domingo, 22 de octubre de 2017

El día que conocí al Chapo: sobre el debate de la autorrepresentación en el cine documental

Tod@s hemos sentido la cosquillita de querer contar infinidad de historias, personales y ajenas, porque nos parecen urgentes, interesantes, relevantes, geniales y demás. Ya sea que abordemos tales historias desde el muy pedestre chisme o, de a tiro, desde el rumor -por el puritito morbo, pues- o que la narración, en sus múltiples formas, sea a lo que nos dedicamos profesionalmente, el muy escabroso tema sobre quién cuenta qué historia y cómo lo hace es ineludible. Para el cine documental este tema es fundamental dado que constituye su corazón ético y es, a todas luces, un asunto de poder. ¿Quién lleva la voz cantante en un documental y por qué? ¿Qué peso y sentido se le da a otras voces que no son estrictamente la del/a realizador/a? ¿Cuánta injerencia y capacidad de decisión tienen l@s protagonistas de un documental para narrar su propia historia, para representarse a sí mism@s? Además de la obvia cuestión legal y económica de los (a veces) carísimos derechos, además de la tensión entre proteger la privacidad de l@s entrevistad@s y revelar asuntos de potencial interés público, creo que "hablar por otr@s", "darles voz", "pasarles el micrófono" o como queramos llamarle amerita harta discusión. Porque, ¿es realmente posible "hablar por otro@s", contar su historia? Ello, me parece, es el telón de fondo de la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo, una producción de Netflix, dirigida por Carlos Armella y en la cual Kate también funge como una de las productoras ejecutivas.

En El día que conocí al Chapo Kate cuenta, a cámara y obviamente en primera persona, esta historia rocambolesca, como la calificó Carmen Aristegui en una entrevista. Y bien empleado el adjetivo: a lo largo de los tres episodios de la serie y durante poquito más de 160 minutos se detallan no sólo los alucinantes pormenores del encuentro entre Kate y Joaquín Guzmán Loera, sino también la particular génesis y tremendas consecuencias del mismo, sobre todo para Kate. Este encuentro y sus ramificaciones son ya del dominio público, con los enredos y la mala leche que, en ocasiones, ello implica: que si todo empezó con un inocente tweet en el cual Kate aseguró creer más en el Chapo que en el gobierno mexicano (no la culpo pero, ¡aguas, Kate! Tanto gobierno como crimen organizado en México apestan a muerte, impunidad y corrupción). Que si Kate y el Chapo intercambiaron abundantes mensajes mediante un celular proporcionado a Kate por los abogados del Chapo (intercambio en el cual quienes han visto demasiadas telenovelas leen una suerte de romance). Que si Sean Penn, como quien no quiere la cosa, se subió al tren de un proyecto proto-cinematográfico y arriesgadísimo para darle seriedad y profesionalismo al asunto (y también porque el pequeño y arriesgado periodista/activista/justiciero que vive dentro de él lo obligó a hacerlo). Que si el Chapo se fugó, por segunda ocasión, de una prisión mexicana (y a Peña Nieto no se le cayó la cara de vergüenza). Que si, aprovechando la fuga, Kate, Sean y dos productores de Hollywood viajaron a un remoto lugar en Sinaloa para encontrarse con el Chapo, un operativo peliagudísimo, orquestado magistralmente por la gente del Chapo. Que si -oh, ¡sorpresa!- atraparon al Chapo por tercera ocasión y esta vez dado que la inteligencia gringa [sic] y la mexicana [recontrasic] estaban monitoreando las comunicaciones entre Kate y el Chapo. Que si, en resumidas cuentas, Sean nomás quería publicar su súper exclusivísima exclusiva con Guzmán Loera en la revista Rolling Stone porque Pulitzer, here I come! (y que ni le dio seguimiento al proyecto inicial que le permitió conocer al Chapo, tampoco las gracias a Kate por el contacto). Que si el gobierno mexicano investigó a Kate por presunto lavado de dinero y obstrucción de la justicia (pero no encontraron nada de nada para levantarle cargos, fue puritita intimidación y ganas de joder). Y muchos otros que si. Rocambolesca la cosa, pues.

A reserva de que el contenido de El día que conocí al Chapo es muy, pero muy interesante -creo que contextualiza de manera amplia, eficaz y certera la historia que cuenta y que toca varias aristas indispensables para tratar de explicar la (fallida y absurda) guerra contra el narcotráfico- su discurso audiovisual resulta meramente ilustrativo y de carácter bastante plano y convencional. Sin embargo, el oficio de Armella -quien codirigió el excelente documental Toro negro- es evidente: el impresionante despliegue de cabezas parlantes le da legitimidad y sustancia no sólo a Kate como protagonista de El día que conocí al Chapo, sino a su versión de lo que pasó. Desde Sanjuana Martínez, Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra, John M. Ackerman, Froylán Enciso, Catalina Ruiz-Navarro, Sabina Berman, Diego Enrique Osorno, Jenaro Villamil y hasta los abogados de Kate, el abogado del Chapo, la familia y las amigas cercanas de Kate, estas cabezas parlantes (y varias otras más; tal vez son demasiadas, pero había que echar toda la carne al asador, ¿qué no?) avalan la versión de Kate de lo sucedido e, incluso, enjuician su proceder y cuestionan sus motivos (que si Kate hizo lo que hizo para lanzar al estrellato su carrera en los US of A; que si fue demasiado cándida y le faltó harto colmillo; que si no sabía, bien a bien, en qué se estaba metiendo, referido ésto a hacer cine y a hacerle una entrevista al prófugo más buscado del mundo), algo notable y loable al considerar el rol de Kate como productora ejecutiva de la serie. El día que conocí al Chapo -parte mea culpa, parte recuento de los daños, parte defensa apasionada- construye un punto de vista crítico a propósito de la rocambolesca historia que cuenta, lo cual mucho se agradece. Ah, bueno, y también está Jorge Castañeda diciendo, entre otras cosas, la babosada de que interpretar el ensañamiento del gobierno mexicano con Kate no tiene nadita que ver con misoginia ni sexismo. ¿Neto, Sr. Ex-canciller? Mansplaining marca diablo... Nomás hay que ver el escandalillo que le quieren armar a Kate por reconocer en esta serie que tuvo sexo con Sean para entender que la misoginia, el sexismo y la moralina desbocada están totalmente inmiscuidas en ésta y muchas otras historias. ¿Neto la "fuerte declaración" de que Kate y Sean cogieron es como para escandalizarse frente a todo lo demás, de mayor peso e interés, que también revela El día que conocí al Chapo? Esa, onvres y algunos señores masculinos singulares por ahí, no es la nota, porque no es ni remotamente el tema a discusión en El día que conocí al Chapo.

Si partimos de la motivación inicial -muy legítima, eso sí- que Kate ha expresado de manera pública varias veces, el (tal vez infortunado) encuentro entre la actriz y el capo que narra El día que conocí al Chapo agarra camino y vuelo porque Kate quería contar la historia del Chapo (¡vaya encomienda dificil!) y Guzmán Loera accedió a cederle los derechos sobre su vida para hacer una película. O sea, pareciera ser que todo este épico desmadre se desató por puritito amor al cine. Pero, si ponemos en tela de juicio lo anterior (lo cual plantea la propia serie), tanto para Kate como para el Chapo había mucho más en juego que el simple amor por el cine: vanidad, interés (no únicamente económico), reivindicación, prestigio, fama, hasta me atrevería a decir que verdad, tanto la muy particular verdad del Chapo sobre su propia vida como la forma en que Kate entiende esta verdad y las implicaciones, a varios niveles, de representarla.

El argumento de querer encontrarse con el Chapo porque "cómo crees que un periodista serio se negaría a hacerle una entrevista" se confronta con el prurito, bastante razonable, de no asociarse con narcos nunca, ni para hablar con ellos. Pero el arrojo periodístico (en el mejor de los casos) y la cautela por motivos de supervivencia tienen justificaciones sólidas. El evidente peligro que supone vincularse con (y no se diga adentrarse en) las redes clandestinas del narcoráfico -peligro vuelto muerte en incontables casos de periodistas y defensores de derechos humanos asesinad@s en este trinche país- impide acercarse al otro lado de la historia oficial que machaconamente nos receten día a día en los noticieros televisivos: los narcos no tienen nada que decir, otra expresión del típico "aquí no se negocia con criminales", aunque se haga por debajo de la mesa y a oscuras para lograr otros fines. Sanjuana Martínez dice en El día que conocí al Chapo que es necesario escuchar las voces de estos criminales porque sí tienen mucho qué decir a propósito de su papel en la guerra que padecemos y de otras tantísimas cosas. No se trata de hacer apología del crimen -porque, ¡qué más sublime apología del crimen que la fuga del Chapo del Altiplano!- sino de buscar entender, desde sus propias palabras y experiencias, a quienes demonizamos cotidianamente sin empacho alguno. No se trata, tampoco, de romantizar a los cárteles y a sus líderes; no se trata de justificar sus atrocidades porque son absolutamente injustificables (hacia lo cual también apunta esta serie). Si me apuran un poco, tampoco se trata simplemente de "darles voz" a los narcos de manera acrítica e ingenua (¡como si "darle voz" a alguien fuera tan simple!), sino de conocer estas voces silenciadas y de reconocer su validez e, incluso, su utilidad. Y, si me apuran un poco más, tal vez pueda tratarse de apelar a que también los narcos y demás personajes oscuros que pueblan el hoyo profundo y negro en que se ha convertido México, por más abyectos y censurables que sean en función de sus horrendos actos, tienen derecho a autorrepresentarse dado que siempre son vistos en los medios de comunicación a la luz de otras miradas que, lógica y perversamente para la clase política y el establishment, no son las suyas. Lo cual me recuerda la premisa, si bien pragmática, de esa buenísima y muy recomendable serie de ficción sobre asesinos seriales, también cortesía de Netflix, Mindhunter: ¿cómo te adelantas a la locura si no sabes cómo opera? Pero eso es completamente otra historia...

Ahora bien, falta ver si y cómo Kate cuenta la historia de vida del Chapo. Falta ver qué recursos empleará, qué negociaciones (en sentido amplio) tendrá que entablar con su protagonista, qué responsabilidades y compromisos asumirá. Habrá que ver el grado de injerencia que tendrá el Chapo al narrar su propia historia. Habrá que ver, si eso es remotamente posible, cómo se autorrepresenta el Chapo en la pantalla. Yo digo que Kate debería hacer un documental de la vida del Chapo y que, por favorcito, no se aviente a hacer una película de ficción, un drama que parezca telenovela. Total: la experiencia que le ha dejado a Kate esta serie, en su papel como productora, puede serle muy valiosa si su proyecto toma la vía de la representación documental.

En El día que conocí al Chapo, obviamente, Guzmán Loera es un personaje secundario. Es como los zombies en The Walking Dead que a lo largo de ocho temporadas han pasado de ser protagonistas del drama a ser un constante y elusivo riesgo para l@s protagonistas en sentido estricto, una pieza de utilería que se emplea a discresión. El día que conocí al Chapo es, más que nada, la historia de Kate y quien mejor que la propia Kate para contárnosla, mucho más si consideramos que Sean ya fue protagonista de su singular versión de los hechos, ya nos deleitó con esa vanity piece -horrible, pretenciosa, narcisista- que le publicó Rolling Stone y que de periodismo tiene poco, poquito o casi nada, a pesar de los esfuerzos de Sean por justificarla en esos términos. Y bueno, dice Sean que El día que conocí al Chapo es basura. "Es reprehensible", continúa Sean en una nota del New York Times, "que, en su esfuerzo continuado e implacable por ganar atención y publicidad adicionales, la Srita. del Castillo y su equipo (quienes no tienen conocimiento alguno de primera mano) hayan buscado crear esta narrativa profundamente falsa, ridícula e insensata." Demasiado tarde, amigou: tuviste oportunidad de contar tu veldá en tu artículo. Además Sean, ¿desde cuándo tienes tiempo en tu muy apretada agenda libertaria de causas variopintas de izquierda para la crítica de cine seria? Es hora de que Kate cuente su verdad sin corolarios ni protagonismos tuyos de por medio.
 
Si de dar estrellas se trata, a la serie documental El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo le doy 4 de 5. Aquí el trailer pa que se animen a verla porque sí es recomendable.



2 comentarios:

Harry Montiel dijo...

Concisa, ingeniosa y barroca reseña.

Me encantó.

VRO dijo...

Q excelente artículo Monse; ahora sí quiero ver la peli! Me gustó tu punto de vista.