Este año no voy a colocar ni zapatos ni calcetines cerca del árbol (porque no tengo) (árbol, digo, zapatos y calcetines todavía tengo). Tampoco voy a esperar a la mañana del 6 de enero para ver si Melchor, Gaspar y Baltazar pasaron por aquí y dejaron un regalito. Basta de esperas: este día de Reyes -qué va, ¡lo haré todo el mes, todo el año!- voy a dejar la comodidad de mi cueva y me lanzaré a las calles, audaz y resuelta, para buscarme un regalo yo solita. No soy muy exigente para los regalos, nunca lo he sido; algo discreto, mondo lirondo, pero intenso eso si; algo breve y memorable seguramente será perfecto. Estoy pensando en algo dulce y suave (no son bombones, aunque para después de regocijarme en mi regalo me caerían muy bien); algo natural y, la mera verdad, que cree hábito (tampoco son remedios caseros contra el estrés o el insomnio). O sea: quiero un regalo reincidente, reiterable, que se pueda dar y recibir varias, muchas veces y entre más se disfrute mejor sepa. Le voy a robar un beso a alguien... ¡Agárrense todos que ahí voy por mi regalo!
Foto, cortesía de: http://media.photobucket.com/image/vintage%20picture%20kiss/tracy1_09/Kisses/herkiss.jpg
Se va, se va, se fue... Un año más se escurrió como arena entre los dedos. Antes solía hacer recuentos del año que terminaba justo antes de las 12 campanadas: que si hubiera deseado, querido, esperado esto o lo otro; que si tal salió bien, que si tal salió mal, que si tal y tal y lo de más allá; que si unos se fueron y otros llegaron. Pero ante la inminente extinción del 2009 he optado por mirar pa'lante en lugar de pa'tras. Ya lo pasado, pasaaadooocomo diría José José. En vísperas del futuro les dejo una rolita esperanzada para ambientar el ciclo por venir. ¡Nos leemos y escribimos en el 2010!
Cause your mornings will be brighter Break the line Tear up rules Make the most of a million times no... Hope, Bauhaus Música, cortesía de WraithApe
Escribo, me digo, me contradigo. Busco y creo que si encuentro. Me pierdo (con mucha frecuencia y facilidad) y me recupero (aunque a veces, la verdad no me hallo). Como todos, avanzo y retrocedo. Creo saber qué decir pero nunca cuándo (otra vez los destiempos). Espero o, más bien, trato de hacerlo. Generalmente desespero, me desdigo, me extravío, me confundo y parece que ya olvidé lo siguiente que iba a escribir...
Ah, por cierto: me hubiera gustado escribir un post de celebración y agradecimiento por las 10,000 visitas a este humilde bló, pero se me pasó el momento preciso en que la flecha del click dió justo en el blanco del contador. Así que: ¡festejo por todo lo alto las 10,073 visitas a nimbemon...! E infinitas bendiciones a todos y todas los y las que andan leyendo y comentando por aquí...
Desde queAvatar de James Cameron se estrenó en cines ha hecho de las suyas. La gente que ya la vio llora, se emociona, aplaude y, con justísima razón, se maravilla ante una película visualmente impecable y extremadamente atractiva. Si: Avatar es el novamás del uso de la tecnología al servicio de la creación fílmica. Pero (el negrito en el arroz sale al quite), hay ciertas cosas de Avatar que, por lo menos a mi, no me convencen y que, para variar, tienen que ver con mis malformaciones ideológicas.
ADVERTENCIA. El presente post, como tantos otros publicados en este espacio, está escrito desde el hígado. Contiene algunos spoilers que, si no has visto la película, pueden arruinarte el goce de la misma. Léase a discreción pues, porque será el sereno pero no me gusta agüarle el cine a nadie...
En un futuro (no muy) lejano en que la Tierra han sido devastada por sus propios habitantes, el marine paraplégico Jake Sully (Sam Worthington) llega a Pandora, una de las lunas del planeta Polifemo, en misión científico-militar para explorar aquéllas tierras exóticas y extraterrestres. Resulta que Jake es el único que puede operar el carisisísimo avatar de su hermano gemelo asesinado, por lo que acepta el trabajo a cambio de una cirugía que le permitirá volver a caminar. A pesar del genuino interés humanista de la Dra. Grace Augustine (Sigourney Weaver) por conocer y comprender a los nativos de Pandora, los Na'vi, a través de los avatares -híbridos creados a imagen y semejanza de ellos a partir de material genético humano-, la única intención del cínico administrador corporativo del lugar, Parker Selfridge (Giovanni Ribisi), es utilizar los avatares para negociar lo más diplomáticamente posible la explotación del muy lucrativo unobtainium de Pandora y, si por las buenas los Na'vi no se dejan despojar de su riqueza, el pendenciero y mamón Coronel Miles Quaritch (Stephen Lang) está ahí para obligarlos a la mala.
Mediante el avatar que controla, el espía Jake se integra al clan Omaticaya de los Na'vi: después de tres meses de convivencia aprende su lengua, sus costumbres y, de paso, se enamora de Neytiri (Zoë Saldaña), quien resulta ser la hija de Eytucan (Wes Studi), líder del clan. Obviamente Jakesully muy pronto se da cuenta de que los Omaticaya no están dispuestos a ser desplazados de su hogar, a ser despojados de su forma de vida, por lo que Quaritch responde de la única manera en que un militar saber hacerlo: destruyendo el Árbol Sagrado en que viven para forzarlos a emigrar. Tras el devastador ataque, Jakesully se pasa del lado de los Omaticaya y se convierte en el caudillo que los Na'vi habían esperado, organiza la resistencia armada ante los invasores y termina por darles una patada en el trasero a los terrícolas belicosos que son exiliados de Pandora para siempre (o hasta nuevo aviso si es que Cameron ya planea una secuela).
No voy a negar que a pesar de sus más de dos horas y media, Avatar me pareció una película muy entretenida y nada aburrida. Tampoco menospreciaré el hecho de que Avatar lleva a las famosas CGIs (imágenes generadas por computadora) a un nivel de maestría y perfección inconcebibles. El problema es que tanto preciocismo, tal despliegue tecnológico, da por resultado un producto esencialmente hollywoodense, diseñado para arrancar lágrimas y dólares (llámenme insensible o retrógada, pero ante la espectacularidad prefiero abogar, como lo hiciera Lars Von Trier hace un tiempo, por el Voto de Castidad del Dogma 95). Además, la historia que Avatar cuenta ya la hemos visto infinidad de veces: en Danza con Lobos (Kevin Costner, 1990), en El último samurai (Edward Zwick, 2003), en La Misión (Roland Joffé, 1986) y en un nutrido etcétera. Avatar explota de manera efectista el leitmotif del extranjero que se torna aborígen y sucumbe a la tentación etnográfica de ser uno con ellos, con los otros, de trascender el mero "estar ahí" que Clifford Geertz tanto defendió; el extranjero que, seducido por tanto exotismo, prístinamente se integra a la tribu para, encima, ser el elegido que guiará a los nativos en su lucha por la emancipación (cualquier alusión etnocéntrica en ello parece no ser mera coincidencia). Avatar realiza lo que para algunos es la imposibilidad antropológica por excelencia -la asimilación total- llevada hasta sus últimas consecuencias: el final de la cinta en que Jakesully deja de ser un inválido mercenario gringo e irremediablemente se convierte en un Na'vi con todas las de la ley tras un ritual nativo que le permite habitar el cuerpo, el corazón y la mente de su avatar alienígena.
Pero esto no es todo: el virtuosismo visual y el final feliz de Avatar hasta cierto punto alienan al espectador promedio de la realidad de la explotación en la Tierra (a partir de este momento doy la palabra al pequeño rojillo que vive dentro de mi). ¿A poco es imprescindible representar a los Condenados de la Tierra de Franz Fanon como extraterrestres de rasgos felinos, cola y enormes ojos para poder vincularnos afectivamente con su infortunio? ¿Neto estamos tan enajenados del dolor humano que nomás con alienígenas sufrientes nos podemos sensibilizar? ¿A poco es indispensable imaginar que, por ejemplo, la Selva Amazónica es un deslumbrante lugar fuera de este mundo para indignarnos con su destrucción diaria? Si los estilizados, carismáticos y azulados Omaticaya se llamaran lacandones, vietnamitas, afganos o cubanos talvez la identificación fílmica no surtiría efecto. No es necesario irse hasta Pandora para tomar consciencia: las escenas en que los Omaticaya se conduelen por la muerte de los suyos recuerdan el drama de la historia de Panamá, Argelia, Nicaragua o Irak, reales víctimas de la expansión capitalista y su incesante búsqueda de nuevas formas de esclavitud.
Si bien Avatar parece criticar la barbarie del imperialismo y la falta de sensibilidad y respeto hacia la vida en todas sus manifestaciones no creo que el "mensaje" de la cinta sea leido unívoca y exclusivamente en este sentido. Sobre todo porque me parece que situar la masacre de un pueblo con todo y su ecosistema para aprovecharse de sus recursos en un lugar a años luz del aquí y el ahora convierte el horror del genocidio en ciencia ficción que, lamentablemente y para una gran mayoría, es más ficción que nada y en la peor de sus acepciones: es el equivalente de irrealidad, fantasía, apariencia. Para reflexionar seriamente sobre el insolente despliegue del poder absoluto prefiero mil veces Vals con Bashir que Avatar. Claro, el gusto se rompe en géneros y, como siempre, quien me manda pedirle peras al olmo...
Trailer, cortesía de machinima Foto, cortesía de http://history1900s.about.com/library/photos/blyviet55.htm
Este año no celebré Navidad. Me quedé en casa con mis hijitos peludos leyendo un poco, escribiendo y pensando mucho. Para la gran mayoría, hacer esto es inconcecible: pero, ¡cómo! Si la Navidad es el momento quintaesencial de unión familiar, es la fecha del año que se espera ansiosamente, es la noche del pavo, los regalos, las sorpresas... Pues si: soy un consumado Scrooge. He de confesar que nunca he disfrutado particularmente la Navidad, sobre todo porque la casa de mis padres no se caracteriza por sus tradiciones decembrinas: cero posadas, cero cenas, cero uvas que anticipan el año por venir.
Cuando era niña, ayudaba a mi madre a poner el nacimiento y el árbol. Me gustaba colocar a los Reyes Magos lejos, lejos del pesebre e ir acercándolos de a poco para que llegaran justo el 6 de enero a visitar al Niño Dios. Los regalos aparecieron bajo el árbol durante mis doce o trece primeros años de vida y después de que me dijeron que Santa Clós era una invención americana con fines de lucro, los regalos dejaron de aparecer: mejor me los daban en vivo y en directo quienes los habían comprado, mis padres. Pero todo lo demás -la familia reunida cantando villancicos, los romeritos y el bacalao, las borracheras monumentales-, eso nunca pasó. Supongo que porque al Scrooge mayor -mi padre-, dado su espíritu agnóstico y comunista y su delicado estómago, celebrar la Navidad con bombo y platillo nunca le ha gustado.
Cuando me independicé se me desató el pequeño reventado que llevo dentro. Fue entonces que por algunos años celebré Navidad en casa de quienes si tienen la costumbre de hacerlo: digo, tenía que aprovechar toda ocasión de salir al mundo, de conocer otras formas de ser y estar en él. Para mi era algo nuevo y hasta ajeno ver a los grandes contingentes familiares compartiendo juntos esa noche (mi familia más cerca consta de tres personas: papá, mamá y yo). Siempre agradeceré a la familia de Alex por las Navidades que tan amorosamente me acogió. Pero no cabe duda que el ser humano es un animal de hábitos. Y como el hábito navideño durante mi niñez y adolescencia fue estar en camita a más tardar a las 11pm, curvar esa tendencia mía hacia la soledad y hasta la contemplación en Nochebuena me fue difícil entonces y también lo es ahora.
Además están mis salvedades ideológicas para con estas fechas. Ya en otra ocasión aquí expresé brevemente lo que me provoca el fervor decembrino, lo que opino sobre el estrés y la compulsión de las compras, sobre el feroz embate publicitario a propósito de los buenos deseos navideños... Es complicado mantenerse al margen del espíritu de la Navidad; es complicado evitar su contagio sobre todo porque a dónde quiera que uno mire está presente, avasalladoramente presente. Muchos fruncen el seño cuando digo que prefiero no celebrar, por lo que en esta temporada siento con más intesidad cuán "freak" soy. No es algo que me preocupe o atormente: con los años he aceptado, por arduo que sea de explicar, que no soy un ente festivo, por lo menos en lo que se refiere a la Navidad. Para mi fortuna, no tengo el deber de asistir a la reunión familiar obligada e imprescindible, porque sencillamente no hay tal, lo que me da la oportunidad (a riesgo de sonar muy, pero muy cursi) de reflexionar sobre el Amor y la Paz. En definitiva, cualquier momento es bueno para acercarse a quienes queremos, familiares o no, y para restablecer y fortalecer los lazos del corazón. Así que, ¡Feliz no Navidad queridos lectores!
Y si: uno va y viene. A veces da vueltas sobre su propio eje, otras escapa en línea recta y piensa que es para no volver atrás. Pero pareciera que uno siempre regresa -en una sola pieza si le va bien y con todas las millas recorridas bajo el brazo- al mismo punto del que partió. Uno insiste en andar caminos que ya ha andado antes y se empecina en que son rutas nuevas, en que llevan a parajes desconocidos. Y no: los destinos llevan al lugar justo del arranque.
Los talk shows (chat shows para los británicos) son todo un fenómeno mediático desde sus inicios en la radio en la década de los cincuenta. En su versión televisiva los hay de chile, mole y pozole (y también de manteca): tenemos Oprah, famosísimo programa en el cual la Winfrey entrevista a cuanta celebridad se puedan imaginar y da consejos sobre qué libros leer; Cristina, donde la Saralegui hace lo mismitito que Oprah pero en español; ahí está Tyra, donde la Banks empodera a las mujeres mostrándoles cómo abrazar su cuerpo y cómo ser asertivas; Mariano, que transitó más o menos dignamente de la radio a la televisión e hizo el milagro de hacer visible la cara de Osorio tras la voz de sus cursilerías; y The Tonight Show, al aire desde 1954, por el cual han pasado conductores como Johnny Carson, Jay Leno y Conan O'Brien.
Describir las transformaciones temáticas y estilísticas de este género televisivo a más de cinco décadas de su invención da para varios libros. El talk show contemporáneo ha modificado su estructura original (que aún prevalece) [1] dando como resultado programas hibrídos que incluyen en su formato la engañosa premisa de todo reality show: gente real, común y corriente, con problemas igualmente reales y supuestamente comunes y corrientes. Entre estos talk shows mutantes se encuentran: Laura en América, donde la Srita. Laaauraaa pone en su lugar a los rufianes y canallas que engañan a sus parejas; Maury, en el cual Povich, con la paciencia de un santo, hace pruebas de paternidad y lidia con adolescentes descocadas; y el epítome de la tele basura, el escandaloso tabloide audiovisual que responde al nombre The Jerry Springer Show, programa en que Springer, ex alcalde Demócrata de Cincinnati, discute escabrosamente a expensas de sus invitados puros temas taquilleros (zoofilia, pedofilia, prostitución, drogadicción, incesto, racismo, infidelidad, divorcio, enanismo, homosexualidad, travestismo y un largo etcétera) y trata de salir del set en una sola pieza cada vez que los asistentes al show se lían a golpes (lo cual sucede muy a menudo). Precisamente, el antiguo jefe de seguridad de este exitoso y morboso programa ya tiene su propia emisión televisiva, The Steve Wilkos Show:
Este pelón altanero, malencarado y gritón, como dice cada ocasión que puede, fue oficial de polícía en Chicago durante doce años y marineal servicio de su patria. Le encanta confrontar malhechores y malvivientes y su única misión en la vida es proteger a los débiles. También es un orgulloso padre y marido [2], por lo que defiende ferozmente los valores familiares. Desde 2007, The Steve Wilkos Show recibe invitados a su foro para ayudarlos a superar problemas de toda índole: hijos e hijas que reclaman la atención de sus desobligados progenitores; mujeres golpeadas que tratan de escapar de sus parejas violentas; personas que buscan limpiar su nombre tras haber sido acusados (falsamente o no) de abusar sexualmente de niños y/o niñas o de haber matado bebés como consecuencias de sus adicciones fuera de control. Puros temas taquilleros que despiertan la curiosidad de la audiencia y que explotan la cuestión universal de la verdad: saber quién miente, quién engaña, quién es verdaderamente responsable por esto o lo otro, leitmotif que en programas como Maury ha asegurado durante años altos ratings y ganancias.
La característica distintiva de The Steve Wilkos Show frente a otros talk shows cuyos conductores resultan más comprensivos o tolerantes es que Wilkos se especializa en el linchamiento público y en cadena nacional de quienes, según su ojo clínico para el mal, son culpables de los crímenes que se les imputan. El arma de Wilkos para develar la verdad y darle su merecido a los malosos y malosas: un detector de mentiras. Su estrategia nada tiene que ver con la de otro talk show reconocido, Dr. Phil, en el cual el doctor del título ofrece consejo "profesional" y buenaonda a los atribulados que aceptan ventilar su vida privada en televisión. Frente a un público histérico en el estudio, Wilkos intimida verbalmente a los bellacos que fallan la prueba del detector de mentiras: los acorrala con preguntas, sarcasmos y reproches, los forza a admitir "la verdad" y una vez que se impone ante ellos les exige que abandonen el set. Justicia expedita hecha en nombre de los desamparados.
Una de las constantes en The Steve Wilkos Show es la exhortación que hace Wilkos a sus invitados, ya sean catalogados como víctimas o perpetradores, para que "entren en razón", el what the hell were you thinking?, el ¿en qué cabeza cabe? que insistentemente usa con drogacticos que se meten en todo tipo de dificultades, pedófilos que aceptan o no su atracción sexual por los menores, mujeres incapaces de dejar a sus maridos golpeadores y hasta con los mismos esposos abusivos. Si algo tienen en común drogadictos, pedófilos y hombres y mujeres en relaciones de codependencia es la auténtica imposibilidad de "reformarse" sin auténtica ayuda especializada: el quiero pero deveras no puedo [3] de muchos asistentes a The Steve Wilkos Show es honesto e indica una condición patológica que se mantiene más allá de la intención o las ganas de cambiar, condición debida a incontables razones. En este sentido, los sermones de Wilkos (o de cualquier otra persona) son inútiles: por más que trate de convencer a sus invitados de que deben dejar de hacer cualquier cosa mala, incorrecta o enferma que estén haciendo, de que deben madurar y ser responsables, cuando la voluntad propia no es suficiente, la razón ajena no sirve para nada. Tal vez Wilkos actúe de buena fe, tal vez de verdad quiera ayudar a la gente, pero su enfoque espectacular y autoritario parece dar un solo y contudente fruto: harto rating y hartas ganancias. NOTAS 1. Cuyo ejemplo paradigmático es el Late Show with David Letterman, un programa que gira alrededor de la conversación del anfitrión con sus invitados e incluye elementos del programa de variedad como números musicales y sketches cómicos. 2. Rachelle Consiglio, esposa de Wilkos, trabajaba en la producción del programa de Springer y ahora es productora ejecutiva de The Steve Wilkos Show: todo quedó en familia. 3. Que, referido a la incapacidad de las mujeres golpedas para dejar a sus maridos abusivos, puede entenderse mediante el Síndrome de la Impotencia Aprendida. Para una muy concisa pero efectiva explicación de las causas y consecuencias de tal síndrome en inglés, conocido como learned helplessness, pícale aquí. Esta es la tercera parte de la trilogía Crimen y castigo. Si te interesa leer dos entregas anteriores sobre televisión de realidad que busca combatir y/o explicar ciertos fenómenos del crimen en Estados Unidos, puedes picarle aquí y aquí.
Blog perdido sobre cultura de masas, extravíos variopintos, fugas y otros deslices.
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Nueva selección musical en Sonidos de Aquí y Allá: ¡puro Afrobeat!
En 2002 se publicó La broma infinita de David Foster Wallace (1962-2008), segunda y última novela de este genio atormentado que alcanza las 1200 páginas en su versión española. Hace más de cuatro meses me embarqué en la agotadora -pero inmensamente disfrutable- travesía de leerla. Como parte de un pequeño y humilde homenaje a Wallace con motivo de su primer aniversario luctuoso, cada extracto de Infinite Jest que aquí aparezca ahora estará acompañado de su traducción al español, cortesía de nimbemon...
Próximamente en nimbemon... la reseña del documental Crossing the Bridge: The Sound of Istanbul de Fatih Akin, una verdadera joyita de lo estupendo.
El Diplomado Miradas sobre el Cine en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM comienza en febrero de 2010. La maleta te espera para iniciar el gran viaje fílmico. Informes: 56 22 94 70 al 78, extensiones 1030 y 1051. miradassobreelcine@gmail.com
...lanzaré consignas a todo pulmón, diatribas feroces, mensajes secretos y breves. Entre líneas puede adivinarse la dirección en la que estas botellas han sido lanzadas al mar, puede descubrirse el destinatario de mis extravíos. Esto que escribo es transparente, a pesar de sus disfraces. Esto que escribo es directo, aunque revolotee trazando círculos inciertos y vacilantes. Esto que escribo soy yo: ausente presencia que se desnuda, que se abre de par en par, como las puertas de mi casa, para recibirte. Escribirse es desmontar el entramado del propio blindaje, sin necesidad de forzar la cerradura, sin fuegos artificiales. Un desmontaje sutil y reservado que te permita mirar dentro, muy dentro; que apunte hacia la cima de la montaña de hechos, datos y cifras que me define de alguna manera. Escribirme es invitarte a entrar en esto que, según dicen, soy yo…
Dice Saramago: La práctica del blog ha llevado a la escritura a muchas personas que antes poco o nada escribían. Lástima que muchas de ellas piensen que no merece la pena preocuparse con la calidad de estilo de lo que se escribe. El resultado está siendo que, a la vez que se escribe más, se está escribiendo peor. Personalmente cuido tanto del texto de un blog como de una página de novela.
Soy una Isla de Sotavento, Territorio de Ultramar del Reino Unido, Virgen Negra o Moreneta, Monasterio y Santuario Benedictino y un Macizo Montañoso Catalán. Y creo que también soy la Segadora del Trigo, pero de eso no estoy muy segura...