sábado, 8 de diciembre de 2012

Razones para apagar Televisa 2: el mentado Teletón

Este año no tenía intención de sintonizar Televisa para ver cómo se desarrolla el lacrimoso chantaje anual llamado Teletón (además, hace tres años escribí algo al respecto aquí que, era de esperarse, sigue estando vigente). Pero en un contexto nacional de pan, circo y macanazo, enterarse de qué están viendo millones de personas es una obligación porque este masivo lavado de cerebro da cuenta del mecanismo clave que tiene a México sumido en un profundo y oscuro hoyo: los tejes y manejes ideológicos y políticos de Televisa. ¿A quién le importan las y los presos políticos con que Peña Nieto inauguró su sexenio, a quien le interesa la criminalización de los jóvenes y de la protesta social o las decenas de miles de muertos, desaparecidos y desplazados producto de la guerra contra el narco de Calderón, si se puede lloriquear y esperanzarse con más de 24 horas de historias de niños y niñas con discapacidad, cáncer y autismo?

El Teletón mexicano, desde hace 15 años y con más donadores y producción a cada año que pasa, se ha jactado de ser un evento eminentemente "familiar", aunque más bien resulte una letanía de inserciones pagadas por municipios, delegaciones, partidos políticos y empresas mientras los "artistas" de Televisa amenizan al público incauto con su despliegue de talento para el playback. El Teletón se centra, dicen, en la generosidad y el amor, en pensar qué se puede hacer por tanto niño y niña menos afortunado que el espectador promedio, en suponer que la única forma de apoyarlos es a través del dinero -de la limosna, pues- y nada más. Pareciera que sólo el dinero arregla los problemas o, al menos, los mitiga en forma considerable; que con hacer donativos basta para involucrarse socialmente y contribuir al desarrollo de esa entelequia llamada "México"; que recaudar fondos o regalar sillas de ruedas y medicamentos es la manera más efectiva de participar, de salir de la apatía y el desinterés. Este mensaje básico y simple del Teletón -dona y estarás haciendo algo por tu país- no podría ser más pernicioso en el contexto de represión y violencia que vivimos.

¿Por qué esta insistencia machacona en fomentar la participación pasiva que supone donar? ¿Por qué tanto tiempo aire empleado en las consignas melosas de empresas y productos -"orgullosos patrocinadores del Teletón"- y de políticos, conductores, "periodistas" y "estrellas" alineados a Televisa? Porque la participación activa, la que sale a las calles, la que busca construir nuevas formas de relación, liderazgo, comunicación, resistencia, justicia, producción, consumo, autogobierno y autonomía, es subversiva: esa sí busca el cambio desde infinidad de trincheras, esa sí lucha por una sociedad radicalmente distinta y por eso no es de interés para Televisa. La participación combativa y organización alternativa de los "niños" y "niñas" de #YoSoy132, de los compas de Cherán, Wirikuta y del Movimiento por la Paz (por mencionar sólo algunos ejemplos), esa no se fomenta, ni se le da espacio en los medios masivos de comunicación, más que para vilipendiar o minimizar sus causas al tiempo que el Estado emplea todas sus mañas para silenciarlas. Este tipo de participación ciertamente está fuera del esquema buena onda de involucramiento maquinado por Televisa, un esquema inocuo para cualquier tipo de transformación de fondo. Así, la idea de la "vaca" millonaria para paliar la responsabilidad social, orquestada de forma mediática y desde arriba, obvia que la sociedad civil históricamente se ha organizado desde abajo, que no requiere la mediación o iniciativa de televisora alguna y que, ciertamente, trasciende dicha mediación.

Como señala el informe de la ONG estadounidense Freedom House sobre Televisa y TV Azteca, el duopolio televisivo "no permite que la gente participe de manera efectiva porque sólo recibe información de una fuente". Si bien esta aseveración se refiere a la participación electoral, también se puede aplicar a otros ámbitos de participación. Televisa, parapetada en las legítimas demandas de quienes tienen discapacidades diversas o quienes padecen cáncer o autismo, se da sus baños de pureza e, indirectamente, pasa juicio sobre quienes no estamos de acuerdo con deducir impuestos y posicionar marcas a partir de la desgracia y el dolor ajenos. Dados los millones de asiduos espectadores y participantes del Teletón, criticarlo es mal visto en muchos círculos, como también lo es alinearse con una larga lista de exigencias contrarias a los intereses económicos y políticos del statu quo. ¿Quién va a estar en contra del Teletón -¡qué falta de corazón, sensibilidad y solidaridad!- cuando son pocas y de limitado alcance las voces críticas que señalan la hipocresía de este gran comercial sostenido, de esta masiva y cínica deducción de impuestos? ¿Quién se va a comprometer con otras luchas no televisadas e invisibilizadas, con otras causas que no se centran alrededor del dinero para operar? En fin, habrá que ver si este año el Teletón llega a su millonaria meta y si -sueños guajiros- la gente de a pie comienza a reconocer que la donación institucional no es la única forma de participación posible.

Y para documentar nuestro optimismo, algunas frases del Teletón 2012:

Enrique Peña Nieto: "Me encuentro acompañado de mi esposa, de algunos de nuestros hijos, y muy contentos de venir a sumarnos a este esfuerzo [que fomenta] un gran optimismo en favor del México que queremos lograr, que queremos mover y que queremos renovar la esperanza de todos los mexicanos."

Bianca Marroquín: "Mary Poppins dice: todo es posible si lo quieres", y entrega un supercalifragilisticoespialidoso cheque a la causa.

Toño de Valdés: "Yo creo que no hay una cosa más padre que el Teletón..."

Fernando Landeros: "Hay que ensanchar el alma, el corazón [...] aquí lo que está en juego es la vida misma [...] vamos a pararnos del lado de la vida que es el lado del amor."

Marco Antonio Regil: "La felicidad no es un lugar al que llegas, es una actitud."

Pedro Ferriz de Con: "Teletón no sólo es el problema, es el problema y la solución [...] Vayan al banco, vayan a las Farmacias del Ahorro, llamen por teléfono, en fin, ¡muévanse!"

Lucero: "¡Qué bonitas historias!"

sábado, 17 de noviembre de 2012

Mi colapso en El Paso

[For the English version, click here]

Creo que todo empezó en Albuquerque, Nuevo México. Bueno, en realidad pudo haber comenzado incluso antes, cuando la Caravana por la Paz cruzó la frontera entre Tijuana y San Diego, o cuando miles de personas se reunieron –varias veces- en el Zócalo del Distrito Federal para exigir el término definitivo del creciente derramamiento de sangre a manos del narco, o incluso cuando siete cuerpos fueron encontrados dentro de un automóvil en Temixco, Morelos…

No sé cómo, pero un insecto me picó en el pie derecho. Pudo haber sido una avispa, una abeja o un alacrán, y no le puse mayor atención porque ni siquiera sentí el piquete. Además estaba totalmente dedicada a ser una intérprete para la Caravana, a tratar de hacer llegar su mensaje a cuanta persona fuera posible narrando las historias atroces de quienes habían perdido a sus seres queridos: asesinados, torturados, desaparecidos… Porque pareciera que en mi país los carteles y los sicarios hacen lo que quieren. Al llegar a Santa Fe mi pie estaba hecho una ruina: se había hinchado tres o cuatro veces su tamaño normal, me picaba, me quemaba, me pesaba. El dolor me tenía copada. Pero como me educaron para no dar problemas ni ser una molestia, simplemente me aguanté. ¿Cómo podía atreverme a comparar mi dolor –un mero dolor físico- con aquél de las víctimas en la Caravana?

Mis queridos amigos Sam y Jessica no se aguantaron: como mi pie se veía bastante feo y mi situación era miserable, Jessica sugirió llevarme a casa de su amiga Karen por un poco de barro medicinal en lugar de ir a la sala de urgencias más cercana. No pude estar más de acuerdo con ellos, siendo tan contraria a los medicamentos como lo soy, y agarramos camino. Karen resultó ser una anfitriona espléndida además de una verdadera sanadora y nos invitó a Sam y a mi a pasar la noche en su casa: después de todo, éramos caravaneros sin cama. Así que tuvimos el lujo de una buena cama y una regadera caliente por primera vez en más de una semana de trabajo duro, tras dormir en los pisos de las iglesias y tener que hacer largas filas para estar bajo el agua de una regadera, a veces fría, por unos minutos. Esos dos días en casa de Karen –y en Santa Fe- fueron maravillosos: excelente plática y comida, mucha diversión, solidaridad y activismo desde el corazón que recargaron mi energía y fortalecieron mi certeza de estar justo en el lugar donde pertenecía. El tratamiento de Karen funcionó: mi pie se veía mucho menos hinchado, estaba mucho mejor que al llegar, y me dejó de molestar… por un tiempo. Por lo menos parecía que mi tobillo, ligeramente abombado, no daría a luz alguna criatura extraterrestre de repente, un escenario de ciencia ficción bastante inverosímil con el que Jessica y yo habíamos bromeado.

Después de disfrutar la Tierra del Encanto, la Caravana por la Paz partió hacia El Paso, Texas. La sensacional bienvenida me hizo olvidar mi pie desgraciado: una tibia noche de verano, La Placita de los Lagartos nos recibió con velas, consignas y un mar de gente cálida y comprometida que ondeaba banderas de México y Estados Unidos, revoloteando juntas al viento. Había música –rock mexicano, ¡sí!- y bailamos para dejar ir un poco el dolor que llevábamos cargando a hombros (y que yo, particularmente, empezaba a cargar de nuevo en mi pie). A pesar de dormir muy poco esa noche y de haber quedado atrapada en una escalera de emergencia (una situación bastante vergonzosa de la cual me salvó Iván, a quien casi le da un infarto dados los ruiditos macabros que hice en su ventana: eso es lo que pasa cuando uno ignora la advertencia de la monja de no salir por esa puerta y uno piensa que no pasará nada si se escabulle a fumar un cigarro de madrugada….), estaba lista para otro intenso día de Caravana a fondo. Pero el día comenzó con un mal paso: nomás no me entraba el zapata en el pie derecho. Hasta podría ser una especie de afirmación radical sobre la moda -usar un zapato y una chancla-, me dije mientras bajaba las crujientes escaleras de madera de la Academia Loretto para alcanzar nuestra camioneta hacia El Paso City Hall.

El día fue de mal en peor: al entrar al City Hall se rompió mi chancla, así que quedé descalza de un pie a punto de explotar, una situación nada ideal para una primeriza como yo dada la seriedad del evento cívico. Arrastré mi pie, que crecía y crecía, escaleras arriba para asistir a la reunión del Concejo de la Ciudad en la cual la Caravana por la Paz, junto con activistas de El Paso, presentaría un Código de Conducta para la venta de armas. Algunas personas hablaron en favor de firmarlo, mientras que a otras nada, pero nada les agradó la idea. “Si la corrupción y la impunidad son un problema mexicano, ¿por qué deberíamos de hacer algo al respecto nosotros?”, argumentó un texano en contra de firmar el Código. “Si no pueden hacer responsable por sus acciones en la guerra contra las drogas a su propio gobierno y a sus agentes del orden, si no pueden exigir que sean eficientes, eso no es asunto nuestro”, dijo una mujer sin pelos en la lengua y particularmente franca. Mientras que varias de las víctimas directas de esa misma guerra subieron al estrado para vaciar sus corazones, para hacer evidente que las armas gringas estaban matando mexicanos (y aún lo siguen haciendo), Marcela me pidió que interpretara una entrevista con esa misma mujer que estaba decidida a refutar las sugerencias del Código sobre el control de armas.

Me presenté como su intérprete y lo primero que Lisa dijo al ver mi ineludible y gigantesco pie rojo fue: “Oh, por Dios, eso requiere atención médica. ¿Necesitas algo? Puedo traerte un poco de hielo”. Quedé pasmada: esta mujer que justo había dicho que los ciudadanos estadounidenses no eran responsables por las incontables muertes y desapariciones en México, que indirectamente había culpado a mi gente por su propio dolor, estaba teniendo el gesto más humano que uno puede tener al preocuparse por la situación de mi pie y por mi bienestar en general. Y lo segundo que Lisa dijo me dejó aún más pasmada: “¿Cómo puedo saber que lo que tu digas en español será lo que yo diga en inglés si estás con ellos?”. Porque sí, le había dado la espalda a Lisa, al igual que hicieron todos los caravaneros durante algunas intervenciones en la reunión del Concejo, claras acciones de desobediencia civil; sí, había decidido ser grosera como medida para enfatizar nuestra postura… “Eso me pareció muy ofensivo”, dijo Lisa.

“No hay de qué preocuparse, estoy bien”, logré responder con respecto a su ofrecimiento (una total mentira). “Ya que soy una profesional (una verdad a medias porque, para entonces, sólo había sido intérprete durante una semana…) y aprecio que me quieras ayudar, te puedo asegurar que lo que sea que digas en inglés será dicho en español, palabra por palabra (una verdad sincera, por lo menos esa era mi intención)”, le dije a Lisa. Una profesional estresada y dolorida, bajo el influjo de una suerte de extraña vergüenza, pensé, mientras sentía que mi garganta se cerraba poco a poco y mi pie se enrojecía y ensanchaba más y más. ¿Cómo tratar con dignidad a alguien que cree que le has faltado al respeto, que has menospreciado sus creencias más profundas? La entrevista de Lisa ha sido, por mucho, mi peor interpretación: no pude concentrarme para nada, estuve a punto de llorar –o tratando de sollozar en silencio, sin éxito- todo el tiempo que duró y en verdad pensé que no estaba haciendo ningún sentido, que las palabras solamente se desparramaban de mi boca hacia el micrófono. Fui un auténtico desastre y, en efecto, le fallé a Lisa (y a Marcela también…), pero no por la razón que había temido.

Cuando terminó la entrevista, me quedé con Lisa para una plática off-the-record. Lo hice principalmente porque me sentía como una idiota y quería redimirme: sabía que mi interpretación no había sido ni siquiera decente y también quería tratar de hacerle llegar en mensaje de la Caravana. Después de todo, supuse, soy activista tanto como intérprete. Necesitaba recobrar mi compostura y mi habilidad para articular ideas: nadie estaba en contra de la Segunda Enmienda, le dije a Lisa, no habíamos cruzado la frontera para imponer nuestra voluntad en ese espinoso tema, ni en ningún otro para el caso, y sólo estábamos tratando de crear consciencia sobre la violencia relativa a la guerra contra el narco, absurda y desatada, que había cobrado decenas de miles de vidas en México durante los últimos seis años. Mujer, ¿qué no puedes ver que tu derecho a portar armas está destrozando el derecho a la vida de otras personas? Justo en ese momento, medio descalza y afligida (era mi pie, sí, pero para entonces el creciente malestar ya había cavado un túnel hasta mi corazón), me di cuenta de cuan fácil era vulnerar fibras sensibles cuando las mías estaban hechas trizas.

Lisa escuchó lo que yo tenía que decir –poco en realidad, dada mi penosa circunstancia- y después, con toda calma, me contó su historia: haber vivido en Texas como un hombre abiertamente homosexual, comenzó, hace que una pistola siempre venga muy bien. De la forma más difícil, Lisa aprendió a defenderse, aprendió a defender el estilo de vida que había escogido, aprendió a defender a sus amigos y amantes: se necesitan agallas para hacerlo. Después de su cirugía de reasignación de sexo, Lisa confirmó que América era (y estoy segura de que aún lo es para ella) la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Su propia historia de vida es testimonio de ello. Dada la persona que había sido, tener un arma no era un mero derecho, sino una potencial herramienta para salvaguardar las libertades que tanto le habían costado, una manera de, eventualmente, luchar por su identidad, incluso por su vida. No pude dominar más las lágrimas y empecé a llorar. ¿Existirá alguna forma justa de salir de una paradoja como esta, de que los derechos de todos y todas se protejan de manera equitativa, aún cuando la libertad de alguien pareciera vulnerar la de alguien más? Lisa terminó diciendo que de verdad sentía mucho las muertes y desapariciones, que se condolía profundamente al ver el dolor de los familiares, pero que no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Sin más que decir, me sequé las lágrimas y le agradecí a Lisa por haberse abierto conmigo tan sinceramente.

Los testimonios sobre los horrores en México seguían fluyendo en la reunión del Concejo y regresé a la sala para sentarme tan silenciosamente como pude. Minutos después, Lisa entró a la sala y se me acercó: “Aquí tienes”, me dijo, y me dio una pequeña bolsa de plástico cubierta con toallas de papel, una bolsa llena de hielo. Y entonces me quebré: comencé a llorar de forma tan incontrolable que mi cuerpo entero se convulsionaba. De verdad que no podía controlarme. Era como si un dolor enorme se hubiera apoderado de mi, como si una congoja violenta y profunda me hubiera agarrado del corazón y me estuviera sacudiendo desde dentro. La bolsa de hielo de Lisa -una cosita pequeña pero, para mi, un gesto tan poderoso- desató mi colapso en El Paso. Sentada ahí, con las manos en la cara y llorando cual Magdalena, un policía me preguntó si necesitaba una ambulancia, a lo que respondí que no y traté de salir de la sala. Marco vio el estado en el cual me encontraba y antes de que pudiera  salir me agarró y me abrazó tan fuertemente como pudo. Desde el pequeño hueco que mis brazos trazaban alrededor del cuello de Marco recuerdo haber visto un segundo a Sam, su cara preocupada, y a otros caravaneros que se acercaban. Pude sentir su empatía, su apoyo silencioso: un amor verdadero, calmante y reconfortante. No se cuanto tiempo estuve colgada de Marco, ni cuanto tiempo le tomó a mi cuerpo dejar de convulsionar. Pero cuando finalmente sucedió, quedé insensible y desesperanzada.

Tampoco se como llegué ahí (ahora no lo recuerdo): de pronto estaba fuera de El Paso City Hall antes de que la reunión del Concejo hubiera terminado. Ya en la calle, me quité mi chaleco rojo de interpretación y lo tiré a la banqueta. “¡Renunció!”, grité, “¡y necesito un hospital ya!”. Sí, había tenido suficiente, por lo menos para un día. Necesitaba retirarme un tiempo, estaba desesperada porque no podía más: mi pie me estaba matando, no lo podía seguir negando, y mi corazón también. Todo era demasiado crudo, demasiado aplastante como para soportarlo. Sabía que la interpretación iba a ser difícil dado el material con el que trabajábamos a diario, pero no pude prever, hasta ese momento, la agitación bárbara que un pequeño acto de generosidad detonó en mis emociones estando físicamente adolorida como estaba: darse cuenta de la humanidad de alguien, a pesar de las discrepancias ideológicas, simplemente había hecho que me desmoronara a pedazos. Por fortuna, Kayla estaba ahí: vio que yo era un gran desastre lloriqueante, con un pie derecho como de elefante que se estaba poniendo morado y, encima, no tenía zapato, y se ofreció en el acto para llevarme a un hospital.

Después de ayudar a Kayla con sus diligencias, que incluyeron comprar unas pantuflas para mi, me llevó a un Centro de Salud en algún lugar de El Paso. Ahí perdí el conocimiento con una inyección de lo que ahora sospecho era Vicodin. La doctora estaba impresionada por el grado de la hinchazón y por la ausencia de rastros de un piquete e incluso ordenó rayos x para descartar huesos rotos. Finalmente dijo que yo había sido la desprevenida víctima de una reacción alérgica fuera de control –hasta entonces creía que no tenía alergias, salvo, tal vez, a la alcachofa- así que me recetó seis medicamentos diferentes: antiinflamatorios, antibióticos y analgésicos, lo que significó más Vicodin (y al caño se fueron años de esfuerzos sostenidos por no tomar ningún tipo de medicamento). Kayla me llevó de regreso a la Academia Loretto: las hermanas estaban un poco alarmadas por mi emergencia y consideraron que lo mejor era darme de cenar y mandarme a la cama. Caí dormida, hasta el tope de drogas, y el dolor poco a poco disminuyó. Tanto mi pie como mi corazón estaban regresando a su tamaño cotidiano.

Al siguiente día me enteré de que el Consejo de la Ciudad de El Paso había refrendado el Código de Conducta: la resolución pasó con siete votos a favor y una abstención. El dolor, el mío en particular, empezaba a valer la pena.

jueves, 25 de octubre de 2012

My El Paso Meltdown


[Para la versión en español, haz click aquí]

I think it all started in Albuquerque, New Mexico. Well, it really could have started even before, when the Caravan for Peace crossed the border between Tijuana and San Diego, or when thousands of people gathered in Mexico City's Zócalo -several times- to demand a definite end to the growing narco bloodshed, or even back when seven dead bodies were found inside a car in Temixco, Morelos...

I somehow got bit on the right foot by an insect. It could have been a wasp, a bee, or a scorpion, but I paid little attention to it because I didn't even feel the sting. Besides, I was too invested in being an interpreter for the Caravan, in trying to get the Caravan's message across to as many people as possible, in narrating the agonizing stories of those whose loved ones were killed, tortured or disappeared by force... Because, it seems, cartels and sicarios do as they please in my country. So by the time we arrived in Santa Fe, my foot was in really bad shape: it had swollen three or four times its normal size. It itched, it burned, and I was in pain. But, having been raised not to give problems nor to be a nuisance, I just put up with it all. How could I dare compare my pain -mere physical pain- with that of the victims in the Caravan?, I thought to myself.

My dear friends Sam and Jessica thought otherwise. My foot really looked ugly and I must have looked miserable, so Jessica suggested going to her friend Karen's for some medicinal clay rather than going to the closest ER. I couldn't agree more, being as averse to prescription drugs as I am, and so we did. Karen turned out to be not just a real healer, but a superb hostess as well and she warmly welcomed Sam and I to spend the night there: we were indeed "bedless" caravaneros. So we had the luxury of a nice bed and a hot shower after little more than one week of extremely hard work, after sleeping on the floors of churches and having to make long lines to be under the water for a short, sometimes cold, shower. Those two days at Karen's -and at Santa Fe- were amazing: great conversation and food, lots of fun, heartfelt solidarity and full-on activism which replenished my energy and strengthened my certainty that I was just where I belonged. Karen's treatment worked: my foot, less swollen and in far better shape than before, stopped bothering me... for a while. At least it seemed that no nasty alien-like creature would suddenly burst out of my then slightly puffed ankle, a far fetched sci-fi scenario Jessica and I had joked about.

After enjoying the Land of Enchantment, the Caravan for Peace headed for El Paso, Texas. The incredible welcome made me forget about my wretched foot: that warm summer night, La Placita de los Lagartos received us with candles, chanting, and a sea of caring, committed people holding U.S. and Mexican flags that fluttered together in the wind. There was music -Mexican rock 'n roll, yeah!- and we danced, letting go of the pain we all carried on our shoulders (and I particularly started carrying, once more, on my foot). In spite of sleeping very little that same night and of locking myself out in a fire escape ladder (quite an embarrassing situation from which Iván rescued me after almost having a heart attack by my creepy knocking on his window: that's what happens when you ignore the nun's warning about not going out through that door and you think nothing will happen if you sneak out for a smoke in the wee hours of the night...), I was ready for another full-throttle Caravan day. But that day started on the wrong side of the bed when I couldn't get my right foot inside a shoe. It may even be some kind of radical fashion statement to wear a shoe and a flip-flop, why not, I told myself while heading down the creaking, wooden staircase at Loretto Academy to catch our ride to El Paso City Hall.

The day continued to go from bad to worse: while entering City Hall my flip-flop broke, and I ended up shoeless with a foot on the verge of exploding, not an ideal circumstance for a first-timer, like me, in such a serious civic event. I dragged my ever-growing foot upstairs to attend the City Council meeting in which the Caravan for Peace, together with El Paso activists, was presenting a Code of Conduct for gun sales. Several people spoke in favor of signing it, but several others, well, were less than pleased with the idea. "If corruption and impunity are a Mexican problem, why should we do something about it?", was a Texan's argument against signing the Code. "If you can't make your own government and law enforcement efficient in the war on drugs and accountable for their actions, that's none of our business", said a particularly outspoken woman. While several direct victims of that very war took the stand to pour their hearts out, to make it evident that U.S. guns were killing Mexican people (and still are), Marcela asked me to interpret an interview with that very woman who was dead set on refusing the Code's suggestions about gun control. 

I introduced myself as her interpreter and the first thing Lisa said upon seeing my unmissable gigantic red foot was: "oh my God, you require some medical assistance there. Need something? I can fetch some ice for you". I was taken aback: this woman, who had just said U.S. citizens were not responsible for countless deaths and disappearances in Mexico, who indirectly had just blamed my people for their own pain, was having the most humane gesture one can have by addressing my foot's condition and my overall well-being. And the second thing Lisa said hit me even harder: "how do I know that what you say in Spanish will be what I say in English if you're with them?". Because yes, I had turned my back on her, such as all caravaneros did during certain interventions in the City Council meeting, clear civil disobedience actions; yes, I had chosen to be rude as a means of getting our point across... "I found that really offensive", said Lisa.

"No need to worry, I'm OK", I managed to say regarding her offering (a downright lie). "Since I'm a professional (kind of not so truthful because by then I had been an interpreter for just one week...) and I do appreciate your wanting to help me, I can assure you that whatever you say in English will be said in Spanish, word by word (an utter truth, at least I really meant it)", I told Lisa. A professional under stress and pain, under some sort of strange shame, needs to be always poised, I thought to myself, while feeling my throat getting tighter and tighter, my foot growing redder and bigger. How do you treat with dignity someone who believes you have disrespected her most profound beliefs? Lisa's interview has been, by far, my worst interpretation: I couldn't concentrate at all, I was about to cry -or kind of unsuccessfully tried to sob in silence- during the whole thing and I really thought I was not making any sense at all as the words blurted out of my mouth and into the microphone. I sucked big time and did fail Lisa (as well as Marcela...), but not for the reason she had feared.

When the interview was over, I stayed with Lisa to have an off-the-record chat. I did it mainly because I felt like a complete idiot and wanted to redeem myself: I knew my interpreting had not been near decent and I also wanted to try and get the Caravan's message across. After all, I figured, I am an activist, as well as an interpreter. I needed to regain my composure and my ability to articulate ideas: none of us were against the Second Amendment, I told Lisa, we hadn't crossed the border to impose our will on that touchy subject, or on any other for that matter, we were just trying to raise awareness about the rampant and senseless drug related violence in Mexico that had claimed thousands of lives in the past six years... Can't you see, woman, that your right to bear arms is crushing someone else's right to live? Just then, half barefoot and aching (it was my foot, yes, but the swelling pain had also carved its way into my heart), it dawned on me how very likely it was to hit someone's raw nerves when my own had been shattered. 

Lisa listened to what I had to say -little indeed, given my distressing circumstance- and then calmly told me her story: having lived as an openly gay man in Texas, she began, a gun always came in handy. Back then, Lisa learned the hard way to defend herself, her chosen way of life, her friends and lovers: it took guts to do so. After her gender reassignment surgery, Lisa confirmed that America was (and I'm sure it still is for her) the land of the free and the home of the brave: her own life story was a living testament to that. Given who she had been, owning a gun was not just a right, but a potential tool to safeguard all her hard earned liberties, a way to eventually fight for her identity, even for her life. I couldn't hold back the tears anymore and started crying. Will there ever be a fair way out for such a paradox, for everyone's rights to be equally backed up, even when someone's  freedom seems to be at odds with someone else's?, I wondered... Lisa ended up saying that she was truly sorry for the murdered and the disappeared, that she deeply felt for the families' grief, but that there was nothing she could actually do about it. Having no more left to say, I brushed my tears away and thanked Lisa for opening up as honestly as she did.

As the testimonies about the horrors in Mexico continued to flow in the City Council, I made my way back to the meeting room and sat as quietly as I could. Minutes later, Lisa entered the room and approached me: "There you go", she said, as she handed me a small plastic bag, covered in paper towels, full of ice. And that totally broke me down: I started sobbing in such an uncontrollable way that my whole body trembled. I really couldn't help it. It was as if an immense pain had taken over me; as if a deep, violent sorrow had grabbed me by the heart and was shaking me from the inside. Lisa's ice bag -such a small thing but, to me, such a powerful gesture- triggered my El Paso meltdown. As I sat there, hands on my face, crying my eyes out, Lisa's ice bag resting on my pounding foot, a police officer leaned over and asked if I needed an ambulance, to which I said no, stood up and tried to leave the room. On my way out, Marco saw the state I was in and just grabbed me and hugged me tight and hard. From a small gap between my own arms around Marco's neck I remember catching a glimpse of Sam's worried face, while some other caravaneros came my way. I could feel their empathy, their wordless support: real, true, soothing love. I don't know how long did I cling to Marco, nor how long did my body take to finally stop shaking. But when it happened, I was hopelessly numb.

I neither know how I got there (I don't quite remember now), but I found myself outside El Paso City Hall before the Council meeting was over. Upon being on the street, I took off my red interpretation vest and threw it to the ground. "I quit!", I said, "and I need a hospital now!". Yes, I had had it, at least for the day. I desperately needed some time off because I couldn't take it anymore: my foot was really killing me, there was no more denying it, and my heart was killing me as well. Everything was just too raw, too overwhelming to bear. I knew interpreting was going to be tough and intense, dealing with such a strong subject matter as we did every time we were at work. But what I hadn't foreseen up to that point was the incredible emotional turmoil that a small generous act could mean when in physical pain: how the realization of someone's humanity, in spite of ideological discrepancies, could simply make my entire self crumble down to pieces. Fortunately for me, Kayla was there: she saw I was a great big whiny mess with an elephant sized right foot that was turning purple and had no shoe on and offered right away to take me to a hospital.

After helping Kayla run some errands that included buying myself some slippers, she took me to a Health Center somewhere in El Paso. I lost consciousness there due to a shot of what I now believe was Vicodin. The doctor was shocked with the extent of the swelling and with the absence of traces of any actual sting; she even ordered an X-ray to discard broken bones. Finally, she said she thought I had been the unsuspecting victim of an allergic reaction gone really wrong -until then, I was under the impression I had no allergies, save perhaps artichoke- so I was prescribed six different medications: anti-inflammatories, antibiotics, and painkillers that meant even more Vicodin (down the drain went years of sustained efforts not to take any prescription drugs). Kayla took me back to Loretto Academy: the sisters were a bit alarmed by my emergency and thought it best to give me supper and send me to bed. I quickly fell asleep, chock-full of drugs, the pain lessening and both my foot and my heart going back to their regular, every day size.

The next day I learned that El Paso City Council endorsed the Code of Conduct: the resolution was passed with seven votes in favor and one abstention. The pain, mine in particular, started to be worth it, I thought to myself.

lunes, 1 de octubre de 2012

Back, but... / De regreso, pero...

Back, but not quite yet... Everything is just where I left it. Even those things I ran away from. The same old white walls, the same piles of books. The same sounds coming in from the busy street below. The same good old closet in my room, packed with clothes and memories. The same three cats. The same broken, bloody country. The same pain. The same affronts, reproduced to the point of nausea. I'm back, but somehow there's a piece of me that was left somewhere in the US. Sitting at a bench beneath a tree in Atlanta, waiting. At a porch in Austin, Chicago or Washington. Running behind a bus in the Mojave Desert. Praying under the Texas night sky. Crossing the Brooklyn Bridge. I do feel the lack of something. Something fell off me and I wouldn't want to admit it's lost. Naivete? Sense of awe? It seems I'll need to go back and fetch it. I do feel I'm not the same, although everything around me strangely still is.


De regreso, pero aún no... Todo esta justo donde lo dejé. Incluso aquello de lo cual huí. Las mismas viejas paredes blancas, las mismas pilas de libros. Los mismos sonidos que suben desde la calle apurada. El mismo y viejo closet en mi cuarto, atascado de ropa y recuerdos. Los tres mismos gatos. El mismo país, roto y ensangrentado. El mismo dolor. Los mismos agravios, replicados hasta la náusea. Estoy de regreso, pero de alguna forma una parte mía se quedó en algún lugar de los EUA. Sentada en una banca, bajo un árbol en Atlanta, esperando. En un porche en Austin, Chicago o Washington. Corriendo tras un camión en el desierto de Mojave. Orando bajo el cielo nocturno de Texas. Cruzando el puente de Brooklyn. Siento la falta de algo. Algo se me cayó y no quisiera darlo por perdido. ¿La ingenuidad? ¿La capacidad de asombro? Parece que tendré que regresar para traerlo. Siento no ser la misma, aunque todo a mi alrededor, extrañamente, todavía sea igual.

martes, 25 de septiembre de 2012

Caravana, corazones y comunidad / Caravan, hearts, and community

Desde hace varios años leer las noticias en México me indigna profundamente [algo escribí al respecto aquí]. Una indignación que se hace honda al comprobar cada día cómo la impunidad y la corrupción rigen este país; una indignación que duele más y más mientras suben las cifras de muertes, desapariciones y desplazamientos ¿Cómo es posible vivir -sobrevivir es una palabra más acertada- en este campo santo que se desborda, en este baño de sangre que parece no tener fin?

Esas cifras con las que nos bombardean los medios de comunicación afianzan el miedo y la indiferencia: al final son pálidos referentes de los nombres y los rostros de cientos de miles de personas. Los números parecieran tender una cortina de humo que oculta sus historias y las de sus familias. Los números -solos, sin asideros- deshumanizan y hacen del horror que vive México una cuestión de estadística, lo que permite que el conteo del gobierno calderonista de los "daños colaterales" sea amañado y cínico.

Esas cifras en realidad fueron y son vidas humanas: son hombres y mujeres, unidos por infinitos lazos a otros hombres y mujeres que lloran su muerte, que los y las buscan sin descanso, que exigen justicia y dignidad. Para descorrer la cortina de humo de los números hace falta ver y escuchar, hace falta acercar los corazones y construir comunidad. Y eso es precisamente lo que pasó en la Caravana por la Paz por los Estados Unidos. De entre todas las historias que se pueden relatar sobre la Caravana (y espero escribir muchas más), comienzo con esta, pequeña y muy personal.

Desde el primer día en la Caravana escuché varios testimonios. Los fríos números adquirieron realidad. En manifestaciones públicas, marchas y conferencias de prensa, repletas de cámaras y micrófonos, estaban las voces y los rostros de muertos, muertas, desaparecidos y desaparecidas. En situaciones más íntimas, como los largos trayectos que recorría el camión, las incontables sobremesas y las noches en vela en parques e iglesias, esas voces y rostros seguían presentes. Escuché a Doña Mari hablar de sus cuatro hijos desaparecidos, vi las fotografías del hijo desaparecido de Melchor y de la hija asesinada de Margarita, escuché a María hablar de su esposo desaparecido... Al principio es sobrecogedor (por decir lo menos) enfrentarse a sucesos tan terribles en voz de quienes los padecen y poder ver sus ausencias frente a frente. Y después, uno necesariamente se quiebra: el corazón no puede soportalo, se rompe y fragmenta. Varias veces lloré de impotencia y tristeza. Vivir el dolor de los demás como mío no fue más una idea: en verdad pude sentirlo.

De San Diego a Washington DC, la Caravana llevó a sus seres queridos entre nuestros brazos. Durante un mes, presentes y ausentes vivimos y viajamos juntos: soportamos juntos el sol de Arizona y la lluvia en Toledo, comimos y dormimos juntos, marchamos juntos por las calles de Atlanta, Chicago y Nueva York, también reimos, bailamos y tuvimos esperanza juntos. Luchamos juntos, sin importar nuestra nacionalidad: ver de cerca que muchísimos estadounidenses luchan con pasión y convicción contra las injusticias que su propio gobierno impone a su propia gente fue terrible y hermoso, como es hermoso y terrible a la vez que la desgracia construya solidaridad. Todos y todas cargamos fotos, mantas y estandartes; todos y todas alzamos la voz y hasta la perdimos, a veces, por el asombro, la conmoción o haber gritado demasiadas consignas. Y estoy segura de que en varios afortunados momentos todos nuestros corazones también fueron uno.

***

Since years ago, reading the news in Mexico has outraged me [I wrote -in Spanish- something about that here]. An outrage that grows deeper as I confirm ever single day how corruption and impunity rule this country; an indignation that hurts more and more as the figures for the death, the disappeared, and the displaced go up. How is it possible to live -survive seems a more appropriate word- in this overflowing graveyard, in this seemingly never ending bloodbath?

Those figures with which we are bombarded by the media consolidate fear and indifference: in the end, they are just pale references to the names and faces of hundreds of thousands of people. Figures might seem to draw a smokescreen that hides these persons' stories and those of their families. Figures -by themselves, with no grip on reality- dehumanize and make the horror Mexico lives a matter of statistics, which allows Calderón's government's countdown of "collateral damage" to be cynical and tampered with. 

Those figures were and still are human lives: they are men and women, united by infinite ties with other men and women who cry their deaths, who look for them without rest, who demand justice and dignity. In order to draw back the smokescreen created by figures one needs to watch and listen, to bring one's heart closer to other hearts, to build community. And that was precisely what happened during the Caravan for Peace in the United States. Out of all the stories that can be told from the Caravan (and I hope to write many more), I start with this little and very personal one.

From day one in the Caravan I listened to many testimonies. Those cold figures acquired reality. The voices and faces of the death and the disappeared were there at public demonstrations, marches, and press conferences, all packed with cameras and microphones. In more intimate situations -long bus rides, countless after-breakfast/lunch/dinner conversations, sleepless nights in parks and churches- those voices and faces were still present. I listened to Doña Mari speak about her four missing sons, I saw the pictures of Melchor's disappeared son and Margarita's murdered daughter, I listened to María speak about her missing husband... At the beginning, being confronted by these dreadful incidents in the voice of those who suffer them is overwhelming (to say the least). Being able to see their absences face to face is overwhelming as well. And then, one necessarily breaks down: the heart cannot cope, it fractures and shatters. I cried several times, out of impotence and sadness. Living someone else's pain as my own was not an idea anymore: I could really feel it.

From San Diego to Washington DC the Caravan carried its loved ones in our arms. For a month, those present and those absent lived and traveled together: we all endured the Arizona sun and the rain in Toledo, we ate and slept together, we marched together in the streets of Atlanta, Chicago, and New York, we also laughed, danced and hoped together. We fought together, regardless of our nationality: seeing up close that so many US citizens fight with passion and conviction against their own government's injustices imposed upon their own people was terrible and beautiful, such as it is beautiful and terrible at the same time that tragedy builds solidarity. Everyone carried pictures, signs, and banners; we all raised our voice and even sometimes lost it due to being astonished, being moved, or just shouting too many consignas. And I'm sure that at several fortunate times, all our hearts were one as well.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Caravana, generosidad y resistencia / Caravan, generosity, and resistance

Escribo estas palabras para dar testimonio de la primacía de la lucha de la resistencia en cualquier situación de dominación; de la fuerza y el poder que surgen de la resistencia mantenida y de la profunda convicción de que estas fuerzas pueden ser sanadoras, pueden protegernos de la deshumanización y la desesperación.
bell hooks

La probabilidad de que tus acciones de resistencia no puedan detener 
la injusticia no te exime de actuar por lo que sincera y reflexivamente 
crees que son los mejores intereses de tu comunidad.
Susan Sontag

En este momentito libre que ahora tengo -y de cierto sé que los momentitos pueden ser eternidades- pienso escribir sobre la Caravana por la Paz en los Estados Unidos. No escribiré sobre la política, la ética, la logística ni si quiera sobre la poética (eso lo dejo para varios otros posts): sólo escribiré sobre mis primeras impresiones (¿o son las últimas? Después de un mes de Caravana, mi reloj interno aún está revuelto, igual que mi termostato y mi brújula). Estos días en el camino me han hecho reconsiderar muchas cosas, cosas que tal vez eran meras intuiciones pero que ahora son sutiles y poderosas verdades: no sólo la fe mueve montañas, sino que la generosidad también lo hace. Este viaje se fundó en la generosidad: la generosidad de quienes dieron sus testimonios, una y otra vez, por más doloroso y desgarrador y pavoroso que fuera; la generosidad de quienes dimos nuestro tiempo y oidos y apoyo, sin importar que, a veces, nuestros propios corazones se rompieran; y la generosidad de los estadounidenses -prefiero llamarlos usanenses, o algo por el estilo- que nos abrieron las puertas de par en par y nos recibieron cálidamente una y otra vez.

Si cualquier travesía se funda en la generosidad, nada puede salir mal. Y nada salió mal en la Caravana. No se cual será su impacto: si cambiamos o no la mente de las personas, si los políticos y hacedores de política pública transformarán de verdad sus malas mañas después de lo que vieron y escucharon, si la fallida guerra contra las drogas terminará algún día o no. Lo que sí se es que la resistencia contra el horror es fuerte. En las circunstancias urgentes de supervivencia impuestas a muchas comunidades e individuos, la resistencia da dignidad y esperanza. Por eso continuaré alimentándola: en la Caravana he encontrado tal camaredería, compañerismo, tantos querid@s, querid@s amig@s -una comunidad que siento mía- que no estoy dispuesta a dejarlos ir.

***

I write these words to bear witness to the primacy of resistance struggle in any situation of domination; 
to the strength and power that emerges from sustained resistance and the profound 
conviction that these forces can be healing, can protect us from dehumanization and despair.
bell hooks

The likelihood that your acts of resistance cannot stop the injustice 
does not exempt you from acting in what you sincerely 
and reflectively hold to be the best interests of your community.
Susan Sontag

In this little free time I've got now -and I know it's true little moments can become eternities- I plan to write about the Caravan for Peace in the United States. I won't write about politics, ethics, logistics, not even about poetics (that I leave for several other posts): I'll just write about my first impressions (or are they last impressions? After a Caravan month, my inner clock is still upside down, such as my thermostat and my compass). These days on the road have made me reconsider several things, things which perhaps were mere intuitions before and are now subtle and powerful truths: not only faith moves mountains, but generosity does that as well. This trip was founded on generosity: the generosity of those who gave their testimony, again and again, no matter how painful and heart-rending and bloodcurdling it might have been; the generosity of those, like me, who lent time and both ears and support, without minding that our own hearts would sometimes break; and the generosity of the people from the US of A -I prefer to call them usanites, or something along those lines- who opened their doors and warmly welcomed us again and again.

If any journey is built upon generosity, nothing can go wrong. And nothing did go wrong with the Caravan. I don't know what will its impact be: whether we changed people's minds or not, whether politicians and policy makers will indeed change their evil ways or not after what they saw and heard, whether this failed war on drugs will ever stop or not. What I do know is that resistance against horror is strong. In urgent survival circumstances as those enforced on communities and individuals, resistance provides dignity and hope. That's why I'll continue feeding it: at the Caravan I found such comradeship, companionship, such dear, dear friends -a community that I can call my own- that I'm not willing to let them go.

lunes, 30 de julio de 2012

Razones para apagar Televisa 1: La Rosa de Guadalupe

El que se mueve no sale en la foto.
Fidel Velázquez

El cerco a Televisa del jueves y viernes pasados, convocado por #YoSoy132, resultó una pequeña aunque muy significativa acción. La acampada de dicho movimiento frente a la televisora fue una de las muchas medidas propuestas para empezar a romper otro cerco, mucho más poderoso, abrumadoramente extendido y sin duda penetrante: el que Televisa ha construido, durante décadas, en la conciencia de millones de mexicanos y mexicanas, de generación en generación en generación en generación... Como tantísima gente en este país, yo también crecí con la televisión prendida casi todo el tiempo, llenándome la cabeza de tonterías más o menos perniciosas (pa' que más que la verdá...). Como infinidad de personas, en algún punto de mi vida Televisa moldeó mis gustos, opiniones y hasta miedos y valores. Afortudamente mi padre, la UNAM y el sufismo enderezaron un poco esa cabecita loca mía, producto de tantas horas de persuasión y mal gusto.

Desde que #YoSoy132 apareció en el panorama del activismo mexicano, sus integrantes tuvieron la certeza (que comparto plenamente, como escribí aquí) de que Televisa es un auténtico poder fáctico en México: mientra no transforme sus contenidos, el imaginario imperante de este país no cambiará. Y esta exigencia de cambio al Canal de las Estrellas y a sus secuaces no es cuestión electoral o política, ni siquiera coyuntural, sino una cuestión ideológica de fondo. En el más puro estilo del aparato de Estado althusseriano, Televisa cínicamente se ha dedicado a reproducir la desigualdad, la explotación y la ignorancia en las que se asienta el statu quo. Al visibilizar la cara más seductora (falsa, me temo, para la enorme mayoría) de este estado de cosas inamovible e invisibilizar cualquiera otra versión de la realidad mexicana, Televisa se alinea a la vieja frase priísta: el que se mueve no sale en la foto. Tras sus productos de entretenimiento, aparentemente inocentes y bien intencionados, no sólo se esconden los intereses comerciales de la empresa, sino una ideología -una forma particular de concebir el mundo y las relaciones en éste- que permite que tales intereses sigan siendo monstruosamente redituables. Y La Rosa de Guadalupe no es la excepción a esta regla.

Una suerte de serie dramática articulada en programas unitarios, La Rosa de Guadalupe se agarra del hecho de que en México tal vez gran parte de la población sea católica, pero pareciera ser que todos nacimos guadalupanos. Si hay un icono religioso -y hasta espiritual- quintaesencialmente mexicano es la Morenita. (Hasta yo tengo una imagen suya en la puerta de entrada a mi casa.) Representación del mestizaje, de la adopción del catolicismo por parte de los pobladores originarios de estas tierras, la Guadalupana es un símbolo de protección y devoción que atraviesa clases sociales, generaciones, niveles educativos y posturas políticas. La Virgen del Tepeyac es el corazón que aglutina buena parte del ser mexicano. Y por eso resultó verdaderamente astuta la idea de los creadores de La Rosa de Guadalupe de emplearla como hilo conductor para cada cuento cursi y moralino que narran.

Esta serie cuenta "historias de amor, desamor, esperanza, lucha e intriga, donde se abordarán temas como la prostitución, violencia intrafamiliar, drogadicción, entre muchos más" (dice la página de Televisa) y resulta "una telenovela compactada [ay, ¡nanita!] y contada a toda su intensidad en una sola hora; es un programa de divertimento familiar [¿neta? ¿no era de lloradera?], que nos permite emitir mensajes positivos, llenos de esperanza y de lucha" (dice la página oficial que por usar el término trata de blancas en la descripción de una de sus fotos me merece un profundo y total desprecio...). Sea lo que sea, La Rosa de Guadalupe busca abrir los ojos de sus televidentes a propósito de "temas sociales de actualidad", aunque de manera por demás chantajista y facilona. Generalmente el personaje protagónico -urbano (¿que México no es el DF nomás?) y en el marco de la familia (heteroparental, ¿a poco existen otras?)- atravesará por algún momento difícil del cual saldrá bien librado y fortalecido, gracias a la sutil pero decisiva intervención de la Guadalupana. La receta es infalible: todos reciben su merecido por las transgresiones cometidas, se arrepienten de manera sincera y después de unos cuarenta minutos de desdicha y drama están listos para vivir felices por el resto de sus días. Todos los personajes, en su mayoría adolescentes confundidos que buscan, muy en el fondo, el camino del bien, son mágicamente normalizados: tras coquetear con el crimen, las drogas, el sexo y/o el rock 'n roll, se dan cuenta de su error, aprenden su lección y voluntariamente vuelven al rebaño de la conformidad social.

No hablaré de lo obvio: las pésimas y hasta risibles actuaciones; el desarrollo, a veces inverosímil, de las historias; los valores de producción inexistentes; la narrativa repetitiva hasta el cansancio. El problema central de La Rosa de Guadalupe es pintar un país donde todo conflicto y problema se soluciona milagrosamente, sin esfuerzo y de la noche a la mañana; donde las instituciones -como los muy eficientes y honrados "detectives" de policía que aparecen tiro por viaje- funcionan a las mil maravillas y donde la "unión familiar", esa que se da con base en el respeto ciego a quienes llevan la batuta, es la única solución posible ante el desastre. El espacio para la contestación, para la crítica de fondo, incluso para la revuelta y la otredad no existe: las cosas, en el sentido más amplio del término, están bien como están -por eso hay que restituir toda conducta "alterna" a la normalidad lo más pronto posible- y cuidadito con quien se ponga a revolver de más el atole...

Desde 2008, Televisa ha transmitido La Rosa de Guadalupe y en sus casi 500 capítulos la fórmula trillada del milagro concedido parece no agotarse: el misterioso vientecillo de la virgen sigue dando tanto a protagonistas como espectadores un soplo de esperanza. Pero en un país que pasa por las desgracias reales que ahora pasa México, hacer de la creencia un vil gancho de rating, hacer de la fe un pilar del orden y de la "corrección" a todos niveles, me parece sencillamente perverso. No me extrañaría que, como escribieron ya algun@s tuiter@s (hasta hashtag mereció y se convirtió en trending topic), el próximo episodio de esta serie nos deleite con una historia de extravío y redención llamada Mi hijo es 132...

viernes, 20 de julio de 2012

De vergüenzas, desnudos y otros disimulos

Mucho agradezco ahora que no existiera internet en mis años adolescentes (y vaya que yo adolecía...). Ni chats, ni blogs, ni mucho menos Facebook o Twitter. De haber existido, seguramente los habría usado como mera plataforma de exhibición: diseccionando cada uno de mis malestares, posteando en un blog como éste mis desencantos, desencuentros y muy variadas desazones. Hubiera publicado recuentos detallados de mis crushes, malviajes y melancolías (y vaya que aún me asalta la melancolía con frecuencia... no se digan los crushes), de todo aquello que puede obsesionar a alguien de por sí obsesionable

Pero, afortunadamente, nada de eso ha salido a la luz: ni una línea de lo escrito entonces -porque sí que lo escribí entonces- ha escapado de la cárcel (los cuadernos que aún guardo) en que está confinado. Eso de desnudarse de manera pública y para la posteridad, aunque sea en papel y en palabras (o, en su defecto, en algún timeline o muro cualquiera), nunca me ha gustado. Además, la desnudez de esos años, en retrospectiva, es bastante vergonzosa: es salvaje y descarada, y ahí donde está, está muy bien. Porque mi desnudez contemporánea, esa desnudez prefabricada a partir de la conciencia de que cualquiera puede leer esto, es un cuidadoso montaje. Una puesta en escena al fin y al cabo.

Aunque no es necesario remontarse casi dos décadas atrás si se trata de hallar motivos para la vergüenza tras un desnudo. Tomemos, por ejemplo, esto que escribí hace tres años:


Querido N: 
Creo que por mi propio bien es mejor que no te vea más, al menos que no te busque, por más que atesore tu compañía, nuestras conversaciones, nuestros muchos puntos de encuentro. Me estoy enamorando de ti y eso, aunque bueno para mi (¿para quién no podría ser bueno enamorarse?), no es sano. No es lo que quiero, no lo deseo aunque esté pasando justo frente a mis narices. No porque sea un sentimiento al que no le de la bienvenida, sino porque no es correspondido. Nunca hay que negar el amor, no lo niego, solo que mi corazón no está en condiciones de seguirlo alimentando. Requiere tiempo, requiere pasión y energía. Y cada vez que encuentro en ti solamente a un amigo, ese tiempo, esa pasión y energía se vuelven dolorosos. Es el fuego del amor y no tengo la intención de consumirme totalmente en él, de quemar lo que aún me queda que no ha sido consumido ya. Es mera cuestión de supervivencia. Necesito guardarlo, como combustible de reserva, para no quedar totalmente exhausta. Y en realidad nada de esto es tu culpa, ni mía tampoco. Es pura y bendita enseñanza que aún no entiendo y quizá me tarde tiempo en entender. He vivido mucho tiempo comprendiendo plenamente mi vida solo en flashback. Por algún extraño milagro, esta sucesión de pretendidos absurdos que a veces parece la vida nos aventó juntos al mismo tiempo y espacio, tan breve y efímero, pero tan poderoso. Ese milagro hizo que un buen día aparecieras en mi puerta y me fuera dado ver en ti tantas virtudes, tanta promesa, tanto gozo. Te vi y lo supe, instantáneamente: así funciono yo. Y bueno, no hubo eco: tu has resultado sólo el espejo en que vi a mi alma persiguiéndose a sí misma. Y está bien: en el fondo intuyo que este dolor hoy es una bendición futura y disfrazada. Lo que me queda es abrazar el dolor, extinguirlo viviéndolo y agradecerlo. Esa es la parte más difícil (o, por lo menos, la que más me cuesta): agradecer el dolor del desencuentro. Esto, como todo lo demás, también pasará. Y podré recordar lo bello que fue nuestro desencuentro. Lo que me alimentó, lo que me diste, lo que te di. 

Y tan, tan. La persona a la cual esto iba dirigido no lo recibió. Por obvias razones. Tal vez no me atreví a decírselo o a enviárselo; no me atreví a consumar el desnudo frente a él, a pesar de haber jugado con la idea e incluso de habérselo insinuado. Tal vez no hacía falta nada de eso. El desencuentro se había hecho presente con tal claridad -era visible y palpable para mi- que no encontré motivos para exhibirlo aún más, para desnudarme por completo.

Y hoy sí encuentro motivos: el sólo hecho de retomar la escritura en este blog es uno. Escapar de los horrores y absurdos de este país y refugiarse -un momento, un instante- en los meandros del recuerdo es otro. Para eso sirven los diarios: para hacer de pequeña máquina del tiempo y olvidarse un poco de lo que hoy día ocurre. Para deleitarse en la vergüenza presente que provocan las palabras pasadas y obviar así otras vergüenzas más punzantes, más urgentes. Para encontrar salidas de emergencia ante una realidad que no tiene pies ni cabeza.

Y en el fondo, esas líneas de hace tres años muy bien podrían ser las de hace veinte: pareciera que pasa el tiempo y mis desencantos, desencuentros, desazones, malviajes y melancolías siguen siendo (casi) los mismos... Al menos ahora ya no padezco tanto esa vergüenza que supone desnudarlos.


And she feels she isn't heard. And the veil tears and rages 'til her voices are remembered, and his secrets can be told...
Lust, Tori Amos

jueves, 24 de mayo de 2012

Yo también soy 132

Tras terminar un doctorado, ayer dejé de ser estudiante definitivamente y resulta que acabé involucrándome en un movimiento estudiantil. Y me involucré porque creo que #YoSoy132 representa una parcela de mis inconformidades y, sobre todo, de mis anhelos. Es posible que quienes lean el presente post ya conozcan cómo surgió este movimiento: a partir del abucheo a EPN en la Ibero, el status quo desató una campaña de desprestigio de lo que me parece fue una reacción auténtica de los estudiantes de esa universidad. Y como eso de llamar acarreados y manipulados a quienes se estaban expresando de manera espontánea no les pareció nadita (Protestar es otra forma de ejercer ciudadanía, dice Jesús Silva Herzog Márquez), los estudiantes de la Ibero subieron a YouTube un video en el cual 131 alumn@s respondieron a las imputaciones de los medios que habían atribuido el rechazo a EPN a un compló lopezobradorista. Este agravio concreto resultó una fuente de organización masiva: descalificar a un@s estudiantes supuso descalificar a todo una generación e incluso supuso descalificar a tod@s l@s que alguna vez fuimos estudiantes.

Desde hace décadas se ha criminalizado en México la legítima protesta social. Muy diversas organizaciones que han luchado por hacer valer sus derechos y libertades desde muy diversas trincheras se han topado con el silenciamiento y la represión a manos de una élite en el poder que ni los ve ni los oye. Y el cuarto poder, la inmensa mayoría de los medios de comunicación en este país, es cómplice de las arbitrariedades que echan a andar los otros tres poderes para continuar dominándonos a tod@s. Televisa, ese monstruoso modelador de conciencias, hábitos de consumo, valores, prácticas y candidatos presidenciales, ha tratado de legitimar lo ilegítimo gracias a su penetración y cobertura: desde la apariencia de paz y tranquilidad en la Olimpiada de 1968 y la inexplicable caida del sistema en 1988, hasta la pretendida transición a la democracia en 2000 y el "triunfo" electoral de Felipe Calderón en 2006. Por eso me parece importantísimo poner el dedo en la yaga: si los medios de comunicación no se democratizan ni pluralizan y no se hacen transparentes, este país continuará viviendo en el limbo de una realidad edulcorada por las telenovelas y manipulada por los noticieros.

Ayer en la Estela de Luz, que más bien podría llamarse la Suavicrema de Luz, se reunieron miles de estudiantes, no sólo los convocantes de la Ibero, sino gente de otras universidades: La Salle, el Claustro, la Unitec, la UAM, el CCC, el Poli... Y la UNAM no podía faltar: contingentes de varias facultades, escuelas, CCHs y Prepas corearon consignas y ondearon pancartas. De los 15 mil reunidos, unos se fueron al Ángel, otros a Televisa Chapultepec, otros llegaron hasta el Zócalo y otros más nos quedamos en la Suavicrema que se convirtió al caer la noche en una improvisada galería de arte contestatario y en foro abierto para la discusión. Un compañero del ITAM agradeció la presencia de la bandototota de la UNAM, lo que desató una infaltable goya: un movimento estudiantil sin la UNAM, dijo el compañero, no es movimiento. Y en ese precioso momento fue cuando me pareció evidente la complejidad a la que se enfrenta #YoSoy132, que ciertamente responde a los alcances y límites de todo movimiento social.















Esta #PrimaveraMexicana en proceso -mediada por varios hashtags, expresada en movilizaciones multitudinarias en distintas ciudades, en videos y fotos realizados por la gente de a pie y diseminados mediante las redes sociales- responde al mismo hartazgo que ha llevado a miles a tomar las calles para demandar justicia, seguridad, educación, democracia y dignidad. El pliego petitorio de #YoSoy132 define al movimiento como ciudadano y apartidista y creo que en ello radica su fuerza: en convocarnos a tod@s; en tratar de construir puentes, por imposible que parezca, que zanjen el abismo del proselitismo por uno u otro candidato; en exigir cuentas, sobre todo electorales; en sumar desde una plataforma que ve en la transformación de los medios de comunicación un comienzo indispensable para la transformación de todo el país. Es un hecho histórico que l@s estudiantes mexican@s, sin distingo de clase social ni ideología, quieran formar un frente común contra las televisoras en particular y contra los medios de comunicación en general, un frente que muy bien puede trascender la coyuntura de las elecciones y bregar por un cambio de fondo en México, ciertamente de la mano de infinidad de otros frentes que ya llevan años de lucha en esa dirección.

Pero la diversidad de formas de ver al mundo de la que parte #YoSoy132 abona al riesgo de que el movimiento se diluya en la lógica sectaria de las reivindicaciones partidistas. Durante la asamblea de ayer en la Suavicrema, varios compañer@s de la UNAM y de otras universidades vertieron todo tipo de opiniones: desde que se le cambiara el nombre al movimiento hasta que tomara un cariz partidista en contra de EPN y a favor de Obrador. Se notó que los unamitas, como estableció una compañera de la Facultad de Ciencias Políticas, somos asambleístas, con todas las ventajas e inconvenientes que eso supone. Se notó la preocupación por construir representatividad entre los miles de estudiantes de la UNAM, por organizar acciones concretas, por construir alianzas con otros sectores sociales, por consolidar el liderazgo y la dirección del movimiento. Entre más personas se sumen a #YoSoy123, más visiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y desde dónde hacerlo entrarán en contacto. Ojalá que ese contacto sea productivo y no se convierta en confrontación; ojalá que ese contacto construya consensos y que los inevitables disensos no estanquen o resten fuerza a esta organización en ciernes.

No se si el movimiento como tal debiera estar abajo y a la izquierda -yo, personalmente, sí lo estoy- pero creo que #YoSoy132 debiera mantenerse tan plural, tan arriba, abajo, en medio y en los márgenes como fuera posible: la polarización y el encono, la descalificación y el clasismo son armas del propio statuo quo para que nada cambie, para seguir reproduciendo sus entramados de dominación. Lo que sí se es que ver a tanta gente esperanzada y combativa alzar su voz me hace querer alzar la mía también.

domingo, 29 de abril de 2012

Flor en otomí

 [...] no estás tú 
haciendo prosas y versos 
y luces y sombras y polémicas 
y preguntas y respuestas 
y murmullos y canciones y risas, 
haciendo amores y universos.

He tardado tanto en animarme para escribir este post... Le di vueltas y vueltas, hurge profundo, recordé. Escribir sobre algo que, en sentido estricto, desconozco -pero que se tornó íntimo- es difícil. No sabía por dónde empezar; no se aún qué partes incluir y cuales desechar del todo de esta historia, del limitadísimo todo, que me fue dado conocer. Porque al final ésta no es precisamente mi historia: me fue legada por circunstancias que, como cualquier otra circunstancia, no escogí. Pero esta historia se volvió parte de la mía y urdió las redes de una mitología personal que definió muchas de mis decisiones, que dio forma y nombre a algunos de mis miedos.

***

José Luis, mi padre, conoció a Carlos Prieto, el padre de Dení, a mediados de los sesenta. José Luis no recuerda exactamente el año en que se conocieron ("¿64, tal vez 65 o 66? Podría haber sido a finales de los cincuenta..."), aunque sí recuerda a la persona que fue vínculo inicial entre ellos. Mi padre trabajaba entonces en la agencia Producciones Publicitarias y colaboró con el fotógrafo Nacho López en varias campañas. Y fue precisamente Nacho quien le presentó a Carlos. 

Mi padre y el padre de Dení se hicieron muy amigos: compartían afinidades diversas y pasaban las tardes platicando de política, elogiando y ponderando los logros y desafíos de la Revolución Cubana primero y de la Sandinista después, discutiendo sobre literatura y publicidad (porque Carlos, además de dramaturgo, también hizo publicidad). La casa de los Prieto, la legendaria casa de Calle del Arco en la que de manera combativa y esperanzada se desayunaba, comía y cenaba política, era punto de reunión para una suerte de izquierda intelectual que igual leía a Marx y a Martí que a Cortázar y a Neruda, que padeció la represión del 68 y vivió bajo un sistema autoritario en el cual la disidencia era combatida ferozmente. Un sistema político que poco -o casi nada- ha cambiado en todos estos años.

José Luis se casó en 1971 con Irma, mi madre, y Eve, la madre de Dení, e Irma se hicieron muy amigas. Mientras Carlos y José Luis se lanzaban al polvorín de la discusión política,  Irma y Eve hablaban de la maternidad, de los secretos que las amas de casa comparten cuando cocinan y de las posiciones ideológicas de sus maridos: esas posiciones, por amor y convicción, también se habían tornado suyas. Y en 1974, el año que mataron a Dení en Nepantla, mi madre recibió la noticia estando embarazada. Irma recordaba cuán brutal había sido enterarse de que esa niña brillante que frecuentó  en casa de los Prieto durante unos años estaba muerta mientras que ella, mi madre, estaba por dar a luz a su primera (y única) hija.

***

Muchos de mis primeros recuerdos tienen que ver con los Prieto. Su departamente en Copilco, al que se mudaron tras la muerte de Dení, el sillón café con gruesos brazos de madera en que se sentaba Carlos, la calidez y hospitalidad extraordinarias de Eve. Después vinieron las paredes de roca en la casa de San Ángel y el jardín selvático que la rodeaba, las mismas repisas de pared a pared y de piso a techo que tenían en Copilco, rellenas de libros, y la foto de Dení. La foto de una chica de labios partidos y lentes redondos. La foto de Dení que me interpelaba desde su lugar inamovible en la repisa, un lugar que tras cada mudanza de los Prieto seguía siendo el mismo. En Copilco y San Ángel, durante las incontables sobremesas de los adultos que de niña escuchaba como un rumor lejano, se seguía comiendo política. Y podía percibir muy bien el sabor amargo de esa política, teñida con la sangre de Dení.

Nunca pregunté abiertamente quien era la chica de la foto. No lo pregunté porque siempre lo supe: era Dení, la hija de Carlos y Eve a quien yo nunca había visto. Dení, que una noche a finales de 1973 se había ido a la guerrilla, la chica que el ejército había asesinado, supe años después por mi madre. Era Dení, cuya muerte fracturó la vida de sus padres y su hermana. No se hablaba de ella en casa de los Prieto, al menos yo no recuerdo que se hablara de ella cuando estábamos de visita. Se seguía discutiendo sobre el estado del país, sobre la posibilidad de la revolución; se seguía hablando de periodismo, de teatro, no de ella. Pero Dení siempre estaba presente, desde la repisa, detrás de los ojos que esa foto delineaba, al centro de la memoria de quienes la conocieron. Dení, en la médula del recuerdo, sin falta, ahí.

Crecí con la imagen de Dení: la revolucionaria, la hija precoz, la comprometida, la mártir. Crecí con una pregunta honda y punzante: ¿por qué? Crecí con el dolor de sus padres: los silencios repentinos de Carlos, la mirada triste de Eve. Y crecí con el miedo de seguir sus pasos, con la evidencia afilada de los estragos mudos que un régimen pragmático y cínico volcó sobre los Prieto. Aunque también crecí con el corazón abajo y a la izquierda gracias, en gran medida, a Dení.

A inicios de los noventa, Carlos y Eve se volvieron a mudar, esta vez a Cuernavaca. Entonces yo estaba más interesada en mis propias y triviales obsesiones que en convivir con adultos, que en seguirle el paso a las conversaciones que de niña extrañamente me fascinaban. Y prefería sentarme junto a la alberca de la primera casa en que vivieron, bajo las bugambilias, y enchufarme a The Smiths en mis audífonos. Después de unos años en Cuernavaca los Prieto se fueron a Inglaterra. Mis padres y yo nunca volvimos a verlos.

***

Hace poco me enteré de la existencia del documental Flor en otomí de Luisa Riley y deseaba verlo porque supuse que en él encontraría esas partes de la historia de Dení que no me tocó vivir. Esas partes que el silencio acalló, que la mano impune del priísmo trató de ocultar y borrar durante años. Allí encontraría los fragmentos perdidos que tal vez mi padre y mi madre intuyeron en su momento pero que nunca mencionaron. Y sí, allí estaban: los partes militares, las notas de prensa, los testimonios de la familia, de los amigos y amores de juventud, las cartas, la foto de Dení, la misma foto cuyos rasgos tengo grabados desde niña. Flor en otomí devuelve a la vida a Dení Prieto, revela su breve paso por el mundo, su convicciones, sus afanes, y resulta un hermoso y triste documental que combate el olvido. Porque en este país no sólo las balas matan: también lo hace la desmemoria.

Al ver Flor en otomí no pude evitar los ojos llorosos y el nudo en la garganta: las imágenes de Carlos y Eve me recordaron que nunca me despedí de ellos, que nunca les dije cuán importantes fueron para mí y cuanto los quise (y los quiero y los recuerdo aún); la foto de Dení me volvió a interpelar como lo hiciera en mi infancia. Frente a tanta ausencia me queda la misma pregunta honda y punzante: ¿por qué? Me quedan las hojas amarillentas del poemario que Carlos escribiera tras el asesinato de Dení, los versos que contiene y el grabado anónimo de la portada, epitafio que humaniza y dignifica la fosa común en que yace Dení...

Nunca había pensado en la muerte,
en la nada, en la ausencia total
de una presencia, de un aliento vital,
hasta que moriste tú.

lunes, 13 de febrero de 2012

Traducciones cantadas (o algo por el estilo) 3: Televators, The Mars Volta

En esta ocasión quería hacer otra traducción cantada pero, la mera verdad, no me animé a traducir dada la complejidad del texto. Me explico: las letras de Cedric Bixler-Zavala de The Mars Volta ciertamente no son sujeto de una traducción cantada dado que sólo hacen sentido (en términos melódicos) en la lengua en que fueron escritas y ajustarlas al español (o al inglés, según sea el caso) siguiendo la música de Omar Rodríguez-López es virtualmente imposible y seguramente destrozaría el concepto original. Y como me encanta The Mars Volta pues no quiero andar destrozando (tanto) sus rolas. Lo que me lleva al track que seleccioné para el primer cover propiamente dicho que presento en este bló...

El track de fondo en esta (pseudo) traducción cantada es una versión de Televators en NES (Nintendo Entertainment System), realizada por Simon Ince, ya de por si una especie de cover por sí mismo y uno que resulta bastante heterodoxo: quienes realizan este tipo de adaptaciones de canciones con una consola de Nintendo hacen un trabajo espectacular, aunque haya hartos haters cuyos oidos sangran cuando escuchan el resultado. Así que si Ince ya había "destrozado" Televators haciéndola sonar a soundtrack de Zelda o Super Mario, ¿por qué no cantarle encima?

Esta versión mía, como escucharán quienes se animen, está más producida que las dos traducciones cantadas anteriores. Digo, sigo siendo totalmente ignorante en el arte de la ingeniería de audio, pero para Televators me animé a mezclar un poco: tomé la intro de la rola original y hasta me aventé a hacerme unos coros, ¡ja! La mecánica del post es similar a otros que he publicado este año (lo sé, pareciera que me la he vivido cantando): primero la canción original (la versión corta, he de precisar), luego la letra y luego mi versión. Y como hice en otros posts, aquí también enfatizo las salvedades de una empresa como esta que trata de ser sólo un humilde homenaje a la rola original: que me perdone The Mars Volta (y sus fans) por cualquier barbaridad que puedan escuchar...


TELEVATORS

Just as he hit
The ground
They lowered a tow that
Stuck in his neck to the gills
Fragments of sobriquets
riddle me this
three half eaten corneas
who hit the aureole
Stalk the ground
Stalk the ground
You should have seen
The curse that flew right by you
Page of concrete
Sting walks crutch in hobbled sway
Auto-da-fé
A capillary hint of red
Only this manupod
Crescent in shape has escaped
The house half the way
Fell empty with teeth
That split both his lips
Mark these words
One day this chalk outline will circle this city
Was he robbed of the asphalt that cushioned his face
A room colored charlatan
Hid in a safe
Stalk the ground
Stalk the ground
You should have seen
The curse that flew right by you
Page of concrete
Sting walks crutch in hobbled sway
Auto-da-fé
A capillary hint of red
Only this manupod
Crescent in shape has escaped

Pull the pins
Save your grace
Mark these words
On his grave

You should have seen
The curse that flew right by you
Page of concrete
Sting walks crutch in hobbled sway
Auto-da-fé
A capillary hint of red
Everyone knows the last toes are
Always the coldest to go

Video, cortesía de killlikeafox en YouTube.
Televators, cortesía de The Mars Volta.
Versión Televators NES, cortesía de Simon Ince.