viernes, 3 de julio de 2009

La increíble y triste historia de un tal Juan (Primera de tres partes)

Hace unos días, al pasar frente a un puesto de periódicos, reparé en la portada de una de esas publicaciones amarillistas, cuyo nombre ahora se me escapa, que escandalizaba a sus lectores con grandes letras negras sobre un fondo rojo: JUAN PÉREZ: MUERTO EN SU CELDA. El reportaje narraba, con la estridencia y el morbo propios del género en cuestión, lo que ahora sabemos fueron las últimas horas de un tal Juan Pérez antes de dejar este mundo por propia mano. Leer el recuento de la partida de este personaje y los acontecimientos que llevaron a su triste final me inspiró a dar mi versión de los hechos, no por encontrarlos indispensables para una descripción crítica de los tiempos que corren, sino porque en estos precisos tiempos democráticos que vivimos todos tenemos derecho de opinar hasta sobre las cuestiones que, para algunos, resultan totalmente prescindibles.

La historia no comienza hace mucho que digamos, pero sus antecedentes se remontan, como los de cualquier otra historia, a la tierna infancia de nuestro protagonista. De niño, a pesar de que el tal Juan tenía una fascinación peculiar por la escritura, nunca pensó que pudiera escribir “bien”. Y mucho menos creyó que, algún día, escribir pudiera generarle alguna ganancia tangible, monetaria pues. “Escribir como los que a eso se dedican”, ensoñaba Juan de niño entre hojas de papel y lápices que revoloteaban a su alrededor, aunque no hubiera sabido explicar bien a bien quiénes eran o qué hacían. Sus tareas escolares, pese a su letra pareja y redondita, dejaban mucho que desear. Ciertamente, Juan no había pensado en ser escritor cuando la maestra Toñita le preguntó: “¿Qué quieres ser de grande Juanito?”. Ya adolescente, garabateaba notas para Doña Remigia, su madre, cuando por irse de reventón con Carlitos, su único amigo, pedía no ser despertado muy temprano a la mañana siguiente. Juan utilizaba las palabras escritas para cuestiones diversas, pero nunca como un oficio o como fruto de una vocación innegable.

En su vida adulta, escribir para Juan parecía reducirse a tomar los recados de su jefe, el Lic. González, sobre las incontables llamadas telefónicas que la esposa de éste le dejaba a diario. “Nada de llamadas Juanito”, le advertía el Lic., “y mucho menos si son de Elsa. Nomás tómale el recado”. El tal Juan redactaba sus reportes puntualmente, con bastante buena ortografía y, de vez en cuando, se atrevía a chatear para intentar ligarse alguna chica, sin resultado alguno. Pero una noche que Juan miraba la televisión, algo en las imágenes y los sonidos que lo bombardeaban desde la caja idiota hizo crecer en él la necesidad de escribir. Una necesidad urgente, imperiosa. Un ansia incluso. Una condena, sabríamos más tarde. Algo así como un deseo que surgía directamente desde su estómago y se disparaba hacía su cerebro. Juan nunca imaginó que esa explosión súbita de inspiración pudiera cambiar radicalmente su vida.

Como cada noche, Juan llegó a casa del trabajo y trató de hacerse del control remoto de la televisión, invariablemente prendida en el horario estelar de cierto canal que hipnotizaba a sus cautivos espectadores. Doña Remigia religiosamente veía la telenovela de las 9 y Juan lograba algunas pocas veces viajar por las ondas hertzianas para ver si algo, un poco menos predecible, estaba en la tele. “Solo en los comerciales, Juanito”, le decía su madre, “porque si no me pierdo la parte más emocionante de mi comedia”. ¡Qué hubiera sido de él de haber cambiado el canal justo en ese momento! El dedo índice de Juan titubeó por un segundo antes de apretar el botón: su atención se fijó en una enorme paleta de hielo que, como un gran señuelo verde, agitaba de un lado a otro de la pantalla una rubia edecán. “¡Un auto!”, gritaba la voz en off del anuncio. “Cuéntanos cómo lograste conquistar a la chica de tus sueños con Helados Escocia y gánate, ¡un auto!”. “Un auto”, pensó Juan, “con un auto si que podría conquistar a la chica de mis sueños”. Necesitaba ganarlo. Y se le hizo fácil correr a su habitación, tomar pluma y papel y empezar a escribir.

Juan mandó por correo, ciertamente sin esperanza, la carta de su conquista imaginada gracias a una paleta de fresa con cobertura de chocolate. “Sólo son tonterías”, pensó. Cuando le llamaron de Helados Escocia, tres semanas después, para informarle que había sido el ganador, Juan no se lo creía. “Un auto...un auto...”, balbuceaba por el auricular sin poder darle sus datos completos al telefonista que desesperaba frente al titubeo del “flamante” ganador. Juan se dio cuenta de los beneficios de la escritura al momento justo en que, tembloroso, sostenía las llaves de su Jeep Libertine nuevo. “Unas cuantas palabras inventadas”, se dijo, “y semanas después estoy manejando un auto”. Juan no pudo aguantarse las ganas de ir a presumir el auto con su hermano y cuñada. Hasta sus sobrinitos le hicieron fiesta: “¡Ora si nos puedes llevar el domingo a ver el programa del Chimuelo en vivo!”, gritaban los niños, mientras brincoteaban sobre las vestiduras de piel negra del primer automóvil que Juan había tenido en su vida.

Así inició la carrera criminal del tal Juan. Quien hubiera imaginado que ese primer sorbo de notoriedad, de reconocimiento y estima, creara en el un “monstruo que no conoce la moral ni la decencia”, un “infeliz bastardo malnacido”, como tantas veces escuchó decir a los personajes de las telenovelas de su madre. Después de su éxito en el concurso de Helados Escocia, Juan decidió repetir la hazaña cuando volviera a tener oportunidad. Y esa oportunidad no se hizo esperar: una mañana de domingo en el famoso programa de concursos del Chimuelo, Juan escuchó la consigna que le confirmó su vocación de escritor: “¡Avalanchas Piel Roja te lleva de viaje! Amiguito: si nos escribes una cartita contándonos sobre el lugar al que te gustaría ir con Avalanchas Piel Roja, ¡nosotros te pagamos el viaje!”. “Bien, muy bien”, murmuró Juan para si. “Esto es pan comido. Seguramente los “amiguitos” del Chimuelo van a escribir puras babosadas y, para babosadas, las mías”, pensaba Juan mientras se rascaba la cabeza con la punta de un lápiz. Juan escribió una y mil travesías en su avalancha: los Campos Elíseos, la Alhambra, incluso se imaginó a si mismo, trepado en su vehículo infantil, paseando por la franja de Gaza. “No, muy político”, pensó Juan. “No, muy intelectualizado; demasiado...culto...”. Juan terminó mandando la carta que le pareció más acorde al típico fanático del Chimuelo y, tras firmar con el nombre de uno de sus sobrinos, José Pérez, salió a toda prisa a la oficina de correos. “Si esto funciona”, se dijo Juan mientras regresaba a casa, “supongo que la suerte está de mi lado”.

Y, efectivamente, la suerte -o la desgracia, ¡quien puede decirlo!- estaba del lado del tal Juan. Un domingo, dos meses más tarde, el Chimuelo anunciaba la lista de ganadores del viaje cortesía de Avalanchas Piel Roja: el nombre de José Pérez fue el cuarto de cinco en ser mencionado. La mayor sorpresa se la llevó el sobrino de Juan, el verdadero José Pérez, al escuchar su nombre pronunciado por el mismísimo Chimuelo en cadena nacional. “¡Tío, tío, me gane un viaje!”, se escuchaba la voz chillona del “sobrinito” por el teléfono celular de Juan, mientras Juanito articulaba en su cabeza las palabras que diría al niño y a su madre. Si el tal Juan se hubiera detenido un segundo a pensar sobre los problemas que podría causarle hacerse pasar por otra persona, nada de lo que sabemos sucedió hubiera sucedido. Pero, como no hay hubieras, este comentario resulta intrascendente. Esa tarde de domingo la cuñada de Juan ocupó el segundo lugar en el “sorpresímetro”, para usar el término del Chimuelo. Los reclamos no se hicieron esperar cuando confrontó a su angelito: cómo que su nene había escrito al programa sin el permiso de mamá, cómo que su nene no era quien había enviado la carta, cómo que el tío Juanito lo había hecho... Así que, para disfrutar su viaje a Disneylandia –no se le ocurrió ningún otro lugar donde dejaran manejar avalanchas-, el tío Juanito tuvo que prometerle a su cuñada cuidar de José, hacerlo comer y dormir a sus horas y bien y nada, nadita de locuras. Esta era la segunda vez que nuestro Juan sentía orgullo y, ¡para que negarlo!, también el respeto de su familia, aunque matizado por el fastidio que le provocaron las indicaciones de su cuñada.

Continuará la próxima semana...

1 comentario:

Diana dijo...

Me encanta este ejercicio de tre-escritura que haces, tan íntimo, tan cercano y auténtico. Soy fans, ya espero la continuación!