínez dice en El día que conocí al Chapo que es necesario escuchar las voces de estos criminales porque sí tienen mucho qué decir a propósito de su papel en la guerra que padecemos y de otras tantísimas cosas. No se trata de hacer apología del crimen -porque, ¡qué más sublime apología del crimen que la fuga del Chapo del Altiplano!- sino de buscar entender, desde sus propias palabras y experiencias, a quienes demonizamos cotidianamente sin empacho alguno. No se trata, tampoco, de romantizar a los cárteles y a sus líderes; no se trata de justificar sus atrocidades porque son absolutamente injustificables (hacia lo cual también apunta esta serie). Si me apuran un poco, tampoco se trata simplemente de "darles voz" a los narcos de manera acrítica e ingenua (¡como si "darle voz" a alguien fuera tan simple!), sino de conocer estas voces silenciadas y de reconocer su validez e, incluso, su utilidad. Y, si me apuran un poco más, tal vez pueda tratarse de apelar a que también los narcos y demás personajes oscuros que pueblan el hoyo profundo y negro en que se ha convertido México, por más abyectos y censurables que sean en función de sus horrendos actos, tienen derecho a autorrepresentarse dado que siempre son vistos en los medios de comunicación a la luz de otras miradas que, lógica y perversamente para la clase política y el establishment, no son las suyas. Lo cual me recuerda la premisa, si bien pragmática, de esa buenísima y muy recomendable serie de ficción sobre asesinos seriales, también cortesía de Netflix, Mindhunter: ¿cómo te adelantas a la locura si no sabes cómo opera? Pero eso es completamente otra historia...

Ahora bien, falta ver si y cómo Kate cuenta la historia de vida del Chapo. Falta ver qué recursos empleará, qué negociaciones (en sentido amplio) tendrá que entablar con su protagonista, qué responsabilidades y compromisos asumirá. Habrá que ver el grado de injerencia que tendrá el Chapo al narrar su propia historia. Habrá que ver, si eso es remotamente posible, cómo se autorrepresenta el Chapo en la pantalla. Yo digo que Kate debería hacer un documental de la vida del Chapo y que, por favorcito, no se aviente a hacer una película de ficción, un drama que parezca telenovela. Total: la experiencia que le ha dejado a Kate esta serie, en su papel como productora, puede serle muy valiosa si su proyecto toma la vía de la representación documental.

En El día que conocí al Chapo, obviamente, Guzmán Loera es un personaje secundario. Es como los zombies en The Walking Dead que a lo largo de ocho temporadas han pasado de ser protagonistas del drama a ser un constante y elusivo riesgo para l@s protagonistas en sentido estricto, una pieza de utilería que se emplea a discresión. El día que conocí al Chapo es, más que nada, la historia de Kate y quien mejor que la propia Kate para contárnosla, mucho más si consideramos que Sean ya fue protagonista de su singular versión de los hechos, ya nos deleitó con esa vanity piece -horrible, pretenciosa, narcisista- que le publicó Rolling Stone y que de periodismo tiene poco, poquito o casi nada, a pesar de los esfuerzos de Sean por justificarla en esos términos. Y bueno, dice Sean que El día que conocí al Chapo es basura. "Es reprehensible", continúa Sean en una nota del New York Times, "que, en su esfuerzo continuado e implacable por ganar atención y publicidad adicionales, la Srita. del Castillo y su equipo (quienes no tienen conocimiento alguno de primera mano) hayan buscado crear esta narrativa profundamente falsa, ridícula e insensata." Demasiado tarde, amigou: tuviste oportunidad de contar tu veldá en tu artículo. Además Sean, ¿desde cuándo tienes tiempo en tu muy apretada agenda libertaria de causas variopintas de izquierda para la crítica de cine seria? Es hora de que Kate cuente su verdad sin corolarios ni protagonismos tuyos de por medio.
 
Si de dar estrellas se trata, a la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo le doy 4 de 5. Aquí el trailer pa que se animen a verla porque sí es recomendable.



martes, 13 de septiembre de 2016

La reversibilidad gay desde la fe

Desde la fe -ese semanario católico de información y formación (ejem, ejem) que histórica(y a veces histérica)mente arrea al rebaño hacia el camino de la Iglesia Católica y de los diezmos, entre otras cosas- publicó en su sitio web el domingo 11 de septiembre de 2016 una suerte de entrevista (o diatriba, o relato admonitorio, o regaño quesque bien intencionado, o... quién sabe qué) intitulado "No se nace homosexual", escrito por uno de sus reporteros, Vladimir Alcántara. Dado el interés nacional de la discusión sobre esa entelequia que cuesta mucho hallar empíricamente, es decir, sobre la santísima familia natural, Desde la fe hace el favor de aclararnos en este artículo la raíz de todas las confusiones de quienes abogan por la igualdad de derechos: para empezar, ser gay es una condición reversible y, por lo tanto, no es normal que los homosexuales se casen y adopten si con poquititita voluntad y hartísima fe pueden regresar felizmente a la bendita heterosexualidad. Lo normal es ser heterosexual y casarse como (el) Dios (católico) manda, ¡sépanlo bien, antinaturales apóstatas antifamilias que pretenden que la gente anormal tenga derechos! 

Ante tanta salvajada, en homenaje a Por mi madre, bohemios y para documentar nuestro optimismo, me permito comentar el susudicho artículo o, más bien, destrozarlo entre risa y carcajada con mis sesudas y muy laicas opiniones entre corchetes y en morado. Aquí el texto íntegro de "No se nace homosexual" (nomás le puse italícas donde correspondían), porque, estimados lectores y apóstatas colados, hay que enfatizar que no estamos como para andar transformando aquello que somos al nacer: ¡somos bebés y se acabó! Ni se les ocurra desarrollar una personalidad, filias y fobias; acuérdense que no nacieron para eso, ni tampoco para amar [snif de la R.].

No se nace homosexual
Vladimir Alcántara

Richard Cohen, Director de Positive Approaches To Healthy Sexuality (PATH) [porque, no se confundan queridos lectores y perversos apóstatas, la sexualidad es un asunto tan simple que únicamente hay UN camino verdadero y deseable, todo lo demás es chaqueta mental; lo mismo va para el género], ha dedicado sus últimos 26 años de vida a trabajar con personas que se sienten atraídas por otras del mismo sexo, pero que en el fondo [en el fondo de... ¿sus arraigadas y muy arbitrarias convenciones sociales y culturales?] desean llevar un estilo de vida heterosexual, casarse, tener hijos y formar una familia [¿a poco ser heterosexual es un estilo de vida como ser runner, "darks" o vegano/a?]; o simplemente llenar un vacío que no han podido llenar con ese modo de vida. [Pos si se trata de llenar vacíos, es ampliamente conocido -y muy recomendado por el capitalismo- que comprar zapatos o comprar, así nomás porque sí, funciona muy bien.] El psicoterapeuta, quien en el pasado tuvo varias parejas hombres, habla para Desde la fe sobre la homosexualidad, sus causas y consecuencias, y algo muy interesante y poco sabido: sobre su carácter reversible. [¿Será esta teoría una chafísima y catoliquísima [catoloquísima, corrige la R. entre insidiosa y servicial] versión de la fluidez de los géneros y las sexualidades de Judith Butler? ¿Será? ¿Será una adaptación, plagio o falta de comillas presidenciales de la reversibilidad de lo femenino tipo Jean Baudrillard? ¿Qué será, pues? Ilumínanos con tu luz y tu conocimieto, Desde la fe.]

Cohen, por principio de cuentas, aclara que respeta y tiene aprecio por los miembros de la comunidad LGBT [aquí nadie está discriminando o menospreciando a nadie, ¿eh? Que quede bien clarito, malpensados y conspiranoicos lectores y apóstatas de lo peor que les acompañan...], con quienes se siente hermanado, pues sabe, por propia experiencia, lo que es ser objeto de ataques y actos discriminatorios por el hecho de ser homosexual.  

Sin embargo, señala que, de acuerdo con la Asociación Americana de Psicología, no hay evidencias que permitan concluir que la homosexualidad esté determinada por la genética hormonal [recontrasic, ¿neto existe la "genética hormonal"? A lo mejor es una novedosísima área de investigación inventada... inaugurada, quise decir, por el prestigioso trabajo de Mr. Cohen] u otro factor particular, por lo que no se puede decir que se nace con inclinaciones homosexuales. [Así como tampoco hay evidencias, salvo las de Mr. Cohen y algunos médicos nazis, de que la terapia de conversión sexual -que es precisamente lo que propone Mr. Cohen- realmente funcione. Hasta Wikipedia lo sabe y la propia Asociación Americana de Psicología NO la recomienda y considera que puede ser dañina. Pero dejemos que Mr. Cohen -a través del camarada Vladimir Alcántara- siga argumentando, tan elocuentemente como sólo él sabe hacerlo.]

Refiere que en el pasado tuvo varias parejas hombres, entre ellas una con la que duró tres años. Se sentía totalmente atraído por los hombres, pero en el fondo de su alma [¿no habrá querido decir "en el fondo de la heteronormatividad que habita en lo más recóndito de su psique y que nunca, pero nunca dejó de joderle"?] quería casarse con una mujer y tener familia. “Actualmente llevo 36 años de casado con mi hermosa esposa y tenemos tres niños maravillosos. Mucha gente me decía: ‘tú no puedes cambiar; naciste gay y sólo acéptalo’; pero al final quedó demostrado que el cambio es posible. [¡Claro! ¡El cambio es posible! ¡Ni que fuéramos imágenes de santos o crucifijos! Todos podemos cambiar: ahí están incontables hombres y mujeres trans para dar testimonio de su cambio. La R. que recomienda al respetable ver el documental Morir de pie de Jacaranda Correa.] Así como yo, hay muchas personas inconformes con sentirse atraídas por personas del mismo sexo, quienes anhelan llevar un estilo de vida heterosexual, porque hombres y mujeres están diseñados heterosexualmente, hombres y mujeres ajustan a la perfección desde la perspectiva biológica, que el cambio de homosexual a heterosexual es posible. ¡Ocurrió en mi caso!” [¡Por supuesto! ¡La biología lo explica todo! ¿Escucharon eso, condenadotes apóstatas? La cultura, la historia, la ideología y la sociedad qué... Es una verdad incuestionable que hombres y mujeres son como tornillos y tuercas, como piezas de Lego o Tetris que embonan súper bien. ¿Por qué buscarle más combinaciones a lo que "naturalmente" sólo tiene una opción? ¡Que necedad con la diversidad, ash!]

A Richard Cohen le llevó años entender la razón de su debilidad [¡maldita carne débil, tan tentadora, tan pecadora y, encima, tan gay!] o gusto por los hombres; pero llegó el tiempo en que pudo descubrir los factores que, en su caso particular, lo predispusieron a esa condición. [A ver, Mr. Cohen, ilústrenos con su conocimiento revelador y, parece ser, catoliquísimo aunque usted haya crecido en una familia judía y luego se haya convertido a la Iglesia de la Unificación... Aquí están los detalles. Pseudo psicoanálisis de alguien que no tiene licencia para ser terapeuta en 5, 4, 3, 2, 1...] “Hubo una falta de unión con mi padre y un apego excesivo hacia mi madre; había abuso físico por parte de mi hermano mayor, y abuso sexual por parte de mi tío; pero algo de lo más importante es que tenía yo un temperamento hipersensible. [Porque obvi que la hipersensibilidad no tiene que ver nomás con el sol o con el gluten...] Si hubiera algo genético o biológico en la homosexualidad, sería la hipersensibilidad [¿pos no que no había nada genético ni biológico en la homosexualidad?]; el chico o la chica hipersensibles pueden ser fácilmente heridos, el chico con frecuencia por la lejanía del padre, y la chica por la de la madre; ya sea por un distanciamiento real o por una mala interpretación de ellos mismos [mala interpretación la que usted nos está ofreciendo de la homosexualidad, Mr. Cohen], pero esta percepción se transforma en su realidad, y es muy probable que busquen ese amor inalcanzado en los brazos de una persona del mismo sexo”. [Y, ¿no podría ser también muy probable que buscaran el amor en los brazos de alguien del sexo opuesto? Yo nomás pregunto...]

Señala que después de entender estos factores, le llevó otro tiempo prolongado sanar las heridas que lo habían condicionado a vivir una vida homosexual [porque, no se hagan bolas queridos lectores y cochinos apóstatas que nomás ven de lejitos: la homosexualidad no es más que un condicionamiento del cual uno se puede descondicionar...]; y fue a través de experiencias de amor reparadoras por parte de personas heterosexuales que su atracción a personas del mismo sexo fue disminuyendo, al tiempo que comenzaba a tener deseos heterosexuales. [¿Está usted sugiriendo, Mr. Cohen, que no existen "experiencias de amor reparadoras" en un contexto homosexual? Chiaaaleeee... Luego por qué le cancelan sus conferencias, aquí la nota.] “Gracias a esa efectiva terapia de mis amigos, yo experimenté una profunda transformación en mi corazón. [Dale con el corazón y el alma, que, por cierto, NO TIENEN SEXO, así de ese sexo biológico de penes y vaginas con el cual se trata de justificar y explicar todito, todo.] Sentí entonces un llamado de Dios para realizar un grado de maestría en Psicología y ayudar a otros a superar la atracción por personas del mismo sexo”. [¡Ajá! El hilo negro ya apareció: que ciencia ni que terapia ni que nada, ¡esto es un discurso religioso!]

Richard Cohen asegura que, durante sus 26 años de labor como psicoterapeuta, ha ayudado a miles de hombres y mujeres homosexuales alrededor del mundo a llevar una vida heterosexual. Además ha asesorado a cientos de padres de familia para que sepan cómo amar a sus hijos cuando manifiestan inclinaciones homosexuales, y ha capacitado para ayudar a personas a superar su tendencia homosexual, a unos 6 mil psicólogos, psiquiatras, clérigos y líderes religiosos en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. [¿Vieron, pérfidos apóstatas? Cuando se quiere se puede: eso de dejar de ser gay es cuestión de decisión, disciplina y oración, ¡sépanlo bien y dejen de andar exigiendo derechos!]

Un punto importante que aclara Richard Cohen es que las relaciones sexuales nunca son suficientes para llenar el vacío que sienten quienes llevan una vida homosexual [y, ¿las relaciones sexuales heterosexuales sí llenan el vacío o cómo? ¿El vacío ese del que habla, Mr. Cohen, es exclusivamente para homosexuales?], que lo que deben hacer es trabajar sobre dos aspectos trascendentales: sanar aquellas heridas irresueltas del pasado, y reconocer que su condición de homosexual se ha originado de un deseo surgido en la infancia, de obtener aceptación y amor, y no de una necesidad sexual. [Changos, ya me confundí... Mr. Cohen, ¿habla usted de amor, de autoestima, de psicología infantil, de sexo, de dogmas católicos, de expectativas sociales y familiares o de qué demonios?] “Detrás de un homosexual hay un niño dolido por un sentimiento de rechazo, o por falta de amor; y lo que menos necesita para llenar ese vacio es una relación sexual, porque un niño no necesita tener sexo, sino alcanzar un cariño que le fue negado, tener experiencias saludables de amor”. [Supongo que estamos de acuerdo en que un niño no necesita sexo, tampoco una niña. Me pregunto, Mr. Cohen y Desde la fe, si le habrán sugerido terapia de conversión sexual al Padre(cito) Maciel... Tal vez no se les ocurrió porque Maciel nomás era pederasta y es bien sabido que eso se "cura" con un coscorrón, harta introspección en solitario y un conveniente cambio de parroquia...]

Señala que a lo largo de más de cinco lustros como terapeuta, ha visto cuatro tipos de clientes con orientación homosexual que buscan un cambio: personas jóvenes que anhelan la heterosexualidad; personas casadas que, por amor a sus hijos, desean abandonar sus deseos homosexuales; personas que con frecuencia intentan relacionarse con gente del sexo opuesto, pero sin éxito, y finalmente quienes sienten que su estilo de vida es incompatible con sus creencias religiosas o espirituales. [Y el rechazo y la persecución y la discriminación y el bullying naaadaaa tienen que ver con que alguien quiera dejar de ser gay, ¿verdad? La R. que intenta, infructuosamente, complejizar la tipología de Mr. Cohen.]

Cohen ha tenido grandes éxitos [¿así de grandes como los de JuanGa? La R. que se regodea en su chistorete...] ayudando a mucha gente a resolver su problema de homosexualidad y cumplir sus sueños heterosexuales. [¡¿Sueños heterosexuales?! La R. que casi se cae de la risa... ¿Qué sigue? ¿Cumplir los sueños de fama y fortuna de los "conversos" de Mr. Cohen?] “Personalmente, he tenido un 85 por ciento de efectividad en el trabajo. [Es bueno saber que siempre habrá un 15% de casos perdidos que ni cómo hacerle.] A través de un programa que explico en mi libro Comprender y sanar la homosexualidad, la gente puede lograr un cambio de adentro hacia afuera. No se trata de un simple cambio de comportamiento, sino de identificar las causas de esa orientación sexual, para resolver después cada tema. Mediante un proceso de sanación que se detalla, se disiparán los deseos homosexuales y emergerán los heterosexuales”. [Porque, estimados lectores y apóstatas necios que andan merodeando por ahí, es bien sabido que los deseos son como fumarolas o, más bien, como llamaradas de petate que con soplarles tantito ya se esfuman...]

Además de Comprender y sanar la homosexualidad, Richard Cohen ha publicado otro libro intitulado Hijos gay, padres heterosexuales, en el que enumera 12 principios para padres inconformes con la orientación sexual de un hijo. [Creo que aquí el texto revela, muy a su pesar, que a veces los verdaderos "inconformes con los deseos homosexuales" son los papás de los hijos y no los hijos...] “Hay muchos casos en que los padres no soportan tener un hijo con inclinaciones homosexuales, por lo que es importante conocer los pasos a seguir para ayudarlos a cumplir con su verdadero potencial sexual [recontrasic. ¿¡Potencial sexual?! ¿Qué carajos es eso? ¿Es como el potencial creativo o humano pero para el sexo? Mr. Cohen, ¿está usted sugiriéndole a los lectores de Desde la fe que exploren y exploten su potencial sexual hasta el cansancio, hasta la saciedad o hasta dónde? ¿No será eso una mala idea, Mr. Cohen, incluso pecado? La R. que casi, casi desfallece y está a punto de santiguarse, pero por el enorme despropósito en el uso del término "potencial sexual"]; los padres necesitan estar cerca de sus hijos, y las madres cerca de sus hijas [armen ya sus clubes de Toby y Lulú, ¡insidiosos apóstatas! ¿No ven que ahí yace la solución de todo lo que atenta contra la familia y la sociedad y la Iglesia y la civilización y el orden y el progreso?], es uno de los puntos más importantes, una sencilla recomendación que se vuelve cada vez más compleja en la medida en que pasan los años. 

En mi tercer libro –señala Cohen–, Abriendo las puertas del armario, ofrezco ideas prácticas para que cualquier persona pueda entender y resolver el dilema homosexual frente a la Iglesia y la cultura actual. “También hay padres que deben dejar de culparse por las inclinaciones homosexuales de un hijo, para evitar compensar de manera inadecuada, y poder comenzar a amarlo de una forma correcta”. [O sea, ¿cómo? ¿Son culpables o no los padres de las inclinaciones homosexuales de sus hijos? ¿O nomás son la "causa" de tales inclinaciones, aunque ni se den cuenta? Todos esos años de no pelar a los chamacos, ¿explican su homosexualidad? ¿O, tal vez, los padres aman a sus hijos de a tiro "mal" y por eso éstos se "vuelven" gay? ¡Les dije que no habían nacido para amar, pero no me escucharon! ¿Qué pasó con la efectividad comprobada de los clubes de Toby y Lulú? Mr. Cohen, decídase de una vez.]

Finalmente, Cohen envía un mensaje a todas aquellas personas que desean resolver su atracción hacia el mismo sexo: “No dejen que nadie estorbe su camino, no crean cuando la gente dice: ‘No puedes, debes resignarte’. [¿Oyeron eso, cochinos apóstatas? ¡Que nadie les diga que deben resignarse a andar así, como si nada, exigiendo derechos para la gente necia que se empeña en no querer cambiar su perversa homosexualidad que nomás busca destruir a la gran familia mexicana (y, de pasadita, también a la sacrosanta e infalible Iglesia Católica)!] Tú desecha esa renuncia, sigue a tu corazón y nunca claudiques; si yo pude, también tú. Y cuando lo logres, ayuda a otros. ¡Sé Jesús para ellos!” [Por Dios, ¡Yisus! ¡Ya saliste a colación! Ay, Yisus, seguramente estás leyendo estas líneas pensando: ¿por qué me meten en asuntos sobre los cuales nunca prediqué?]

¿Quién es Richard Cohen?

Richard Cohen es licenciado en Psicología Terapéutica por la Universidad de Antioch y la Universidad de Boston. Es psicoterapeuta [sin licencia, ya lo dijo la R. que (casi) siempre hace precisiones muy útiles para el lector y la lectora] y educador, y uno de los mayores expertos en el campo de la reorientación sexual al ser terapeuta y, a la vez, haber experimentado la transición desde la homosexualidad a la heterosexualidad.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El demonio neón

Así como ya sabemos que le depara el destino a Nomi Malone (Elizabeth Berkley) cuando llega a Las Vegas en Showgirls (Paul Verhoeven, Francia / Estados Unidos, 1995), podemos imaginar las dificultades que enfrentará Jesse (Elle Fanning), protagonista de El demonio neón (The Neon Demon, Nicolas Winding Refn, Francia / Dinamarca / Estados Unidos, 2016), al arribar en Los Ángeles procedente de algún lugar en Georgia. Lo mismo aplica para Betty Elms (Naomi Watts) en Mulholland Drive (David Lynch, Estados Unidos, 2001): una chica pueblerina, más o menos ingenua y con harta sed de triunfo, seguramente encontrará algún alma caritativa que le ayude a sortear los desafíos de la gran ciudad mientras trata de alcanzar su sueño de fama y fortuna en el mundo del showbiz gringo. Pero, inevitablemente, las envidias, maldades y sucios trucos no se harán esperar porque la irrupción de esta fresh-faced girl en la competencia encarnizada del showbiz levantará (bajas) pasiones entre sus colegas, ya sean las más veteranas y colmilludas o las jóvenes medio desencantadas que comienzan a hartarse de todo lo que implica el numerito del éxito.  

Con base en esta premisa tan, pero tan trillada, El demonio neón construye una suerte de película de horror psicológico (según dicen Wikipedia y el marketing) para contarnos la increíble, triste y presuntamente terrorífica historia del paso fugaz de Jesse por el mundo de la moda. Y digo "una suerte de" porque el ritmo de esta película es desigual y su tono poco definido, lo cual es mi principal objeción con respecto a ella. Cuidado porque lo que sigue contiene varios spoilers.

Jesse, pues, llega a Los Ángeles y con bastante facilidad y rapidez logra un contrato en una prestigiosa agencia de modelos: tiene ese je ne sais quoi tan codiciado por la industria de la moda, un je ne sais quoi enfatizado hasta la saciedad en la película y que se resume simplonamente en ser demasiado joven, bastante inocente y muy bella. Jesse conoce a la maquillista Ruby (una extraordinaria Jena Malone) quien le presenta a otras dos modelos: Gigi (Bella Heathcote), plástica a más no poder, y Sarah (Abbey Lee), una chica atribulada porque cree que su inminente obsolescencia en la industria se avecina. La fascinación lésbica de Ruby por Jesse y los celos profesionales que despierta en Gigi y Sarah son evidentes: como dice Sarah, ¿quién prefiere la leche agria cuando puede comer carne fresca? Después de una exitosa pasarela, Jesse abraza el poder que su belleza le ha otorgado y, lógicamente, a Ruby, Gigi y Sarah sólo les queda una alternativa: comerse a Jesse enterita y bañarse en su sangre.

En términos formales, El demonio neón es espectacular: la fotografía de Natasha Braier es deslumbrante, así como el diseño de producción de Elliott Hostetter. La extraodinaria música original a cargo de Cliff Martínez -colaborador habitual de Refn- es el eslabón más sólido en el intento, fallido a mi parecer, de Refn por construir esa atmósfera ominosa, enigmática y hasta siniestra propia del terror psicológico, cuyo maestro indiscutible es Lynch. El demonio neón fracasa en lo que It Follows (David Robert Mitchell, Estados Unidos, 2014), esa verdadera joyita del cine indie de terror, logra con creces: la creación de un mundo pesadillesco y perturbador, familiar y bizarro a la vez, para el cual el alucinante soundtrack de Disasterpeace resulta pieza clave.

En otras palabras, la estructura narrativa, el ritmo y el tono de El demonio neón palidecen frente a su sólida propuesta audiovisual dado lo largo, aburrido y hasta anodino de muchas de sus secuencias, enmarcadas, es cierto, por un inicio y un final trepidantes. Prueba de ello es el desenlace de la trama, un auténtico shocker no tanto por la sangre y las vísceras a cuadro, sino porque resulta un poco gratuito. Si bien a lo largo de El demonio neón hay algunas referencias al hecho de que Jesse se convertirá en alimento para una industria que engulle, mastica y escupe a la gran mayoría de quienes tratan de "hacerla" en ella, la secuencia final literalmente nos lo muestra sin haber creado la atmósfera adecuada para que dicha secuencia sea efectiva y no meramente risible. He aquí más spoilers: tras cenarse a Jesse, Sarah acompaña a Gigi a una sesión fotográfica. En ésta, el fotógrafo-del-momento-con-cara-de-pocos-amigos-y-que-sólo-responde-a-su-arte Jack (Desmond Harrington) es seducido por el je ne sais quoi que devoró Sarah y que exuda hasta por la mirada. Jack despide a una de las modelos y le pide a Sarah que tome su lugar. Gigi comienza a sentir un malestar que la hace abandonar el set y se retira al baño donde vomita, entre otras cosas, un ojo de Jesse. Es posible que tanto je ne sais quoi crudo le haya sentado muy mal, nunca lo sabremos, pero Gigi opta por clavarse unas tijeras en el abdomen porque dice que debe sacarse a Jesse de las entrañas. Frente a este escena sangrienta, sólo parte del labio superior izquierdo de Sarah reacciona. Naturalmente (es lo que una haría en una situación similar, ¿no?), Sarah recoge el ojo vomitado, lo engulle como quien no quiere la cosa mientras una solitaria e inexpresiva lágrima desciende por su cara y vuelve al set, soberbia y muy profesional, como si nada. Fin.

No sé si fue el pequeño psicópata que vive dentro de mi quien se carcajeó al ver esta escena final (que de todas formas me parece genial precisamente por ser absurdísima) o si en realidad la conclusión de El demonio neón es tan inesperada y fuera de lugar que causa risas nerviosas y asquito en lugar de asombro. Asombro, pasmo y terror absoluto es lo que ocasiona -aguas, porque aquí viene otro spoiler de otra película- la escena en la cual Black Phillip, la cabra esa diabólica de La bruja (The Witch. A New-England Folktale, Robert Eggers, Estados Unidos / Canadá, 2015), le pregunta a Thomasin (Anya Taylor-Joy) qué es lo que desea. El demonio neón, pues, no logra este efecto en su audiencia: tal vez le falta todo el humor negro que Starry Eyes (Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, Estados Unidos, 2014) explota y explora, otra película indie de horror que aborda el mismísimo tema de El demonio neón, pero cuyo buen timing hace que sus escenas gore (y miren que son varias y bien rudas) sean completa y disfrutablemente efectivas.

Si de dar estrellas se trata, El demonio neón tiene 3 de 5. 



Trailer, cortesía de Movieclips Trailers en YouTube.