lunes, 6 de agosto de 2018

Avelina, el graffiti y el pastelazo: cronología y moralejas

En el estilo de Por mi madre, bohemios, legado del Monsi para quienes pensamos que la ironía y el humor son salvavidas en el naufragio de un mundo absurdo, dejo aquí una suerte de cronología -y unas cuantas moralejas- del pastelazo que le dieron a la crítica de arte Avelina Lésper tras un diálogo que ella misma convocó sobre graffiti en el Museo de la Ciudad de México.

Todo empezó en marzo de este año cuando Avelina declaró en el finísimo [sic] programa de radio Dispara Margot, dispara, y cito: "El graffiti no es arte. El graffiti es un acto vandálico de subnormales." Y Horacio Villalobos, abonando al muy ilustre [sic] diálogo [más sic] que siempre se entabla en el mencionado programa, remató diciendo: "No, [mejor] rayen sus nalgas." ¿Por qué no me extrañan nada, nadita estas opiniones lapidarias, muy ilustradas [recontra sic], decimonónicas, esteticistas y, encima, clasistas? Porque son las típicas opiniones que estila y propaga Avelina, a la menor provocación, en su papel de paladina no oficial del deber ser estético, de las buenas conciencias a favor de lo mejor del arte y en contra de la contaminación visual y hasta espiritual. ¡Todo sea por establecer la dictadura de la belleza, chingau! 

Moraleja: no está chido agredir verbalmente a la banda y mucho menos hacerlo al aire. Eso también es violencia.

En julio [tal vez antes, una nunca sabe, susurra la R.] apareció un graffiti en la Calle 4 Poniente, esquina Periférico Sur, que, de acuerdo con la evidencia visual en el propio blog de Avelina, tenía la siguiente consigna: "¡Avelina Lésper me la pelas!". Avelina explicó en su blog que estaba buscando al autor o autores del graffiti para platicar, así casual, y la cito, "acerca de cuál es la finalidad de estas pinturas [¿qué no era obvio, Avelina? ¡Te la estaban refrescando por tus comentarios!] y sobre las diferencias de calidad entre ellas, en qué limite esto puede ser arte urbano o simple vandalismo [porque siempre es pertinente teorizar, echarle reflexión sesuda al asunto y delimitar las fronteras estéticas y morales del arte, ¿verdá?]." 

Moraleja: la que se lleva, se aguanta. 

Huelga apuntar que la disparidad de los medios que se emplearon -radio versus una solitaria pared- para realizar este intercambio de palabras habla de un claro privilegio de una, Avelina, frente a la carencia de tal privilegio concreto de otros, los hasta ese momento anónimos artistas que hicieron el graffiti en cuestión. Ah, pero se me olvidaba que para hablar del arte, impoluto, exquisito y estetiquísimo, las relaciones de poder y dominación no existen. Porque cuando se habla de arte [o de cualquier otra cosa] nadie, nunca ha opinado, opina u opinará desde una posición de privilegio, no sean ingenu@s, ¡caray! 

Supongo que a Avelina no le molestó tanto el mensaje porque hasta pidió a su amigo el Irrompible López, quien descubrió el graffiti, que le tomara una foto junto a éste [la foto, ¿será o no arte? ¡Vaya misterio!]. Avelina subió esta foto a su blog en varios, no uno, varios posts [la R. enfática] y tras enterarse de quiénes hicieron el graffiti, Mufo y Neón, a Avelina se le ocurrió una idea genial [porque nunca está de más capitalizar todo potencial escándalo. La R. muy previsora]: convocarlos a un evento. Es más: convocar a tod@s l@s graffiter@s de la Ciudad de México a un evento que tendría por nombre, de acuerdo con su propio cartel, Debate en torno al grafiti ¡Avelina Lésper me la pelas! Si vas a hacer algo que lleve tu nombre, tipo Guggenheim Fellowship o Nobel Prize, pos hacerlo en grande, ¿que no? 

De tal suerte, la foto de Avelina junto al graffiti se transformó en ilustración para el cartel del encuentro cuyo objetivo era, y cito su blog de nuevo, proponer "un diálogo sobre lo que implican estas intervenciones y en qué sustentan su valor para considerarlas arte". Pero es menester señalar cómo enmarcó Avelina su invitación al diálogo -abierto y sin intermediarios [¿de veras? A la R. le entra la duda]- y para ello vuelvo a citar su blog, con todo y gazapos de redacción: "La llamada de atención de Mufo y Neon [WTF!!! La R. anglófila, como de costumbre] deberá ser un punto de partida, me interesa mucho escuchar y conocer los distintos puntos de vista [neto, Avelina, ¿no te interesa más aleccionar a la banda, apuntar hacia sus transgresiones estéticas y morales y, ya entrada en gastos, tal vez recibir una disculpilla de pasadita y como no queriendo la cosa?], que la comunidad graffitera puedan [sic] llevar la responsabilidad de su autoría más allá de la clandestinidad y que expresen las ideas que pueden existir detrás de cada graffiti." Esta llamada de atención [como de maestra de primaria, por cierto] fue una de las razones por las cuales el colectivo Escritores de graffiti declinó, de manera legítima e inequívoca, la invitación a participar en el evento, como explicaron en una carta abierta. 

Me doy aquí el permiso de hacer una digresión chiquita, muy chiquita y muy, pero muy ñoña: si hablamos de autoría, ¿hablamos de arte? ¿O no siempre es así? La autoría, ¿se refiere sólo al discurso de una obra o también a la producción de la obra y, por extensión, a la obra misma? Y si ya le estamos dando estatus de obra a algo en función de que vehicula un discurso, ¿esa obra es arte, no lo es, en qué contextos sí puede ser arte y en qué contexto no? Si la obra de arte, como ha dicho Avelina repetidísimas veces, debe explicarse a sí misma y no necesita intérpretes externos, ¿qué no este graffiti significa, claramente, una mentada de madre? O sea, si el graffiti ¡Avelina Lésper me la pelas! es autoexplicativo de su significado, ¿esa característica le da, automáticamente, el estatus de obra de arte? [La R. muy reflexiva que trata de dar respuestas concluyentes a estas preguntas, por supuesto sin éxito, para caer súbitamente en el sospechosismo total...] Tal vez lo que está a discusión aquí no es el arte ni sus límites; tampoco si el graffiti es o no arte, sino deslindar responsabilidades frente a un agravio: saber por qué alguien hizo algo e invitarles [como yo solía decir el siglo pasado cuando era maestra de primaria] a tener el valor moral de asumir las consecuencias de sus propios actos y bla, bla, bla...

Moraleja: no está chido convocar a la banda a platicar en un evento con la intención [supongo] de dar lección, con todo y dedito acusador por delante, o de nomás lucirse al protagonizar dicho evento [vuelvo a suponer].

El sábado 4 de agosto de 2018 se realizó el ahora fatídico encuentro [la R. con lagrimita y ojito Remi frente a otro fracaso de la comunicación] entre graffiter@s y Avelina con el resultado del cual much@s ya nos enteramos. Del diálogo, que pueden ver casi completo [porque falta el principio] aquí, solo diré una cosa: si el interés central de Avelina era escuchar y conocer distintos puntos de vista de la comunidad graffitera, en lugar de iluminarnos con su monumental arsenal de conocimiento acerca del tema [#not de la R. anglófila y noventera], debería haberse sentado entre el público y no en la posición de privilegio del estrado, cerquita del micrófono, como acostumbra. A Avelina, me atrevería a decir, le tocaba el papel de espectadora, de escucha, y no de ponente. Porque es más que conocido lo que Avelina opina sobre el graffiti y el arte en general [¡muchas gracias, Dispara Margot, dispara por tantas horas de claridosas opiniones de Avelina!]. 

Moralejas: no está chido tratar de transformar un diálogo en monólogo para la autopromoción o, siquiera, en diálogo de sordos, ni tampoco está chido agredir pasteleramente a la banda.

Entiendo las ganas terribles de empastelar a Avelina. [Y, en mis días más grinch, hasta las comparto, aunque luego se me pasan. La R. muy sincerota.] Pero es obligación -al menos mía y, sobre todo, en este trinche país tan violento- no avalar la violencia, aunque se trate de pasteles, gelatines o flanes y no de balas o golpes. Que quede claro que echarle pasteles a la banda, aunque sea pura cremita Chantilly, no está chido, además de que es un desperdicio de comida. Sin embargo, eso de los pastelazos es mucho más complejo y simbólico de lo que parece: es indispensable precisar que este tipo de agresiones -porque sí son agresiones, sí tienen el propósito de herir- duelen mucho más en el ego y no tanto en la cara. Lanzar pasteles a gente en posiciones de poder ha sido toda una estrategia transgresora anti-establishment, de la cual me enteré gracias a un post en Facebook de Imuris Valle quien, por cierto, sí sabe acerca del graffiti, sí estuvo presente en el evento y sí participó en él. 

No creo tener nada más que decir. Podría comentar el más reciente post [del domingo 5 de agosto, la R. muy precisa y cronológica] en el blog de Avelina, cuyo título hace las veces de resumen / consigna / queja express: NO ME CALLARÀN COBARDES [las mayúsculas son de Avelina, el grito y la tilde coqueta también]. En este post, Avelina escribe sobre "el chantaje del victimismo social" en que están instalad@s l@s graffiter@s y que les impide responsabilizarse de sus actos. Supongo que Avelina habla del pastelazo y no del graffiti que inició todo este mere(quete)ngue. Pero se autovictimiza a lo largo del texto y, encima, exclama que fue objeto de represión y, agárrense por favor, ¡víctima de la maldita censura! [¡Santa Niña de Atocha! ¿Neto, Avelina? Snif... Aunque la R. muere de ganas por desmenuzar este falsísimo argumento de Avelina, tiene cosas apremiantes que hacer.] Me da pereza seguir escribiendo, por no decir hueva. Mejor lean lo que Imuris dice sobre este diálogo fallido. Su texto sí apela al intercambio de ideas y a la escucha y no supone los prejuicios, cerrazón y actitud permanentemente impositiva características de Avelina.

domingo, 22 de octubre de 2017

El día que conocí al Chapo: sobre el debate de la autorrepresentación en el cine documental

Tod@s hemos sentido la cosquillita de querer contar infinidad de historias, personales y ajenas, porque nos parecen urgentes, interesantes, relevantes, geniales y demás. Ya sea que abordemos tales historias desde el muy pedestre chisme o, de a tiro, desde el rumor -por el puritito morbo, pues- o que la narración, en sus múltiples formas, sea a lo que nos dedicamos profesionalmente, el muy escabroso tema sobre quién cuenta qué historia y cómo lo hace es ineludible. Para el cine documental este tema es fundamental dado que constituye su corazón ético y es, a todas luces, un asunto de poder. ¿Quién lleva la voz cantante en un documental y por qué? ¿Qué peso y sentido se le da a otras voces que no son estrictamente la del/a realizador/a? ¿Cuánta injerencia y capacidad de decisión tienen l@s protagonistas de un documental para narrar su propia historia, para representarse a sí mism@s? Además de la obvia cuestión legal y económica de los (a veces) carísimos derechos, además de la tensión entre proteger la privacidad de l@s entrevistad@s y revelar asuntos de potencial interés público, creo que "hablar por otr@s", "darles voz", "pasarles el micrófono" o como queramos llamarle amerita harta discusión. Porque, ¿es realmente posible "hablar por otro@s", contar su historia? Ello, me parece, es el telón de fondo de la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo, una producción de Netflix, dirigida por Carlos Armella y en la cual Kate también funge como una de las productoras ejecutivas.

En El día que conocí al Chapo Kate cuenta, a cámara y obviamente en primera persona, esta historia rocambolesca, como la calificó Carmen Aristegui en una entrevista. Y bien empleado el adjetivo: a lo largo de los tres episodios de la serie y durante poquito más de 160 minutos se detallan no sólo los alucinantes pormenores del encuentro entre Kate y Joaquín Guzmán Loera, sino también la particular génesis y tremendas consecuencias del mismo, sobre todo para Kate. Este encuentro y sus ramificaciones son ya del dominio público, con los enredos y la mala leche que, en ocasiones, ello implica: que si todo empezó con un inocente tweet en el cual Kate aseguró creer más en el Chapo que en el gobierno mexicano (no la culpo pero, ¡aguas, Kate! Tanto gobierno como crimen organizado en México apestan a muerte, impunidad y corrupción). Que si Kate y el Chapo intercambiaron abundantes mensajes mediante un celular proporcionado a Kate por los abogados del Chapo (intercambio en el cual quienes han visto demasiadas telenovelas leen una suerte de romance). Que si Sean Penn, como quien no quiere la cosa, se subió al tren de un proyecto proto-cinematográfico y arriesgadísimo para darle seriedad y profesionalismo al asunto (y también porque el pequeño y arriesgado periodista/activista/justiciero que vive dentro de él lo obligó a hacerlo). Que si el Chapo se fugó, por segunda ocasión, de una prisión mexicana (y a Peña Nieto no se le cayó la cara de vergüenza). Que si, aprovechando la fuga, Kate, Sean y dos productores de Hollywood viajaron a un remoto lugar en Sinaloa para encontrarse con el Chapo, un operativo peliagudísimo, orquestado magistralmente por la gente del Chapo. Que si -oh, ¡sorpresa!- atraparon al Chapo por tercera ocasión y esta vez dado que la inteligencia gringa [sic] y la mexicana [recontrasic] estaban monitoreando las comunicaciones entre Kate y el Chapo. Que si, en resumidas cuentas, Sean nomás quería publicar su súper exclusivísima exclusiva con Guzmán Loera en la revista Rolling Stone porque Pulitzer, here I come! (y que ni le dio seguimiento al proyecto inicial que le permitió conocer al Chapo, tampoco las gracias a Kate por el contacto). Que si el gobierno mexicano investigó a Kate por presunto lavado de dinero y obstrucción de la justicia (pero no encontraron nada de nada para levantarle cargos, fue puritita intimidación y ganas de joder). Y muchos otros que si. Rocambolesca la cosa, pues.

A reserva de que el contenido de El día que conocí al Chapo es muy, pero muy interesante -creo que contextualiza de manera amplia, eficaz y certera la historia que cuenta y que toca varias aristas indispensables para tratar de explicar la (fallida y absurda) guerra contra el narcotráfico- su discurso audiovisual resulta meramente ilustrativo y de carácter bastante plano y convencional. Sin embargo, el oficio de Armella -quien codirigió el excelente documental Toro negro- es evidente: el impresionante despliegue de cabezas parlantes le da legitimidad y sustancia no sólo a Kate como protagonista de El día que conocí al Chapo, sino a su versión de lo que pasó. Desde Sanjuana Martínez, Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra, John M. Ackerman, Froylán Enciso, Catalina Ruiz-Navarro, Sabina Berman, Diego Enrique Osorno, Jenaro Villamil y hasta los abogados de Kate, el abogado del Chapo, la familia y las amigas cercanas de Kate, estas cabezas parlantes (y varias otras más; tal vez son demasiadas, pero había que echar toda la carne al asador, ¿qué no?) avalan la versión de Kate de lo sucedido e, incluso, enjuician su proceder y cuestionan sus motivos (que si Kate hizo lo que hizo para lanzar al estrellato su carrera en los US of A; que si fue demasiado cándida y le faltó harto colmillo; que si no sabía, bien a bien, en qué se estaba metiendo, referido ésto a hacer cine y a hacerle una entrevista al prófugo más buscado del mundo), algo notable y loable al considerar el rol de Kate como productora ejecutiva de la serie. El día que conocí al Chapo -parte mea culpa, parte recuento de los daños, parte defensa apasionada- construye un punto de vista crítico a propósito de la rocambolesca historia que cuenta, lo cual mucho se agradece. Ah, bueno, y también está Jorge Castañeda diciendo, entre otras cosas, la babosada de que interpretar el ensañamiento del gobierno mexicano con Kate no tiene nadita que ver con misoginia ni sexismo. ¿Neto, Sr. Ex-canciller? Mansplaining marca diablo... Nomás hay que ver el escandalillo que le quieren armar a Kate por reconocer en esta serie que tuvo sexo con Sean para entender que la misoginia, el sexismo y la moralina desbocada están totalmente inmiscuidas en ésta y muchas otras historias. ¿Neto la "fuerte declaración" de que Kate y Sean cogieron es como para escandalizarse frente a todo lo demás, de mayor peso e interés, que también revela El día que conocí al Chapo? Esa, onvres y algunos señores masculinos singulares por ahí, no es la nota, porque no es ni remotamente el tema a discusión en El día que conocí al Chapo.

Si partimos de la motivación inicial -muy legítima, eso sí- que Kate ha expresado de manera pública varias veces, el (tal vez infortunado) encuentro entre la actriz y el capo que narra El día que conocí al Chapo agarra camino y vuelo porque Kate quería contar la historia del Chapo (¡vaya encomienda dificil!) y Guzmán Loera accedió a cederle los derechos sobre su vida para hacer una película. O sea, pareciera ser que todo este épico desmadre se desató por puritito amor al cine. Pero, si ponemos en tela de juicio lo anterior (lo cual plantea la propia serie), tanto para Kate como para el Chapo había mucho más en juego que el simple amor por el cine: vanidad, interés (no únicamente económico), reivindicación, prestigio, fama, hasta me atrevería a decir que verdad, tanto la muy particular verdad del Chapo sobre su propia vida como la forma en que Kate entiende esta verdad y las implicaciones, a varios niveles, de representarla.

El argumento de querer encontrarse con el Chapo porque "cómo crees que un periodista serio se negaría a hacerle una entrevista" se confronta con el prurito, bastante razonable, de no asociarse con narcos nunca, ni para hablar con ellos. Pero el arrojo periodístico (en el mejor de los casos) y la cautela por motivos de supervivencia tienen justificaciones sólidas. El evidente peligro que supone vincularse con (y no se diga adentrarse en) las redes clandestinas del narcoráfico -peligro vuelto muerte en incontables casos de periodistas y defensores de derechos humanos asesinad@s en este trinche país- impide acercarse al otro lado de la historia oficial que machaconamente nos receten día a día en los noticieros televisivos: los narcos no tienen nada que decir, otra expresión del típico "aquí no se negocia con criminales", aunque se haga por debajo de la mesa y a oscuras para lograr otros fines. Sanjuana Martínez dice en El día que conocí al Chapo que es necesario escuchar las voces de estos criminales porque sí tienen mucho qué decir a propósito de su papel en la guerra que padecemos y de otras tantísimas cosas. No se trata de hacer apología del crimen -porque, ¡qué más sublime apología del crimen que la fuga del Chapo del Altiplano!- sino de buscar entender, desde sus propias palabras y experiencias, a quienes demonizamos cotidianamente sin empacho alguno. No se trata, tampoco, de romantizar a los cárteles y a sus líderes; no se trata de justificar sus atrocidades porque son absolutamente injustificables (hacia lo cual también apunta esta serie). Si me apuran un poco, tampoco se trata simplemente de "darles voz" a los narcos de manera acrítica e ingenua (¡como si "darle voz" a alguien fuera tan simple!), sino de conocer estas voces silenciadas y de reconocer su validez e, incluso, su utilidad. Y, si me apuran un poco más, tal vez pueda tratarse de apelar a que también los narcos y demás personajes oscuros que pueblan el hoyo profundo y negro en que se ha convertido México, por más abyectos y censurables que sean en función de sus horrendos actos, tienen derecho a autorrepresentarse dado que siempre son vistos en los medios de comunicación a la luz de otras miradas que, lógica y perversamente para la clase política y el establishment, no son las suyas. Lo cual me recuerda la premisa, si bien pragmática, de esa buenísima y muy recomendable serie de ficción sobre asesinos seriales, también cortesía de Netflix, Mindhunter: ¿cómo te adelantas a la locura si no sabes cómo opera? Pero eso es completamente otra historia...

Ahora bien, falta ver si y cómo Kate cuenta la historia de vida del Chapo. Falta ver qué recursos empleará, qué negociaciones (en sentido amplio) tendrá que entablar con su protagonista, qué responsabilidades y compromisos asumirá. Habrá que ver el grado de injerencia que tendrá el Chapo al narrar su propia historia. Habrá que ver, si eso es remotamente posible, cómo se autorrepresenta el Chapo en la pantalla. Yo digo que Kate debería hacer un documental de la vida del Chapo y que, por favorcito, no se aviente a hacer una película de ficción, un drama que parezca telenovela. Total: la experiencia que le ha dejado a Kate esta serie, en su papel como productora, puede serle muy valiosa si su proyecto toma la vía de la representación documental.

En El día que conocí al Chapo, obviamente, Guzmán Loera es un personaje secundario. Es como los zombies en The Walking Dead que a lo largo de ocho temporadas han pasado de ser protagonistas del drama a ser un constante y elusivo riesgo para l@s protagonistas en sentido estricto, una pieza de utilería que se emplea a discresión. El día que conocí al Chapo es, más que nada, la historia de Kate y quien mejor que la propia Kate para contárnosla, mucho más si consideramos que Sean ya fue protagonista de su singular versión de los hechos, ya nos deleitó con esa vanity piece -horrible, pretenciosa, narcisista- que le publicó Rolling Stone y que de periodismo tiene poco, poquito o casi nada, a pesar de los esfuerzos de Sean por justificarla en esos términos. Y bueno, dice Sean que El día que conocí al Chapo es basura. "Es reprehensible", continúa Sean en una nota del New York Times, "que, en su esfuerzo continuado e implacable por ganar atención y publicidad adicionales, la Srita. del Castillo y su equipo (quienes no tienen conocimiento alguno de primera mano) hayan buscado crear esta narrativa profundamente falsa, ridícula e insensata." Demasiado tarde, amigou: tuviste oportunidad de contar tu veldá en tu artículo. Además Sean, ¿desde cuándo tienes tiempo en tu muy apretada agenda libertaria de causas variopintas de izquierda para la crítica de cine seria? Es hora de que Kate cuente su verdad sin corolarios ni protagonismos tuyos de por medio.
 
Si de dar estrellas se trata, a la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo le doy 4 de 5. Aquí el trailer pa que se animen a verla porque sí es recomendable.



martes, 13 de septiembre de 2016

La reversibilidad gay desde la fe

Desde la fe -ese semanario católico de información y formación (ejem, ejem) que histórica(y a veces histérica)mente arrea al rebaño hacia el camino de la Iglesia Católica y de los diezmos, entre otras cosas- publicó en su sitio web el domingo 11 de septiembre de 2016 una suerte de entrevista (o diatriba, o relato admonitorio, o regaño quesque bien intencionado, o... quién sabe qué) intitulado "No se nace homosexual", escrito por uno de sus reporteros, Vladimir Alcántara. Dado el interés nacional de la discusión sobre esa entelequia que cuesta mucho hallar empíricamente, es decir, sobre la santísima familia natural, Desde la fe hace el favor de aclararnos en este artículo la raíz de todas las confusiones de quienes abogan por la igualdad de derechos: para empezar, ser gay es una condición reversible y, por lo tanto, no es normal que los homosexuales se casen y adopten si con poquititita voluntad y hartísima fe pueden regresar felizmente a la bendita heterosexualidad. Lo normal es ser heterosexual y casarse como (el) Dios (católico) manda, ¡sépanlo bien, antinaturales apóstatas antifamilias que pretenden que la gente anormal tenga derechos! 

Ante tanta salvajada, en homenaje a Por mi madre, bohemios y para documentar nuestro optimismo, me permito comentar el susudicho artículo o, más bien, destrozarlo entre risa y carcajada con mis sesudas y muy laicas opiniones entre corchetes y en morado. Aquí el texto íntegro de "No se nace homosexual" (nomás le puse italícas donde correspondían), porque, estimados lectores y apóstatas colados, hay que enfatizar que no estamos como para andar transformando aquello que somos al nacer: ¡somos bebés y se acabó! Ni se les ocurra desarrollar una personalidad, filias y fobias; acuérdense que no nacieron para eso, ni tampoco para amar [snif de la R.].

No se nace homosexual
Vladimir Alcántara

Richard Cohen, Director de Positive Approaches To Healthy Sexuality (PATH) [porque, no se confundan queridos lectores y perversos apóstatas, la sexualidad es un asunto tan simple que únicamente hay UN camino verdadero y deseable, todo lo demás es chaqueta mental; lo mismo va para el género], ha dedicado sus últimos 26 años de vida a trabajar con personas que se sienten atraídas por otras del mismo sexo, pero que en el fondo [en el fondo de... ¿sus arraigadas y muy arbitrarias convenciones sociales y culturales?] desean llevar un estilo de vida heterosexual, casarse, tener hijos y formar una familia [¿a poco ser heterosexual es un estilo de vida como ser runner, "darks" o vegano/a?]; o simplemente llenar un vacío que no han podido llenar con ese modo de vida. [Pos si se trata de llenar vacíos, es ampliamente conocido -y muy recomendado por el capitalismo- que comprar zapatos o comprar, así nomás porque sí, funciona muy bien.] El psicoterapeuta, quien en el pasado tuvo varias parejas hombres, habla para Desde la fe sobre la homosexualidad, sus causas y consecuencias, y algo muy interesante y poco sabido: sobre su carácter reversible. [¿Será esta teoría una chafísima y catoliquísima [catoloquísima, corrige la R. entre insidiosa y servicial] versión de la fluidez de los géneros y las sexualidades de Judith Butler? ¿Será? ¿Será una adaptación, plagio o falta de comillas presidenciales de la reversibilidad de lo femenino tipo Jean Baudrillard? ¿Qué será, pues? Ilumínanos con tu luz y tu conocimieto, Desde la fe.]

Cohen, por principio de cuentas, aclara que respeta y tiene aprecio por los miembros de la comunidad LGBT [aquí nadie está discriminando o menospreciando a nadie, ¿eh? Que quede bien clarito, malpensados y conspiranoicos lectores y apóstatas de lo peor que les acompañan...], con quienes se siente hermanado, pues sabe, por propia experiencia, lo que es ser objeto de ataques y actos discriminatorios por el hecho de ser homosexual.  

Sin embargo, señala que, de acuerdo con la Asociación Americana de Psicología, no hay evidencias que permitan concluir que la homosexualidad esté determinada por la genética hormonal [recontrasic, ¿neto existe la "genética hormonal"? A lo mejor es una novedosísima área de investigación inventada... inaugurada, quise decir, por el prestigioso trabajo de Mr. Cohen] u otro factor particular, por lo que no se puede decir que se nace con inclinaciones homosexuales. [Así como tampoco hay evidencias, salvo las de Mr. Cohen y algunos médicos nazis, de que la terapia de conversión sexual -que es precisamente lo que propone Mr. Cohen- realmente funcione. Hasta Wikipedia lo sabe y la propia Asociación Americana de Psicología NO la recomienda y considera que puede ser dañina. Pero dejemos que Mr. Cohen -a través del camarada Vladimir Alcántara- siga argumentando, tan elocuentemente como sólo él sabe hacerlo.]

Refiere que en el pasado tuvo varias parejas hombres, entre ellas una con la que duró tres años. Se sentía totalmente atraído por los hombres, pero en el fondo de su alma [¿no habrá querido decir "en el fondo de la heteronormatividad que habita en lo más recóndito de su psique y que nunca, pero nunca dejó de joderle"?] quería casarse con una mujer y tener familia. “Actualmente llevo 36 años de casado con mi hermosa esposa y tenemos tres niños maravillosos. Mucha gente me decía: ‘tú no puedes cambiar; naciste gay y sólo acéptalo’; pero al final quedó demostrado que el cambio es posible. [¡Claro! ¡El cambio es posible! ¡Ni que fuéramos imágenes de santos o crucifijos! Todos podemos cambiar: ahí están incontables hombres y mujeres trans para dar testimonio de su cambio. La R. que recomienda al respetable ver el documental Morir de pie de Jacaranda Correa.] Así como yo, hay muchas personas inconformes con sentirse atraídas por personas del mismo sexo, quienes anhelan llevar un estilo de vida heterosexual, porque hombres y mujeres están diseñados heterosexualmente, hombres y mujeres ajustan a la perfección desde la perspectiva biológica, que el cambio de homosexual a heterosexual es posible. ¡Ocurrió en mi caso!” [¡Por supuesto! ¡La biología lo explica todo! ¿Escucharon eso, condenadotes apóstatas? La cultura, la historia, la ideología y la sociedad qué... Es una verdad incuestionable que hombres y mujeres son como tornillos y tuercas, como piezas de Lego o Tetris que embonan súper bien. ¿Por qué buscarle más combinaciones a lo que "naturalmente" sólo tiene una opción? ¡Que necedad con la diversidad, ash!]

A Richard Cohen le llevó años entender la razón de su debilidad [¡maldita carne débil, tan tentadora, tan pecadora y, encima, tan gay!] o gusto por los hombres; pero llegó el tiempo en que pudo descubrir los factores que, en su caso particular, lo predispusieron a esa condición. [A ver, Mr. Cohen, ilústrenos con su conocimiento revelador y, parece ser, catoliquísimo aunque usted haya crecido en una familia judía y luego se haya convertido a la Iglesia de la Unificación... Aquí están los detalles. Pseudo psicoanálisis de alguien que no tiene licencia para ser terapeuta en 5, 4, 3, 2, 1...] “Hubo una falta de unión con mi padre y un apego excesivo hacia mi madre; había abuso físico por parte de mi hermano mayor, y abuso sexual por parte de mi tío; pero algo de lo más importante es que tenía yo un temperamento hipersensible. [Porque obvi que la hipersensibilidad no tiene que ver nomás con el sol o con el gluten...] Si hubiera algo genético o biológico en la homosexualidad, sería la hipersensibilidad [¿pos no que no había nada genético ni biológico en la homosexualidad?]; el chico o la chica hipersensibles pueden ser fácilmente heridos, el chico con frecuencia por la lejanía del padre, y la chica por la de la madre; ya sea por un distanciamiento real o por una mala interpretación de ellos mismos [mala interpretación la que usted nos está ofreciendo de la homosexualidad, Mr. Cohen], pero esta percepción se transforma en su realidad, y es muy probable que busquen ese amor inalcanzado en los brazos de una persona del mismo sexo”. [Y, ¿no podría ser también muy probable que buscaran el amor en los brazos de alguien del sexo opuesto? Yo nomás pregunto...]

Señala que después de entender estos factores, le llevó otro tiempo prolongado sanar las heridas que lo habían condicionado a vivir una vida homosexual [porque, no se hagan bolas queridos lectores y cochinos apóstatas que nomás ven de lejitos: la homosexualidad no es más que un condicionamiento del cual uno se puede descondicionar...]; y fue a través de experiencias de amor reparadoras por parte de personas heterosexuales que su atracción a personas del mismo sexo fue disminuyendo, al tiempo que comenzaba a tener deseos heterosexuales. [¿Está usted sugiriendo, Mr. Cohen, que no existen "experiencias de amor reparadoras" en un contexto homosexual? Chiaaaleeee... Luego por qué le cancelan sus conferencias, aquí la nota.] “Gracias a esa efectiva terapia de mis amigos, yo experimenté una profunda transformación en mi corazón. [Dale con el corazón y el alma, que, por cierto, NO TIENEN SEXO, así de ese sexo biológico de penes y vaginas con el cual se trata de justificar y explicar todito, todo.] Sentí entonces un llamado de Dios para realizar un grado de maestría en Psicología y ayudar a otros a superar la atracción por personas del mismo sexo”. [¡Ajá! El hilo negro ya apareció: que ciencia ni que terapia ni que nada, ¡esto es un discurso religioso!]

Richard Cohen asegura que, durante sus 26 años de labor como psicoterapeuta, ha ayudado a miles de hombres y mujeres homosexuales alrededor del mundo a llevar una vida heterosexual. Además ha asesorado a cientos de padres de familia para que sepan cómo amar a sus hijos cuando manifiestan inclinaciones homosexuales, y ha capacitado para ayudar a personas a superar su tendencia homosexual, a unos 6 mil psicólogos, psiquiatras, clérigos y líderes religiosos en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. [¿Vieron, pérfidos apóstatas? Cuando se quiere se puede: eso de dejar de ser gay es cuestión de decisión, disciplina y oración, ¡sépanlo bien y dejen de andar exigiendo derechos!]

Un punto importante que aclara Richard Cohen es que las relaciones sexuales nunca son suficientes para llenar el vacío que sienten quienes llevan una vida homosexual [y, ¿las relaciones sexuales heterosexuales sí llenan el vacío o cómo? ¿El vacío ese del que habla, Mr. Cohen, es exclusivamente para homosexuales?], que lo que deben hacer es trabajar sobre dos aspectos trascendentales: sanar aquellas heridas irresueltas del pasado, y reconocer que su condición de homosexual se ha originado de un deseo surgido en la infancia, de obtener aceptación y amor, y no de una necesidad sexual. [Changos, ya me confundí... Mr. Cohen, ¿habla usted de amor, de autoestima, de psicología infantil, de sexo, de dogmas católicos, de expectativas sociales y familiares o de qué demonios?] “Detrás de un homosexual hay un niño dolido por un sentimiento de rechazo, o por falta de amor; y lo que menos necesita para llenar ese vacio es una relación sexual, porque un niño no necesita tener sexo, sino alcanzar un cariño que le fue negado, tener experiencias saludables de amor”. [Supongo que estamos de acuerdo en que un niño no necesita sexo, tampoco una niña. Me pregunto, Mr. Cohen y Desde la fe, si le habrán sugerido terapia de conversión sexual al Padre(cito) Maciel... Tal vez no se les ocurrió porque Maciel nomás era pederasta y es bien sabido que eso se "cura" con un coscorrón, harta introspección en solitario y un conveniente cambio de parroquia...]

Señala que a lo largo de más de cinco lustros como terapeuta, ha visto cuatro tipos de clientes con orientación homosexual que buscan un cambio: personas jóvenes que anhelan la heterosexualidad; personas casadas que, por amor a sus hijos, desean abandonar sus deseos homosexuales; personas que con frecuencia intentan relacionarse con gente del sexo opuesto, pero sin éxito, y finalmente quienes sienten que su estilo de vida es incompatible con sus creencias religiosas o espirituales. [Y el rechazo y la persecución y la discriminación y el bullying naaadaaa tienen que ver con que alguien quiera dejar de ser gay, ¿verdad? La R. que intenta, infructuosamente, complejizar la tipología de Mr. Cohen.]

Cohen ha tenido grandes éxitos [¿así de grandes como los de JuanGa? La R. que se regodea en su chistorete...] ayudando a mucha gente a resolver su problema de homosexualidad y cumplir sus sueños heterosexuales. [¡¿Sueños heterosexuales?! La R. que casi se cae de la risa... ¿Qué sigue? ¿Cumplir los sueños de fama y fortuna de los "conversos" de Mr. Cohen?] “Personalmente, he tenido un 85 por ciento de efectividad en el trabajo. [Es bueno saber que siempre habrá un 15% de casos perdidos que ni cómo hacerle.] A través de un programa que explico en mi libro Comprender y sanar la homosexualidad, la gente puede lograr un cambio de adentro hacia afuera. No se trata de un simple cambio de comportamiento, sino de identificar las causas de esa orientación sexual, para resolver después cada tema. Mediante un proceso de sanación que se detalla, se disiparán los deseos homosexuales y emergerán los heterosexuales”. [Porque, estimados lectores y apóstatas necios que andan merodeando por ahí, es bien sabido que los deseos son como fumarolas o, más bien, como llamaradas de petate que con soplarles tantito ya se esfuman...]

Además de Comprender y sanar la homosexualidad, Richard Cohen ha publicado otro libro intitulado Hijos gay, padres heterosexuales, en el que enumera 12 principios para padres inconformes con la orientación sexual de un hijo. [Creo que aquí el texto revela, muy a su pesar, que a veces los verdaderos "inconformes con los deseos homosexuales" son los papás de los hijos y no los hijos...] “Hay muchos casos en que los padres no soportan tener un hijo con inclinaciones homosexuales, por lo que es importante conocer los pasos a seguir para ayudarlos a cumplir con su verdadero potencial sexual [recontrasic. ¿¡Potencial sexual?! ¿Qué carajos es eso? ¿Es como el potencial creativo o humano pero para el sexo? Mr. Cohen, ¿está usted sugiriéndole a los lectores de Desde la fe que exploren y exploten su potencial sexual hasta el cansancio, hasta la saciedad o hasta dónde? ¿No será eso una mala idea, Mr. Cohen, incluso pecado? La R. que casi, casi desfallece y está a punto de santiguarse, pero por el enorme despropósito en el uso del término "potencial sexual"]; los padres necesitan estar cerca de sus hijos, y las madres cerca de sus hijas [armen ya sus clubes de Toby y Lulú, ¡insidiosos apóstatas! ¿No ven que ahí yace la solución de todo lo que atenta contra la familia y la sociedad y la Iglesia y la civilización y el orden y el progreso?], es uno de los puntos más importantes, una sencilla recomendación que se vuelve cada vez más compleja en la medida en que pasan los años. 

En mi tercer libro –señala Cohen–, Abriendo las puertas del armario, ofrezco ideas prácticas para que cualquier persona pueda entender y resolver el dilema homosexual frente a la Iglesia y la cultura actual. “También hay padres que deben dejar de culparse por las inclinaciones homosexuales de un hijo, para evitar compensar de manera inadecuada, y poder comenzar a amarlo de una forma correcta”. [O sea, ¿cómo? ¿Son culpables o no los padres de las inclinaciones homosexuales de sus hijos? ¿O nomás son la "causa" de tales inclinaciones, aunque ni se den cuenta? Todos esos años de no pelar a los chamacos, ¿explican su homosexualidad? ¿O, tal vez, los padres aman a sus hijos de a tiro "mal" y por eso éstos se "vuelven" gay? ¡Les dije que no habían nacido para amar, pero no me escucharon! ¿Qué pasó con la efectividad comprobada de los clubes de Toby y Lulú? Mr. Cohen, decídase de una vez.]

Finalmente, Cohen envía un mensaje a todas aquellas personas que desean resolver su atracción hacia el mismo sexo: “No dejen que nadie estorbe su camino, no crean cuando la gente dice: ‘No puedes, debes resignarte’. [¿Oyeron eso, cochinos apóstatas? ¡Que nadie les diga que deben resignarse a andar así, como si nada, exigiendo derechos para la gente necia que se empeña en no querer cambiar su perversa homosexualidad que nomás busca destruir a la gran familia mexicana (y, de pasadita, también a la sacrosanta e infalible Iglesia Católica)!] Tú desecha esa renuncia, sigue a tu corazón y nunca claudiques; si yo pude, también tú. Y cuando lo logres, ayuda a otros. ¡Sé Jesús para ellos!” [Por Dios, ¡Yisus! ¡Ya saliste a colación! Ay, Yisus, seguramente estás leyendo estas líneas pensando: ¿por qué me meten en asuntos sobre los cuales nunca prediqué?]

¿Quién es Richard Cohen?

Richard Cohen es licenciado en Psicología Terapéutica por la Universidad de Antioch y la Universidad de Boston. Es psicoterapeuta [sin licencia, ya lo dijo la R. que (casi) siempre hace precisiones muy útiles para el lector y la lectora] y educador, y uno de los mayores expertos en el campo de la reorientación sexual al ser terapeuta y, a la vez, haber experimentado la transición desde la homosexualidad a la heterosexualidad.