lunes, 30 de julio de 2012

Razones para apagar Televisa 1: La Rosa de Guadalupe

El que se mueve no sale en la foto.
Fidel Velázquez

El cerco a Televisa del jueves y viernes pasados, convocado por #YoSoy132, resultó una pequeña aunque muy significativa acción. La acampada de dicho movimiento frente a la televisora fue una de las muchas medidas propuestas para empezar a romper otro cerco, mucho más poderoso, abrumadoramente extendido y sin duda penetrante: el que Televisa ha construido, durante décadas, en la conciencia de millones de mexicanos y mexicanas, de generación en generación en generación en generación... Como tantísima gente en este país, yo también crecí con la televisión prendida casi todo el tiempo, llenándome la cabeza de tonterías más o menos perniciosas (pa' que más que la verdá...). Como infinidad de personas, en algún punto de mi vida Televisa moldeó mis gustos, opiniones y hasta miedos y valores. Afortudamente mi padre, la UNAM y el sufismo enderezaron un poco esa cabecita loca mía, producto de tantas horas de persuasión y mal gusto.

Desde que #YoSoy132 apareció en el panorama del activismo mexicano, sus integrantes tuvieron la certeza (que comparto plenamente, como escribí aquí) de que Televisa es un auténtico poder fáctico en México: mientra no transforme sus contenidos, el imaginario imperante de este país no cambiará. Y esta exigencia de cambio al Canal de las Estrellas y a sus secuaces no es cuestión electoral o política, ni siquiera coyuntural, sino una cuestión ideológica de fondo. En el más puro estilo del aparato de Estado althusseriano, Televisa cínicamente se ha dedicado a reproducir la desigualdad, la explotación y la ignorancia en las que se asienta el statu quo. Al visibilizar la cara más seductora (falsa, me temo, para la enorme mayoría) de este estado de cosas inamovible e invisibilizar cualquiera otra versión de la realidad mexicana, Televisa se alinea a la vieja frase priísta: el que se mueve no sale en la foto. Tras sus productos de entretenimiento, aparentemente inocentes y bien intencionados, no sólo se esconden los intereses comerciales de la empresa, sino una ideología -una forma particular de concebir el mundo y las relaciones en éste- que permite que tales intereses sigan siendo monstruosamente redituables. Y La Rosa de Guadalupe no es la excepción a esta regla.

Una suerte de serie dramática articulada en programas unitarios, La Rosa de Guadalupe se agarra del hecho de que en México tal vez gran parte de la población sea católica, pero pareciera ser que todos nacimos guadalupanos. Si hay un icono religioso -y hasta espiritual- quintaesencialmente mexicano es la Morenita. (Hasta yo tengo una imagen suya en la puerta de entrada a mi casa.) Representación del mestizaje, de la adopción del catolicismo por parte de los pobladores originarios de estas tierras, la Guadalupana es un símbolo de protección y devoción que atraviesa clases sociales, generaciones, niveles educativos y posturas políticas. La Virgen del Tepeyac es el corazón que aglutina buena parte del ser mexicano. Y por eso resultó verdaderamente astuta la idea de los creadores de La Rosa de Guadalupe de emplearla como hilo conductor para cada cuento cursi y moralino que narran.

Esta serie cuenta "historias de amor, desamor, esperanza, lucha e intriga, donde se abordarán temas como la prostitución, violencia intrafamiliar, drogadicción, entre muchos más" (dice la página de Televisa) y resulta "una telenovela compactada [ay, ¡nanita!] y contada a toda su intensidad en una sola hora; es un programa de divertimento familiar [¿neta? ¿no era de lloradera?], que nos permite emitir mensajes positivos, llenos de esperanza y de lucha" (dice la página oficial que por usar el término trata de blancas en la descripción de una de sus fotos me merece un profundo y total desprecio...). Sea lo que sea, La Rosa de Guadalupe busca abrir los ojos de sus televidentes a propósito de "temas sociales de actualidad", aunque de manera por demás chantajista y facilona. Generalmente el personaje protagónico -urbano (¿que México no es el DF nomás?) y en el marco de la familia (heteroparental, ¿a poco existen otras?)- atravesará por algún momento difícil del cual saldrá bien librado y fortalecido, gracias a la sutil pero decisiva intervención de la Guadalupana. La receta es infalible: todos reciben su merecido por las transgresiones cometidas, se arrepienten de manera sincera y después de unos cuarenta minutos de desdicha y drama están listos para vivir felices por el resto de sus días. Todos los personajes, en su mayoría adolescentes confundidos que buscan, muy en el fondo, el camino del bien, son mágicamente normalizados: tras coquetear con el crimen, las drogas, el sexo y/o el rock 'n roll, se dan cuenta de su error, aprenden su lección y voluntariamente vuelven al rebaño de la conformidad social.

No hablaré de lo obvio: las pésimas y hasta risibles actuaciones; el desarrollo, a veces inverosímil, de las historias; los valores de producción inexistentes; la narrativa repetitiva hasta el cansancio. El problema central de La Rosa de Guadalupe es pintar un país donde todo conflicto y problema se soluciona milagrosamente, sin esfuerzo y de la noche a la mañana; donde las instituciones -como los muy eficientes y honrados "detectives" de policía que aparecen tiro por viaje- funcionan a las mil maravillas y donde la "unión familiar", esa que se da con base en el respeto ciego a quienes llevan la batuta, es la única solución posible ante el desastre. El espacio para la contestación, para la crítica de fondo, incluso para la revuelta y la otredad no existe: las cosas, en el sentido más amplio del término, están bien como están -por eso hay que restituir toda conducta "alterna" a la normalidad lo más pronto posible- y cuidadito con quien se ponga a revolver de más el atole...

Desde 2008, Televisa ha transmitido La Rosa de Guadalupe y en sus casi 500 capítulos la fórmula trillada del milagro concedido parece no agotarse: el misterioso vientecillo de la virgen sigue dando tanto a protagonistas como espectadores un soplo de esperanza. Pero en un país que pasa por las desgracias reales que ahora pasa México, hacer de la creencia un vil gancho de rating, hacer de la fe un pilar del orden y de la "corrección" a todos niveles, me parece sencillamente perverso. No me extrañaría que, como escribieron ya algun@s tuiter@s (hasta hashtag mereció y se convirtió en trending topic), el próximo episodio de esta serie nos deleite con una historia de extravío y redención llamada Mi hijo es 132...

viernes, 20 de julio de 2012

De vergüenzas, desnudos y otros disimulos

Mucho agradezco ahora que no existiera internet en mis años adolescentes (y vaya que yo adolecía...). Ni chats, ni blogs, ni mucho menos Facebook o Twitter. De haber existido, seguramente los habría usado como mera plataforma de exhibición: diseccionando cada uno de mis malestares, posteando en un blog como éste mis desencantos, desencuentros y muy variadas desazones. Hubiera publicado recuentos detallados de mis crushes, malviajes y melancolías (y vaya que aún me asalta la melancolía con frecuencia... no se digan los crushes), de todo aquello que puede obsesionar a alguien de por sí obsesionable

Pero, afortunadamente, nada de eso ha salido a la luz: ni una línea de lo escrito entonces -porque sí que lo escribí entonces- ha escapado de la cárcel (los cuadernos que aún guardo) en que está confinado. Eso de desnudarse de manera pública y para la posteridad, aunque sea en papel y en palabras (o, en su defecto, en algún timeline o muro cualquiera), nunca me ha gustado. Además, la desnudez de esos años, en retrospectiva, es bastante vergonzosa: es salvaje y descarada, y ahí donde está, está muy bien. Porque mi desnudez contemporánea, esa desnudez prefabricada a partir de la conciencia de que cualquiera puede leer esto, es un cuidadoso montaje. Una puesta en escena al fin y al cabo.

Aunque no es necesario remontarse casi dos décadas atrás si se trata de hallar motivos para la vergüenza tras un desnudo. Tomemos, por ejemplo, esto que escribí hace tres años:


Querido N: 
Creo que por mi propio bien es mejor que no te vea más, al menos que no te busque, por más que atesore tu compañía, nuestras conversaciones, nuestros muchos puntos de encuentro. Me estoy enamorando de ti y eso, aunque bueno para mi (¿para quién no podría ser bueno enamorarse?), no es sano. No es lo que quiero, no lo deseo aunque esté pasando justo frente a mis narices. No porque sea un sentimiento al que no le de la bienvenida, sino porque no es correspondido. Nunca hay que negar el amor, no lo niego, solo que mi corazón no está en condiciones de seguirlo alimentando. Requiere tiempo, requiere pasión y energía. Y cada vez que encuentro en ti solamente a un amigo, ese tiempo, esa pasión y energía se vuelven dolorosos. Es el fuego del amor y no tengo la intención de consumirme totalmente en él, de quemar lo que aún me queda que no ha sido consumido ya. Es mera cuestión de supervivencia. Necesito guardarlo, como combustible de reserva, para no quedar totalmente exhausta. Y en realidad nada de esto es tu culpa, ni mía tampoco. Es pura y bendita enseñanza que aún no entiendo y quizá me tarde tiempo en entender. He vivido mucho tiempo comprendiendo plenamente mi vida solo en flashback. Por algún extraño milagro, esta sucesión de pretendidos absurdos que a veces parece la vida nos aventó juntos al mismo tiempo y espacio, tan breve y efímero, pero tan poderoso. Ese milagro hizo que un buen día aparecieras en mi puerta y me fuera dado ver en ti tantas virtudes, tanta promesa, tanto gozo. Te vi y lo supe, instantáneamente: así funciono yo. Y bueno, no hubo eco: tu has resultado sólo el espejo en que vi a mi alma persiguiéndose a sí misma. Y está bien: en el fondo intuyo que este dolor hoy es una bendición futura y disfrazada. Lo que me queda es abrazar el dolor, extinguirlo viviéndolo y agradecerlo. Esa es la parte más difícil (o, por lo menos, la que más me cuesta): agradecer el dolor del desencuentro. Esto, como todo lo demás, también pasará. Y podré recordar lo bello que fue nuestro desencuentro. Lo que me alimentó, lo que me diste, lo que te di. 

Y tan, tan. La persona a la cual esto iba dirigido no lo recibió. Por obvias razones. Tal vez no me atreví a decírselo o a enviárselo; no me atreví a consumar el desnudo frente a él, a pesar de haber jugado con la idea e incluso de habérselo insinuado. Tal vez no hacía falta nada de eso. El desencuentro se había hecho presente con tal claridad -era visible y palpable para mi- que no encontré motivos para exhibirlo aún más, para desnudarme por completo.

Y hoy sí encuentro motivos: el sólo hecho de retomar la escritura en este blog es uno. Escapar de los horrores y absurdos de este país y refugiarse -un momento, un instante- en los meandros del recuerdo es otro. Para eso sirven los diarios: para hacer de pequeña máquina del tiempo y olvidarse un poco de lo que hoy día ocurre. Para deleitarse en la vergüenza presente que provocan las palabras pasadas y obviar así otras vergüenzas más punzantes, más urgentes. Para encontrar salidas de emergencia ante una realidad que no tiene pies ni cabeza.

Y en el fondo, esas líneas de hace tres años muy bien podrían ser las de hace veinte: pareciera que pasa el tiempo y mis desencantos, desencuentros, desazones, malviajes y melancolías siguen siendo (casi) los mismos... Al menos ahora ya no padezco tanto esa vergüenza que supone desnudarlos.


And she feels she isn't heard. And the veil tears and rages 'til her voices are remembered, and his secrets can be told...
Lust, Tori Amos